(Fides/InfoCatólica) El 4 de marzo de 2016, un comando yihadista asaltó la Casa para Ancianos de Adén, en Yemen, gestionada por las Misioneras de la Caridad, y acabó con la vida de cuatro religiosas y doce colaboradores laicos. Diez años después, la Iglesia en el Golfo recuerda a aquellas mujeres que murieron con el delantal puesto, sirviendo a ancianos musulmanes pobres por amor a Cristo.
Las cuatro hermanas tenían nombres y rostros bien distintos: Reginette y Margarita eran originarias de Ruanda; Anselma procedía de India, y Judith, de Kenia. Juntas representaban la vocación universal de la congregación fundada por Teresa de Calcuta, presente en Yemen desde 1973 a invitación del entonces gobierno de Yemen del Norte. La Casa para Ancianos de Adén, inaugurada el 25 de marzo de 1992 también a petición de las autoridades, acogía a personas mayores y con discapacidad, en su mayoría musulmanas.
El ataque y sus víctimas
El comando atacó la residencia de madrugada y ejecutó a las religiosas junto a doce colaboradores laicos de distintas nacionalidades y religiones. Durante el asalto fue también secuestrado el sacerdote salesiano Tom Uzhunnalil, quien permanecería cautivo hasta su liberación en septiembre de 2017. Las imágenes difundidas tras la masacre mostraban los cuerpos sin vida de dos de las hermanas con un sencillo delantal de cocina sobre el hábito, el mismo que usaban a diario para realizar las tareas más humildes sin estropear la ropa.
Aquel detalle, aparentemente menor, se convirtió en símbolo. El entonces vicario apostólico, el capuchino Paul Hinder, explicó que la población local apreciaba profundamente a las religiosas y «admiraba su modo de servir sin fijarse en la pertenencia religiosa, sino solo en la opción de privilegiar a quien más lo necesitaba». No hacían proselitismo: desinfectaban heridas y ofrecían momentos de consuelo a vidas marcadas por el sufrimiento.
«Constructores de paz en esta tierra»
El décimo aniversario se conmemora este 4 de marzo con una celebración eucarística presidida por el obispo Paolo Martinelli, vicario apostólico de Arabia Meridional, en la Catedral de San José de Abu Dabi. Martinelli, también capuchino, ha subrayado según informa la Agencia Fides que «celebrar este aniversario en un momento en que toda la región del Golfo atraviesa un grave conflicto es motivo de esperanza». «Las Misioneras de la Caridad entregaron su vida -ha añadido- y algunas de ellas siguen hoy presentes en Yemen, sirviendo a los más pobres sin distinción y dando testimonio de la caridad de Cristo que supera toda barrera. Mirándolas, nos sentimos alentados a ser, en esta tierra, constructores de paz».
El prelado ha evocado también las palabras que monseñor Hinder escribió poco después de los hechos: «Imploremos a las cuatro mártires que intercedan por Yemen y por todo Oriente Medio, para que llegue la paz y cese la violencia». Una petición que, diez años después, mantiene toda su urgencia.
El delantal, símbolo de la Iglesia que sirve
La imagen del delantal remite a una tradición espiritual que va más allá de la anécdota. El obispo italiano Tonino Bello, recordado por su teología encarnada, solía pedir que el Señor hiciera callar «por algunos años a los teólogos y a los oradores» que se limitan a pronunciar discursos. Para él, la misión de la Iglesia requería precisamente el delantal: «Es el delantal el que debemos ponernos como Iglesia. Debemos ceñírnoslo de verdad», repetía. La imagen evoca el gesto de Cristo al atarse la toalla a la cintura para lavar los pies a sus discípulos antes de la Pasión. «La Iglesia del delantal -afirmaba Bello- es la Iglesia que Jesús prefiere, porque Él actuó así».
El obispo comboniano Camillo Ballin, vicario apostólico de Arabia Septentrional, ofreció en su momento a la Agencia Fides la clave teológica del martirio: «Cuanto más cerca está la Iglesia de Jesucristo, más participa de su pasión». Quien se acerca a Cristo, añadió, «queda implicado en su pasión y en su muerte, para participar también en la gloria de su victoria».
La presencia que continúa
La muerte no interrumpió la misión. El Vicariato Apostólico de Arabia Meridional señala en un comunicado que «la presencia de las Misioneras de la Caridad en Yemen sigue siendo un humilde pero poderoso signo de esperanza, a través de su servicio a los más débiles y pobres». Hoy, dos comunidades de la congregación continúan su trabajo en Hodeidah y Saná, en un país devastado por más de una década de guerra civil.
«La memoria de las Misioneras de la Caridad asesinadas en Adén -concluye el obispo Martinelli- sigue alimentando la vida de nuestra Iglesia y nos impulsa a vivir la fe cada día con alegría y compromiso». Cuatro mujeres de cuatro países distintos, asesinadas con el delantal ceñido y el corazón abierto, siguen señalando en qué consiste la Iglesia que Jesús prefiere.








