InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: General

19.10.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- Confiar en Dios

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” -  Confiar en Dios

“Lo mejor es estar contento con todos los acontecimientos que Dios envía, bien sean épocas de paz o de revoluciones…,  nada ocurre en el mundo que Él en su infinita bondad no tenga previsto, y la criatura no llegará más allá del límite por Él señalado”.

 

Decir que se confía en Dios, nuestro Padre y Creador, es algo que todo creyente en eso (que es nuestro Padre y que nos ha creado) debe tener por verdad, por algo bueno pero, sobre todo, por algo que nos lleva por el buen camino.

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18.10.17

Serie Tabor y Getsemaní - 3- El aviso sobre el porvenir

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 “Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz.”

 

Mt 17, 2

 

 “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”

 

San Josemaría, Santo Rosario. Cuarto misterio de luz. La Transfiguración del Señor, 20

  

Lo que va de un momento a otro

 

En las Sagradas Escrituras hay momentos en los que Dios habla de una forma muy especial a sus hijos los hombres. 

Uno de ellos se produce cuando, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, se transfigura el Hijo de Dios en el monte Tabor y Elías y Moisés se aparecen para conversar con Quien había sido enviado por Dios al mundo en bien de toda la creación humana; otro momento es cuando, antes de la Pasión, también son Pedro, Santiago y Juan los que acompañan al Maestro en el Getsemaní, aquel Huerto de los Olivos donde empezó todo. 

Todo, además, tiene relación con aquellos que, a lo largo de los siglos, hemos querido ser discípulos de Jesucristo porque nada de lo hecho por el hijo de María ha dejado de tener trascendencia. 

Así, por ejemplo, en el episodio acaecido en el monte Tabor, la Transfiguración, la voz de Dios sirve para darnos a entender que Aquel que estaba con ellos era su Hijo y que era obligación grave, para sus discípulos, escucharlo porque hacer eso era hacerlo con el mismo Creador Todopoderoso. 

Todo, pues, en aquel acontecimiento en el que las ropas de Jesucristo blanquean como nunca habían blanqueado otras y donde se da un mandato claro como hemos apuntado arriba. Y fue allí, precisamente allí, cuando Jesucristo habla de su resurrección. Y allí también donde aquellos tres discípulos no comprendieron a qué se refería… 

Y, luego, Getsemaní, otro momento importante en la vida del Hijo de Dios y, por extensión, de todo discípulo suyo e, incluso digamos más, de toda la humanidad. 

El oprobio hacia Dios, Abbá amado, Padre tuyo y nuestro, el pecado de cada acto de soberbia, de orgullo, de cerrazón del alma ante el prójimo, ante quien necesitaba de una mano amiga o de un instante de aliento, ante quien buscaba el alivio de una pena o el sembrar de una oración, ante quien estaba necesitado de luz que iluminara su tiniebla y su vida y, así, poder remediar la tristeza de su existir; el viento de odio que nos había llevado, siglo tras siglo, ese falso bienestar de una verdad no entendida; la lucha en la que siempre vencía el mundo… sobre todos nosotros. 

Postrado, arrodillado, humillado, demandando clemencia de la voluntad de Tu Padre recaía, sobre tu ser, todo eso que sobre todos nosotros hace tanto tiempo brillaba para oscurecer nuestro venir, nuestro ser, nuestro presente; que, desde hace tanto tiempo, tanto tiempo, en un pasado, como una losa, cae sobre el alma nuestra y nos vence, nos gana, nos hunde. 

¡Tanto peso sólo podía ser compensado con un amor sin límites! ¡Tanta ocultación de la bondad sólo podía ser compensada con un corazón donde cabía todo el bien!

En nuestra particular nada, ahora y antes, cuando ante la virtud oponemos una resistencia casi indomable, de negación de la Verdad, cuando sufrimos el asedio del mal, cuando en cada pensamiento nos acomete la maldad que no descansa, ¿somos capaces de rendir nuestro corazón y pedir, pedir, pedir, el auxilio de Quien lo quiere dar?, ¿acaso imploramos la clemencia del Que es todo misericordia y para quien el perdón es la savia de su permanencia eterna?, ¿cómo hacemos de nuestra vida un dolor con sentido? 

En nuestro huerto particular, Getsemaní amargo donde todo fruto es sueño, donde no hay aceite que unja nuestro espíritu ni nos fortalezca, donde orar es, a veces, un árido terreno de piedras forjado, también debemos sentir la urgencia de acudir al Padre, de recordar que siempre espera, que siempre está solícito a nuestras peticiones, que siempre nos alienta ante la asechanza del maligno el cual, en su acometida, no descansa vistiendo de luz lo que es noche, disfrazando de brisa lo que es viento que, huracanado, eleva hacia la nada nuestras ansias de tener. Es ahí, exacto mirar desde donde el bien encuentra su seno, donde repetirse en el pedir es señal de perseverante amor, donde las gotas de nuestra vida caen como su sangre, como si de hojas caducas se tratase queriendo pedir la perennidad de la vida eterna, soñando con un mañana virtuoso, para olvidarlo al coste de esa ambición. 

Sobre ti recaía, hermano Cristo, recayó, recae, en una repetición de siglos porque es eterna tu existencia (hasta el fin de los tiempos, dijiste), todas las maldades que tus hermanos, hijos del mismo Padre, Abbá amado, han, hemos, ideado para poder reconocer nuestro vacío poder, para volver a coger, otra vez, aquella quijada que hiciera clamar a la sangre de Abel la caricia de Dios, que fuera, ya para siempre, la mejor y más genuina definición de nuestro actuar. Y por todos nuestros pecados te condenan y te persiguen, muerte ya desde aquel huerto en el que te sometiste a la voluntad de Tu Padre y nos enseñaste lo que es la fidelidad llevada al extremo. 

Somos, así, como esa lágrima que, al caer, gusta el terroso sabor de la tierra de donde salió porque, al mezclarse, con ella, forma el barro con el que el Creador quiso formar, a su semejanza, una imagen de sí mismo… y ésta se olvidó, fácilmente, de sus manos. 

Por tanto, entre un momento y otro, entre Tabor y Getsemaní transcurrió un tiempo (de todas formas, no demasiado) pero, para nosotros, hermanos de Jesucristo que lo confesamos como Hijo de Dios y lo sabemos presente en la Santa Eucaristía, es como si todo hubiese acaecido en un mismo momento y, así, poder escuchar al Hijo de Aquel que todo lo hizo y mantiene sea todo uno. 

Nosotros, al fin y al cabo, no podemos ser más que el Maestro pero, en seguirlo, no debemos hacer poco sino, al contrario, todo lo que podamos.

  

3-  - El aviso sobre el porvenir

   

Lo que acababa de suceder en el monte Tabor no era lo único que iban a tener que soportar aquellos tres testigos privilegiados (Pedro, Santiago y Juan). Cuando ya pensaban que todo había llegado a su fin, aún les tenía el Maestro reservada una sorpresa como Él solía ofrecerlas y que resumiría en querer que fueran comprendidas… 

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17.10.17

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Orar así; confiar así en Dios

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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A partir de hoy, y con la ayuda de Dios, vamos a dedicar los próximos artículos referidos al Beato Manuel Lozano Garrido, a traer aquí textos de sus libros. Y vamos a hacerlo empezando por el primero de ellos, de título “Mesa redonda con Dios”. 

Orar así; confiar así en Dios

 

“Ahora toca rezar con los ojos bien cerrados y apretándolos mucho, para luego tenerlos limpios cuando Dios barra las nubes”.

 

Es bien cierto que, en materia de oración, existen muchas formas de llevar a cabo un medio espiritual tan importante como es dirigirse a Dios para pedir, dar gracias o, en fin, lo que tenga a bien el orante.

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16.10.17

Serie Venerable Marta Robin – Comprender y entender

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Le secret de Marthe Robin” escrito por el P. Jacques Ravanel" palabras que, con ayuda de Dios y del diccionario, hemos procurado traducir. 

    Resultado de imagen de Le secret de Marta Robin

 

Comprender y entender

 

“Pobres palabras para hablar de un milagro tan grande… entonces… ¿Por qué palabras? ¿No es mejor arrodillarse delante de la obra operada por el Amor mismo, penetrarla, (…) sentirla hasta el fondo para realizarla hasta el final?

 

El Amor de Jesucristo, el Amor que tiene por sus hermanos los hombres, es, para la Venerable Marta Robin algo maravilloso e, incluso, milagroso. Y es que, dada la falta de fidelidad que muchas veces expresamos los hijos de Dios, no es para, en pensar ordinario humano, nuestro hermano Cristo nos tuviera mucha ley (por así decirlo) sino para que nos diera de lado. Pero quien ha sido enviado al mundo a salvar lo que necesita salvación no puede, por supuesto, hacer eso sino, justamente, lo contrario. Y por eso nos ama.

De todas formas, para Marta Robin no deja de ser milagroso que eso pase y se pregunta, entonces. Entonces se pregunta qué es lo que, muchas veces hacemos porque eso, lo que muchas veces hacemos, en realidad, sobre de toda manera…

Los seres humanos, los más comunes de entre nosotros,  no acabamos de comprender ni de entender mucho de lo relacionado con Dios. Tampoco, por eso mismo, al respecto de su Amor o del Amor de Jesucristo por nosotros. Podemos estar agradecidos, sí, pero comprender y entender… en fin, pues es harina de otro costal.

Pero hay algunos de entre nosotros (digamos que privilegiados por Dios dada su fidelidad al Padre Eterno) que llegan mucho más lejos que el común de los creyentes. Y una de tales es, precisamente, nuestra Venerable francesa.

Ella, Marta, sabe que muchas veces sobran las palabras.

Decir eso no quiere decir, por supuesto, que no agradezcamos a Jesucristo lo que hace por nosotros muy a pesar de los pesares según somos nosotros. No. Pero ella da un paso más y fija su atención en lo que, verdaderamente , importa.

¿Y qué es lo que, entonces, importa?

Acercarse a Dios, a Jesucristo, no siempre es fácil. Bueno, queremos decir que no siempre estamos dispuestos a hacerlo y ponemos, por eso y para eso, muchas excusas, digamos, peregrinas. Pero no es imposible. Y no lo es porque Marta Robin nos pone sobre la pista del cómo.

En realidad, todo se centra en lo más sencillo que debe hacer quien quiere agradecer. Es decir, arrodillarse ante el Amor de Dios, de Jesucristo, es dar un paso muy grande para agradecer. Y agradecer así, arrodillado, ante el milagro de tan gran Amor es lo mismo que asentir al mismo y aceptarlo sin remilgos o tibiezas espirituales.

Esto lo decimos aún reconociendo lo difícil que resulta hacer lo que ella dice. Pero no es difícil porque no seamos capaces de penetrar el Amor de Dios, de Jesucristo. No. Y es que somos capaces porque el Padre y el Hijo siempre espera tal cosa de nosotros, hijos y hermanos de Uno y de Otro. Lo que pasa es que lo que no queremos, muchas veces no queremos, es ser consecuentes con lo que supone aceptar el Amor de Dios, de Jesucristo. Y no queremos porque debemos corresponder al mismo con obras, con hechos concretos y comportamientos corrientes, ordinarios, llevados por tal Amor. Y entonces, precisamente entonces, es cuando recordamos aquello que hizo el joven rico cuando Cristo le dijo que debía hacer para seguirle (vender todos sus bienes y dárselos a los pobres). Y es que nosotros, demasiadas veces, no queremos, en el fondo no queremos, dejar nuestras comodidades espirituales para adentrarnos en lo único que merece la pena que es el Amor de  Dios, de Jesucristo.

Siempre hay, claro, quien, como la Venerable Marta Robin, sí lo hace. Y entonces, precisamente entonces, contemplando una tal forma de actuar y de ser, sabemos que estamos muy lejos de ser como ella. Y damos gracias, a la vez, a Dios, por hacer suscitado a un testigo tan válido como quien sufriendo, aceptó el Amor de Dios, de Jesucristo.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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La Venerable Marta Robin es buen ejemplo de lo que se puede llegar a ser: hija de Dios.

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15.10.17

La Palabra del Domingo - 15 de octubre de 2017

 

Mt 22, 1-14

 

 

“1 Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:

2 ‘El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.3     Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.4 Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete está preparado, se han  matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda."’ 5 Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; 6 y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. 7 Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.8       Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda. 10 Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. 11 ‘Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, 12     le dice: ’Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’ El se quedó callado. 13 Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el  llanto y el rechinar de dientes.’14 Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.’”

        

 

COMENTARIO

Dios nos llama para que acudamos

 

Es bien sabido que el Creador, que mantiene su Creación, quiere que estemos junto a ÉlE. Nos llama, por tanto, cuando quiere llamarnos porque otra no puede ser la voluntad del Padre Eterno. 

También Jesús utiliza la parábola para referirse a Dios, a su definitivo Reino. Y nos habla de un banquete como expresión de la vida en el Cielo, como lo mejor que puede ser y suceder donde reina, en su definitivo Reino, el Todopoderoso. 

El banquete por excelencia es al que querríamos asistir en el Cielo. Allí, donde no hay dolor ni padecimiento alguno y donde la tristeza desaparece para siempre jamás, Dios está sentado a la mesa y espera nuestra llegada. Nos invita. Poco a poco va llamando a los que quiere que estén a su lado. Y envía a quien tiene por oportuno para llamarnos. 

El Creador no hace acepción de personas porque nos quiere a todos y a todos nos llama. Por eso, a lo largo de nuestra vida podemos optar por seguirlo o no seguirlo. Dios nos da libertad para hacer eso, incluso arriesgándose a que lo olvidemos y no queramos saber nada de Quien nos creó. 

Todo está preparado en el Cielo. Es más, está preparado siempre y para siempre porque a todos nos llega la hora de acudir ante el Padre y, de ser aceptados por nuestra limpieza de alma, pasar a su definitivo Reino. O, alternativamente, ir al Purgatorio hasta que estemos tan limpios de alma como Dios merece. 

Pero, el caso es que no siempre estamos dispuestos a seguir la voluntad de Dios y oscurecemos nuestro corazón sin querer, por eso, prepararnos para entrar en el banquete que el Creador nos tiene preparado. 

El caso es que, incluso queriendo acudir es posible que no estemos convenientemente preparados por haber incurrido en actos pecaminosos o pensamientos del mismo jaez. Entonces Dios nos advierte para que sepamos a qué atenernos: tal forma de proceder no nos conviene nada de nada porque puede tener funestas consecuencias para nuestra vida eterna… o muerte eterna. 

A tal respecto, Jesús nos dice algo que es muy importante: Dios nos llama a todos, en efecto pero no todos acuden a la llamada. A los que sí acuden y responden positivamente a lo largo de una vida lo más cercana a lo que Dios quiere de nosotros, se les prepara un sitio en el banquete; a los que no responde positivamente sino todo lo contrario… a tales personas (a sus almas y, luego, tras la resurrección, a sus cuerpos y a sus almas) no les espera nada bueno. 

Habla Jesús del llanto y del rechinar de dientes. Y sólo puede deberse al Infierno y al destino que tienen aquellos que se empecinan en desoír la llamada de Dios a acudir a su banquete. ¿Dios nos llama y respondemos que no queremos acudir? 

Tal forma de ser y de actuar es gran ceguera que, además, no es nada conveniente para nosotros. 

Y, a pesar de eso, hay tanto ciego en el mundo…

 

PRECES

Por todos aquellos que no escuchan la Palabra de Dios.

Roguemos al Señor.

Por todos aquellos que miran para otro lado cuando Dios los llama.

Roguemos al Señor.

 

ORACIÓN

Padre Dios; ayúdanos a estar atentos siempre a tu llamada y a seguirla.

 

Gracias, Señor, por poder transmitir esto.

  

El texto bíblico ha sido tomado de la Biblia de Jerusalén.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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