(InfoCatólica) Las meditaciones de Mons. Varden en los Ejercicios Espirituales a la Curia están trascendiendo a los propios destinatarios y su hondura espiritual hace bien a muchos católicos que hace tiempo que no escuchaban predicar sobre algunas verdades y con enfoques originales anclados en la Tradición.
El obispo Erik Varden ha presentado en su octava meditación de los Ejercicios Espirituales para el Papa y la Curia Romana una reflexión sobre la misión de los ángeles que culmina con una afirmación rotunda: «Un encuentro angélico es siempre personal. No puede ser sustituido por una descarga ni por un chatbot».
El prelado noruego, obispo de Trondheim, articuló su intervención en torno al episodio de las tentaciones de Cristo en el desierto, cuando Satanás invoca el Salmo 90 para desafiar a Jesús a arrojarse desde el alero del templo, apoyándose en la promesa de que los ángeles le sostendrían. Varden distinguió con precisión la diferencia entre esa invitación diabólica y la genuina llamada divina: «Solo Dios puede invitarnos a saltar desde lo alto. Pero su llamada será: "Salta a mis brazos", no "Arrójate al vacío"».
Guardianes de la santidad, no complacientes
Frente a una visión sentimental o confortadora de los ángeles, el obispo recuperó la oración del monje Reginaldo de Canterbury, contemporáneo de San Bernardo, en la que se pide al ángel custodio que «ilumine, guarde, rija y gobierne». Varden subrayó la contundencia de esos verbos: el ángel no está para complacernos en nuestros caprichos, sino para ser un «guardián de la santidad».
Esta dimensión se extiende a la vida monástica, que la tradición ha descrito como angélica tanto por su vocación de alabanza como por el llamado del monje a ser un enviado que transmita el amor de Dios a los demás. En la liturgia, los ángeles son piezas esenciales de la «vibrante cadena de mediación» que eleva el cántico de alabanza de Cristo desde los confines de la tierra hasta las alturas del cielo, tal como recoge la constitución Sacrosanctum Concilium y se afirma al final de cada prefacio dentro del canon de la Misa.
El doble movimiento angélico
Apoyándose en San Bernardo, Varden explicó que Dios, aunque puede tocar al hombre directamente, se complace en valerse de sus criaturas como canales de gracia. El Doctor Melifluo exhortaba a imitar el doble movimiento del ángel: descender para mostrar misericordia al prójimo y, en un segundo impulso, elevarse hacia la verdad eterna. El obispo destacó la elección de vocabulario de Bernardo, que habla de cupiditas, el deseo ardiente, orientado hacia «la verdad más alta y eterna»: todos los anhelos humanos naturales, incluidos los corporales, están llamados a su plenitud en Dios y deben ser guiados hacia ella.
La reflexión abordó también el papel de los ángeles en el tránsito final de la existencia. El acto de caridad más decisivo de estos seres se produce en la hora de la muerte, cuando conducen al hombre a través del velo hacia la eternidad. En ese instante, donde la retórica y las apariencias fracasan, los ángeles manifiestan su integridad: «No pueden ser vencidos ni seducidos, y mucho menos seducir». Solo la verdad y la misericordia resuenan entonces.
Newman, la enseñanza y el desafío digital
En la parte final de su meditación, Varden acudió al pensamiento de John Henry Newman, Doctor de la Iglesia, para conectar el ministerio angélico con el sacerdotal y el educativo. Para Newman, el sacerdote es figura angélica: se adentra en los bosques oscuros del mundo para buscar a los extraviados, pero mantiene la mirada elevada hacia el rostro del Padre, cuya luz ilumina toda la realidad presente. La iluminación, señaló el obispo, es siempre un proceso doble: intelectual y esencial, sacramental y pedagógico.
De ahí que Varden proponga redescubrir también al maestro como «iluminador angélico», capaz de transmitir no solo habilidades, sino sabiduría. Se trata, advirtió, de un desafío profético en un momento en que buena parte de la llamada educación se delega en medios digitales y artificiales, mientras los jóvenes siguen anhelando encontrar maestros dignos de confianza. La conclusión fue nítida: un encuentro angélico es siempre personal y no admite sustitutos tecnológicos.








