12.02.17

La última Misa de Lamennais. El fin de una apostasía

Segunda y última entrega de un breve y magnífico texto de Hugo Wast.

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi


A mano izquierda, en el camino de Diñan a Comburg (Francia), había hasta no hace mucho un bosque de castaños, por entre cuyos bronceados troncos divisábanse las paredes blancas de una capilla.

La casa antigua, edificada sobre las ruinas de un castillo feudal, es la famosa Chenaie («el Encinar»), donde Lamennais escribió algunos de los libros que lo hicieron llamar «el último Padre de la Iglesia», y también las Palabras de un creyente, que provocaron su definitiva ruptura con Roma.

En esa capilla y ese altar, hace de esto un siglo, en la Pascua de 1833, celebró su última misa. Ese día, bajo la dulce primavera bretona, y sin que lo advirtieran los sencillos paisanos que asistían al santo sacrificio, comenzó la más honda tragedia espiritual del siglo XIX, cuya última escena sería aquella lágrima misteriosa que corrió por las mejillas del apóstata moribundo.

En el artículo anterior, al referirnos a la primera misa de Lamennais, hemos contado que se ordenó cediendo al imprudente celo de dos amigos sacerdotes, y que sintió el horror de su falta de vocación desde que sus manos quedaron consagradas in aeternum, ¡hasta la eternidad!

Releamos su carta desgarradora al abate Juan, su hermano, días después de ordenarse:

«Soy extraordinariamente desgraciado… No hago reproches a nadie… Hay destinos inevitables; pero si yo hubiera sido menos débil y confiado, mi posición sería muy distinta. En fin, lo mejor que puedo hacer es dormirme al pie del poste en que han remachado mi cadena».

Celebró su primera misa en marzo de 1816, y la última en 1833.

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11.02.17

La primera Misa de Lamennais. Un sacerdote apóstata

En tiempos en que la Iglesia sufre a causa de algunos teologuillos de escritorio que, lejos de transmitir la Fe de la Iglesia intentan congraciarse con el mundo, recordé la lectura de dos opúsculos que el gran Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría) nos legó sobre el tema.

Se trata de una recreación literaria de la primera y la última Misa del apóstata francés, Felicité de Lamennais.

Porque muchos no deberían haberse ordenado de sacerdotes nunca. Y otros, deberían dar cuenta a Dios por haber forzado vocaciones.

Para reflexionar…

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

LA PRIMERA MISA DE LAMENNAIS(1) 

Hugo Wast 

 

En esta Pascua de 1933 se ha cumplido silenciosamente el primer centenario de un drama que fue en su tiempo famoso, y que el mundo ha olvidado ya: la última misa de Lamennais.

Drama espiritual, que tuvo por teatro una conciencia, por actor la voluntad de un hombre, y por único espectador a Dios.

¿Qué sentimientos sacudían las entrañas del infortunado sacerdote, cuando por última vez ascendió la grada de su pobre altarcito de la Chesnaie, revestido de los ornamentos de la Pascua? ¿Cómo latía su corazón cuando su mano marcada in aeternum por el sacerdocio consagró el pan y el vino, convirtiéndolos en el cuerpo de Cristo?

¿Había ya dejado de creer que la hostia, que luego alzaron sus manos trémulas, era la substancia de Dios, y que la copa contenía real y verdaderamente la sangre del Hijo de Dios?

¡No! Aquella alma grande y trágica nunca se habría rebajado a la comedia de celebrar una misa si no hubiese creído que detrás de las solemnes palabras latinas hoc est enim corpus meum, se realizaba el milagro que hace arrodillarse hasta a los ángeles en lo profundo de los cielos.

Lamennais creía ciertamente, pero su fe estaba ya herida en la raíz.

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9.02.17

A fornicar que se acaba el mundo...

Ayer nuestro compañero en Infocatolica Luis Fernando Pérez Bustamante daba noticia de la presentación del nuevo libro del cardenal español Luis Martínez Sistach, en el cual textualmente dice respecto de quien se ha casado por Iglesia, separado (o divorciado, da igual) y nuevamente emparejado con otro:

El discernimiento en divorciados y vueltos a casar ha de considerar aspectos del anterior matrimonio y la nueva unión. Si en algún momento, el interesado, en conciencia y ante Dios, constata que se da alguna circunstancia que hace que a la situación objetiva de pecado no le corresponde imputabilidad subjetiva grave, se puede acceder a los sacramentos“.

Es graciosa la expresión de "el interesado en conciencia“, pero lo dejamos ahí, porque varios ablativos se nos ocurren luego de la preposición, pero es privilegio laical el aplicarlos. 

Ahora bien, ya que se acabaron los principios (como hace poco le oí decir a un prelado) será necesario darle la razón al Padre Piolini cuando decía a sus penitentes: "¡no pasa nada…"!

¡Ah! ¡Y ánimo! que al parecer falta poco.

Semper infideles!

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

6.02.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (5-5). Verdaderas razones del odio contra Borgia

Las razones de los ataques

Así como enumeramos antes las acusaciones, digamos ahora cuáles fueron sus orígenes.

 

1) La calidad de sus enemigos y el férreo gobierno en el Papado

Es necesario advertir que la principal diferencia de este Papa con los otros del Re­nacimiento está dada por la calidad de los enemigos po­líticos que tuvo. Es aquí donde aparecen las figu­ras que cuentan en este entresijo público. Un Carlos VIII, Rey de Francia, o un fray Jerónimo Savonarola O.P., el dicta­dor rigorista de Florencia, quien, al tiempo que atacaba al Papa, hipostasiaba la imagen del rey francés. Y, por supuesto, la lucha del clan de los «catalanes» (en realidad, valencia­nos de Játiva), con las otras facciones romanas.

Alejandro VI hizo política temporal en los Estados Pontificios, conforme a las circunstancias del Renacimiento, e intentó romper las bases de la feudalidad romana. «Yo no acepto ser esclavo de mis baro­nes», dijo; y, con ello, inició una lucha constante con los Colonna, Orsini, Savelli, Conti y otros.

Sus enemigos contaban con un gran aliado: el Rey de Francia, quien intentó someterlo a tutela y a cautiverio en Sant’Angelo. Rodrigo, con auxilio hispano, se liberó de tal dependencia, e impuso su férrea mano sobre los nobles romanos traidores:

Si ahora empieza la lucha, también empieza a crearse la fama de los Borgia. Es ahora cuando todos estos poderosos señores con grandes Cor­tes (…), al verse amenazados, se lanzan a una campaña de descrédito en contra del Papa y los suyos, que se intensifica a medida que van perdiendo los bienes abusivamente retenidos[1].

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4.02.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (4-5). Acusaciones varias

Veamos algunas de las acusaciones lanzadas contra el Papa y el Cardenal Borgia.

 

1) Fiestas mundanas

En primer lugar la acusación del Papa Pío II donde se le acusó de participar en fiestas mundanas. En efecto, en junio de 1460, mientras el cardenal Borgia contaba apenas con veintiocho años, el Papa Pío II, haciéndose eco de ciertas historias, le escribió una carta reprochándole una conducta disipada:

Hemos oído que hace tres días, un gran número de mujeres de Siena, ataviadas con toda vanidad mundana, se reunieron en los jardines de nuestro bien amado hijo Juan Bichas, y que Vuestra Eminencia, descuidando la dignidad de su posición, estuvo con ellas desde la una hasta las seis de la tarde, y que teníais en vuestra compañía a otro Cardenal, a quien, si no el honor de la Santa Sede, al menos su edad, debía haberle recordado sus deberes. Se nos dice que los bailes fueron desenfrenados y que las seducciones del amor no tuvieron límite, y que vos mismo os habéis comportado como si fuerais un joven del montón secular[1].

El Papa Pío II, en efecto, parecía sorprendido de esta actitud desordenada del joven cardenal, considerándolo siempre «un modelo de gravedad y de modestia» (te semper dileximus et tamquam eum in quo gravitatis et modestiae specimen vidimus). Varios escritores han reproducido dicha carta una y mil veces, como era de suponer, e incluso agravándola en sus traducciones y aduciendo una conducta completamente inmoral de Borgia.

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