Insatisfacción crónica y poder: una lectura psicológica del malestar sacerdotal
Monje a la orilla del mar - Caspar David Friedrich

Insatisfacción crónica y poder: una lectura psicológica del malestar sacerdotal

Una visión desde la psicología.

Existe una forma de malestar que no irrumpe como crisis visible ni se expresa en síntomas espectaculares, sino que se instala lentamente como un estado de fondo: una insatisfacción crónica, persistente, a menudo difícil de identificar incluso para quien la padece. En determinados contextos institucionales, este malestar puede llegar a normalizarse. El sacerdocio, en algunas de sus configuraciones o modos de vivirse, constituye uno de esos contextos.

Hablar de insatisfacción crónica en algunos sacerdotes no implica una acusación moral ni menos aún una generalización simplista. Implica, más bien, una lectura psicológica de las condiciones que favorecen la producción de subjetividades escindidas, donde el deseo, la identidad y el poder entran en una relación tensa y, con frecuencia, patológica.

La vocación sacerdotal suele presentarse como una promesa de sentido pleno: una vida orientada, significativa, protegida contra el vacío que se sitúa muy por encima de otras formas de existencia. Para muchos jóvenes, especialmente aquellos con una fuerte necesidad de reconocimiento, pertenencia o estructura, esta promesa funciona como un contrato narcisista: a cambio de la renuncia, se ofrece relevancia social; a cambio del sacrificio, se promete una identidad sólida.

El problema emerge cuando el yo real –con sus ambivalencias, deseos y límites– no logra coincidir con el yo ideal exigido por el ministerio y la feligresía. La renuncia, lejos de producir sentido, comienza a generar empobrecimiento afectivo, ya que el deseo no se extingue por decreto moral. Cuando se lo expulsa de la conciencia, retorna bajo otras formas: como rigidez, como culpa o como necesidad de control. La insatisfacción que produce no estalla en crisis visibles; se instala como un estado de fondo, silencioso y persistente, que acompaña la vida. Esta insatisfacción rara vez se formula como tal. Suele adoptar formas más aceptables: cansancio espiritual, rigidez doctrinal, cinismo pastoral, o una adhesión cada vez más defensiva a la norma.

La insatisfacción crónica se alimenta aquí de una paradoja: se ha renunciado al deseo en nombre de un ideal, pero el ideal no devuelve vitalidad, sino frustración.

Cuando el deseo personal ha sido negado o demonizado, el poder aparece como una vía compensatoria. No necesariamente como abuso explícito, sino generalmente como sutiles formas de sometimiento. La obediencia del otro produce sensación de eficacia, y el rol sacerdotal garantiza una posición incuestionable, moviéndose no solo en el marco de lo disciplinar, sino también en el de la conciencia. En este contexto, el clericalismo no es fundamentalmente un problema eclesial, se trata ante todo de una solución psicológica defensiva frente a un vacío interno. Las dinámicas propias de las asimetrías de poder favorecen a largo plazo un desencanto que retroalimenta el círculo vicioso del autoritarismo.

Reconocer este malestar es el primer paso para superar la situación y encontrar una salida válida. El deseo como tal no ha de considerarse enemigo de la vida espiritual. Cuando es reconocido, simbolizado y orientado, puede convertirse en fuente de entrega; cuando es negado, degenera en control, culpa o resentimiento. El problema no es desear, sino no saber qué hacer con lo que se desea.

Desde esta perspectiva, la renuncia sacerdotal solo puede ser fecunda si no se vive como amputación, sino como opción consciente, sostenida por un tejido social y afectivo congruente con la propia vocación. Mantener la fidelidad exige entonces no mentirse, no ignorar las tensiones y los conflictos que inevitablemente genera.

En segundo lugar, esta salida requiere mayor dosis de corresponsabilidad y de escucha, sin ningún tipo de apercibimiento o sanción. Tomar conciencia de que el liderazgo y el gobierno no se ejerce provocando temor ni desde la exigencia de sometimiento y control, sino asumiendo en su concreto ejercicio la vulnerabilidad compartida. El sacerdote ha de conocer sus propias imperfecciones y ser consciente de su fragilidad al intentar realizar el ideal que lo mueve, para poder acompañar a quienes con destinatarios de su ministerio desde una humanidad reconocida, asumida y trabajada.

 

Juan Antonio Moya Sánchez

 

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5 comentarios

Dámaso
Yo cada vez entiendo menos a estos curas y sus problemas.
10/01/26 12:50 PM
Néstor
Sería interesante conocer los condicionamientos psicológicos que llevan a las actitudes más "progresistas".

Saludos cordiales.
10/01/26 1:02 PM
Marcelo Fernando Gerstner
Progresista: Tipo que en determinado momento puso una bomba a su propia re (em) presa pésimamente construida.
10/01/26 5:58 PM
Marcelo
Dámaso: el problema no es que los curas tengan problemas incomprensibles, sino que seguimos esperando que no los tengan. El artículo no pide comprensión, sino lucidez.
11/01/26 3:01 AM
Marcelo
Dámaso: el problema no es que los curas tengan problemas incomprensibles, sino que seguimos esperando que no los tengan. El artículo no pide comprensión, sino lucidez.
11/01/26 10:30 AM

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