2.05.18

(264) Iglesia visible y Leviatán

1. La Iglesia, sociedad visible

Afirma el Catecismo Mayor, 144, que «el noveno artículo del Credo nos enseña que Jesucristo fundó en la tierra una sociedad visible».

El énfasis puesto en la visibilidad de la divina fundación, responde a una sabia pedagogía magisterial: dejar claro a los creyentes que la obra de Jesucristo es cierta y no dudosa, reconocible y distinguible.

Consultando el diccionario de la RAE confirmamos la acepción: algo es visible cuando «se puede ver»,  «tan cierto y evidente que no admite duda»; y llama la atención «por alguna singularidad».

Está muy claro, por ello, que esta singular sociedad fundada por Nuestro Señor Jesucristo, por ser visible, debe suscitar certezas y no dudas, debe ser lo que es y no otra cosa, debe tener el rostro que le corresponde, y no el del Leviatán.

 

2. La invisibilidad como tentación

La Iglesia, que es Arca de salvación, siendo visible puede ser encontrada; pero también rastreada, acuciada, combatida por quien rechaza la salvación, y prefiere ahogarse. Si no es visible no es cazada, pero tampoco descubierta. Si no es visible, no puede ser perla que se halla en el campo. 

La invisibilidad confesional, el mimetismo a ultranza, la integración en la Modernidad, no supone un aumento del alma, no implica una mayor autenticidad ni un mejor fruto. La tentación de mostrarse dudosa, incierta, inconsistente, líquida, adaptable al recipiente de los valores del orden mundial, es una tentación que sólo se puede resistir con la gracia, con los conceptos y principios de la clasicidad, con el deseo del martirio. 

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21.04.18

(263) Quintas justas, II: modernidad y catolicidad, una amistad imposible

1ª.- Modernidad contra catolicidad.- No hay manera de congeniarlas. Cuando se intenta la simbiosis, la mente católica percibe ese conato como una tensión infructuosa, problemática, sin resolución posible; como una fragmentación interna que deviene en crisis.

 

Porque siempre que el pensamiento católico adhiere elementos ideológicos esenciales de la Modernidad, se posiciona contra su propia catolicidad, y perjudica al catolicismoLa asimilación católica de principios constitutivos del numen moderno siempre es autodestructiva y problemática, tensiona por dentro el numen bíblicotradicional hasta desfigurarlo, y genera confusión y división.

 

3ª.- La Modernidad comienza con Lutero y con Pico de la Mirandola (figura de los humanistas italianos del Renacimiento). De un lado, surge el protestantismo. De otro, ese humanismo de modernidad incorporada, que en el fondo no es más que antropocentrismo de idiosincrasia católica. Pero idiosincrasia y fe no son lo mismo.

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17.04.18

(262) Quintas justas, I: la modernidad empieza con el libre examen

1ª.- Occidente era la Cristiandad.- Con la mal llamada Reforma, la Cristiandad comenzó a deconstruirse, quedando tan sólo una Europa progresivamente descatolizada  (pues eso es la secularización) —y una cristiandad superviviente, llamada Hispanidad (evangelizadora y occidentalizadora).

 

La Modernidad, en cuanto tal, no empieza con el descubrimiento de América, sino con el libre examen.

 

3ª.- Vivimos, aún, en la Modernidad, que es la era del subjetivismo. Cuándo acabará, no lo sabemos. Lo que sí sabemos, o deberíamos saber, es que lo posmoderno no es sino un escorzo de lo moderno.

 

El subjetivismo, en cuanto esencia del pensamiento moderno, es también esencia de su radicalización: el pensamiento posmoderno. —Si en una primera fase el subjetivismo se manifestaba como exageración de la razón (racionalismo), en una segunda fase se manifiesta como exageración del racionalismo (irracionalismo).

 

y .- Modernidad globalizada. Mundialización del libre examen, bajo apariencia de libertad de conciencia. No asistimos a una nueva etapa, sino a la dilatación axiológica de la era de las revoluciones. No otra cosa es el nuevo orden mundial.

 
David Glez Alonso Gracián

15.04.18

(261) Relativismo dogmático, nihilismo consolidado y posmodernidad

Se dice de la sociedad occidental de hoy día que es líquida, por oposición a sólida. Se olvida, sin embargo, que un agua mala puede congelarse, y no por ello perder maldad, antes bien ganarla por petrificación. Y que un error consolidado, congelado en paradigma, es más difícil de superar que un líquido, pues toma forma de obstáculo.

 

1. De la sociedad líquida a la sociedad petrificada

La navegación por los mares de la posmodernidad se ha vuelto sumamente peligrosa. No sólo hay que contar con la presencia de amenazadores bloques de hielo aquí y allá, sino con la acción subliminar, subyacente y profunda, de inadvertidos Leviatanes.

Subliminar, porque el mal posmoderno actúa como por debajo del umbral de la conciencia, en la tenebrosa zona de la mentalidad del siglo, con sus prejuicios, tópicos y lugares comunes de apariencia insalvable y maciza.

Subyacente, porque el error posmoderno actúa por debajo de una capa de apariencia benéfica, que es el buenismo personalista; cubierto de aparentes bienes, pero continente del mal originario, una pretensión de autonomía y autoposesión que es figura de la emancipación original.

Profunda, porque penetra hondamente, más hondamente que nunca, extendiéndose más largamente que nunca; estando su fondo causal tan distante a la mirada, que aunque asome al pozo no acierta a distinguir su principio y su finalidad. Avistar el peligro es enormemente dificultoso.

Cuando se dice, por tanto, que la sociedad de hoy es líquida, no ha de olvidarse que los valores que le son propios se han solidificado de tal manera subliminar, subyacente y profunda, que han constituido un paradigma.

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9.04.18

(260) Pecado mortal, rechazo de Dios y nihilismo

Todo pecado mortal —sobre todo si es sistematizado en vicio o en estructura de pecado—, contiene una pretension nihilista.

Todo pecado mortal supone la pérdida del estado de gracia, y si atenta contra la fe, significa su abandono.

Todo estado obstinado de pecado mortal, en el fondo, implica una pretensión deicida.

 

Los nihilistas, con Friedrich Nietzsche (1844- 1900) a la cabeza, gustan de hablar de la muerte de Dios. Pero como Dios no puede morir, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de la muerte de Dios, sino, propiamente, del deseo que tiene el nihilista de “matar” (si pudiese) a Dios.

Lúcidamente explica Gustave Thibon:

«Me propongo evocar el problema de la muerte de Dios. Evidentemente, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de Dios mismo (…) Por consiguiente, de lo que yo quiero hablar es del eclipse de Dios en el espíritu de los hombres. Esto es infinitamente grave (Gustave THIBON, «¿Ha muerto Dios?» (Verbo, 189-190: Serie XIX, p.1159-1160)

 

Dado que nadie puede matar a Dios, habría que hablar, más bien, del deseo nihilista, moderno y revolucionario de matar a Dios. Del anhelo, latente en todo sistema de pecado, de que Dios no exista ni en la vida de las personas, ni en las leyes que la rigen, ni en la cultura que la anima.

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