InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Junio 2017

25.06.17

La Palabra del Domingo - 25 de junio de 2017

 

 Mt 10, 26-33

 

“26 ‘No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse.    27 Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.        28 ‘Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. 29 ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro  Padre. 30  En cuanto  a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. 31 No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. 32 ‘Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; 33  pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.”

 

COMENTARIO

Miedo, sí, a perder el alma

 

Este texto del Evangelio de San Mateo es uno en el que Jesucristo trata de que no seamos pesimistas, que no nos dejemos engañar por el Mal que quiere, muchas veces, hundirnos en la fosa del desamor y la desesperanza. 

Dice el Hijo de Dios que no les debemos tener miedo. Y no debemos tener miedo a los que quieren perjudicar nuestra alma. Y, por eso, nos pide confianza en el Todopoderoso que todo lo ve y todo lo sabe. 

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24.06.17

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – Saber lo que somos

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.


Saber lo que somos 

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Y Jesús dijo… (Jn 13, 16)

“En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía.’”

Digamos que la jerarquía espiritual queda bien definida aquí por las palabras del Hijo de Dios. Y es que lo dice todo para que se le entienda perfectamente.

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23.06.17

Serie “De Ramos a Resurrección” - II. El principio del fin - Los testigos del Bueno

 De-ramos-a-resurrección

En las próximas semanas, con la ayuda de Dios y el permiso de la editorial, vamos a traer al blog el libro escrito por el que esto escribe de título “De Ramos a Resurrección”. Semana a semana vamos a ir reproduciendo los apartados a los que hace referencia el Índice que es, a saber:

Introducción                                        

I. Antes de todo                                           

 El Mal que acecha                                  

 Hay grados entre los perseguidores          

 Quien lo conoce todo bien sabe               

II. El principio del fin                          

 Un júbilo muy esperado                                       

 Los testigos del Bueno                           

 Inoculando el veneno del Mal                         

III. El aviso de Cristo                           

 Los que buscan al Maestro                      

 El cómo de la vida eterna                              

 Dios se dirige a quien ama                      

 Los que no entienden están en las tinieblas      

 Lo que ha de pasar                                 

Incredulidad de los hombres                    

El peligro de caminar en las tinieblas         

       Cuando no se reconoce la luz                   

       Los ánimos que da Cristo                  

       Aún hay tiempo de creer en Cristo            

IV. Una cena conformante y conformadora 

 El ejemplo más natural y santo a seguir          

 El aliado del Mal                                    

 Las mansiones de Cristo                                

 Sobre viñas y frutos                               

 El principal mandato de Cristo                         

       Sobre el amor como Ley                          

       El mandato principal                         

Elegidos por Dios                                    

Que demos fruto es un mandato divino            

El odio del mundo                                   

El otro Paráclito                                      

Santa Misa                                             

La presencia real de Cristo en la Eucaristía        

El valor sacrificial de la Santa Misa                   

El Cuerpo y la Sangre de Cristo                 

La institución del sacerdocio                     

V. La urdimbre del Mal                         

VI. Cuando se cumple lo escrito                 

En el Huerto de los Olivos                              

La voluntad de Dios                                        

Dormidos por la tentación                        

Entregar al Hijo del hombre                            

       Jesús sabía lo que Judas iba a cumplir       

       La terrible tristeza del Maestro                  

El prendimiento de Jesús                                

       Yo soy                                            

       El arrebato de Pedro y el convencimiento   

       de Cristo

Idas y venidas de una condena ilegal e injusta  

Fin de un calvario                                   

Un final muy esperado por Cristo              

En cumplimiento de la Sagrada Escritura

        La verdad de Pilatos                        

        Lanza, sangre y agua                      

 Los que permanecen ante la Cruz                   

       Hasta el último momento                  

       Cuando María se convirtió en Madre          

       de todos

 La intención de los buenos                      

       Los que saben la Verdad  y la sirven          

VII. Cuando Cristo venció a la muerte        

El primer día de una nueva creación                 

El ansia de Pedro y Juan                          

A quien mucho se le perdonó, mucho amó        

 

VIII. Sobre la glorificación

 La glorificación de Dios                            

 

Cuando el Hijo glorifica al Padre                       

Sobre los frutos y la gloria de Dios                  

La eternidad de la gloria de Dios                      

 

La glorificación de Cristo                                

 

Primera Palabra                                             

Segunda Palabra                                           

Tercera Palabra                                             

Cuarta Palabra                                               

Quinta Palabra                                        

Sexta Palabra                                         

Séptima Palabra                                     

 

Conclusión                                          

 

 

El libro ha sido publicado por la Editorial Bendita María. A tener en cuenta es que los gastos de envío son gratuitos.

  

“De Ramos a Resurrección” - II. El principio del fin - Los testigos del Bueno

 

“La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro de la tumba

y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio.

Por eso también salió la gente a su encuentro,

porque habían oído que él había

realizado aquella señal”

(Jn 12, 17-18).

 

Es bien cierto que a Jesús le precedía la fama de ser un buen Maestro. Muchos decían que enseñaba con más autoridad que aquellos que se tenían por sabios y que eran, no por casualidad, los que le perseguían. El caso es que si en aquel momento se congregó tanta gente no era producto del azar ni nada por estilo sino, en todo caso, fruto de la semilla que había plantado el Hijo de Dios en la tierra fértil del pueblo escogido por el Creador. Pero también es cierto que aquel pueblo siempre se había manifestado ávido de señales. Ya hemos dicho aquí, y se ha dicho muchas otras veces por aquellos que consideran la importancia de las mismas en la vida de este especial pueblo, que necesitaban demostración de la teoría que se les quería transmitir. Es decir, que daban mayor credibilidad a la predicación con el ejemplo de lo que se estaba diciendo.

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22.06.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- Disponerse a ser

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

“Saber Esperar” - Disponerse a ser

“Cuando uno se entrega a Dios sin reservas, tiene que estar dispuesto a todo.’”

Ya sabemos que Jesucristo, en muchas ocasiones, habló a quien quisiera escucharle sobre la actitud de los fariseos. Y dijo, bastantes veces, que no había que hacer lo que ellos hacían sino lo que decían.

En realidad, quería decir que una cosa es decir que se tiene fe y otra, muy distinta, mostrar y demostrar que se tiene a base de obras, haceres y quehaceres. Y, en eso, los fariseos eran, justamente, el ejemplo contrario a lo buen y mejor que un discípulo del Hijo de Dios debía querer.

Existen, como es fácil adivinar, dos formas de encarar la fe: la primera de ellas, muestra a quien no la tiene; la segunda, a quien sí la tiene. Y en esto no puede haber términos medios porque, como dijo Jesucristo, donde es sí se debe decir sí y donde es no, no.

Pues bien, aceptar que Dios existe, que es nuestro Padre y que envió a su Hijo al mundo para el mundo se salvase, supone algo. Es decir, no puede ser un brindis al sol sino, al contrario, uno que lo sea, mirando cara a cara a las circunstancias que nos ha tocado vivir para hacer lo que nos corresponde como hermanos de Cristo.

En esto, el hermano Rafael, sabe a qué atenerse lo que es prueba más que suficiente como para saber que San Rafael Arnáiz Barón tenía una vida de fe, digamos, consecuente.

Todo, aquí tiene relación. Es decir, de aceptar nuestra fe católica, debemos hacer efectivo, nada más y nada menos, que el Primer Mandamiento de la Ley de Dios.

Alguien pensará que decir eso, a esta altura de la vida espiritual en la que decimos encontrarnos, pudiera estar fuera de lugar. Sin embargo, no es poca la tibieza que, muchas veces, expresamos en nuestra vida ordinaria y la misma atenaza, otras tantas veces, nuestra vida de fe. Por eso es tan importante afirmar lo que parece obvio pero no siempre es lo que hacemos.

Por eso, amar a Dios sobre todas las cosas significa, digamos, amar a Dios sobre todas las cosas. Y eso no es, sino expresión de una entrega sin reservas, como nos dice el hermano Rafael. Y bien sabemos lo que supone eso porque de no saberlo… habremos hecho como los fariseos a los que Cristo llamó hipócritas por decir una cosa y hacer otra.

Nosotros no queremos eso sino, al contrario, afirmar que no tenemos reserva alguna en decir que amamos a Dios sobre todas las cosas y que, por tanto, lo ponemos muy por arriba, muy por encima, de todas las cosas.

Entonces… eso ha de tener consecuencias. Las tiene, de facto, porque una vida que se sostiene sobre tal Roca no puede ser una vida vulgar y sin sentido de fe sino, al contrario, una extraordinaria, aunque común y con un sentido bien claro y diáfano.

Decimos, arriba, que tener tal fe supone algo. Y San Rafael Arnáiz nos dice qué: estar dispuesto a todo.

Quizá, equivocadamente, pueda pensarse que eso quiere decir que debamos llevar a cabo cosas extraordinarias, actos de gran arrojo. Pero no puede ser tal la verdad sino que se nos dice, con eso, que lo más mínimo, lo que pudiera parecer indiferente para la humanidad es lo que debemos estar dispuestos a mantener.

Así, por ejemplo, un acto muy pequeño pero hecho por amor a Dios, el estar dispuesto a todo eso, supone mucho para el corazón de nuestro Creador. Y no debemos, por tanto, hacer como si no tuviera importancia, digamos, perdonar una pequeña ofensa por muy pequeña que sea. Y es tan importante porque nuestro Maestro dijo que quien no puede ser honrado en lo grande, no puede serlo en lo pequeño a lo que nosotros añadimos que, al revés, también vale: quien no puede ser honrado en lo pequeño no puede serlo en lo grande.

Por eso es tan importante que reconozcamos a Dios en nuestras vidas: porque eso hará, en nosotros, el milagro inmenso de saber someter, a su voluntad, hasta el más pequeño de nuestros actos.

Así sí, así si nos disponemos a ser verdaderos hijos de Dios. 

Eleuterio Fernández Guzmán 

 Nazareno

Para entrar en la Liga de Defensa Católica

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Sólo Dios es expresión de saber Quién es el Padre y a Quién se ama.

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

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21.06.17

Serie El Mal, el Diablo, el Infierno - Presentación

Presentación

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Hay temas espirituales que son más difíciles que otros. Es decir, mientras que hablar, por ejemplo, del Padre Nuestro o del Ave María resulta gozoso y a cualquiera le gusta, hacer lo propio con el Infierno, el Mal o Satanás no es plato de gusto de nadie o de casi nadie.  

Sin embargo, hacer como si no fueran importantes o, simplemente, no existieran tales temas es expresión de grave irresponsabilidad. Y si hablamos de un católico, la cosa pasa de simple irresponsabilidad a clara culpa que ha de causar, debería, grave escándalo.

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