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13.04.17

Estilo de la Oración de los fieles (III)

Las intenciones se proponen a los fieles para que ellos oren, por tanto, es un lenguaje que tiene por interlocutor a la asamblea santa. Se trata de señalar la intención, marcar la dirección de la oración, sin grandes artificios y, por supuesto, sin convertir este momento en una catequesis o en un discurso para explicar lo que hay que pedir. Normalmente lo más adecuado serían fórmulas así:

  1. Encabezadas “Por…”: “Por la Iglesia, por el papa, por el colegio episcopal, los presbíteros y diáconos. Roguemos al Señor”.
  2. Encabezadas señalando el fin de la petición “Para que…”: “Para que los pobres sean socorridos, los enfermos aliviados. Roguemos al Señor”.
  3. O como fórmula diaconal: “Oremos por…”, “Pidamos por…”: “Oremos por los enfermos y quienes los atienden, por los hospitalizados y por los agonizantes”; “Pidamos por los catequistas y por sus grupos; pidamos por los padres y madres de familia”.

Estos son los tres modos que hallamos en las intenciones de diferentes rituales y celebraciones litúrgicas, que, por tanto, sirven de pauta y modelo para todos.

a) Con el inicio “Por”, sirva de ejemplo las intenciones -¡y el contenido, el tono!- del ritual de la Confirmación:

“Por estos hijos suyos, a quienes el don del Espíritu Santo ha confirmado hoy como miembros más perfectos del pueblo de Dios” (RC 35).

“Por la santa Iglesia de Dios, para que congregada por el Espíritu Santo en la confesión de una misma fe, crezca en el amor y se dilate por el mundo entero hasta el día de la venida de Cristo” (RC 37).

O el ritual del Matrimonio, con intenciones bellísimas, en lugar del sentimentalismo de tantas peticiones “creativas”:

“Por la santa Iglesia: para que Dios le conceda ser siempre la esposa fiel de Jesucristo.

 Por los nuevos esposos N. y N.: para que el Espíritu Santo los llene con su gracia y haga de su unión un signo vivo del amor de Jesucristo a su Iglesia.

 Por nuestro hermano N.: para que sea siempre fiel al Señor como Abrahán y admirable por su piedad y honradez como Tobías” (RM 75).

b) Con el inicio “Para que”, por ejemplo, el ritual del Bautismo de niños:

“Para que este niño, al participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, alcance nueva vida, y por el Bautismo se incorpore a su Santa Iglesia” (RBN 143).

 “Para que sepultados por el Bautismo en la muerte de Cristo, participen en su resurrección” (RBN 211).

 “Para que reciban la adopción de hijos de Dios por el bautismo” (RBN 212).

O las intenciones de las letanías de los santos:

“Para que bendigas, santifiques y consagres a estos elegidos. R/ Te rogamos, óyenos.

 Para que concedas paz y concordia a todos los pueblos de la tierra. R/ Te rogamos…

 Para que tengas misericordia de todos los que sufren. R/ Te rogamos…” (Rito de ordenación).

 “Para que regeneres a estos elegidos con la gracia del Bautismo. R/ Te rogamos, óyenos” (Rito de bautismo de adultos en la Vigilia pascual).

c) En forma diaconal, con el incipit “Oremos por”, tenemos el gran ejemplo de la liturgia del Viernes Santo, en la acción litúrgica de la Pasión del Señor.

“Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios, para que el Señor le dé la paz, la mantenga en la unidad, la proteja en toda la tierra, y a todos nos conceda una vida confiada y serena, para gloria de Dios, Padre todopoderoso…

 Oremos por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, encuentren también ellos el camino de la salvación…

 Oremos también por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro Señor, según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de todos los hombres…

 Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, por todos los que en el mundo sufren las consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé alimento a los que padecen hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados, conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan, y dé la salvación a los moribundos”.

El lenguaje de esta oración es proponer una intención para que los fieles oren; no es por tanto el momento para que el lector ore él y en lugar de proponer una intención se dirija directamente a Dios. En la tradición litúrgica para la Eucaristía en todos los ritos, a Dios únicamente se dirige el sacerdote que preside (porque actúa in persona Christi) o todos los fieles a una sola voz (porque son el Cuerpo de Cristo), pero jamás un diácono o un lector. 

 El lenguaje del diácono es indicativo, dirigido siempre a los fieles: “Poneos de rodillas”, “Daos fraternalmente la paz”, “Inclinaos para recibir la bendición”, “Podéis ir en paz”. Es un guía de todos los fieles. También aquí, en las intenciones, se dirige no al Señor sino a los fieles para que oren.

Vayamos a la Tradición litúrgica de la Iglesia y encontraremos otro ejemplo de cómo se realiza y cuál es el lenguaje de esta oración de los fieles.

El diácono ha despedido a los catecúmenos después de una bendición del obispo (“Catecúmenos, id en paz”); luego ha despedido a los posesos tras la oración del obispo (“Id, posesos”); también a los que han de ser iluminados-bautizados en la próxima Pascua después de la bendición del obispo (“Id, los que tenéis que ser iluminados”) y por último despide a los penitentes después de una plegaria del obispo (“Salid, penitentes”) (Cf. Constituciones apostólicas, lib. VIII, 6,5-9,11). El lenguaje del diácono es imperativo: “Id, salid”, nunca en plural: “Podemos”, “Nos damos”.

Entonces el diácono va proponiendo diversas intenciones para que los fieles oren a Dios:

  •  “Oremos por la paz y la tranquilidad del mundo y de las santas Iglesias: que Dios, creador de todas las cosas, nos conceda su paz, perpetua y estable; que él nos guarde para que perseveremos en la virtud perfecta gracias a la fe.
  •  Oremos por la santa Iglesia de Dios, católica y apostólica, extendida de un límite al otro de la tierra: que el Señor la preserve de los remolinos y tempestades y la guarde hasta el fin del mundo, fundamentada sobre la roca.
  •  Oremos también por esta santa parroquia: que el Señor del universo nos conceda esforzarnos sin desfallecer para alcanzar su esperanza celestial y para que nos entreguemos a aquella oración perseverante que debemos dirigirle.
  •  Oremos por el episcopado de toda la tierra, para que anuncie con fidelidad la doctrina de tu verdad.
  •  Oremos por nuestro obispo Santiago y por sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Clemente y sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Evodio y por sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Aniano y por sus parroquias. Que el Dios misericordioso los guarde en sus santas iglesias y les conceda salud, honor, larga vida y una vejez venerable, colmada de piedad y justicia.
  •  Oremos también por nuestros presbíteros: que el Señor los preserve de toda acción errónea o mala y les conceda ejercer su ministerio de manera íntegra y honorable.
  •  Oremos por todos los que, en Cristo, ejercen el diaconado y le sirven: que el Señor les conceda servir de manera irreprochable.
  •  Oremos por los lectores, los cantores, las vírgenes, las viudas, los huérfanos; oremos por los esposos y sus familiares: para que el Señor se muestre misericordioso con todos ellos.
  •  Oremos por los que viven en santa continencia. Oremos por los que viven entregados a la castidad y a la piedad.
  •  Oremos por los que, en la santa Iglesia, presentan ofrendas y por los que dan limosnas a los pobres. Oremos también por los que entregan oblaciones y primicias ante el Señor nuestro Dios. Que el Dios de toda bondad les conceda, a su vez, sus dones celestiales y les dé el céntuplo en el tiempo presente y en el tiempo futuro les dé la vida eterna, y que a cambio de los bienes temporales les conceda los bienes eternos y a cambio de los bienes terrenales, los bienes celestiales.
  •  Oremos por nuestros hermanos neófitos: que el Señor los sostenga y los fortalezca.
  •  Oremos por aquellos hermanos nuestros que se encuentran afligidos por la enfermedad: que el Señor los libre de toda dolencia y de toda enfermedad y haga que puedan volver con buena salud a su santa Iglesia.
  •  Oremos por aquellos hermanos nuestros que viajan por mar o por tierra. Oremos por aquellos hermanos nuestros condenados a las minas o que están desterrados, o se encuentran en la cárcel o encadenados a causa del nombre del Señor. Oremos por los que sufren una dura esclavitud.
  •  Oremos por nuestros enemigos y por los que nos odian. Oremos por los que nos persiguen a causa del nombre del Señor: que el Señor detenga su furor y apacigüe su cólera contra nosotros.
  •  Oremos por los que están fuera de la Iglesia o se han extraviado: que el Señor les conceda la conversión.
  •  Acordémonos de los miembros de la Iglesia que están en la edad de la niñez: que el Señor les conceda progresar en su temor hasta la perfección y les lleve hasta la plenitud de la edad.
  •  Oremos los unos por los otros: que el Señor nos proteja con su gracia y nos guarde hasta el fin, que nos libre del Maligno y de todas las insidias de los que cometen el mal; que nos salve (y nos lleve) al reino celestial.
  •  Por todas las almas cristianas” (Const. Apost., lib. VIII, 10,3-22).

 Un formulario, inspirado en la llamada Letanía del Papa Gelasio, nos ofrece otro modelo de plegaria anclado en la Tradición de la Iglesia, como ejemplo a seguir:

  • “Por la Iglesia inmaculada del Dios verdadero, extendida por todo el universo: pidamos la plenitud del amor de Dios.
  •  Por los sacerdotes consagrados al Señor y por todos los pueblos que adoran al Dios verdadero.
  •  Para los que proclaman con fidelidad la Palabra de la salvación, pidamos la sabiduría del Hijo de Dios.
  •  Para los que consagran su espíritu y su cuerpo al reino de Dios, pidamos los dones del Espíritu Santo.
  •  Por los que gobiernan los pueblos: para que procuren la justicia y el bien.
  •  Por los que son víctima de la debilidad humana, del odio y de la envidia, y de los innumerables errores del mundo.
  •  Por los ausentes y los encarcelados, por los débiles y oprimidos, por los que justos que sufren persecución.
  •  Por los aquí reunidos en la casa de Dios, invoquemos al Señor de la gloria.
  •  Por el eterno descanso de los pastores que han guiado a la Iglesia católica y de todos los fieles difuntos.
  •  Para que nuestros cuerpos sean santificados y nuestros pecados perdonados”.

Un formulario inspirado en la liturgia ambrosiana puede dejarnos aún más claro tanto el lenguaje (exhortativo, dirigido a la asamblea) como el contenido (intenciones sin añadidos ni comentarios):

  • “Por la santa Iglesia católica, extendida por todo el universo.
  •  Por nuestro santo Padre el Papa N., por nuestro Obispo N., por los sacerdotes y demás ministros de Dios.
  •  Por la paz y unidad de la Iglesia, por la vocación de los pueblos paganos a la fe.
  •  Por el buen tiempo y la abundancia de las cosechas.
  •  Por los que sufren, por nuestros hermanos enfermos o encarcelados.
  •  Por los que cuidan de los pobres y atribulados.
  •  Por todos nuestros difuntos: para que Dios los reciba en su reino de luz y de paz”.

La liturgia de rito hispano-mozárabe no emplea la plegaria universal al modo romano que aquí estamos desgranando, sino que sigue el sistema de los Dípticos, intenciones con nombres junto a oraciones del sacerdote intercaladas, con un formulario invariable, mostrando, además, la unidad de la Iglesia peregrina con la Iglesia celeste y con los difuntos que se purifican.

“El Obispo exhorta al pueblo a la oración, cantando: Oremos.

Y aclama solemnemente el coro:

R/ Hagios, Hagios, Hagios, Señor, Dios, Rey eterno. A ti nuestra alabanza, a ti nuestra acción de gracias.

El diácono recita el Díptico por la Iglesia:

Tengamos presente en nuestras oraciones
a la Iglesia santa y católica:
el Señor la haga crecer
en la fe, la esperanza y la caridad.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

Recordemos a los pecadores,
los cautivos, los enfermos y los emigrantes:
el Señor los mire con bondad,
los libre, los sane y los conforte.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

El Obispo recita la oración “Alia”.

Prosigue el diácono:

Ofrecen este sacrificio al Señor Dios,
nuestros sacerdotes:
N., el Papa de Roma, N., nuestro obispo y todos los demás Obispos,
por sí mismos y por todo el clero,
por las Iglesias que tienen encomendadas,
y por la Iglesia universal.

R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.

Lo ofrecen igualmente todos los presbíteros,
diáconos y clérigos, y los fieles presentes,
en honor de los Santos, por sí mismos y por los suyos.

R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.

En la memoria de los Santos Apóstoles y Mártires,
de la gloriosa siempre Virgen María,
de su esposo José,
de Zacarías, Juan, los Inocentes, Esteban,
Pedro y Pablo, Juan, Santiago, Andrés,
Acisclo, Torcuato, Fructuoso,
Félix, Vicente, Eulogio, Justo y Pastor,
Justa y Rufina, Eulalia, la otra Eulalia, Leocadia.

R/. Y de todos los Mártires.

En memoria igualmente de los confesores:
Hilario, Atanasio, Martín,
Ambrosio, Agustín, Fulgencio,
Leandro, Isidoro, Braulio,
Eugenio, Ildefonso, Julián.

R/. Y de todos los Confesores.

Lo ofrece la Iglesia de Dios, santa y católica,
por las almas de todos los fieles difuntos:
que Dios se digne en su bondad
admitirlos en el coro de los elegidos.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

Y concluye con la oración llamada Post-Nomina, la de después de los Nombres.

Estos son ejemplos de cómo la Tradición litúrgica de la Iglesia dirigía la oración de todos los fieles bautizados en la celebración eucarística. El lenguaje directo a la asamblea porque es una indicación, una monición, un aviso para que los fieles presentes sepan porqué orar; el contenido de la plegaria es correctísimo, sin deslizar información, ni ideas, ni pequeños discursos, sino orando “por” todos aquellos que lo necesitan: Iglesia, mundo-autoridades, los que sufren, los presentes.

27.03.17

Más sobre la Oración de los fieles (II)

En su solemnidad, ¡los bautizados oran movidos por el Espíritu intercediendo por la Iglesia, el mundo y los que sufren!, el desarrollo ritual es sencillo:


* El sacerdote invita a todos a la oración.

* Un diácono o un lector proponen la serie de intenciones para orar.

* Los fieles oran respondiendo a cada intención.

* El sacerdote concluye recitando una breve plegaria con las manos extendidas.


De nuevo la IGMR que marca la pauta (obligatoriamente) para todos:

“Dicho el Símbolo, en la sede, el sacerdote de pie y con las manos juntas, invita a los fieles a la oración universal con una breve monición. Después el cantor o el lector u otro, desde el ambón o desde otro sitio conveniente, vuelto hacia el pueblo, propone las intenciones; el pueblo, por su parte, responde suplicante. Finalmente, el sacerdote con las manos extendidas, concluye la súplica con la oración” (IGMR 138).

 “Las intenciones de la oración de los fieles, después de la introducción del sacerdote, de ordinario las dice el diácono desde el ambón” (IGMR 177).


Por si fuera poco:

“Pertenece al sacerdote celebrante dirigir las preces desde la sede. Él mismo las introduce con una breve monición, en la que invita a los fieles a orar, y la termina con la oración. Las intenciones que se proponen deben ser sobrias, compuestas con sabia libertad y con pocas palabras y expresar la súplica de toda la comunidad.

Las propone el diácono, o un cantor, o un lector, o bien, uno de los fieles laicos desde el ambón o desde otro lugar conveniente.

Por su parte, el pueblo, de pie, expresa su súplica, sea con una invocación común después de cada intención, sea orando en silencio” (IGMR 71).

 Cuando se oye decir que “van a participar en la oración de los fieles”, se suele estar diciendo más bien, no que los fieles van a orar ya que esa es la participación, sino que cada intención la va a leer una persona distinta, convirtiendo este momento orante en un movimiento de personas y micrófono, pensando que eso es participar en la oración de los fieles. ¿Pero no hemos quedado en que son los fieles los que oran y así participan? Pues acabamos confundiendo los términos, dejamos de pensar en que los fieles oren y hacemos que cada intención la lea una persona distinta soñando equivocadamente que eso es participar, ¡y no lo es!
Las Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia ya advertían que “de suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones, salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones a causa de la composición de la asamblea. La formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta importancia a la súplica de la asamblea” (n. 9).

El Misal, garantizando el orden y el decoro, insiste más en la oración como tal de los fieles que en los lectores de las intenciones: un diácono, y si no lo hay, un cantor o un lector: en todo caso, una sola persona señala a todos los fieles los motivos y necesidades para que oren.

Los niños de Primera Comunión, o los jóvenes recién confirmados, o una cofradía en una Novena, por ejemplo, no participan más porque 6 lectores enuncien uno a uno las intenciones, sino que participan más cuando juntos oran a lo que un diácono o un lector les ha invitado. Y es que participar no es sinónimo de intervenir, ejerciendo un servicio o un ministerio.

7.03.17

La Oración de los fieles (I)

John Nava - Catedral de los Ángeles

Me parece necesario escribir sobre la Oración de los fieles, llamada también Oración universal. Las confusiones son tales, y los abusos tan llamativos, que hay que iluminar y poner orden: basta comprobar, por ejemplo, la mala realización de esta Oración de los fieles en una novena, en una Confirmación, en unas Primeras comuniones o en cualquier Misa que tenga carácter especial.

 La Oración de los fieles es la intercesión que hacen los bautizados (los fieles cristianos), a propuesta del diácono que indica la intención por la que orar. Es decir, el diácono señala el motivo de oración a todos los presentes y entonces los fieles oran juntos por esa intención: “Señor, escucha y ten piedad”, “Te rogamos, óyenos”, “Escúchanos, Señor”, “Kyrie, éleison”. Esto es oración de los fieles porque, en primer lugar, la hacen todos los fieles (no un lector) y, en segundo lugar, porque se dirigen directamente a Dios. Esa respuesta de todos es la verdadera Oración de los fieles.

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26.12.16

Educación espiritual para la liturgia

La Iglesia siempre ha procurado educar a sus hijos para celebrar dignamente los sagrados misterios. La vida litúrgica no se improvisa, requiere educación… ¡para eso la educación y transmisión de la fe en las familias, la catequesis parroquial y el catecumenado de adultos! Era una iniciación pedagógica, una introducción paciente, para celebrar los sagrados misterios de Cristo en la liturgia.

En la versión latina de la Liturgia de las Horas, se ofrece una antigua oración antes del Oficio, cuando se reza solo, que dice:

“Abre, Señor, mis labios para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los vanos, perversos y otros pensamientos; ilumina el intelecto, inflama el afecto, para que digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado ante la presencia de tu divina majestad".

¡Hermosas claves! La educación espiritual para la liturgia requiere, y así se suplica al Señor:

  • Que el Señor nos mueva por gracia a alabarle
  • limpieza de corazón, sin agitaciones de pensamientos y distracciones
  • iluminar la inteligencia por gracia para captar lo que se reza
  • vivir la liturgia con dignidad, atención y devoción… ¡dignidad, atención y devoción!, que no han pasado de moda, sino que son urgentemente actuales.

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13.12.16

Preparación para la liturgia

La liturgia ha tenido siempre una parte previa de preparación espiritual para la Santa Misa. Indicaba así la importancia del Misterio celebrado en la santa liturgia, a la que no se puede acceder de modo distraído, ni banal, ni precipitado, sino recogido, con ánimo fervoroso, con sentido de adoración ante el Misterio. Normalmente –como vamos a ver- esta preparación se reservaba al sacerdote que oficiaba, pero nos sirve de paradigma para todos los participantes en la sagrada liturgia.

La preparación comenzaba ya en la sacristía: cada vestido litúrgico tenía su oración mientras se revestía (amito, alba, cíngulo, estola, casulla) y la sacristía era lugar sagrado tanto por lo que allí se guardaba (las cosas sagradas para el culto) como ser ámbito de silencio para orar antes de la liturgia. Por cierto, aún rige este mandato para la sacristía, ¡aunque se ignore! Dice el Misal:

Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 3ª ed., n. 45).

En el rito romano, codificado en el misal de San Pío V, los primeros ritos son ritos preparatorios del sacerdote que debe disponer su espíritu a lo que va a realizar in persona Christi. Al llegar al altar y santiguarse, comienza a recitar con el acólito –los dos solos- el salmo 42 (“Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa…”) con la antífona: “Me acercaré al altar de Dios”, “Al Dios que alegra mi juventud”. Tras lo cual reza el “Yo confieso” el sacerdote, luego el acólito, y termina con unos versículos sálmicos y una breve oración. Entonces sube al altar.

La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo ofrece igualmente una preparación. La primera parte de la Liturgia es la Prótesis o Proskomedia que consta de las oraciones ante las Puertas Santas del iconostasio y Vestición de los celebrantes, luego la preparación de la Ofrenda, el pan y el vino destinados para el sacrificio, y, por último, la incensación de la iglesia. Por ejemplo, después de orar y besar el icono de la Santa Madre de Dios, el sacerdote inclinando la cabeza, dice:

“Oh Señor, extiende tu mano desde lo alto de tu santa morada y fortaléceme para este servicio tuyo, a fin de que me presente sin reproche a tu temible Altar y celebre el Sacrificio Incruento, pues tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Nuestro rito hispano-mozárabe también posee esa preparación espiritual del sacerdote. Llegado al pie del altar, mientras aún suena el praelegendum (domingos y fiestas, excepto Cuaresma), el sacerdote profundamente inclinado se dirige a Dios diciendo:

“Me acerco a tu altar, Dios omnipotente y eterno, para ofrecer este sacrificio a tu majestad, suplicando tu misericordia por mi salvación y la de todo el pueblo. Dígnate aceptarlo benignamente pues eres bueno y piadoso. Concédeme penetrar el abismo de tu bondad, y presentar mi oración con tal fervor por tu pueblo santo, que se vea colmado de tus dones. Dame, Señor, una verdadera contrición y lágrimas que consigan lavar mis propias culpas y alcanzar tu gracia y tu misericordia”.

Esto es bueno recordarlo para los sacerdotes: hemos de subir al altar del Señor con piedad y suma reverencia.

Pero, asimismo, todo el pueblo cristiano ha de disponerse a la celebración eucarística: llegando con tiempo, silenciando el teléfono movil, recogiendo los sentidos para evitar distracciones, pidiendo al Señor gracia para participar dignamente, conscientes de que somos invitados al acontecer del Misterio que nos salva.

Santiguándonos con el agua bendita al entrar en la iglesia, primero hay que dirigirse al Señor en el Sagrario, hacer genuflexión y detenerse de rodillas unos momentos para adorar.

Es el momento de cuestionarse qué ofrecemos de nuestra vida al Señor, pedir gracia e invocar que el Espíritu Santo descienda y encienda el fuego de su amor, que dilate nuestros corazones para unirnos a la Iglesia del cielo y de la tierra en la celebración de la Divina Liturgia, por intercesión de la Virgen María y de los Santos.

Si nos preparamos interiormente para la liturgia, ésta podrá dar todo su fruto en nosotros.