(ACI/InfoCatólica) ¿Qué lleva a miles de jóvenes mexicanos a desafiar el cansancio, el clima y largas horas de camino? El 31 de enero, la respuesta se expresó sin rodeos: la fe. Una multitud juvenil peregrinó para poner sus alegrías, sus preocupaciones y sus esperanzas a los pies de Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete, en el estado de Guanajuato.
La jornada comenzó desde la madrugada. Las carreteras rumbo a Guanajuato se vieron colmadas por una marea de vehículos: más de 1.700, procedentes de distintos rincones del país, convergieron hacia un mismo punto de arranque, el Valle Juan Pablo II, a las faldas del Cubilete. Allí se preparó el inicio de la subida, con un ambiente que desbordó lo previsto. Los organizadores reconocieron después que la peregrinación superó todos los pronósticos, cuando inicialmente se esperaba poco más de 45.000 participantes.
En el ascenso se oyeron cantos, porras y aclamaciones, pero, sobre todo, se percibió una intención espiritual clara: no era una excursión, sino un acto de fe. David Andrés, que recorrió más de 370 kilómetros desde Nuevo León, explicó que quería ofrecer su esfuerzo como ofrenda a Cristo. Con una comparación directa, señaló que si puede apartarse un fin de semana para vacaciones, también puede apartarse para vivir esta entrega: «ponerte a los pies del Señor, literalmente, y decir: «aquí traigo todo, te ofrezco mi vida, lo que he dado, y todo lo que venga de ti lo vamos a recibir con mucho amor»».
Para algunos, el testimonio de la multitud fue ya una proclamación en sí misma. Norberto Ríos, novicio de los Discípulos Misioneros de Emaús, acudió por primera vez y expresó su alegría al ver que la juventud no está condenada a la indiferencia: «todavía hay jóvenes que quieren responderle al Señor». Y, mirando más allá del día de la peregrinación, planteó el desafío que queda al volver a casa: «ayudar a otros a encontrarse con Cristo. Sin ese encuentro es difícil acercarse a la Iglesia. Nuestro testimonio puede abrir ese camino».
La peregrinación tuvo también un marcado sentido histórico. En esta edición, el recorrido estuvo acompañado por la conmemoración del centenario del inicio de la Guerra Cristera, descrita como el episodio más doloroso de persecución religiosa que ha vivido la Iglesia Católica en México. La memoria se hizo visible en el camino: carteles con frases de mártires, imágenes como la del mártir adolescente San José Sánchez del Río y reliquias de santos y beatos que los peregrinos llevaron consigo durante la subida. No fue un adorno folclórico, sino un recordatorio: la realeza social de Cristo no es teoría, y hubo quienes dieron la vida por proclamarla.
Además de la multitud y el fervor exterior, la marcha abrió espacio para el silencio y el discernimiento. Antonio Centeno Cuarenta, joven de Guanajuato, contó que subió con la esperanza de aclarar qué quiere Cristo para su futuro. Ofreció su esfuerzo para pedir luz al Espíritu Santo y poder responder con rectitud: «poder contemplar lo que el Señor me pide (...) Ya sea en una de las vocaciones tan hermosas que nos ofrece: tanto en el matrimonio como en el sacerdocio o la vida religiosa».
La culminación llegó al mediodía con la celebración de la Santa Misa, presidida por el Nuncio Apostólico en México, Mons. Joseph Spiteri. En su mensaje llamó a superar «la apatía», «las apariencias virtuales» y «los desafíos». Y animó a los jóvenes a no retroceder, sino a perseverar en un catolicismo vivido sin complejos: «Adelante, queridos jóvenes. Como les ha dicho muchas veces ya el Papa León XIV, la Iglesia agradece su generosidad y confía en la fuerza de su testimonio, como amigos sinceros de Jesús, que quieren construir con Él su reino de fraternidad, respetando la vida de cada persona y favoreciendo siempre la reconciliación y la verdadera paz».
Muchos llegaron con motivaciones distintas, pero, al final del día, los 70.000 peregrinos bajaron del Cubilete con los pies cansados y una convicción renovada: cuando se trata de Cristo Rey, la fe sigue moviendo el corazón de la juventud, incluso en un mundo que empuja a la tibieza y al olvido de Dios.








