InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: General

28.04.17

Serie el sufrimiento – 5- La fe y el sufrimiento

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El tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso. 

Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera. 

El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia. 

Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible. 

Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios. 

Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante: 

“Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”

Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia. 

En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que

 

“Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

 

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando. 

Entonces,

“Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”

Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. 

En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar. 

Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales. 

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Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren. 

Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso. 

Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda. 

5 - La fe y el sufrimiento

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Ya hemos dicho en un artículo anterior que la fe tiene mucho que ver con el sufrimiento aceptado en el corazón del creyente católico. Veamos a qué es debida tal realidad espiritual. 

Espiritualmente hablando, el sufrimiento viene a ser como aquella reacción que se tiene al dolor. Por eso resulta muy importante tenerlo en cuenta porque según sea nuestra fe (tibia o arraigada en nuestro corazón) reaccionaremos de una u otra forma ante esa forma tan especial de afección sobre nuestro espíritu y nuestra alma

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27.04.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- La grandeza de Dios

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

“Saber Esperar” - La grandeza de Dios

“¡Qué grande es Dios!¡Qué infinita su sabiduría!¡Qué bien ordena los acontecimientos para siempre su mayor gloria!”

Que el hermano Rafael tiene una relación muy fluida con Dios y que lo ama con todas sus fuerzas es algo que podemos comprobar con, tan sólo, leer lo que dejó escrito este singular y santo religioso.

Por si alguien dudara o pensara que esto es exageración de un admirador suyo, baste con lo que traemos aquí en este momento: tres admiraciones, tres expresiones de conocer lo que es y supone Dios para un hijo suyo que ni quiere alejarse de su Padre ni tiene a bien olvidarse de Quien lo ha creado y mantiene.

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26.04.17

Reseña: “Dios”

 

Dios             Dios

Título: Dios.

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán.

Editorial: Lulu.

Páginas: 86.

Precio aprox.: 3.90 € en papel – 0.99€ formato electrónico.

ISBN: 5800122175076, papel; 978-0-244-30331-0, electrónico.

Año edición: 2017.

 

Los puedes adquirir en Lulu.

 

“Dios”,  de  Eleuterio Fernández Guzmán.

 

Continuamos con la publicación de textos dentro de la Colección Fe sencilla. Este libro pertenece al apartado de título Dios.

 

Vayamos, pues, con la reseña aunque, permítasenos, como ejemplo del libro, reproducir el apartado 1 de título “¿Es importante conocer a Dios?”

 

“Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; fuera de mí ningún dios existe. Yo te he ceñido, sin que tú me conozcas,  para que se sepa desde el sol levante hasta el poniente, que todo es nada fuera de mí.  Yo soy Yahveh, no ningún otro;  yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahveh, el que hago todo esto.”

(Is 45, 5-7)

  

Para un creyente en Dios Todopoderoso, si alguien le plantea la pregunta acerca de si es importante conocer a Dios manifiesta un gran desconocimiento de su fe por parte de quien eso ose preguntar. 

En realidad, la importancia de conocer a Dios es tan importante que no otra cosa debería hacer todo hijo suyo. 

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25.04.17

Un amigo de Lolo – Poner el corazón al servicio de Dios

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

Libro de oración

 

En el libro “Rezar con el Beato Manuel Lozano, Lolo” (Publicado por Editorial Cobel, www.cobelediciones.com ) se hace referencia a una serie de textos del Beato de Linares (Jaén-España) en el que refleja la fe de nuestro amigo. Vamos a traer una selección de los mismos.

Poner el corazón al servicio de  Dios

“Os confieso que me gusta abordar el tema de la inteligencia dentro de la generosidad para con Dios. Para decirle que si a Él nos hacemos, a veces, cristianos de rompecabezas, con el importante, pero no único, pedazo de nuestro ser que es el corazón puesto a su servicio. (”También Dios sopla en la frente", de “Desde este lado de la tapia").

Cuando Dios creó al ser humano no se limitó, por así decirlo, a darle un cuerpo con el que poder erguirse, caminar e ir por el mundo sin otro sentido. No. Quiso crearlo a su imagen y semejanza y le entregó una serie de dones que el mismo ha de utilizar de la mejor forma posible y, a ser posible, de forma no egoísta.

Uno de tales dones es la inteligencia. Es más, es uno de los dones que el Espíritu Santo infunde en aquellos que son hijos de Dios y, por eso mismo, receptores óptimos de todo lo bueno y mejor que el Todopoderoso quiere para su descendencia.

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24.04.17

Serie oraciones – expresiones de fe - Venerable Marta Robin - Vivir con la Madre

Orar

No sé cómo me llamo…

Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!

Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.

No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:

“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”

Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.

Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.

Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:

-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.

Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.

Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.

Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:

La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.

La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.

Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!).

Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.

Durante las semanas que Dios quiera vamos a traer a esta serie palabras de la Venerable Marta Robin contenidas en el libro “Ce que Marthe leur a dit” escrito por el postulador de la Causa de Canonización y por la vice postuladora, a la sazón, el sacerdote P. Bernard Peyrous y Marie-Thérèse Gille.

   

Vivir con la Madre

“Hacer que se conozca a la Santa Virgen, hacerla amar. Darla a las almas porque su gracia de Virgen está en virginizar las almas. Se siente con ella la necesidad de purificar el corazón. Con ella, el alma tiene un brillo que no tendría de otra forma.”

Los hijos de Dios, a su vez de María, no podemos “guardarnos” a nuestra Madre en el corazón y dejarla allí, para que anide junto al Espíritu Santo, en su templo. No. Nosotros no tenemos ese derecho porque es contrario, directamente contrario, a la voluntad de Dios.

La Venerable Marta Robin, que mantiene una relación más que especial con la Madre de Dios, sabe que eso no podemos hacerlo sino, mejor, otra cosa.

Lo que la Virgen María hace en el corazón de sus hijos tiene explicación al conocer que, siendo la Madre del Todopoderoso, todo lo que ella haga tiene el refrendo de Quien todo lo ha hecho y mantiene.

Queremos decir que los frutos de reconocer que la Santísima Virgen actúa en nosotros desde nuestra alma son grandes y pasan, en primer lugar, por reconocer que somos hijos suyos para, luego, aplicar eso en nuestra vida de fieles hijos de Dios.

De todas formas, debemos limpiar de hojarasca tal relación. Es decir, no nos valen los arrobamientos ni las miradas melosas a la Virgen maría si luego nada hacemos con el amor que nos viene desde ella. Y, no queriendo decir que eso no sea importante, vale la pena conocer y reconocer que lo es, más aún, saber que purifica nuestro corazón y que, por tanto, ¡debemos darlo puro!

Pero decíamos hace un rato que no podemos ser egoístas con el amor de María. Nosotros, sus hijos, sólo podemos (debemos, es mejor decir a tal respecto) hacer propio de nuestro prójimo el mismo. Es decir, transmitir (por activa y por pasiva) que la Theotokos, la Madre de Dios (que, por serlo, lo es de Cristo mismo) quiere que nuestras almas permanezcan alejadas del pecado y que, por si acaso eso no es así o no somos capaces de mantenerlas vírgenes ante el misterium iniquitatis, ahí está ella para interceder por nosotros ante Dios Nuestro Señor.

Eso es muchoQueremos decir que tener un seguro tan elevado a nuestro favor es como cuando se nos ponen las cosas muy fáciles y optamos por ellas. Si no actuamos así nos habremos hecho un flaco favor y nada sacaremos en claro. Sin embargo, si acogemos en nuestro corazón a una virginizadora de almas como es la Virgen María sabremos que no es imposible, ¡no lo es!, mantenerla en estado de gracia muy a pesar de las asechanzas del Maligno y de nuestras posibles caídas y opciones equivocadas.

Y, por si alguien creyera que sin la Virgen María podría mantener su corazón en un, digamos, estado virginal porque crea que poco importa tal relación y tal influencia, habría que decirle a quien eso crea, que sólo quien no tiene intención de acoger a la Madre en su corazón por prejuicios o por cualquier otra mala excusa de mal hijo, no sabe lo que le conviene.

Si, además, queremos un ejemplo al que imitar, nuestra Venerable Marta Robin está ahí, al servicio de los despistados y faltos de confianza. Para ellos es, sobre todo, esto. 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Dirigirse a Dios es un privilegio que sólo tienen aquellos que creen en el Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!). Debemos hacer, por tanto, uso de tal instrumento espiritual siempre que seamos capaces de darnos cuenta de lo que supone.

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Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.
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