(InfoCatólica) El Pontífice pronunció unas palabras improvisadas en la Capilla Paulina al término de una semana de retiro, en la que agradeció al predicador Monseñor Varden sus meditaciones sobre la vida monástica, la esperanza y la verdad.
Un momento de bendición
León XIV cerró este viernes, 27 de febrero, la semana de ejercicios espirituales y retiro cuaresmal de la Curia romana con unas palabras improvisadas en la Capilla Paulina del Vaticano, calificando la experiencia como «un momento de bendición» y «una experiencia profunda, espiritual, muy importante en nuestro camino cuaresmal».
El Pontífice agradeció de manera especial al predicador, Monseñor Varden, testigo de la vida monástica, por haber acompañado y ayudado a «vivir una experiencia espiritual profunda» a lo largo de esos días. Los ejercicios habían arrancado el domingo anterior con la reflexión sobre las tentaciones y se desenvolvieron en torno al ejemplo y el testimonio de San Bernardo de Claraval, la vida monástica y otros elementos de la vida de la Iglesia.
La inscripción de la Capilla Paulina
En su intervención, el Papa evocó el recuerdo del pasado 8 de mayo, cuando los participantes se reunieron en esa misma capilla para la celebración eucarística. Sobre sus paredes se lee la inscripción de la Carta de San Pablo a los Filipenses: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir, una ganancia». León XIV subrayó que trabajar juntos, «muy separados a veces», y reunirse en oración constituye un momento cardinal de la vida común: «Reflexionando sobre tantas cuestiones que son importantes para nuestra vida y para la Iglesia».
El Papa destacó también entre los contenidos del retiro la referencia al Doctor de la Iglesia John Henry Newman y a su poema El sueño de Geroncio, en el que Newman se sirve de la muerte y el juicio del protagonista como prisma a través del cual el lector es conducido a contemplar su propio temor a la muerte y su sentido de indignidad ante Dios.
La esperanza y su fuente
La última jornada estuvo centrada en la esperanza y su verdadera fuente. León XIV contó que la reflexión vespertina le había llevado a releer la Carta a los Filipenses, y citó el pasaje en el que Pablo escribe: «Me siento apremiado por las dos partes: tengo el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es con mucho lo mejor; pero quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Persuadido de ello, sé que me quedaré y que permaneceré con todos vosotros para vuestro progreso y alegría en la fe». Y a continuación, el apóstol añade: «Comportaos, pues, de manera digna del Evangelio de Cristo».
«He aquí la invitación al final de estos días de oración y reflexión, que la misma Palabra de Dios dirige a todos nosotros», señaló el Pontífice, convirtiendo esa frase paulina en el eje de cierre de toda la semana.
Las meditaciones de Monseñor Varden: San Bernardo y la consideración
Las reflexiones que sustentaron los ejercicios giraron en torno a dos grandes ejes. En su décima conferencia, Monseñor Varden analizó el tratado Sobre la consideración, que San Bernardo escribió para su hermano de hábito Bernardo dei Paganelli, monje de Claraval que en 1145 fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. Según explica Varden, la consideración, en el vocabulario bernardiano, busca la verdad en los asuntos humanos contingentes, y puede definirse como «el pensamiento que indaga la verdad, o la búsqueda de una mente para descubrirla».
Bernardo no ofrece remedios institucionales para los problemas de la Iglesia, sino que aconseja al nuevo pontífice rodearse de personas buenas. Las cualidades que pide son, a juicio del predicador, permanentes: colaboradores «de santidad probada, obediencia pronta y paciencia tranquila; fieles en el servicio, inclinados a la paz y deseosos de unidad; prudentes en el consejo, modestos en la palabra». León XIV recordó con especial viveza el instante en que Varden citó la reacción de Bernardo al conocer la elección de su monje: «¿Qué habéis hecho? ¡Que Dios se apiade de vosotros!».
Comunicar la esperanza en un tiempo de heridas
La undécima y última conferencia, titulada Comunicar la esperanza, arrancó del discurso inaugural del Concilio Vaticano II por el Papa San Juan XXIII en octubre de 1962, al que apenas días después sucedió la crisis de los misiles de Cuba, para trazar el arco entre la urgencia del anuncio cristiano y los desafíos del tiempo presente.
Varden argumenta que la esperanza cristiana no es optimismo ni pensamiento ilusorio: «Cristo nos obliga a trabajar sin tregua por una humanidad nueva y sana formada por la caridad y en la justicia», pero advirtiendo sin resignación que «los pobres los tendréis siempre con vosotros». El predicador describe con crudeza dos tendencias contradictorias ante el sufrimiento en la cultura contemporánea: por un lado, la exhibición de la herida como marcador de identidad, que puede enquistarse en ira y amargura; por otro, la pretensión de eliminar lo que se considera improductivo, patente, en su opinión, en los debates sobre el aborto y la eutanasia, y en lo que califica de «sueños distópicos de librar a las sociedades de los indeseables».
Frente a ambas, Varden propone la figura del Crucificado, el «Herido pero no vencido», como clave de lectura. El eclipse en la conciencia pública de esa imagen, sostiene, no es ajeno al empobrecimiento de la capacidad de empatía de la civilización occidental. La Cruz, concluye, «nos permite lamentarnos sin ira», nos abre a la compasión y afirma la no-definitividad de las heridas, que «pueden ser curadas y convertirse en fuentes de curación».
Para ilustrar el hambre espiritual del tiempo presente, el predicador evocó un concierto de la cantante estadounidense Gracie Abrams en Madrid el 8 de febrero de 2025, en el que miles de jóvenes coreaban letras impregnadas de una tristeza que, a su juicio, «bordea o quizá toca la desesperación». «La conciencia de estar heridos impregna nuestro tiempo como una bruma», señaló Varden, para concluir que ese tiempo «tiene hambre de escuchar esta esperanza proclamada» con autoridad y sin componendas.
Agradecimiento y bendición
Antes de impartir la bendición, León XIV agradeció también a los colaboradores de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas por haber preparado todo el material de oración, y al coro por su acompañamiento musical. Sobre la música afirmó que «nos ayuda de una manera que las palabras no pueden hacer, elevando nuestro espíritu hacia el Señor». El encuentro concluyó con la bendición pontificia y el deseo del Papa: «Buenas noches y gracias a todos».








