Santo Tomás para no tomistas
Santo Tomás de Aquino según Sandro Botticelli.

Santo Tomás para no tomistas

La obra de santo Tomás de Aquino seduce por su magnífica lógica, su arquitectónica consistencia, su rigor insobornable, su coherencia. Y toda esta perfección angélica se muestra junto a un realismo y un sentido común, a un apego a las cosas cotidianas que lo convierten en el menos intelectualista de los intelectuales.

Sin embargo, la enorme mole de su obra causa respeto y un poco de temor. El lector se siente como el alpinista que, al inicio de su ruta, mira una cumbre altísima y de duro acceso. Especialmente las dos grandes sumas, la teológica y la contra gentiles, presentan la dificultad de su carácter exhaustivo y su gran volumen. En el prólogo a la Suma Teológica santo Tomás plantea su obra como una introducción para personas que se inician en la doctrina cristiana: «el fin que nos proponemoss en esta obra es tratar lo que se refiere a la religión cristiana según aquel modo que es más conveniente para enseñar a los que comienzan«. Así muestra la intención de su obra: «intentaremos, confiando en el auxilio divino, exponer breve y claramente, según que la materia lo sufre, lo que pertenece a la doctrina sagrada«. Basta echar un vistazo al índice de la obra --por cierto, inacabada-- para sospechar que la afirmación del autor no está exenta de cierto humor.

Para aquellos que quieran introducirse en el mundo tomista y quieran hacerlo con una obra más accesible y, al mismo tiempo, que contenga todas las esencias que la configuran, me atrevo a aconsejar la lectura de un texto. Se trata de un conjunto de escritos que se recogen con el título de Catequesis y el subtítulo de El Credo, el Padrenuestro, los Mandamientos y los Sacramentos[1]. El volumen tiene su origen en una serie de 59 sermones que dio en la cuaresma de 1273 en Nápoles, como profesor del studium dominicano. Los sermones trataron el Credo (Símbolo de los apóstoles), el Decálogo mosaico (los mandamientos) y el Padrenuestro. También parece que sobre el Avemaría (3 sermones). Se pronunciaron en vernáculo, pero nos han llegado por una versión latina preparada por su secretario, Reginaldo de Piperno, y Fray Diego de Andría (los sermones del Decálogo). El volumen incluye un texto escrito directamente por santo Tomás, probablemente unos años antes, que lleva el título de Sobre los artículos de la fe y los sacramentos de la Iglesia.

Lo primero que hay que destacar de la obra es que constituye una especie de vademécum, de introducción a la fe cristiana. Al modo de nuestras antiguas enciclopedias escolares, este libro es un compendio adecuado de todo lo que un cristiano tiene que saber de su fe. Recoge la parte dogmática (credo), la parte espiritual (oración, padre nuestro) y la parte moral (los mandamientos). Dice el autor: «Tres cosas son necesarias al hombre en orden a su salvación: conocimiento de lo que ha de creer, conocimiento de lo que ha de desear y conocimiento de lo que ha de poner en práctica. El primero se adquiere en el símbolo, donde se enseña la doctrina de los artículos de la fe; el segundo, en la oracion dominical; el tercero en la ley« (p. 157). Pues bien, todo esto está resumido, pero completo en este volumen.

A pesar de su carácter de resumen, la obra posee las características propias de la obra del Aquinate.

1º. Por lo pronto, riguroso orden y estructuración del texto. Esto es marca de toda la producción tomista y en general, de la Escolástica. Cada idea se va desarrollando abriendo su ámbito de aplicación a distintas opciones; primero se trata la idea inicial y, luego, sus ramificaciones se van viendo una a una. Esta estructuración rigurosa incluye las posibles ideas contrarias y su contestación o refutación. Así, sobre cualquier tema, se mencionan las herejías que han oscurecido esta idea y sus correspondientes refutaciones. El libro es un catálogo muy completo de desviaciones doctrinales, tanto las contemporáneas como otras más antiguas.

2º. En segundo lugar, abundancia de referencias a los Santos Padres, pero, sobre todo, con un carácter exhaustivo, a la Sagrada Escritura. A cada paso de su argumentación, el autor se va apoyando en la Biblia, con la cita oportuna y certera, lo que demuestra su magistral dominio de la Escritura. La cantidad de citas bíblicas es impresionante en su cantidad y en su oportunidad.

3º. La obra es un ejemplo de la capacidad del Aquinate de ir a lo esencial, sin contaminaciones subjetivistas y pesonalistas, sin lirismos y psicologismos, tan frecuentes en la teología actual. Sabe dar en cada caso la definición certera, sin palabras superfluas, sin ocultar o atenuar lo que pueda resultar duro o desagradable, sin anbigüedades ni anfibologías. Estilo que puede parecer un poco seco, pero que termina por conquistar al lector por una exactitud que a veces parece angelical.

4º. Capacidad de explicar temas de gran complejidad y profundidad con ejemplos muy claros, tomados de la vida cotidiana. Por mucho que se eleva a sublimes alturas espirituales, no pierde el contacto con la vida diaria. Santo Tomás representa bien lo que se ha llamado el «realismo cristiano«. Los misterios más hondos de la divinidad son explicados con símiles de la vida corriente. Ambos responden a una misma lógica.

Por todas estas razones, la lectura de esta obra es una buena forma de darse un primer chapuzón en el magnífico e inmenso océano tomista.


[1] Uso la edición de Ediciones Rialp, Madrid, 2025, 6ª ed., presentación y anotaciones de Josep-Ignasi Saranyana

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