(Crux/InfoCatólica) El Cardenal Tarcisio Isao Kikuchi, arzobispo de Tokio, ha alertado de que los cristianos en Japón afrontan una «persecución cortés» que amenaza las garantías constitucionales de libertad religiosa. Lo ha dicho en una entrevista concedida a Crux, a raíz de las declaraciones pronunciadas en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra con motivo del 20.º aniversario de su fundación.
La «persecución cortés»
En ese foro internacional, Monseñor Daniel Pacho, Subsecretario de la Santa Sede para el Sector Multilateral de la Sección para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, advirtió de que los llamados «nuevos derechos», denominación con la que la Santa Sede se refiere a reivindicaciones de derechos articuladas recientemente en ámbitos como el aborto, el suicidio asistido o la identidad sexual, están siendo utilizados para erosionar derechos humanos tradicionales como la libertad religiosa.
El Cardenal Kikuchi reconoció que esta dinámica afecta directamente a la situación en Japón. La Constitución japonesa de posguerra, redactada a la luz de la negativa experiencia de la unión entre el sintoísmo de Estado y el gobierno, garantiza la libertad de religión y una estricta separación entre Estado e Iglesia. Sin embargo, según el cardenal, esa separación se interpreta con frecuencia de manera que excluye a la religión del espacio público.
«La actividad religiosa es generalmente bien acogida por el público siempre que permanezca confinada en los propios recintos, como templos e iglesias», explicó Kikuchi. El problema surge cuando la Iglesia toma posición pública sobre políticas gubernamentales: «Entonces es criticada por ser demasiado política».
La Iglesia, reducida al recinto privado
El cardenal subrayó que la cultura japonesa otorga un alto valor a la conformidad y la armonía social. Cuando la Iglesia ha reclamado públicamente la abolición de las armas nucleares, el trato justo a los migrantes o la defensa de la dignidad humana frente a determinadas políticas, ha recibido críticas por supuestamente transgredir el principio de separación entre religión y Estado.
«La religión no está reconocida como autoridad moral en este país, y mientras nos mantengamos dentro de los recintos eclesiales, se nos considera inofensivos», afirmó Kikuchi. Esta presión dificulta enormemente que la Iglesia pueda alzar la voz en asuntos que afectan negativamente a la dignidad de la persona.
La situación se agrava por el carácter profundamente secular de la sociedad japonesa. Los propios católicos encuentran dificultades para reunirse regularmente los domingos, no por una persecución directa, sino porque el compromiso religioso sistemático no encaja bien con la comprensión cultural predominante del fenómeno religioso. Los colegios públicos organizan con frecuencia actividades en domingo, y solo las prácticas religiosas vinculadas a tradiciones culturales arraigadas reciben reconocimiento público.
Caritas y la identidad católica en el exterior
El Cardenal Kikuchi ejerce también como presidente de Caritas Internationalis. A este respecto, señaló que mantener la identidad católica de la organización es «una de las más altas prioridades» en su trabajo, aunque sin perder de vista las realidades locales. Reconoció que en algunos contextos se aconseja evitar una identificación cristiana explícita para prevenir tensiones, como sucedió en Japón tras el terremoto y tsunami de 2011. Sin embargo, subrayó que las actividades de Caritas deben estar enraizadas en la comprensión católica de la dignidad humana, la santidad de la vida y los valores éticos.
El papel de Japón en la Iglesia de Asia
Pese al declive de la influencia japonesa en el escenario global, Kikuchi ve en la Iglesia de Japón un potencial significativo para la misión en Asia. El país sigue atrayendo trabajadores y estudiantes, cuenta con capacidad económica para apoyar a otros países asiáticos y una nueva generación con sólidos conocimientos lingüísticos. A ello se suma una historia eclesial que se remonta a 1549. «Junto con esta generación joven cada vez más multicultural, la Iglesia católica en Japón tiene capacidad para colaborar con otros en Asia en el avance de la misión de la Iglesia», concluyó el cardenal.








