(InfoCatólica) «La Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.» Con estas palabras, el Papa León XIV centró este miércoles 4 de marzo su catequesis de la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, dedicada al segundo punto del ciclo sobre los documentos del Concilio Vaticano II que el Santo Padre inició el pasado 7 de enero.
La meditación tomó como hilo conductor el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, en el que se aborda la naturaleza profunda de la Iglesia a partir de una descripción que puede resultar desconcertante: la Iglesia como «una realidad compleja».
Una complejidad que no es confusión
El Obispo de Roma comenzó despejando un posible equívoco. «Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es «complicada» y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa.»
Sin embargo, aclaró el Pontífice, el término latino empleado por el Concilio apunta a algo bien distinto: la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. La Lumen gentium puede así afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina «sin separación y sin confusión».
La primera dimensión es la más visible: una comunidad de hombres y mujeres con sus virtudes y sus defectos, que comparten «la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo». Pero este aspecto, subrayó León XIV, «no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia», porque esta dimensión divina no consiste en «una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros», sino en ser fruto «del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo».
La Iglesia, a imagen de Cristo
Para iluminar esta condición eclesial, el Sucesor de Pedro recurrió al modelo de la vida de Cristo: quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina «experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz». Y sin embargo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos «se abrían al encuentro con Dios»: «la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible».
Esta misma lógica opera en la Iglesia: a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos «se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora». Citando a Benedicto XVI, León XIV recordó que no existe oposición entre Evangelio e institución: «las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). Y concluía: «No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.»
La caridad, que construye lo invisible
La tercera parte de la catequesis situó la caridad como el corazón que sostiene este edificio espiritual. Evocando la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Santo Padre invitó a aprender a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5): solo así es posible construir la Iglesia «no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros».
León XIV cerró su meditación con una cita de san Agustín que resonó como conclusión teológica y pastoral a la vez: «Quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).








