(InfoCatólica) Mary McAleese fue elegida presidenta de la República de Irlanda dos veces, en 1997 y en 2004, como miembro del partido Fianna Fáil. Desde que dejó el cargo, se ha dedicado a una intensa labor como «activista» social. McAleese se considera católica, pero lo cierto es que durante su vida se ha ido alejando cada vez más del catolicismo de su infancia, para defender el acceso de las mujeres al sacerdocio, el matrimonio del mismo sexo, los anticonceptivos, el aborto y otros errores morales y doctrinales semejantes.
Ese camino de abandono del catolicismo parece haber llegado recientemente a un punto álgido, cuando, con ocasión de la solemnidad del Bautismo del Señor, McAleese escribió un artículo en el Irish Times atacando un punto fundamental de la fe católica y de la vida de la Iglesia: el bautismo de los niños.
Según la expresidenta, «en todo el mundo, persiste una restricción grave, sistemática y de larga data de los derechos de los niños en materia de religión», contraria a la Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño, que «afecta a Irlanda de forma especial». Para McAleese, esa grave restricción de los derechos de los niños no es el aborto, ni los «cambios de sexo» realizados en menores, ni la prostitución infantil, ni los malos tratos, ni la pedofilia, ni ninguna otra cosa más que el bautismo, que «niega a los bebés sus derechos humanos».
Según parece, lo que le molesta del bautismo es que nadie pide permiso al niño para convertirle en «miembro vitalicio» de la Iglesia Católica. Llama la atención que toda una doctora en Derecho no sepa que el hecho mismo de que haya personas menores de edad supone que hay otras que toman decisiones en su nombre. ¿Qué pensará de los padres que «obligan» a los niños a nacer, ser miembros de la familia en que han nacido, ser ciudadanos del país en cuyo registro los inscriben, comer, beber, dormir, tomar medicinas, vestirse, abrigarse para salir a la calle, utilizar cubiertos, aprender a leer, ir al colegio, portarse bien, ser educados y un larguísimo etcétera? Aparentemente, en esos casos no le parece mal que se prescinda de la libre voluntad expresada por el niño, porque lo malo es ser católico y todo lo demás no importa.
Para hacer patente que no se trata de algo teórico, nos cuenta una historia de terror relativa a un caso en el que ella misma tiene «experiencia empírica directa»: «a las dos semanas de edad, yo también fui bautizada e inscrita como miembro vitalicio de la Iglesia Católica», en una «ceremonia brevísima, durante la cual, según me cuentan, dormí profundamente, para deleite de mis padres, padrinos y el sacerdote». ¡Horror! A pesar de los 74 años que nos separan de los hechos, resulta muy difícil no conmoverse ante tan tremenda restricción de los derechos del niño y de la niña.
Según dice, con un lenguaje teológico que claramente no domina, no le molestan los «efectos espirituales que la Iglesia afirma que son indelebles, como la expiación del pecado original, la apertura a la salvación y el fluir de la gracia de Dios». No, lo que le molesta es que el niño ya será miembro de la Iglesia para siempre, algo que, según ella, «no puede considerarse en absoluto indeleble ni un efecto espiritual divinamente ordenado». Se ve que nadie le ha explicado nunca que la pertenencia a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, es, precisamente, un efecto espiritual divinamente ordenado, indeleble e indisolublemente unido al bautismo y a esos otros efectos que menciona.
Para McAleese, la práctica del bautismo de los niños «ignora sus derechos posteriores, como hijos en edad adulta, a decidir libremente por sí mismos su identidad religiosa, a aceptar y abrazar la membresía en la Iglesia o a cambiar de religión si así lo desean». Los esfuerzos por descubrir si la política irlandesa había estado viviendo recientemente en Afganistán u otro país donde la conversión esté penada por la ley han sido en vano. Al parecer, reside en Occidente, donde esos niños pueden cambiar de religión si así lo desean. ¿Dónde está, entonces, el problema? Al igual que el proceso mental que ha seguido la interesada para sacar estas conclusiones, es un misterio.
Para añadir un cariz amenazador y siniestro a la cuestión, McAleese indica que la práctica del bautismo infantil está basada en «el temor de los padres» a «las inciertas consecuencias salvíficas de los niños que mueren sin bautizar» y que «esta práctica es el método más importante para reclutar nuevos católicos». La exmandataria lo dice como si estuviera revelando un complot internacional, pero lo cierto es que, por ejemplo, cuando los padres se ocupan de que sus hijos aprendan a leer, lo hacen, entre otras cosas, por temor a las consecuencias de que sean analfabetos. Nada hay de extraño ni mucho menos de siniestro en ello.
Los despropósitos continúan y continúan de forma fatigosa y no merece la pena continuar describiéndolos. Probablemente, lo más interesante sea que, a pesar de sus opiniones o quizá debido a ellas, McAleese ha sido honrada por varias universidades católicas, como la Universidad de St. Mary en Inglaterra, la universidad jesuita norteamericana Boston College o la universidad jesuita de Fordham en Nueva York. Además del doctorado honorario en Derecho recibido en esta última, también se doctoró en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma (jesuita, claro). ¿Cómo es posible que alguien que, evidentemente, no conoce los rudimentos básicos del Derecho Canónico y rechaza la misma esencia de ese derecho, basado en el bautismo, pueda ser considerada «doctora» en la materia? Otro misterio para añadir a la lista.
Curiosamente, varios de esos honores han sido posteriores al nombramiento de Mary McAleese como «canóniga» de la catedral anglicana de Christ Church, donde pronuncia frecuentemente homilías en los servicios religiosos protestantes.








