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27.12.17

La mención del Obispo en la plegaria eucarística

  En el interior de la plegaria eucarística, el sacerdote siempre nombrará, con nombre propio, al Papa y al Obispo del lugar; con nombre propio, porque el ministerio lo ha asumido una persona concreta: “el papa Francisco, nuestro Obispo Demetrio…”, y no de forma genérica: “con el Papa, con nuestro obispo…”

   Pero, ¿qué sentido tiene y por qué se les nombra? Significa que esa Eucaristía que se celebra es legítima porque el sacerdote está en comunión con el Papa y con el Obispo, no es cismático. Así, cada pequeña comunidad local, que no puede vivir la Misa del Obispo, celebra la Santa Misa con un sacerdote legítimo y autorizado, que está en comunión con el Papa y con el propio Obispo del lugar.

     Por tanto, mencionar al Papa y al Obispo, con sus respectivos nombres, es sobre todo un signo de comunión eclesial.

   En este sentido, afirma la Constitución Lumen Gentium:

“El Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el administrador de la gracia del supremo sacerdocio», sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura que sea celebrada, y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias. Ellas son, en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en gran plenitud” (LG 26).

     Los sacerdotes, como colaboradores del Obispo, expresan su comunión y su dependencia de él en el ministerio al nombrarlo en la plegaria eucarística: “los Obispos gozan de la plenitud del Sacramento del Orden y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los presbíteros” (Decreto Christus Dominus, n. 15).

   Vayamos a las plegarias eucarísticas. En todas ellas está la mención expresa del nombre del Papa y del Obispo, así como la posibilidad –no es obligatorio- de mencionar al obispo coadjutor o a los obispos auxiliares. Pero cuando se hace, no es tanto para rezar por ellos, sino para señalar que se está en comunión con ellos. La preposición “con” es la que más veces aparece.

En el Canon romano o plegaria eucarística I:

“por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa N., con nuestro obispo N.,

Aquí se puede hacer mención del obispo coadjutor o de los obispos auxiliares.

[con el obispo coadjutor (auxiliar) N.

o bien:

y sus obispos auxiliares, y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica”.

La plegaria eucarística II, la más usada (a veces en exceso, como si fuera la única plegaria del Misal romano):

“Acuérdate, Señor, de tu Iglesia  extendida por toda la tierra; y con el Papa N., con nuestro Obispo N.,…”

En la plegaria eucarística III se ruega la unidad en la fe y en la caridad de la Iglesia, junto con el Papa, con el obispo y demás ministerios ordenados.

“Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa N., a nuestro obispo N., al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.”

Sólo en la IV plegaria eucarística hay una mención que toma el matiz de súplica pidiendo por el Papa y por el obispo:

“Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro obispo N., del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos”.

Así pues, la mención explícita del Papa y del Obispo del lugar es un signo de comunión con ellos. No se trata de que se rece aquí por ellos, no es pedir por ellos, sino manifestar que esta asamblea local, con su sacerdote, celebra la Santa Misa estando con comunión con el Papa y con el obispo de la diócesis: ¡la eclesialidad!

Pedir por el Papa y por el Obispo se pide más bien en las preces de la oración de los fieles, no en la plegaria eucarística.

Además, como ya se indicó antes, se pueden añadir los nombres del obispo coadjutor o de los obispos auxiliares. Pero sería incorrecto añadir el nombre del Superior religioso, del Provincial o del Padre General por parte de los religiosos celebrando la santa Misa. Las realidades que se nombran son las grandes realidades sacramentales de la Iglesia: el Papa, centro de comunión de toda la Iglesia, y el Obispo diocesano, principio de la unidad de la Iglesia diocesana.

Terminamos con palabras de Juan Pablo II:

“La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular. Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San Ignacio de Antioquía escribía: « se considere segura la Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado ». Asimismo, puesto que « el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles », la comunión con él es una exigencia intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de varios modos en la Liturgia: « Toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma » (Ecclesia de Eucharistia, n. 39).

7.12.17

Más sobre el altar

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

 El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.

 Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

 Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

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30.11.17

Una segunda homilía más los avisos interminables

  Lo fáciles que son las cosas y lo difícil y enrevesado que nos gusta volverlas. Bastaría leer y obedecer las rúbricas de la Ordenación General del Misal Romano para tener una liturgia mucho más cuidada y no la anarquía que muchas veces se ve y se padece.

   En concreto, antes de la bendición final de la Misa se puso de moda en algunos soltar una segunda homilía. Pretenden a veces hacer un “resumen” de la Misa, como si la Misa fuera una catequesis o clase pedagógica que hubiera que inculcar con un resumen o síntesis. ¡No! Estamos en el ámbito de la celebración, no de la catequesis, no de la formación, no de la clase de teología. Y sin embargo, antes de la bendición, algunos empuñan con denuedo el micrófono para una intervención que es una segunda homilía, repitiendo conceptos ya dichos en la homilía después del Evangelio o añadiendo todo aquello que antes se le olvidó decir. El fruto es escaso. Todos de pie, sabiendo que no es el momento, apenas prestamos atención.

 ¿Acaso lo permiten las rúbricas? ¿Lo sugieren, lo insinúan, dejan abierta esa posibilidad?

 Sobre el rito de conclusión dice la IGMR 90:

 Al rito de conclusión pertenecen:

a) Breves avisos, si fuere necesario.

b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.

c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.

d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

 Por tanto, después de la oración de postcomunión, en todo caso, “breves avisos, si fuere necesario”. No añade nada de una monición de despedida, ni de unas palabras finales del obispo o sacerdote.

 Lo mismo se dice en IGMR 166: “Terminada la oración después de la Comunión, si los hay, háganse breves avisos al pueblo”.

 Así pues, omítase toda “segunda homilía” en este momento.

 Y ya que estamos, recordemos lo que ha dicho la rúbrica sobre los avisos: “si fuere necesario” (IGMR 90), “breves” (IGMR 90) “breves avisos al pueblo” (IGMR 166).

 Lo primero es la necesidad de hacerlos y segundo la brevedad como cualidad. No puede ser que todos los domingos sean necesarios y extensos. A veces se convierten en el telediario parroquial, dando noticias para toda la semana. Otras veces parece RENFE con los horarios: “el miércoles adelantamos la reunión de adultos a las 17. El jueves todo igual. El viernes tendremos Misas de 19.30 y 20.30. El triduo de la Hermandad comienza mañana con el rosario a las 19, ejercicio del triduo a las 19.30 y luego la Misa. La próxima semana no os olvidéis de que…” Cuando se terminan los avisos ya nadie se acuerda de los días exactos y las horas exactas. Habría que ser sumamente escueto y señalar, en todo caso, que en la puerta hay un cartel anunciando los horarios…

 Todo esto es de sentido común (el menos común de los sentidos) y de fidelidad a las rúbricas.

 

16.11.17

¡Qué menos que cantar el sacerdote los textos propios!

  El canto no es un añadido de la liturgia, sino que pertenece a su misma naturaleza. Es expresión de solemnidad, de oración ferviente, de amor al Señor. Así se potencia la vida y la espiritualidad litúrgicas.

 Sería una gran reducción pensar que el canto es algo que atañe sólo al coro parroquial y que hay canto en la Misa si hay coro, y si no, no se canta. Porque antes que los cantos que debe entonar el coro, hay otros elementos que de por sí se pueden cantar y que pertenecen al sacerdote, haya coro parroquial o no lo haya.

 Dice la Ordenación General del Misal Romano:

 40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa,atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.

 El primer nivel de canto, la mayor importancia, son aquellas partes en que el pueblo responde al canto del sacerdote y aquellas en que sacerdote y fieles cantan juntos. Hasta aquí todo clarísimo.

 Es lo que ya decía la Instrucción Musicam sacram cuando establecía diversos niveles en el canto. En el primer grado, Musicam sacram señalaba, en el n. 29:

a)      En los ritos de entrada: el saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. La oración [colecta].

b)      En la liturgia de la Palabra: las aclamaciones al Evangelio.

c)      En la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. El prefacio con su diálogo y el Sanctus. La doxología final del canon. La oración del Señor –Padrenuestro- con su monición y embolismo. El Pax Domini. La oración después de la comunión. Las fórmulas de despedida.

   Estos son los primeros y principales elementos, lo menos que se podría cantar en una solemnidad. No dependen del coro, sino del ejercicio ministerial: es el sacerdote, y el diácono, que cantan y reciben la respuesta de los fieles. Y esto se puede hacer en cualquier Misa dominical. Lo que no es comprensible es que siempre, absolutamente, el sacerdote abdique de la posibilidad del canto y todo se reduzca a lo que haga el coro.

  Es extraño, desde el punto de vista litúrgico, celebrar una Misa solemne, con coro y órgano, y que el obispo o el sacerdote no canten los saludos, ni las oraciones, ni el prefacio, ni la doxología… Es realmente algo anómalo.

  Lo mismo que, si no hay coro parroquial, ya por ello no haya canto alguno durante la Misa dominical. ¿Es que los textos propios que corresponden al sacerdote no se pueden cantar? ¿Acaso el canto del ofertorio o de la comunión es más importante e imprescindible que cantar el prefacio un domingo?

   Sugiero que, al menos, en los domingos del Tiempo Ordinario, el sacerdote cante –repito, haya coro o no- algunas de las partes que le corresponden:

-El Prefacio y el Santo

-Las palabras de la consagración (con la notación musical en el Apéndice del Misal)

-La aclamación: “Este es el Sacramento de nuestra fe”.

-La doxología: “Por Cristo…”

 ¡Qué menos que eso!

 Los domingos de tiempos fuertes, sumarle, al menos, las tres oraciones de la Misa: colecta, ofrendas y postcomunión.

En las solemnidades, ir añadiendo más elementos: el canto del saludo inicial de la Misa, las aclamaciones del Evangelio…

 Mejoraría, sin duda, la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas, lograría que todos cantasen respondiendo (y eso es participar) y no vincularíamos el canto sólo a la posibilidad de que haya o no un coro parroquial.

2.11.17

El ambón

El ambón: La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles” (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).

En la iglesia ha de haber, de conformidad con su estructura y en proporción y armonía con el altar un lugar elevado y fijo (no un simple atril), dotado de la adecuada disposición y nobleza, que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios… El ambón debe tener amplitud suficiente, ha de estar bien iluminado… Después de la celebración, puede permanecer el leccionario abierto sobre el ambón como un recordatorio de la palabra proclamada (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 15).

 

  La identidad de nuestras iglesias cristianas tiene, además del altar y de la sede, un tercer elemento, cuya importancia significativa puede parangonarse con los dos ya mencionados: el ambón o lugar de la Palabra.

   El uso postconciliar que ha aumentado el número de lecturas bíblicas y el mayor uso de las Escrituras ha influido en la mentalidad bíblica de las asambleas litúrgicas. Pero esta adquisición de lo que representa la Palabra en la liturgia debe manifestarse también, no sólo en la forma de proclamar las lecturas, sino incluso en la materialidad del lugar desde donde éstas se leen en asamblea litúrgica.

            Características del ambón

            1. El ambón es un lugar, no un mueble. No son tolerables un facistol, o un pequeño atril que se mueve y se cambia de lugar. Establece más bien la actual liturgia que sea un lugar, amplio para estar incluso dos lectores, cuyo caso típico sería la lectura de la Pasión (cronista y sinagoga):

  Ha de haber un lugar elevado, fijo… que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios[1].

   De la misma manera que a través de la visión constante de la mesa del Señor se ha de ir captando cómo todo el anuncio evangélico tiende al festín pascual, profecía de la fiesta eterna, así la presencia destacada y permanente de un lugar elevado ante la asamblea debe ir recordando al pueblo que cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es el mismo Señor el que está hablando a su pueblo (SC 7). Con ello irá calando en la comunidad que la liturgia cristiana tiene dos partes imprescindibles: la palabra y el sacramento; a estas dos partes corresponden el lugar de la palabra y la mesa del Señor.

            2. No es un mueble que se quita y se pone. No se traslada a un rincón cuando acaba la celebración. Queda en su sitio igual que el altar, destacando los dos polos de la celebración, los dos polos de la vida cristiana.

            3. Con suficiente separación de la sede y del altar. Pegado a la sede pierde relieve. Los espacios en el presbiterio deben ser amplios y cómodos, que se distingan visualmente.

            4. Debe ser fijo. Pegado al suelo, de material noble. Si no hay más remedio que tener un atril, que sea digno, encima de una tarima, con una alfombra, paños, flores… es un lugar privilegiado de la presencia del Señor.

            5. Visibilidad. Durante la liturgia de la Palabra la asamblea no sólo debe oír bien al lector, sino también verlo con facilidad. Debe tener, al menos, un escalón propio, que sea un lugar elevado, que se domine a la asamblea bien, y que el lector no quede oculto tras la atrilera con el leccionario.

            6. Adornado. El ambón merece cariño y cuidado: paños según los colores litúrgicos, flores… El adorno más expresivo del ambón, cuando éste es una construcción fija, lo constituye el candelabro del cirio pascual. Éste, en efecto, debe colocarse siempre junto al ambón, nunca cerca del altar. Evidentemente, que, si seguimos esta opción, aunque el candelabro permanezca habitualmente junto al ambón, el cirio, en cambio, sólo estará allí durante la Pascua. Este aparecer sólo durante los días de Pascua la columna con su cirio puede ser una manera muy expresiva de significar que la Iglesia tiene su centro en Pascua y que en ningún otro tiempo se siente plenamente realizada como durante la cincuentena pascual.

 

            Para un uso expresivo del ambón.-

            Lo más propio para el ambón es

   a) proclamar los textos bíblicos: las lecturas bíblicas, el canto del salmo responsorial.

   b) El canto del Pregón Pascual es el único texto no bíblico que, desde la más remota antigüedad se canta desde el ambón.

         Menos propio, aunque permitido:

   a) Hacer la homilía. Lo más expresivo es desde la sede, pero se puede hacer desde el ambón, aunque se corre el riesgo de equiparar la homilía con la misma Palabra de Dios.

  b) Las preces: es preferible “otro lugar", tal vez un atril auxiliar. Pero también el diácono las puede hacer desde el ambón.

          Nunca en el ambón (pero sí desde un atril auxiliar, discreto y pequeño):

    a) Las moniciones: son palabras de la asamblea a la misma asamblea. Su lugar no es el sitio de la única Palabra.

   b) Dirección de cantos

   c) Avisos al pueblo.

   d) Oraciones presidenciales

   e) Rosario, viacrucis, devociones, ejercicios del triduo, etc…

 

 



    [1]En esta misma óptica, el reciente documento “Conciertos en las iglesias” insiste en que el ambón no debe retirarse de su lugar cuando el Ordinario permite usar excepcionalmente una iglesia para un concierto. (cf. ORACIÓN DE LAS HORAS, febrero, 1988, pág. 49.).