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11.01.18

Participar recibiendo un sacramento (XIV)

Los sacramentos son preciosos y humildes tesoros[1], dones del Señor, que se nos dan para vivir en gracia, para santificarnos. No los tomamos por nosotros mismos, se nos dispensan, se nos entregan, para que los recibamos como un Don.

La santa liturgia por ello tiene como protagonista central a Jesucristo que nos comunica, por su Misterio pascual, su propia vida, y por protagonista también al Espíritu Santo, que se derrama abundantemente en cada sacramento con gracias y efectos distintos. Todo en la liturgia debe estar al servicio de ese protagonismo central de Jesucristo y del Espíritu Santo, sin ceder a la tentación de usurparlo.

 El peligro ya difundido es querer hacer de la liturgia un acto, con tono catequético, lúdico, distraído, donde al final es la propia comunidad la que se celebra a sí misma; es el hombre el que se pone en el centro de la liturgia, desplazando a Cristo y su Espíritu. Eso se muestra cuando la liturgia olvida su sacralidad, devoción, espiritualidad, y adopta las formas de fiesta humana, de intervenciones, de creatividad, sin un hondo espíritu religioso, de fe, de adoración. “No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 11-junio-2009).

 Centro de la liturgia y autor indiscutible es Jesucristo y su Espíritu Santo, y debe ser bien visible; el pueblo cristiano reconoce su señorío y, con estupor, contempla cómo se da en cada sacramento.

 Forma excelente de participación en la liturgia es recibir algún sacramento, y el mero hecho de recibir es ya una participación que requiere discreción, fe y plegaria, en vez de ocupar el protagonismo humano. Participan recibiendo el sacramento (del Bautismo, de la Confirmación, el Matrimonio…) y ese es su modo peculiar y único de participación plena, consciente, activa, sin que eso suponga erigirse además en monitores, lectores, etc. Su modo de participación concreto es vivir el sacramento que están recibiendo. Esa es su forma de participación y no hay que buscar ni forzar ni inventar elementos “para que participen”, porque ya están participando realmente en una manera única y que no pueden ser sustituidos por nadie.

  Podríamos hacer un repaso de algunos sacramentos para reconocer en qué y cómo participan quienes los están recibiendo.

 a) Iniciación cristiana de adultos

  Bautismo de adultos: ¿cómo participan los “electi” que van a ser bautizados? ¿Tal vez haciendo moniciones o proclamando lecturas o leyendo un manifiesto de compromiso? Su modo de participación es especial y singular: realizar la renuncia al pecado y la profesión de fe a las preguntas del Obispo, ser ungidos con el óleo de los catecúmenos, ser bautizados, después recibir la vestidura blanca y el cirio encendido, y finalmente, ya en el presbiterio, ser crismados para recibir el Espíritu Santo en la Confirmación.

 Entonces, terminados los ritos bautismales, comienza la oración universal, normalmente dirigida por un diácono (ese es oficio propio del diácono) proponiendo las intenciones y todos los fieles oran a cada intención. Es oficio sacerdotal por el bautismo y los ya neófitos “participan por primera vez”[2], no en el sentido de que lean ellos cada intención, sino orando juntos como cristianos sacerdotes a aquello que el diácono propone. Su participación, como la de los demás fieles, es orar e interceder, rezando o cantando la respuesta de cada petición.

 Finalmente, participan aportando el pan y el vino que presentan al Obispo como materia para el sacrificio eucarístico, y sólo pan y vino, todo el pan y vino necesarios para la comunión, excluyendo –como sabemos- esa innovación extraña de ofrendas simbólicas con moniciones explicativas. “Mientras se entona el canto para la presentación de dones, es oportuno que algunos neófitos lleven al altar el pan, el vino y el agua para la celebración de la Eucaristía” (CE 428; RICA 232). “Es conveniente que el pan y el vino sean presentados por los neófitos, o, si son niños, por sus padres o padrinos” (CE 370). Finalmente, ese día, “es conveniente que los neófitos reciban la sagrada Comunión bajo las dos especies” (ibíd.), ya que esa es la plena participación[3].

 

b) Confirmación

 En el sacramento de la Confirmación, el modo de participar de los confirmandos es ser confirmados, recibir la Crismación de manos del Obispo. Parece evidente, y sin embargo, la praxis pastoral-litúrgica no lo ve tan evidente. Quien va a ser confirmado tiene su modo propio, especialísimo y único de participar: son llamados y presentados al Obispo después del evangelio y antes de la homilía (CE 461), y tras la homilía renuevan los compromisos bautismales (CE 463) interrogados por el Obispo; oran intensamente mientras el Obispo impone las manos al recitar la oración “Dios todopoderoso” pidiendo el Espíritu Santo, y participan recibiendo la crismación en la frente. Ese modo de participación es único y excelente: reciben de Dios, oran a Dios, son sellados por Dios.

 El Ritual permite que ese día las intenciones para la oración de los fieles, las proponga uno de los confirmandos: “el diácono, o bien un ministro (o uno de los confirmandos) añade las siguientes peticiones…” (RC 35)[4].

  En ese día “mientras se canta el canto de la presentación de dones, algunos confirmados oportunamente llevan el pan, el vino y el agua para celebrar la Eucaristía” (CE 470[5]) –de nuevo se repite lo de siempre: un canto procesional, ninguna monición explicativa y aportar la materia del sacrificio eucarístico sin inventar ofrendas simbólicas para que suban más confirmandos al presbiterio-. Especial importancia tiene “la recitación de la oración dominical (Padre nuestro), que hacen los confirmandos juntamente con el pueblo… porque es el Espíritu el que ora en nosotros, y el cristiano en el Espíritu dice: ‘Abba, Padre’” (RC 13): se subrayará oportunamente tanto en la catequesis previa como en la monición sacerdotal. “Los confirmados, sus padrinos, sus padres, los catequistas y los familiares pueden recibir la Comunión bajo las dos especies” (CE 470).

 

c) Primeras comuniones

 Algo similar a lo anterior deberíamos entender para las llamadas “primeras comuniones”, situadas en la infancia cuando aún no han recibido siquiera el sacramento de la Confirmación. Los niños participan a su modo propio, es decir, uniéndose a Cristo y recibiéndole por primera vez en el Sacramento eucarístico: así participan plenamente. Podrán –como los neófitos o los confirmandos- aportar la materia del sacrificio, presentando el pan y el vino (toda la cantidad necesaria que haya que consagrar), sin tener que añadir ofrendas superfluas, “simbólicas” con la excusa de que todos “participen”. Mucho menos apropiado por sentido común es que se conviertan también en lectores y monitores entendiendo su participación en la Eucaristía como la primera vez que comulgan y desempeñan todos los oficios y ministerios litúrgicos. Los niños participan del modo que les es propio y único: comulgando por vez primera.

 

d) Matrimonio

 El sacramento del Matrimonio espera una participación real de los esposos, según el modo propio: pronunciar el consentimiento y recibir la solemne bendición nupcial. Los novios no van a participar más por inventar moniciones, o que lean una poesía, o proclamen las lecturas bíblicas. Su modo propio es realizar el consentimiento matrimonial y recibir el don del Espíritu que genera la caridad conyugal.

 Ellos, y sólo ellos, tienen una participación especial en cuanto contrayentes: responden al escrutinio del sacerdote “acerca de la libertad, de la fidelidad, de la disposición para recibir y educar a los hijos” (CE 607) y pronuncian el consentimiento. Después, como expresión de la donación mutua, la entrega de los anillos y de las arras. “En la preparación de los dones, el esposo y la esposa pueden llevar el pan y el vino al altar, según la oportunidad” (RM 76). Tras el Padrenuestro, puestos de rodillas (RM 81), reciben la bendición nupcial como una solemne plegaria de consagración, mientras oran intensamente; por último, “los esposos, sus padres, los testigos y los familiares pueden recibir la Comunión bajo las dos especies” (CE 612).

 La pastoral litúrgica debe permitir que, tras una sólida catequesis y mistagogia, cada uno comprenda que participar es recibir el Sacramento como un don y que recibiéndolo, ya participa en grado excelente. Por tanto, no hay que añadirle más elementos buscando “participación”, sino ayudar a que vivan intensamente la liturgia sacramental. Son distorsiones de la liturgia la mera multiplicación de moniciones, de discursos de “acción de gracias” después de la comunión, de ofrendas simbólicas acompasadas con moniciones. La liturgia es mucho más pastoral: permite que vivamos santamente las cosas santas y recibamos los humildes y preciosos sacramentos con conciencia de fe y devoción sin añadidos superfluos.

 

 



[1] “Humildes y preciosos sacramentos de la fe” los llama Juan Pablo II en la exh. Reconciliatio et Paenitentia, 31, I.

[2] CE 369; cf. Misal romano, Vigilia pascual, n. 49.

[3] “Finalmente, se tiene la celebración de la Eucaristía, en la que por primera vez este día y con pleno derecho los neófitos toman parte, y en la cual encuentran la consumación de su iniciación cristiana. Porque en esta Eucaristía los neófitos, llegados a la dignidad del sacerdocio real, toman parte activa en la oración de los fieles, y en cuanto sea posible en el rito de llevar las ofrendas al altar; con toda la comunidad participan en la acción del sacrificio y recitan la Oración dominical, en la cual hacen patente el espíritu de adopción filial, recibido en el Bautismo. Finalmente, al comulgar el Cuerpo entregado por nosotros y la Sangre derramada también por nosotros, ratifican los dones recibidos y pregustan los eternos” (RICA 36).

[4] La rúbrica no puede ser más un interesante: “un” diácono, o bien “un” ministro o “uno” de los confirmandos, no un lector distinto por petición, ni un confirmado por petición. Solamente un lector.

[5] “Algunos de los confirmados pueden llevar al altar el pan, el vino y el agua para la Eucaristía. Mientras tanto, se puede cantar un canto apropiado” (RC 39).

21.12.17

Comulgar, la mayor participación en la liturgia (XIII)

Normalmente, y en un lenguaje coloquial, teñido de las ideas corrientes, escucharemos la palabra “participación” referidas a realidades exteriores, a acciones y servicios litúrgicos concretos. A la pregunta: “¿quién va a participar en la Misa?”, la respuesta es “X va a hacer las moniciones, Y y Z llevarán las ofrendas, W leerá la acción de gracias”. ¡Craso error, perspectiva desenfocada! Se confunde la parte con el todo, el servicio litúrgico –un oficio, un ministerio, una “intervención”- con la totalidad de la participación.

  Pero vayamos al centro de todo y de esa manera comprenderemos cómo todos los demás elementos se ubican en su sitio correctamente. La mayor participación posible en la celebración eucarística es poder comulgar santamente las cosas santas. Quien participa más plenamente en la Eucaristía, y llega al corazón del Misterio, en una participación completa, es quien puede acercarse a comulgar. Esa es la mayor participación posible, inimaginable en la Eucaristía.

  El culmen, el coronamiento, de toda participación plena, consciente, activa, interior, fructuosa, piadosa, es la recepción sacramental del Cuerpo y la Sangre del Señor. Esa es la doctrina y enseñanza clara, por ejemplo, del último Concilio:

“Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

  La “participación más perfecta en la misa” es recibir la sagrada comunión. Este principio tan elemental corrige las visiones distorsionadas en torno a la “participación” y a lo que se suele denominar como una “Misa muy participativa”. La mayor y mejor participación en la misa, en palabras del Concilio Vaticano II, es recibir la comunión participando del mismo sacrificio eucarístico.

 Ya el siervo de Dios Pío XII, Papa culto y sabio, en la encíclica Mediator Dei –sustrato claro de muchos puntos de la Sacrosanctum Concilium del Vaticano II- exhortaba a que la plena participación es la comunión eucarística en la que los fieles se asocian al sacrificio de Cristo y que, si es posible, comulguen los fieles de las hostias consagradas en la misma misa:

  “Es también muy oportuno, cosa por lo demás establecida por la sagrada liturgia, que el pueblo se acerque a la sagrada comunión después que el sacerdote haya consumido el manjar del ara; y, como arriba dijimos, son de alabar los que, estando presentes al sacrificio, reciben las hostias en el mismo consagradas, de modo que realmente suceda «que todos cuantos participando de este altar recibiéremos el sacrosanto cuerpo y sangre de tu Hijo, seamos colmados de toda bendición y gracia celestial»” (Mediator Dei, n. 148).

Toda la celebración eucarística tiende a que los fieles, debidamente dispuestos en su alma, tomen parte del sacrificio de Cristo recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quienes comulgan participación plenamente, en el mayor grado que existe, de la Misa.

  Para ello, se ha de comulgar estando en gracia, es decir, con conciencia clara de no estar en pecado, con un discernimiento previo, un examen de conciencia.

“A pesar de nuestra debilidad y nuestro pecado, Cristo quiere habitar en nosotros. Por eso, debemos hacer todo lo posible para recibirlo con un corazón puro, recuperando sin cesar, mediante el sacramento del perdón, la pureza que el pecado mancilló… De hecho, el pecado, sobre todo el pecado grave, se opone a la acción de la gracia eucarística en nosotros. Por otra parte, los que no pueden comulgar debido a su situación, de todos modos encontrarán en una comunión de deseo y en la participación en la Eucaristía una fuerza y una eficacia salvadora” (Benedicto XVI, Hom. para la clausura del Congreso Euc. Internacional de Quebec, Roma, 22-junio-2008).

 La reducción secularista de la liturgia ha convertido la comunión eucarística en un mero compartir fraterno, en la solidaridad común significada en el pan, fomentando la comunión masiva de todos en base a la “fiesta común”, oscureciendo la verdad de la fe sobre la Presencia de Cristo, y distribuyendo la comunión precipitadamente en muchos casos, con poca unción, sacralidad y adoración.

“Se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 55).

 Ya no se entiende ni se explica, en la reducción secularista, la comunión como la mayor participación en el Sacrificio de Cristo, sino sólo se resalta la línea horizontal, la (presunta) comida festiva de los hermanos: “La Eucaristía no es sólo un banquete entre amigos. Es misterio de alianza” (Benedicto XVI, Hom. en la clausura del Cong. Euc. Internacional de Quebec, Roma, 22-junio-2008).

  Lo que recibimos en la comunión es al mismo Cristo, a quien adoramos, y que quiere entablar una relación de intimidad con cada uno, divinizándonos, santificándonos, transformándonos en Él, su vida pasa a nosotros[1]:

 “No se puede “comer” al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de “comer", es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor.

La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 26-mayo-2005).

 Esta participación de los fieles en la Eucaristía santísima es del todo especial. Requiere un acto de fe, esperanza y caridad; implica conciencia clara y devoción; supone y expresa la adoración a Cristo realmente presente[2]. Por eso no es indiferente el modo de comulgar respetuoso y adorante y la forma misma, por parte de los ministros, de distribuir la sagrada comunión. El respeto, la adoración, incluso la solemnidad, deben acompañar este momento santo, alejando lo informar, lo trivial, lo apresurado, propiciando que cada fiel vea la Hostia cuando se le muestra, pueda responder “Amén” consciente de hacer una profesión de fe, y comulgue orando y con cuidado.

 El Misal romano, en su Introducción general, nos introduce bien en el misterio de la comunión eucarística, su sentido y su realización litúrgica. “Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo” (IGMR 72). Los fieles participarán plenamente si pueden comulgar, es decir, si pueden acercarse al Sacramento debidamente dispuestos: “Puesto que la celebración eucarística es el banquete pascual, conviene que, según el mandato del Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos como alimento espiritual por los fieles debidamente dispuestos” (IGMR 80).

 La comunión, en el rito romano, es preparada por diversos ritos:

 -Padrenuestro

-Paz

-Fracción del Pan consagrado y conmixtio (oración privada del sacerdote y fieles)

-Invitación a la comunión con las palabras de humildad del centurión (“Señor, no soy digno…”)

  En la medida de lo posible, se visibiliza la participación en ese mismo Sacrificio de Cristo si los fieles pueden comulgar con el Pan consagrado en esa Misa: “Es muy de desear que los fieles, como está obligado a hacerlo también el mismo sacerdote, reciban el Cuerpo del Señor de las hostias consagradas en esa misma Misa, y en los casos previstos (cfr. n. 283), participen del cáliz, para que aún por los signos aparezca mejor que la Comunión es una participación en el sacrificio que entonces mismo se está celebrando” (IGMR 85).

 Así se distribuye la sagrada comunión:

 “- Después el sacerdote toma la patena o el copón y se acerca a quienes van a comulgar, los cuales de ordinario, se acercan procesionalmente.

 -No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos.

 -Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos.

 -Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas.

 -Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo.

 -El que comulga responde: Amén,

 -y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo.

 -Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente” (IGMR 160-161).

           

“El Concilio Vaticano II al recomendar especialmente que “la participación más perfecta es aquella por la cual los fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del Señor, consagrado en la misma Misa” exhorta a llevar a la práctica otro deseo de los Padres del Tridentino, a saber, que para participar más plenamente en la Eucaristía, “no se contenten los fieles presentes con comulgar espiritualmente, sino que reciban sacramentalmente la comunión eucarística”” (IGMR 13).

  Los fieles se ofrecen junto con Cristo al Padre. Reciben parte del Sacrificio de Cristo Víctima al comulgar. Ahí reside el mayor y más excelente modo de plena participación en la Misa. “Los fieles participan más plenamente de este sacrificio de acción de gracias, de propiciación, de impetración y de alabanza, cuando, conscientes de ofrecer al Padre, de todo corazón; juntamente con el sacerdote, la sagrada Víctima y, en ella, a sí mismos, reciben la misma Víctima en el Sacramento” (Instrucción Eucharisticum Mysterium, 3e).

 



[1] “Es bella y muy elocuente la expresión «recibir la comunión» referida al acto de comer el Pan eucarístico. Cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se dona a nosotros y por nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta nosotros: se transmite una única comunión en la santa Eucaristía” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 23-junio-2011).

[2] “La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser” (Benedicto XVI, Hom. Misa de clausura de la JMJ, Colonia, 21-agosto-2005).

14.12.17

Otros gestos corporales para participar (XII)

Entre los posturas y gestos corporales, los hay más sencillos y tal vez más discretos, pero igualmente son cauces de participación de los fieles en la liturgia de una manera activa, viva. Los gestos exteriores ayudan a vivir lo interior, y lo que vivimos interiormente, a su vez, requieren la expresión, su manifestación externa. Así es como se vive la liturgia.

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23.11.17

Procesiones para participar en la liturgia (XI)

e) Procesiones

  La liturgia es también movimiento, y por tanto, dentro de ella, la procesión es un movimiento expresivo, significativo. Siempre somos un pueblo en marcha, peregrino, hacia Dios[1]: “La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga” (LG 8).

En procesión caminan los ministros al altar, precedidos por el incensario, la cruz y los cirios y el Evangeliario en procesión, señalando la meta: el altar, el encuentro con Dios, la dimensión peregrina de la Iglesia. Igual procesión –siempre que se pueda- es la que todos realizan al inicio de la Vigilia pascual, una vez bendecido el fuego y encendido el cirio, entrando en el templo por el pasillo central, ya con las velas encendidas en las manos, precedidos del cirio pascual, como columna de fuego que guía en la noche.

  Procesión llena de solemnidad es aquella en que mientras se canta el Aleluya, el diácono porta el Evangeliario hasta el ambón acompañado de cirios e incienso humeante, disponiendo así a todos los fieles a escuchar al Señor mismo por su Evangelio.

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9.11.17

Inclinaciones, postura para participar (X)

Prosiguiendo con los gestos y posturas corporales, veremos cómo su variedad permiten expresar en cada momento los sentimientos interiores, el afecto y la devoción, celebrando la liturgia. El cuerpo se expresa en la liturgia a la vez que permite crear disposiciones internas para un culto verdadero.

 Así, participar es estar de pie, sentados, de rodillas… según lo requiere cada parte de la liturgia. Esta participación es sencilla e implica estar atentos y conscientes en la celebración litúrgica, buscando además la unidad en gestos, posturas, palabras y oraciones de todo el pueblo cristiano.

 

            d) Inclinaciones

  La liturgia lleva al hombre a inclinarse ante Dios, reconociéndole y adorándole. No es la postura erguida, de dura cerviz que le cuesta inclinarse ante Dios, sino la del hombre que se inclina, que adora, que se hace pequeño porque él mismo es pequeño ante la grandeza de Dios.

  Es, pues, un modo de adorar al Señor. El criado de Abraham, al encontrar a Rebeca, “se inclinó en señal de adoración al Señor” (Gn 24,26). Los levitas, a petición del rey Ezequías alabaron al Señor con canciones de David, “lo hicieron con júbilo; se inclinaron y adoraron” (2Cron 29,30).

 Es también un modo reverente de saludar a alguien superior o más importante, o simplemente una deferencia cortés, como Abraham ante los hititas para dirigirles su discurso (Gn 23,7) o los hijos de Jacob ante José en Egipto que “se inclinaron respetuosamente” (Gn 43,28). Betsabé saluda al rey David inclinándose ante él y luego postrándose (cf. 1R 1,16) y Betsabé es saludada con una inclinación por su hijo el rey Salomón (1R 2,19). Ya aconseja el Eclesiástico: “Hazte amar por la asamblea, y ante un grande baja la cabeza” (Eclo 4,7).

  Inclinarse es siempre signo de condescendencia, de bondad. Dios mismo se inclina hacia el hombre que le grita en el peligro: “Inclinó el cielo y bajó, con nubarrones debajo de sus pies” (Sal 17,10); “él se inclinó y escuchó mi grito” (Sal 39,2). Dios se inclina, como una madre hacia su pequeño, cuidando a Israel: “fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,4).

El orante suplica que Dios se incline o que incline su oído a la súplica: “inclina el oído y escucha mis palabras” (Sal 16,6), “inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme” (Sal 30,3), “inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado” (Sal 85,1).

 Un hombre bueno, imitando la condescendencia de Dios, inclinará su oído ante el pobre que le suplica: “Inclina tu oído hacia el pobre, y respóndele con suaves palabras de paz” (Eclo 4,8). Jesús mismo, viendo a la suegra de Simón con fiebre, “inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre” (Lc 4,39) y propone al buen samaritano como modelo, que se acerca al hombre herido, lo toma en sus brazos y lo monta en su propia cabalgadura (cf. Lc 10,34).

 Y quien se resiste a inclinarse, es el de dura cerviz, el orgulloso y altanero, que se resiste a Dios y que es incapaz de inclinarse hacia quien sufre con un corazón duro.

 Estos valores, este sentido claro, tan visual, posee la inclinación en la liturgia: es adoración y reconocimiento de Dios, es saludo reverente, es humildad y docilidad. Bien hechas las distintas inclinaciones, provocan un clima espiritual, subrayan la sacralidad de la liturgia; sin embargo, omitir las inclinaciones, hacerlas precipitadamente y sin hondura, empobrecen el aspecto no sólo ritual, sino también espiritual, de la liturgia.

  Todos los fieles participan en la liturgia cuando se inclinan profundamente en el Credo a las palabras “Y por obra del Espíritu” hasta “y se hizo hombre” (IGMR 137).

   Si por causas justificadas –estrechez del lugar, o por enfermedad- están de pie en la consagración, harán inclinación profunda cuando el sacerdote adora cada especie con la genuflexión: “Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración” (IGMR 43).

 En el momento de acercarse a comulgar, todos deben expresar la adoración al Señor, con una inclinación profunda y después acercarse al ministro: “Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).

Por último, y como elemento habitual, en la oración super populum (cada día de Cuaresma) y en la bendición solemne a la que se responde con triple “Amén”, el diácono (o el sacerdote si no hay diácono) advierte “Inclinaos para recibir la bendición” (IGMR 186) y todos participan inclinándose para la bendición final.

 Además, todos cuantos pasan por delante del altar (o del Obispo) para proclamar una lectura, o para hacer la colecta, etc., hacen inclinación profunda o en el momento de entregar las ofrendas al Obispo o sacerdote, hacen inclinación.

  Hay dos tipos de inclinaciones, pensando sobre todo en el sacerdote y los ministros, la inclinación de cabeza y la inclinación profunda (de cintura). El Misal prescribe:

 “Con la inclinación se significa la reverencia y el honor que se tributa a las personas mismas o a sus signos. Hay dos clases de inclinaciones, es a saber, de cabeza y de cuerpo:

 a) La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo las tres Divinas Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa.

 b) La inclinación de cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar, en las oraciones Purifica mi corazón y Acepta, Señor, nuestro corazón contrito; en el Símbolo, a las palabras y por obra del Espíritu Santo o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; en el Canon Romano, a las palabras Te pedimos humildemente. El diácono hace la misma inclinación cuando pide la bendición antes de la proclamación el Evangelio. El sacerdote, además, se inclina un poco cuando, en la consagración, pronuncia las palabras del Señor” (IGMR 275).

  También se hace inclinación profunda antes y después de incensar (al sacerdote, a los fieles, a la cruz) exceptuando las ofrendas en el altar.

 Y es costumbre antiquísima de la Iglesia, que hoy mantienen algunas Órdenes monásticas, saludar al Santísimo en el Sagrario con una inclinación profunda (no simplemente con la cabeza), ya que éste es el gesto más tradicional de la liturgia; el Catecismo lo recuerda:

“En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor” (CAT 1378).

 Estas inclinaciones, tanto las que hacen los fieles como las que realizan los ministros en el transcurso de la liturgia, son un medio de participación de todos.