(InfoCatólica) Mons. Varden ha impartido la quinta y sexta meditación de los Ejercicios Espirituales de Cuaresma 2026 a la Curia Romana, apoyándose en Bernardo de Claraval para trazar un diagnóstico espiritual de la vida eclesial que no elude ninguna herida.
La tentación como escuela y la ambición como locura
Apoyándose en Bernardo de Claraval, Mons. Erik Varden abrió su quinta meditación con una advertencia que el santo cisterciense formuló sin ambages: nadie vive en la tierra libre de tentación; quien es liberado de una, que aguarde la siguiente. En su blog Splendour of Truth, donde ha publicado el texto en inglés junto con el original italiano, Varden señala que la respuesta cristiana correcta es cultivar un doble equilibrio: confiar en el auxilio de Dios y desconfiar de la propia fragilidad, temiendo las tentaciones al tiempo que se acepta su inevitabilidad. La razón es teológica: Dios permite que nos sean sometidas «porque son útiles».
¿Útiles en qué sentido? El predicador explica que la resistencia a las flechas del Padre de la Mentira fortalece el compromiso con la verdad y habilita al creyente para, a su vez, fortalecer a sus hermanos. La lucha no es estéril: es formativa.
Dentro de este marco, Varden detiene su atención en una tentación específica que considera especialmente peligrosa en el ámbito eclesial: la ambición. Sirviéndose de nuevo de Bernardo, la describe como «un mal sutil, un virus secreto, una peste oculta, artesana del engaño; es la madre de la hipocresía, el origen de los vicios, la yesca de los crímenes, la que hace enmohecer las virtudes y pudrir la santidad». La ambición, subraya Varden, brota de «una alienación de la mente»: es una forma de locura que se instala cuando se olvida la verdad. Y por ello resulta ridícula en cualquier manifestación, pero especialmente cuando aparece en quienes han sido llamados al servicio desinteresado. No en vano, observa, la figura del clérigo ambicioso recorre la literatura y el cine como un tropo a la vez cómico y siniestro.
La Iglesia, sus propias palabras y el esplendor de la santidad
Frente al ruido del mundo y sus modas, Varden propone que la Iglesia no malgaste energías intentando alcanzar a los últimos movimientos culturales, empresa en la que siempre llegará tarde. Su fortaleza está en otro lugar: si habla bien su propio lenguaje, el de las Escrituras, la liturgia y la herencia de sus santos y poetas, «será original y fresca, capaz de expresar verdades antiguas de formas nuevas». La condición es la honestidad intelectual y existencial.
La dimensión intelectual es necesaria, pero no suficiente. El predicador concluye la quinta conferencia citando las últimas palabras del Cardenal Ildefonso Schuster en su lecho de muerte: «Parece que la gente ya no se deja convencer por nuestra predicación, pero ante la santidad todavía cree, todavía se arrodilla y reza». La llamada universal a la santidad, recuerda Varden, fue «la nota más fuerte» del Concilio Vaticano II. La pretensión cristiana de verdad solo se vuelve convincente cuando su esplendor se hace personalmente visible mediante el amor sacrificial.
La mayor crisis, venida de dentro
La sexta meditación, pronunciada el 25 de febrero, afronta el territorio más sombrío. Varden no rodea la realidad: «Nada ha hecho a la Iglesia un daño más trágico, ni ha comprometido más nuestro testimonio, que la corrupción surgida dentro de nuestra propia casa». La peor crisis de la Iglesia, afirma, no ha sido provocada por la oposición secular, sino por la corrupción eclesiástica. «Las heridas infligidas necesitarán tiempo para sanar. Claman justicia y lágrimas.»
Ante el escándalo y el abuso, señala, la tentación es buscar una raíz enferma desde el origen, señalar señales de alarma ignoradas, un patrón de desviación primigenio. A veces ese rastro existe y es legítimo el reproche por no haberlo detectado a tiempo. Pero no siempre es así. En muchas comunidades hoy vinculadas al escándalo pueden reconocerse, honestamente, buenos inicios, incluso «trazas de santidad». La pregunta difícil es cómo explicar simultáneamente esos comienzos y las derivas posteriores.
El campo de batalla espiritual y la integridad como prueba
La respuesta que Varden toma de Bernardo es rigurosa y exigente. El abad de Claraval advierte que «los hombres espirituales de la Iglesia son atacados de modo mucho más terrible que los carnales». La imagen que emplea es la del Salmo Qui habitat: los que caen «a tu derecha» son más numerosos porque en el flanco espiritual se usan las armas más letales. El progreso en la vida espiritual expone zonas de vulnerabilidad que, si no son integradas, buscan salida por vías físicas o afectivas que luego se racionalizan como si fueran «de algún modo espirituales, más elevadas que las faltas de los mortales corrientes».
Varden no atribuye toda enfermedad espiritual a agentes externos: los seres humanos son responsables del uso que hacen de su libertad. La integridad de un maestro espiritual, concluye, se acredita por su conversación, pero también por sus hábitos en internet, su comportamiento en la mesa o en el bar, y su libertad respecto a la adulación ajena.
La clave es la unidad: «La vida espiritual no es un añadido al resto de la existencia. Es su alma». Todo dualismo que separe lo espiritual de lo corporal traiciona la Encarnación, en la que el Verbo se hizo carne «para que nuestra carne quedara imbuida de Logos». El reto es aprender a estar igualmente a gusto en la propia naturaleza carnal y espiritual, «de modo que Cristo nuestro Maestro pueda gobernar en paz en ambas».








