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18.07.17

Reverencia y dignidad (Sacralidad - VII)

Mucho depende de la unción con la que sacerdotes y obispos celebren la santa liturgia. Si adquieren un hábito celebrativo lleno de piedad, de reverencia, conscientes ante Quién están y de Quién son su mediación (in persona Christi), facilitará –sin hieratismo, sin esteticismo, sin posturas forzadas- que en la liturgia brille el Misterio.

  El sacerdote es la mediación visible del Liturgo invisible, Jesucristo sumo y eterno Sacerdote. La persona entera del sacerdote debe ocultarse, hacerse transparente, servidor del Misterio, desterrando la tentación de convertirse en protagonista, en showman simpático que acapare todo para lucirse. Es imprescindible una gran dosis de humildad para oficiar los misterios divinos y un alma muy sacerdotal, llena de unción, para dejarse atrapar por el Misterio y vivirlo.

  Por eso, algo evidente pero muy olvidado, es que el sacerdote como servidor que es, no manipule la liturgia a su capricho o criterio, sino que observando las normas litúrgicas, ofrezca a Dios y a los fieles la liturgia de la Iglesia, no su propia reelaboración creativa.

“La observancia ritual ayuda a que el sacerdote no sea protagonista en la celebración, favoreciendo que los fieles no se fijen en él y descubran a Dios y el culto sea un encuentro con Dios, que ocupa siempre el centro. La obediencia del sacerdote a las rúbricas es una señal elocuente y silenciosa de su amor a la Iglesia, a la cual sirve, sin servirse de ella. No podemos tratar la liturgia como si fuera un material por nosotros manipulable, pues se trata de una realidad sagrada” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 328).

  El porte exterior del sacerdote refleja su interior, su alma sacerdotal y su disposición contemplativa, lo cual, bien cuidado y vivido, ayudará a los fieles a una verdadera participación interior en la liturgia. Lo pide la Iglesia para el bien de los fieles:

 “El pueblo de Dios tiene necesidad de ver en los sacerdotes y diáconos una conducta llena de reverencia y dignidad, capaz de ayudar a penetrar en las realidades invisibles, incluso con pocas palabras y explicaciones. En el Misal romano, llamado de San Pío V, como en las diversas liturgias orientales, se encuentran muy bellas oraciones con las cuales el sacerdote expresa el más profundo sentido de humildad y de reverencia hacia los santos misterios; ellas muestran la sustancia misma de toda liturgia” (Juan Pablo II, Disc. a la plenaria de la Cong. para el Culto divino, 21-septiembre-2011).

  Esto es lo que deben percibir los fieles. En ocasiones el pueblo cristiano, con la mentalidad secularizada que se ha extendido, exige al sacerdote que haga una liturgia simpática, entretenida, llena de diálogos (y hasta de aplausos). Pero a la larga, ven y experimentan una liturgia mejor y más plena si el sacerdote se ajusta a las normas litúrgicas de la Iglesia y transmite espiritualidad, recogimiento y adoración.

   La dignidad al celebrar, traspasada de oración, no necesita de muchas explicaciones, es elocuente en sí de la santidad de la liturgia.

“Sólo el ministro ordenado representa a Cristo Cabeza y con tal potestad sube al altar, de tal modo que es inferior a Cristo y superior al pueblo. En este sentido, es importante que el ministro ordenado recupere la conciencia de su dignidad, sobre todo cuando está en el altar, y hable con autoridad, sin identificarse equívocamente con la asamblea presente” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 175).

 Sabedor de esto, el sacerdote debe presidir toda liturgia orando, con espíritu de oración, en diálogo con Dios a quien dirige las oraciones litúrgicas, meditando personalmente en los momentos de silencio, siendo oyente atento de las lecturas proclamadas, comulgando reverentemente.

“Me parece que la gente percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con ellos y, por decirlo así, si atraemos a los demás a la comunión con los hijos de Dios; o si, por el contrario, solo hacemos algo exterior” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de Albano, 31-agosto-2006).

  Es un ministerio santo éste de santificar y celebrar la divina liturgia. Se convierte en fuente de santificación para el propio sacerdote y por ello, sin dejadez, sin un estilo desenfadado, sino con un modo de vivirlo santo, habrá de desempeñarlo:

“El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, salvaguardando así adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles, eso no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal: el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad. En la celebración de los santos misterios es donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación” (Benedicto XVI, Audiencia general, 5-mayo-2010).

 

5.07.17

Orar con la Hora litúrgica de Vísperas

  • Ha transcurrido la jornada. En el atardecer –con un margen amplio de tiempo- la Iglesia reza Vísperas. ¿La Iglesia? Sí, tú y yo, y muchas comunidades de religiosos, de sacerdotes, de seglares. Te toca a ti también sumarte a esa Oración de todos. Que sí, tú también, y deja de justificarte pensando que Vísperas y la Liturgia de las Horas es algo clerical, porque no lo es, ¡es eclesial!

 

  • Las Vísperas serenan el alma a la caída de la tarde. Cantamos a Cristo, Sol que no conoce el ocaso; hacemos memoria de su resurrección –y de las apariciones al atardecer-; miramos al cielo con deseos de eternidad; damos gracias por la jornada y la ofrecemos entera para gloria del Padre.

 

  • Primero hay que apaciguarse, recogerse, para orar con la liturgia y que lo que pronuncia la boca concuerde con la mente.

 

  • Luego comenzamos invocando la gracia de Dios, porque su gracia nos hará recitar digna, atenta, devotamente, esta Hora de Vísperas: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”. Es petición de gracia.

 

  • El himno da el colorido, la tonalidad a la Hora litúrgica. También, en los tiempos fuertes, en vez de hacer referencia a la hora, al atardecer, se enmarca en los contenidos generales del tiempo litúrgico… y realmente servirían igual en Laudes que en Vísperas en este caso.

 

  • Con la salmodia, hemos de prestar atención. Cristo canta en cada salmo. Hemos de reconocer en cada salmo la voz de Cristo cantando al Padre… o la voz de la Iglesia Esposa cantándole a Cristo, su Cabeza y Esposo. No soy tanto “yo” el que canta el salmo, cuanto que Cristo lo canta por mi voz al Padre. ¡Fíjate, hazlo así, y hallarás más sabor a los salmos!

 

  • Los dos primeros salmos (o un salmo más extenso dividido en dos partes) mantienen un tono sapiencial, son suaves, meditativos, confiados, muy acordes con la paz y el recogimiento del final de la jornada.

 

  • El tercer salmo es un cántico del NT, que sin ser estrictamente un salmo, sigue la estructura orante de los salmos y que los hallamos en las cartas paulinas, en la carta de San Pedro y en el Apocalipsis. Son las alabanzas que la primitiva Iglesia compuso para alabar a Dios por la redención de Cristo.

 

  • Como ya, con el cántico, hemos pasado al NT, la lectura breve deberá seguir siendo del NT y no retroceder al AT. Es un pensamiento, una idea, una nota espiritual, para ser acogida en el silencio orante. La Palabra de Dios sigue resonando viva y eficaz para nosotros.

 

  • El evangelio propio de Vísperas es el Magnificat. Es su cántico evangélico. Nos ponemos de pie, nos signamos con la cruz… otorgándole la importancia debida. Con la Virgen María, glorificamos al Señor; con los sentimientos y el corazón de la Virgen María, proclamamos la gloria del Señor. Una vez más, cada día, hemos visto la acción de Dios y su misericordia y cómo nos ha mirado con amor. ¡Su fidelidad es eterna e inquebrantable! Un día más lo hemos podido comprobar.

 

  • Las preces de Vísperas son distintas de las de Laudes; si éstas son de santificación y consagración de la jornada, las preces de Vísperas son de intercesión por los demás, por la salvación de los demás y sus necesidades. Se pueden añadir otras peticiones además de las del formulario del día, pero la última petición siempre será por los fieles difuntos, por las almas del purgatorio.

 

  • Las preces prosiguen con la oración dominical, el Padrenuestro. Si tres veces al día se determinó rezar el Padrenuestro en la Iglesia, ahora es la tercera vez, después de rezarlo en Laudes y en la Misa. El Padrenuestro es la oración de los hijos adoptivos de Dios. El Padrenuestro es el gran salmo cristiano. El Padrenuestro es el compendio del Evangelio.

 

  • Termina la oración litúrgica de Vísperas con una oración conclusiva que alude al momento final de la jornada, a la acción de gracias, etc., excepto en los tiempos fuertes y domingos de tiempo ordinario que la oración final es la misma oración colecta del día.

 

  • Quien se acostumbra a orar cada día con la Liturgia de las Horas, va adquiriendo familiaridad con la sagrada Escritura, se acostumbra a orar con textos litúrgicos, dilata su corazón a la medida de la Iglesia entera. ¡Es un gran bien!

 

  • De verdad, necesitamos mucha más liturgia en nuestra vida espiritual; es muy conveniente que la liturgia de la Iglesia marque nuestro espíritu más que las devociones de aquí y de allá o los gustos de unos y de otros. ¿Te decides? ¿Te lanzas a ello? ¿Harás de Laudes y Vísperas el eje de tu jornada ante el Señor? ¿Te animarás a dar un paso más en tu vida interior? ¡¡Seguro que lo agradecerás más adelante!!

 

1.07.17

Sin condenar, Oración de los fieles - y VII

El tono desafiador del lenguaje y su juicio despectivo sobre la realidad es otra variante de los lenguajes secularizados que se pueden encontrar en las intenciones que se proponen a la oración de los fieles en la Santa Misa.

Con este lenguaje condenatorio, marcadamente secularizado con una ideología de moda, más que orar, se emiten juicios de valor:

“Para que nuestra sociedad, injusta e hipócrita, que busca lo que la escandaliza y fomenta lo que luego condena, asuma su culpa y procure el remedio” (Libro de la Sede, Domingo V Cuaresma);

“por nuestra sociedad satisfecha y autosuficiente: para que reconozca su necesidad radical de Dios” (Libro de la Sede, Viernes III Pascua).

La economía –da igual el sistema o su justa distribución- es llamada “demonio”:

“Pedimos por nuestro mundo, roto por los demonios de la economía, la guerra y la sinrazón, para que crezcamos en orden a favorecer la vida de todos”.

Este lenguaje condenatorio, muy frecuente en ciertos ámbitos, emite constantemente juicios de valor negativos y suele añadir un sentido de culpabilidad a los que oran, convirtiendo en exhortación imperativa lo que debería ser una oración.

“Por nosotros, que hacemos injustamente distinción de personas, que clasificamos y ponemos al margen, que rehusamos el trato y condenamos al aislamiento” (Libro de la sede, Dom. VI T. Ord).

“Por nuestra sociedad mal pensante, como Simón, el fariseo; para que sea capaz de comprender y respetar” (Libro de la sede, Dom. XI, T. Ord.).

“Para que nuestra sociedad, que fomenta el pecado y se muestra intransigente con los culpables…” (Libro de la sede, Dom. XXIV, T. Ord., ciclo C).

“Para que nuestra sociedad, cuyo incentivo es el lucro, sepa valorar el trabajo, como fuente de realización y promoción humana, personal y social” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord., ciclo A).

“Para que nuestra sociedad, caracterizada por la hipocresía, reaccione ante la crítica de los inconformistas” (Libro de la sede, Dom. XXXI, T. Ord., ciclo A);

además del juicio de valor sobre la sociedad, piensa el redactor que la crítica de los inconformistas, de por sí, es buena, con lo que introduce tanto la demagogia como el populismo; ser inconformista no es un valor o cualidad, porque puede nacer de la arrogancia y de la soberbia, no de la búsqueda del Bien y la Verdad.

A veces no es una petición aislada, sino todo el conjunto de intenciones el que, con un lenguaje descriptivo negativo, pretende catequizar en una dirección ideológica muy concreta:

“En un mundo en el que predomina la ambición y el poder: para que la Iglesia procure ser signo de Cristo…

En un mundo en el que se busca sobre todo la eficacia: para que los más débiles en la sociedad no se vean despojados de sus derechos…

En un mundo en el que se medra a costa de los demás: para que se valore la honradez, la austeridad, la sinceridad, la autenticidad…

En un mundo en el que la figura de Cristo inquieta: para que cuanto nos preciamos de ser discípulos suyos entendamos sus palabras…” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord., ciclo B).

Este lenguaje, que algunos calificarían de “denuncia profética”, no es propio del lenguaje orante ni del lenguaje para la liturgia, porque fácilmente se deslizan la ideología y la mentalidad secularista. Si hubiéramos de seguir los tres ejemplos anteriores, habría que transformarlos aproximadamente así: “para que la Iglesia sea signo luminoso de Cristo en la sencillez”, “para que los más débiles y los pobres sean ayudados y confortados”, y, dentro de lo que cabe, el tercer ejemplo sería “por nosotros, para que crezcamos en las virtudes cristianas de la honradez y la austeridad”.

Al menos, al mirar el mundo, que nuestra mirada no sea de reprobación absoluta, sino de amor de Cristo viendo su realidad y su necesidad de salvación.

El lenguaje litúrgico no es condenatorio, sino expositivo; no es ideológico (ni pura ideología), sino orante. Las preces que he puesto como ejemplo ilustrativo jamás se podrían considerar lenguaje litúrgico, sino pura ideología, abofeteando a los presentes y al mundo en el que viven.

He de aclarar que “el libro de la sede” es un libro oficioso, no OFICIAL. En España lo “fabricó” la Comisión episcopal de liturgia (o el Secretariado Nacional, no lo recuerdo bien ahora), y en las preces los redactores estuvieron muy, muy desafortunados. Es un libro que necesita una urgente revisión en ese punto y otros más (acto penitencial, invocaciones al Kyrie y moniciones).

Se usa por su carácter oficioso y no de un autor con nombre y apellidos.

La oración de los fieles (exceptuando el Viernes Santo) no posee un formulario fijo. Hay que fabricarlo o buscarlo, o adaptar los que se tengan. De ahí que se busque una publicación mensual o un libro con formularios ya preparados. Pero hay que mirarlos bien…

Lo de leer sacando un papelito doblado, simplemente, es de un mal gusto que rechina. ¡Y la liturgia debe ser bella, es bella!

Con esto terminamos un amplísimo recorrido, exhaustivo desde luego, sobre la Oración de los Fieles. ¡Ojalá nos inspirásemos siempre en los modelos de la tradición litúrgica al orar y no en las formas secularizadas que hemos visto!

24.06.17

Sin autocelebrarnos (Sacralidad - VI)

Hay un desplazamiento secularista en la liturgia que manipula lo sagrado y lo sustituye por el “nosotros”; se quita a Cristo y se coloca la comunidad-grupo en su lugar. La liturgia se vuelve la seña de identidad del grupo para fortalecer los lazos humanos, transmitir unas consignas humanas y valores y repetir, cansinamente, que “vamos a hacer una sociedad más justa y solidaria”.

 Esto se nota en los acentos humanos, didácticos, y muy moralistas, de las moniciones y la homilía (ésta larguísima, un mitín); se nota en el tipo de cantos durante la liturgia que procuran tener ritmo y provocar la emotividad y lo sentimental; se nota, igualmente, en la forma de multiplicar elementos para que muchos intervengan subiendo al presbiterio (una monición a cada momento, un lector por petición… o incluso la lectura de un manifiesto o “compromiso”). Esa liturgia lo centra todo en el grupo concreto.

 Cuando así se actúa, hay elementos de la liturgia que quedan postergados porque ni se les ve sentido ni se sabe qué hacer con ellos: el silencio en el acto penitencial, después del “Oremos” de la oración colecta o después de la homilía; el canto del salmo responsorial, meditativo, contemplativo; las oraciones de la Misa y la misma plegaria eucarística, dirigidas a Dios, que se recitan velozmente porque ya no se sabe orar a Dios con la liturgia; los signos de adoración (genuflexión, de rodillas en la consagración, inclinación profunda al pasar delante del altar) suprimidos… así como procesiones (de entrada, Evangelio) o el incienso…

La liturgia deja de ser liturgia cristiana, culto en Espíritu y verdad, cuando se convierte en un show festivo, centrado en celebrarse el grupo a sí mismo o exaltar sus supuestos “compromisos”.

Cada vez más la liturgia se vuelve antropocéntrica: el hombre es exaltado, la propia comunidad es el centro y polo de atracción: todo es discurso, nuevo moralismo, valores y compromisos, movimiento de emotividad y sentimientos en cantos y gestos (canciones sensibleras, muchos besos y abrazos en la paz…).

 Lejos quedó la sobriedad, la gravedad, la delicadeza, de la liturgia que celebra a Dios y es acción de Dios, y que por tanto nos eleva y nos une a Él. Todo se vuelve banal, ramplón, superficial, emotivo.

  El primer engaño sería centrar la liturgia como si fuera algo propiedad del sacerdote, del equipo de liturgia o de la comunidad, y por ello manipulable. Más bien, la liturgia es de la Iglesia, y nos insertamos en ella, con respeto, para recibir Vida y glorificar al Señor. Esta visión eclesial de la liturgia la expuso muchísimas veces el papa Benedicto XVI:

“Hemos de preguntarnos siempre nuevamente: ¿quién es el auténtico sujeto de la Liturgia? La respuesta es simple: la Iglesia. No es la persona singular –sacerdote o fiel- o el grupo que celebra la liturgia, esa es en primer lugar acción de Dios, a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica tradición y su creatividad” (Carta al Gran Canciller del Pontificio Instituto de Música Sacra en el I Centenario de su fundación, 13-mayo-2011).

  La liturgia es sobre todo el actuar de Dios, no nuestra propia actuación creativa; es el lugar de la gracia y santificación de Dios y por eso la liturgia se recibe como un don, no se fabrica cada vez como un invento humano o una fiesta secular, esperando a ver qué inventan cada domingo:

 “Podemos decir que ni el sacerdote por sí mismo, ni la comunidad por sí misma son responsables de la liturgia; sino que lo es el Cristo total, Cabeza y miembros. El sacerdote, la comunidad, cada uno es responsable en la medida en que está unido con Cristo y en la medida en que lo representa en la comunidad de Cabeza y Cuerpo. Cada día ha de crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es un ‘hacer’ nuestro, sino que, por el contrario, es acción de Dios en nosotros y con nosotros” (SILVESTRE VALOR, J.J., Con la mirada puesta en Dios. Re-descubriendo la liturgia con Benedicto XVI, Madrid 2014, 185).

 Conviene ahondar y repetir estos conceptos, de la mano de Benedicto XVI, para erradicar algo tan extendido como que la liturgia es del grupo y debe ser una fiesta divertida y entretenida, llamativa:

 “No es la persona sola –sacerdote o fiel- o el grupo quien celebra la liturgia, sino que la liturgia es primariamente acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica tradición y su creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es propia de toda la liturgia, es una de las razones por la cual no puede ser ideada o modificada por la comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal” (Audiencia general, 3-octubre-2012).

 La liturgia se recibe de la Iglesia, se celebra en comunión con toda la Iglesia, da forma a nuestras almas y nos santifica glorificando a Dios. Ésta es, pues, su perspectiva exacta y, bien asimilada, corrige la falsa creatividad y la desacralización.

  “No es que nosotros hagamos algo, que mostremos nuestra creatividad, o sea, todo lo que podríamos hacer. Justamente la liturgia no es ningún show, no es un teatro, un espectáculo, sino que vive desde el Otro. Eso tiene que verse con claridad. Por eso es tan importante el hecho de que la forma eclesial está preestablecida. Esa forma puede reformarse en los detalles, pero no puede ser producida en cada caso por la comunidad. Como he dicho, no se trata de la producción de uno mismo. Se trata de salir de sí mismo e ir más allá de sí mismo, entregarse a Él y dejarse tocar por Él… No brota [el estilo celebrativo, la liturgia] meramente de la moda del momento” (Benedicto XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010, 164).

  Por eso, en toda liturgia, en cualquier parroquia, Monasterio, iglesia, comunidad cristiana, etc., ha de brillar sólo Dios, y para ello es imprescindible ajustarnos a los libros litúrgicos y celebrar con una mirada contemplativa, con adoración, sabiendo ante Quién estamos. No, no nos celebramos a nosotros mismos.

“En definitiva, ésta es la cuestión: celebramos el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo o celebramos nuestra experiencias de muerte y vida, pues en algunas maneras de celebrar parece que diera lo mismo la presencia o no presencia de Dios, pues todo está centrado en la comunidad” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia, 305).

18.06.17

Lenguajes secularizados, Oración de los fieles - VI

En otros casos (siguiendo lo visto a lo largo de esta serie de artículos sobre la Oración de los fieles), es el lenguaje el que demuestra la pobreza y la ignorancia al proponer las intenciones de la plegaria universal. Se entremezclan con la oración la ideología al pedir o también pequeños discursos que adoctrinan “para que tomemos conciencia de algo”. Son elementos extraños al lenguaje de la liturgia.

“Por la Iglesia y todos los que la formamos, para que con la ayuda del Espíritu, sepa ser una Iglesia viva y atenta a todas las necesidades sociales que nos rodean. Roguemos al Señor”.

¿Esa es la misión de la Iglesia? ¿Estar atenta a las necesidades sociales? ¿Una nueva ONG? 

O un lenguaje que, más o menos sutilmente, critica la realidad de la Iglesia:

“Por la Iglesia; para que incesantemente se reforme en sus instituciones y se renueve en sus miembros” (Libro de la sede, Domingo II Cuaresma).

¿Constante reforma de las instituciones? ¿Qué se está pidiendo en realidad? Se inculca el pluralismo y la variedad de “opciones”, que responden no a la realidad carismática del Cuerpo eclesial, sino al lenguaje secularista:

“Para que la pluralidad de caminos y opciones dentro de la Iglesia no rompa la unidad en la fe y en la caridad” (Libro de la sede, Viernes V Pascua).

“Pidamos por toda la Iglesia y por todos los que la formamos, para que sea en el mundo un testimonio vivo del Mensaje de Jesús, trabajando por hacer posible un mundo más justo y solidario, y ayudando especialmente a los pobres y marginados para que puedan salir de las situaciones que les crea la pobreza y marginación. Roguemos al Señor”.

Otro ejemplo más del lenguaje secularizado, otro ejemplo más de la secularización interna de la Iglesia: todo se reduce a vivir un “Mensaje”, como si Cristo y el Evangelio se pudieran reducir a un “Mensaje” o un “Manifiesto”. Y la vida de la Iglesia en clave secularizada, limitada a “hacer posible un mundo más justo y solidario”. Es un discurso secularizado en lugar de una intención litúrgica, cuando aquí no caben ni los discursos ni los conceptos secularizados. Por eso es fácil encontrar expresiones así:

“Para que el Espíritu sugiera a la Iglesia recrear nuevas formas de expresión del mensaje cristiano” (Libro de la sede, Sábado VI Pascua);

¿está hablando de publicidad, imagen, marketing?

“Para que la Iglesia sepa presentar el mensaje cristiano atrayente para todos” (Libro de la sede, Dom. XXXII T. Ord., ciclo C):

¿cómo? ¿Rebajándolo, disimulándolo, acomodándolo a lo que el mundo vive? ¿Qué es hacerlo atrayente, dando por hecho, por el tono de la petición, que la Iglesia hoy no sabe presentar ese “mensaje cristiano”? ¿Presentamos un “mensaje atrayente” o llevamos a la Persona de Cristo Salvador?

El lenguaje secularista referido a la Iglesia refleja la ideología de cada momento, de cada época, y se pide a Dios con marcados tintes ideológicos, de donde resultan palabras talismanes, como “solidaridad”, “respeto”, etc.:

“Para que la Iglesia, como ciudad puesta en lo alto de un monte, sea para todos ejemplo de convivencia, de respeto, de comunicación, de solidaridad” (Libro de la sede, Dom. V T. Ord.).

“Por la Iglesia; para que en su legislación se transparente siempre el mandamiento nuevo de Cristo” (Libro de la sede, Dom. VI T. Ord.).

“Por nosotros, aquí reunidos; para que, superando el individualismo, aprendamos a vivir en solidaridad” (Libro de la sede, Dom. XXVIII T. Ord., ciclo C).

“Finalmente, pidamos por todos nosotros, para que tomemos conciencia de que Jesús nos envía al mundo para infundir el Espíritu y seamos testigos de Él allí donde estemos. Roguemos al Señor”.

“Tomar conciencia”: un nuevo lenguaje moralista. Esto más que orar es adoctrinar.

“Para que la Eucaristía nos ayude a tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos por nuestro pecado y por el pecado del mundo” (Libro de la Sede, Viernes I de Cuaresma).

“Por todos nuestros hermanos misioneros, personas que sintiendo una llamada especial del Espíritu, han dejado las comodidades de nuestro mundo para acompañar y ayudar a salir de la pobreza a tantas personas de países pobres y subdesarrollados. Para que el Espíritu siga animándoles cada día en esta importante misión que realizan y para que sigan surgiendo entre nosotros vocaciones misioneras. Roguemos al Señor”.

Otro ejemplo más de un lenguaje que no es cristiano: la misión, las misiones y los misioneros ya no son evangelizadores, sino que, única y exclusivamente van “para acompañar y ayudar a salir de la pobreza”. ¿Esto es un lenguaje para la liturgia? ¿Además no mandó Cristo a evangelizar, “id y proclamad el Evangelio, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado y bautizad…”?

 O este otro formulario:

“1. Por toda la Iglesia, para que no se centre tanto en ella misma, sino que se ponga a la escucha del Espíritu. Oremos.

 2. Por la humanidad actual, sometida a un sistema cultural y económico que idolatra el tener, el poder y el consumir, y genera deshumanización y pobreza. Oremos”.

Tampoco esto es precisamente proponer una intención para la oración sino un discurso ideologizado: se afirma que la Iglesia se centra en ella misma, con lo cual es una crítica y un juicio; en la segunda petición, se descalifica un sistema económico en lugar de orar “por la humanidad actual”. Por ejemplo: ¿alguien se imagina orando a la primitiva Iglesia “por el despiadado Nerón que se idolatra a sí mismo, para que se convierta”? ¿Con esos adjetivos y esa descripción?

Ante esto, a veces es preferible incluso no orar, no llegar a contestar o cantar “Te rogamos, óyenos". Hay que estar atentos para saber qué nos proponen para nuestra oración y hay que ser delicados y cuidadosos al escribir estas intenciones (¡si es que realmente hay que escribirlas para ser tan originales!)

El lenguaje secularista en las intenciones para la Oración de los fieles no sólo desfigura la presentación del Misterio de la Iglesia, sino la forma de hablar del mundo, de la sociedad, de la cultura actual. Se tratan o se quieren respaldar con la oración los principios y presupuestos del secularismo, aceptados acríticamente, y forman un discurso que de cristiano no tiene nada, y sí del tono secularizado de la New Age o de determinadas ideologías políticas.

Los ejemplos, tomados de formularios reales encontrados en un sitio y otro, analizados así, nos harán palpables estos lenguajes para, lógicamente, evitarlos en el futuro.

“Presentemos a nuestra Madre Tierra, que cada vez presenta más signos de que se haya enferma porque no la cuidamos y sólo la contaminamos. Para que desde nuestras pequeñas acciones cotidianas hagamos un uso y consumo responsable de todo lo que ella gratuitamente nos regala y seamos ejemplos para los demás de que es necesario cuidar nuestro Medio Ambiente. Roguemos al Señor”.

¿Qué decir? ¿Esto es proponer una intención para orar o presentar una reflexión del ecologismo secularizado, de lo políticamente correcto hoy? Además, en lugar de orar, muy en general “por la tierra”, se incluye un discurso culpabilizador: “porque no la cuidamos y sólo la contaminamos”. Llamarla, además, “Madre tierra", da un sabor muy ecologista, con el panteísmo de la New Age.

O también al orar –supuestamente- por otras realidades de la vida social:

“4. Por todas las personas víctimas de la violencia, para que no lleguemos nunca a acostumbrarnos a este delito contra los derechos humanos, y para que trabajemos cada día por ser instrumentos de paz, allí donde nos toque vivir cada día. Roguemos al Señor.

5. Por los pobres y marginados, por todos aquellos que viven pasando necesidad: para entre todos seamos capaces de construir una sociedad más justa y más solidaria, que sepa repartir con justicia los recursos que la naturaleza nos regala. Roguemos al Señor”.

Fijémonos en varios detalles: 

 1) lenguaje secularizado del buenismo de hoy: derechos humanos, sociedad más justa y solidaria… 

 2) Aunque enuncia “por”, en realidad casi no se ora por ellos, sino que la intención (el “para que”) es por los presentes con cierto moralismo: “para que trabajemos… para que seamos capaces…”

Los ejemplos se pueden multiplicar, con tal de ver con claridad, lo ideologizado de ciertos lenguajes:

-Sobre el ecologismo reinante: 

 “Por los movimientos interesados en la conservación de la naturaleza y en la preservación del medio ambiente; para que perseveren en la llamada de atención a la responsabilidad de todos” (Libro de la Sede, domingo I de Cuaresma).

O sea, que no realizan estos movimientos ecologistas trabajos reales, sino campañas de concienciación… De nuevo un moralismo que busca “concienciar” en lugar de rezar, en todo caso, por quienes de verdad cuidan la naturaleza, veterinarios, guardas forestales, etc.

O la demagogia secularista sobre la juventud, con un optimismo absoluto de los valores (ojo, no de las virtudes) de la juventud y se reza para que sus protestas, sean las que sean porque no se matiza más, se tomen en serio: 

 “Por la juventud de nuestro tiempo, insatisfecha, inquieta; para que sus intuiciones, protestas, ideales, esfuerzos, razonamientos, sean tomados en serio, en diálogo respetuoso con los mayores” (Libro de la sede, Dom. XXII T. Ord., ciclo B).

Estas intenciones de oración son un exponente del secularismo, aptas para un mitín político de cualquier partido hoy en día (porque todos hablan igual), pero se aleja del lenguaje cristiano orante, mensurado, pausado, sobrio.