(VaticanNews/InfoCatólica) El Secretario de Estado de la Santa Sede alerta de que «a la fuerza del derecho la ha reemplazado el derecho de la fuerza» y llama a retornar a la negociación diplomática en Oriente Medio.
«El mundo entero correría el riesgo de verse envuelto en llamas»
La escena se repite en el despacho vaticano como un eco de los peores tiempos del siglo XX: un conflicto que se extiende, capitales que calculan represalias y el edificio del derecho internacional que cruje bajo el peso de la realpolitik. Pietro Parolin, cardenal Secretario de Estado de la Santa Sede, ha concedido una extensa entrevista a Vatican News en la que analiza la crisis en curso en Oriente Medio y desnuda, con una franqueza poco habitual en la diplomacia vaticana, el estado de un orden mundial que juzga gravemente enfermo.
«Con gran dolor», arranca Parolin, describe cómo vive estas horas. Los pueblos de Oriente Medio, incluidas las ya frágiles comunidades cristianas, han vuelto a caer «en el horror de la guerra, que quiebra brutalmente vidas humanas, produce destrucción y arrastra a naciones enteras a espirales de violencia de desenlace incierto». El pasado domingo, León XIV había hablado en el Ángelus de «una tragedia de proporciones enormes» y del riesgo de un «abismo irreparable»; el cardenal suscribe esas palabras punto por punto.
La «guerra preventiva», una puerta abierta al caos
Preguntado directamente por el ataque estadounidense e israelí contra Irán, Parolin evita pronunciarse sobre la legitimidad política del mismo para subrayar el precedente jurídico que establece. La Carta de la ONU, recuerda, fijó tras la Segunda Guerra Mundial, con sus alrededor de 60 millones de muertos, un marco preciso para la gestión de los conflictos: el recurso a la fuerza solo como «última y gravísima instancia», después de agotar el diálogo político y diplomático, con respeto estricto a los principios de necesidad y proporcionalidad, y siempre dentro de una gobernanza multilateral.
«Si se reconociera a los Estados el derecho a la «guerra preventiva», según criterios propios y sin un marco jurídico supranacional, el mundo entero correría el riesgo de verse envuelto en llamas», advierte el cardenal. El diagnóstico es nítido: «Es realmente preocupante este debilitamiento del derecho internacional: a la justicia la ha sustituido la fuerza; a la fuerza del derecho la ha reemplazado el derecho de la fuerza, con la convicción de que la paz solo puede nacer después de que el enemigo haya sido aniquilado».
Un multipolarismo de la fuerza
Parolin identifica una tendencia de fondo que trasciende el conflicto concreto: «Se está afirmando peligrosamente un multipolarismo caracterizado por el primado de la fuerza y la autorreferencialidad». La causa, a su juicio, es el debilitamiento de la conciencia de que el bien común beneficia a todos, principio sobre el que se construyó tanto el sistema multilateral como un proyecto tan audaz, dice, como el de la Unión Europea.
Esta pérdida de conciencia tiene consecuencias prácticas: se cuestionan la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial y las normas que regulan la propia guerra; se abandona el andamiaje construido pacientemente en materia de desarme, cooperación al desarrollo y derechos fundamentales. Y sobre todo, señala el Secretario de Estado, «parece haberse perdido la conciencia de lo que ya escribió Immanuel Kant en 1795: «La violación del derecho en un punto de la Tierra se siente en todos los demás».
Víctimas sin categorías
Uno de los pasajes más incisivos de la entrevista aborda la aplicación selectiva del derecho internacional. Parolin lo dice sin ambages: hay conflictos ante los que la comunidad internacional se indigna y se moviliza, y otros ante los que reacciona «con mucha más tibieza, dando la impresión de que existen violaciones del derecho que deben sancionarse y otras que pueden tolerarse; víctimas civiles que deben deplorarse y otras que pueden considerarse como »daños colaterales».
Frente a esa doble vara de medir, la posición de la Santa Sede es inequívoca: «No hay muertos de primera y de segunda categoría, ni personas que tengan más derecho a vivir que otras solo por haber nacido en un continente u otro o en un determinado país». La Santa Sede reitera en la entrevista su condena de «toda forma de implicación de civiles y de estructuras civiles, como residencias, escuelas, hospitales y lugares de culto, en operaciones militares».
La esperanza cristiana y el clamor por la paz
Parolin concluye con una doble apelación, espiritual y política. La cristiana remite al Dios que en Getsemaní «ordenó a Pedro envainar la espada» y que en la Cruz «vivió en primera persona el horror de la violencia ciega e insensata». La política, al dato social que considera incontestable: «Desde muchas partes del mundo siguen elevándose voces que reclaman paz y justicia». El cardenal convierte ese clamor en un imperativo dirigido a los gobernantes: «¡Nuestros pueblos piden paz! Este clamor debería sacudir a quienes actúan en el ámbito de las relaciones internacionales, impulsándolos a multiplicar los esfuerzos por la paz».
A corto plazo, el Secretario de Estado pide que se cese «el estruendo de las armas» y se vuelva a la negociación, advirtiendo que no debe vaciarse de sentido el proceso diplomático. A largo plazo, llama a reformar, sin nostalgias, las instituciones internacionales: el orden surgido hace ochenta años con la ONU ha cambiado profundamente, y es necesario «contrarrestar toda deslegitimación» de esos organismos y reforzar las normas supranacionales que permitan resolver los conflictos de forma pacífica.








