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26.12.16

Educación espiritual para la liturgia

La Iglesia siempre ha procurado educar a sus hijos para celebrar dignamente los sagrados misterios. La vida litúrgica no se improvisa, requiere educación… ¡para eso la educación y transmisión de la fe en las familias, la catequesis parroquial y el catecumenado de adultos! Era una iniciación pedagógica, una introducción paciente, para celebrar los sagrados misterios de Cristo en la liturgia.

En la versión latina de la Liturgia de las Horas, se ofrece una antigua oración antes del Oficio, cuando se reza solo, que dice:

“Abre, Señor, mis labios para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los vanos, perversos y otros pensamientos; ilumina el intelecto, inflama el afecto, para que digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado ante la presencia de tu divina majestad".

¡Hermosas claves! La educación espiritual para la liturgia requiere, y así se suplica al Señor:

  • Que el Señor nos mueva por gracia a alabarle
  • limpieza de corazón, sin agitaciones de pensamientos y distracciones
  • iluminar la inteligencia por gracia para captar lo que se reza
  • vivir la liturgia con dignidad, atención y devoción… ¡dignidad, atención y devoción!, que no han pasado de moda, sino que son urgentemente actuales.

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13.12.16

Preparación para la liturgia

La liturgia ha tenido siempre una parte previa de preparación espiritual para la Santa Misa. Indicaba así la importancia del Misterio celebrado en la santa liturgia, a la que no se puede acceder de modo distraído, ni banal, ni precipitado, sino recogido, con ánimo fervoroso, con sentido de adoración ante el Misterio. Normalmente –como vamos a ver- esta preparación se reservaba al sacerdote que oficiaba, pero nos sirve de paradigma para todos los participantes en la sagrada liturgia.

La preparación comenzaba ya en la sacristía: cada vestido litúrgico tenía su oración mientras se revestía (amito, alba, cíngulo, estola, casulla) y la sacristía era lugar sagrado tanto por lo que allí se guardaba (las cosas sagradas para el culto) como ser ámbito de silencio para orar antes de la liturgia. Por cierto, aún rige este mandato para la sacristía, ¡aunque se ignore! Dice el Misal:

Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 3ª ed., n. 45).

En el rito romano, codificado en el misal de San Pío V, los primeros ritos son ritos preparatorios del sacerdote que debe disponer su espíritu a lo que va a realizar in persona Christi. Al llegar al altar y santiguarse, comienza a recitar con el acólito –los dos solos- el salmo 42 (“Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa…”) con la antífona: “Me acercaré al altar de Dios”, “Al Dios que alegra mi juventud”. Tras lo cual reza el “Yo confieso” el sacerdote, luego el acólito, y termina con unos versículos sálmicos y una breve oración. Entonces sube al altar.

La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo ofrece igualmente una preparación. La primera parte de la Liturgia es la Prótesis o Proskomedia que consta de las oraciones ante las Puertas Santas del iconostasio y Vestición de los celebrantes, luego la preparación de la Ofrenda, el pan y el vino destinados para el sacrificio, y, por último, la incensación de la iglesia. Por ejemplo, después de orar y besar el icono de la Santa Madre de Dios, el sacerdote inclinando la cabeza, dice:

“Oh Señor, extiende tu mano desde lo alto de tu santa morada y fortaléceme para este servicio tuyo, a fin de que me presente sin reproche a tu temible Altar y celebre el Sacrificio Incruento, pues tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Nuestro rito hispano-mozárabe también posee esa preparación espiritual del sacerdote. Llegado al pie del altar, mientras aún suena el praelegendum (domingos y fiestas, excepto Cuaresma), el sacerdote profundamente inclinado se dirige a Dios diciendo:

“Me acerco a tu altar, Dios omnipotente y eterno, para ofrecer este sacrificio a tu majestad, suplicando tu misericordia por mi salvación y la de todo el pueblo. Dígnate aceptarlo benignamente pues eres bueno y piadoso. Concédeme penetrar el abismo de tu bondad, y presentar mi oración con tal fervor por tu pueblo santo, que se vea colmado de tus dones. Dame, Señor, una verdadera contrición y lágrimas que consigan lavar mis propias culpas y alcanzar tu gracia y tu misericordia”.

Esto es bueno recordarlo para los sacerdotes: hemos de subir al altar del Señor con piedad y suma reverencia.

Pero, asimismo, todo el pueblo cristiano ha de disponerse a la celebración eucarística: llegando con tiempo, silenciando el teléfono movil, recogiendo los sentidos para evitar distracciones, pidiendo al Señor gracia para participar dignamente, conscientes de que somos invitados al acontecer del Misterio que nos salva.

Santiguándonos con el agua bendita al entrar en la iglesia, primero hay que dirigirse al Señor en el Sagrario, hacer genuflexión y detenerse de rodillas unos momentos para adorar.

Es el momento de cuestionarse qué ofrecemos de nuestra vida al Señor, pedir gracia e invocar que el Espíritu Santo descienda y encienda el fuego de su amor, que dilate nuestros corazones para unirnos a la Iglesia del cielo y de la tierra en la celebración de la Divina Liturgia, por intercesión de la Virgen María y de los Santos.

Si nos preparamos interiormente para la liturgia, ésta podrá dar todo su fruto en nosotros.