26.07.16

P. Jacques Hamel

Los  valientes “soldados” del Daesh han llevado a cabo una acción “heroica”: asesinar, arrodillado, a un sacerdote de 84 años. Con el morbo añadido de filmar ese crimen.

Algo pasa en una religión cuando, en su nombre, se perpetran salvajadas de ese calibre. La relación entre religión, razón y violencia es un parámetro que merece ser analizado. No cabe decir: “yo apoyo esa religión, pero no la violencia”. No cabe apoyar ese tipo de violencia nunca. Y si hay que revisar la religión, debe ser revisada. La actitud cómplice de “no lo comparto, pero lo comprendo” no ayuda nada.

Pero no solo hay “religiosos” complacientes – no violentos, pero que “comprenden” la violencia - , sino que hay también – muchos – ignorantes y estúpidos que no mueven un dedo a favor de nada positivo, pero sí manejan su teclado para exculpar a los culpables: Que si los violentos son pobres, que si han bombardeado Siria, que si no llueve café en el campo…Cualquier cosa les vale para cubrir de razón a quien nunca la tiene. Hoy he leído incluso un comentario en Internet – y yo no les concedo apenas valor a esos comentarios – que, ante la muerte del sacerdote, decía: “Un pederasta menos”.

El nivel de miseria moral de los terroristas es muy alto. Son muy miserables. El nivel de los “comprensivos” es igualmente alto, en miseria, en degradación. Ese tipo de gentuza es la que, ante un asesinato, piensa: “Algo habrá hecho el asesinado”. Se satisfacen culpando a las víctimas. No creo que el P. Jacques Hamel haya combatido en Irak o en Siria. No porque sea malo combatir con las armas el mal, que es el lo que hay que hacer, sino porque era una persona anciana que no podía hacerlo de ningún modo.

Le ha tocado, hoy, a él. Lo curioso del destino es que matan a un sacerdote porque lo identifican con “los cristianos”. Para ellos, para esos terroristas, “los cristianos” son los europeos, sin más. Quizá no hayan sabido que Europa ya no es cristiana, sino apóstata. Pero el martirio redimirá, tal vez, muchas apostasías.

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11.07.16

Mejor, no amargados

Experimentar la amargura, la pena, la aflicción y el disgusto, es compatible con la fe. Vivir amargados, resentidos, frustrados, creo que no lo es.

Nadie nos ha dicho que seguir a Cristo sea fácil. El Señor es más bien exigente: “El que pierda su vida…la encontrará”.

“Perder” y “ganar”. La fe no es, en absoluto, fácil. Consiste en fiarse, de modo razonable y libre, de Dios, con la ayuda de la gracia.

Fiarse de Dios es equivalente a desconfiar un poco de uno mismo. La última y decisiva palabra no es la nuestra, sino la de Dios.

Dios – solo Él – es el contenido, el motivo y el fundamento de la fe. La Iglesia, en todo ese proceso, cumple un papel necesario, pero, en cierto modo, instrumental; ya que es, por voluntad divina, signo e instrumento.

No cabe superar lo sacramental, sino integrarlo. Pero lo sacramental acerca y aleja, facilita y hace difícil, en esa lógica compleja de la Encarnación, la apertura a Dios.

Dios sigue siendo Dios. Se nos acerca y se escapa al mismo tiempo. Dios, a veces, creo yo, pone a prueba nuestra fe. Nos pregunta, simplemente, si se basa en Él, en su Palabra – que es Cristo – , o en otras cosas.

La geografía de la fe no suele ser confortable. Y menos en un mundo dominado por la secularización, por la aparente autosuficiencia. Los creyentes, hoy, han de acostumbrarse a un entorno hostil. Ya no tanto a un jardín pacífico, sino a una especie de jungla en la que todo, o casi todo, puede estar envenenado.

No sobreviven, en entorno hostil, los débiles, sino los sabios. Y sabio es aquel que teme a Dios y confía en Él, en los días plácidos y en los menos plácidos.

Comprendo a los cristianos probados, hasta desorientados, pero me resulta más complicado aplaudir a los amargados.

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6.07.16

“Fumar puede matar al hijo que espera”

Los responsables de las campañas anti-tabaco, que, a la hora de cobrar impuestos por el consumo del mismo, no hacen ascos a nada, han diseñado unas cajetillas trágicas. Me hacían pensar, esos diseños, en las antiguas “tablas de ánimas”: Las pobres almas del purgatorio padeciendo entre llamas purificadoras. Es verdad que el aviso era certero: “Si pecas, ya sabes a lo que, en el mejor de los casos, te expones. A purgar graves penas”. ¿Habrán evitado los pecados esas tablas? Quizá sí, al menos en parte. Quizá no del todo.

Hoy el consumo de tabaco se ve como un mal. Un mal unánimemente perseguido y criticado. Pero, también, como un mal “tolerado”  – en teoría solo se  pueden “tolerar” los males – por el beneficio económico que proporciona esa industria. Y no tanto por la defensa de una libertad del individuo, cada vez más cercenada. Ni tampoco, solo, por la defensa de la salud pública.

Uno, en una cajetilla, puede ver retratadas todas las plagas posibles. Todos los tormentos. Todos los desastres. Pero, como el Estado es muy “tolerante”, si la “tolerancia” le sale a cuenta, puede seguir comprando tabaco en un estanco.

Vayamos al caso. En una cajetilla han puesto a una pareja – un hombre y una mujer – muy compungida por la pérdida de su bebé. Los padres aparecen como muy disgustados, abrazando lo que parece ser un osito de peluche quizá dedicado a su hijo no nacido.

Se ve un pequeño ataúd, blanco, y hasta una vela encendida. Es una escena de tanatorio, de capilla ardiente. Unos padres que se duelen por la pérdida de su bebé. Todo muy normal.

Claro, si fumar perjudica al niño en proceso de gestación, como parece que es el caso, no se debe fumar. Porque, en efecto, “fumar puede matar al hijo que espera”.

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2.07.16

Menos orgullo y más modestia

Hoy se exalta el orgullo, la vanidad y el exceso de estimación propia. Y, yendo a las raíces, no hallo la causa de tanto arrebato. No es bueno, en líneas generales, envanecerse de nada. El que es más listo, si presume de ello, parece más tonto. El que es más alto, si presume de ello, igual.

Cada cual es como es. Y, en el mundo, hay de todo: Altos y bajos, guapos y menos guapos, fuertes y débiles. El mundo es esa porción de realidad inmensa en la que, en principio, todos debemos caber. Obviamente, siempre habrá que marcar unas líneas defensivas. No podemos, por ejemplo, premiar con medallas a los asesinos.

Y no por nada, sino porque el placer que el asesino, a veces, experimenta al asesinar no es socialmente rentable. No es universalizable. No cabe tolerancia con esa actitud. Solo cabe, razonablemente, la defensa ante ella.

Hay otras actitudes que pueden agradar o no. Pero no es lo mismo tolerar lo que no nos place, y que, en el fondo, pensamos que no es lo mejor, que exaltar como exquisitez lo que no es tal. Yo puedo tolerar a los echadores de cartas, aunque no me gusten, porque creo que engañan a la gente. Pero esa objeción no me llevará a pedir que les corten la cabeza a quienes se dedican a esos menesteres.

¿Tolerancia? Toda la posible. ¿Exaltación a niveles de lo inmejorable? La justa.

Y esta manera de ver las cosas vale para el espectáculo que hoy vemos con las marchas a favor del llamado “Orgullo”. ¿Orgullo de qué? Una persona es mucho más que su tendencia sexual. Reducir a una persona a esa tendencia es un recorte muy poco justo. Una persona es una persona, que merece un respeto y que no puede dejar de merecerlo por algo importante, pero accidental, como puede ser su tendencia en el ámbito del deseo – de determinados deseos - .

Frente al orgullo, la modestia, que es la virtud que “modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo conveniente a él”.

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1.07.16

El “sorpasso”

La palabra “sorpasso” significa, creo, algo así como “adelantamiento”. Y se ha convertido ya en una categoría política.

Como están, en la memoria de todos, los resultados de las últimas elecciones no hará falta incidir en ese significado político. ¿Que Podemos “adelantaba”, en el carril de la izquierda, al PSOE? Pues parece que no. Ellos, unos y otros, los adelantadores y los adelantados, sabrán – o no -  por qué. Quizá porque circular solo por la izquierda es más arriesgado.

Pero el “sorpasso” nos puede afectar a todos. Vamos a nuestro ritmo, conduciendo nuestra vida en la medida en la que está a nuestro alcance y, de golpe, de modo inesperado, algo nos “sorpassa”, si cabe conjugar así. Por ejemplo, un percance de salud con el que no contábamos a priori. Y con la mayor parte de esos imprevistos no se cuenta.

Esos imprevistos pueden llegar a cualquier edad y a cualquier hora del día. Y no vale decir, una vez que han pasado, algo tan socorrido como “se veía venir”. O sí o no. No siempre lo que acontece es previsible de modo directo.

¡Qué terriblemente difícil, y no absurdo, es estar vivo! Nada limita más con la vida que la muerte. Y, quizá sin sospecharlo, la muerte, o su amenaza, su aviso poco deseado, nos puede dar, a poco que nos descuidemos, el “sorpasso”.

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