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21.04.17

Las abejas, el cirio pascual (y hasta Pío XII)

Las abejas, ¿qué hacen en el Pregón pascual?

Sí, es que están las abejas laboriosas mencionadas en el canto del pregón pascual, aunque algunas versiones cantadas omiten dicho párrafo.

 "En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

 Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz,no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

 ¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra,lo humano y lo divino!”

 Es simpático el párrafo, y es antiguo. La cera pura la ha elaborado la abeja laboriosa, símbolo de la virginidad, y son recordadas en el pregón pascual. 

 Así lo canta el Praeconium paschale o Laus cerei (: Alabaza del cirio).

 Se inspira su mención en las Geórgicas del poeta latino Virgilio y a san Jerónimo jamás le hizo gracia tanta poesía y además cantada por un diácono (Carta al diácono Praesidius, año 378; PL 30, 188). San Jerónimo piensa que es una frivolidad hablar de “prados, abejas y flores” y es una frivolidad el uso de un canto pascual ejecutado por un diácono. 

 En esa carta lamenta que los textos que corren y se difunden se parecen más a la literatura pagana, “virgiliana", que a la bíblica; protesta ya que en la Biblia no hay alabanzas a los cirios ni a las abejas y burlándose, le dice al diácono que no está dispuesto a componer un pregón pascual por sus ruegos, que sea el mismo diácono el que lo haga, como las abejas, seleccionando los mejores textos… Le repugna a san Jerónimo tanta composición literaria y poética que se aparta del lenguaje bíblico, aunque más que apartarse tendría que haber visto que modulaba con nuevos tonos y formas lo ya contenido. A él le parecía demasiada euforia. 

Nuestro pregón pascual, con sus alusiones a la abeja y la belleza de la cera ofrecida en forma de cirio, tiene precedentes o al menos textos paralelos. 

En la oración “Deus mundi conditor” del Gelasiano, por tanto con influencias carolingias, hallamos este elogio bellísimo:

 "Al comenzar admirados la fiesta de la luz,es necesario que alabemos el origen de las abejas. Las abejas, en efecto, se abastecen de hierbas,aunque para procrear se comportan de manera castísima;construyen sus celdas fundiendo el licor de la cera,a cuyo arte no iguala maestría humana alguna. Liban las flores con los pies, pero no causan ningún daño a las flores. No provocan el parto, sino que, libando con la boca, convierten los fetos concebidos en enjambre, siguiendo el ejemplo admirable de Cristo que procede de la boca del Padre".

Otro ejemplo más, en los sacramentarios galicanos:

 "¡Oh abeja verdaderamente admirable y dichosa!
Cuyo sexo no lo violan los machos,
ni golpean éstos al feto,
ni los hijos mancillan la castidad;
del mismo modo que santa María concibió siendo virgen,
parió sin dejar de ser virgen,
y permaneció siempre virgen".

O una “Laus cerei” beneventana, del siglo VI:

 "Las abejas conciben por la boca y paren por la boca;
copulan a través de un casto cuerpo
y no movidas por un repugnante deseo;
finalmente, guardando la virginidad,
paren muchos hijos y disfrutan de la prole;
se llaman madres,
permanecen inmaculadas;
paren hijos pero no conocen a los varones.
Usan a la flor como pareja,
hacen de la flor su linaje,
con la flor construyen las casas,
con la flor acumulan riquezas,
gracias a la flor producen la cera.

¡Oh qué admirable el ardor de las abejas!
Para realizar una obra común
contribuye una muchedumbre pacífica;
para una pluralidad de trabajadores
se obtiene un producto único.
¡Oh qué capacidad tan invisible…!
¡Oh destellos de la virginidad…!
Despojan a las flores de la piel 
y la mordedura no deja cicatriz alguna.
Pero entre todo lo que creemos, proclamamos la gracia de este cirio".

La abeja, su laboriosidad, y el modo de su fecundidad, se adapta bien para entender la virginidad de María y la pureza santísima de Jesucristo. El cirio pascual es el gran signo que concentra esos significados.

 Volvamos a nuestro actual Pregón pascual y recordemos su texto:

“en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas. Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa”.

 Benedicto XVI ha aludido a esta mención de las abejas en su homilía pascual. ¡Qué no diría san Jerónimo viendo a Pedro alabar algo así! En la homilía del Papa, era la laboriosidad de las abejas, imagen eclesial de un trabajo constante y constructor:

 "El gran himno del Exsultet, que el diácono canta al comienzo de la liturgia de Pascua, nos hace notar, muy calladamente, otro detalle más. Nos recuerda que este objeto, el cirio, se debe principalmente a la labor de las abejas. Así, toda la creación entra en juego. En el cirio, la creación se convierte en portadora de luz. Pero, según los Padres, también hay una referencia implícita a la Iglesia. La cooperación de la comunidad viva de los fieles en la Iglesia es algo parecido al trabajo de las abejas. Construye la comunidad de la luz. Podemos ver así también en el cirio una referencia a nosotros y a nuestra comunión en la comunidad de la Iglesia, que existe para que la luz de Cristo pueda iluminar al mundo” (Hom. en la Vigilia pascual,2012).

 Son las riquezas del Pregón pascual: lirismo puesto al servicio y en honor del Señor resucitado.

 Recordé de casualidad que el papa Pío XII, hombre cultísimo donde los hubiera, dedicó discursos a las materias más variadas, incluso científicas, con competencia y nivel, escribiéndolos él mismo después de estudiar exhaustivamente el tema.

 Sobre las abejas tiene un discurso pronunciado a un Congreso Nacional de apicultores y, sus palabras, nos pueden servir de glosa para entender mejor el valor y simbolismo de las abejas, que ya captó el autor del Pregón pascual, mal que le pese a san Jerónimo que veía un exceso de alegorismo y un lenguaje en la liturgia que era poético, pero no estrictamente bíblico.

 ¿Qué hacen y cómo son las abejas?

¿Por qué el autor de nuestro pregón pascual las ensalza y menciona con estima? 

¿Por qué incluso otros pregones pascuales, de otras fuentes litúrgicas y de otras áreas, hacen alusión a las abejas laboriosas y castas, tal como ya vimos?

¿Qué tienen de especial, de particular?

 El discurso del papa Pío XII ofrece una enseñanza sobre las abejas y termina, destacadamente, mencionando su presencia en el Pregón pascual:

 "Vuestra presencia en tan gran número, vuestro deseo de encontraros reunidos delante de Nos, queridos hijos, Nos procura un verdadero consuelo, por lo que os expresamos de corazón Nuestra gratitud por vuestros homenajes y por vuestros dones, unos y otros particularmente gratos. Más allá del valor material o técnico, el trabajo que representan, ofrece por su naturaleza y por su significado, un interés psicológico, moral, social, incluso también religioso, de no poco valor. Las abejas, ¿no han sido quizás unánimemente cantadas por la poesía tanto sacra como profana, de todos los tiempos?

 Estas abejas, movidas y dirigidas por el instinto, vestigio y testimonio visible de la sabiduría invisible del Creador, ¡qué lecciones dan a los hombres, que son –o deberían ser- guiados por la razón, vivo reflejo del intelecto divino!

 Ejemplo de vida y de actividad social, en cada una de sus categorías tiene su oficio que realizar, y lo cumple exactamente –se estaría casi tentado de decir: conscientemente-, sin envidia, sin rivalidad, con orden, en el puesto asignado a cada una, con cuidado y amor. También el observador más inexperto en materia de apicultura admira la delicadeza y la perfección de este trabajo. Muy diferente de la mariposa que revolotea de flor en flor por pura distracción, de la avispa o del avispón, agresores brutales, que parecen no querer  otra cosa que el mal, sin beneficio para nadie: la abeja penetra hasta el fondo del cáliz, diligente, activa y tan delicada que, una vez recogido su precioso botín, deja dulcemente las flores, sin haber lesionado mínimamente siquiera el ligero tejido de su vestido, sin haber hecho perder a uno sólo de sus pétalos su inmaculada frescura.

 Después, cargada del néctar perfumado, del polen, de los propóleos, sin rodeos caprichosos, sin retrasos indolentes, rápida como una flecha, con un vuelo de una precisión impecable y segura, vuelve a entrar en la colmena, donde el trabajo animoso prosigue intenso, para la elaboración de las riquezas cuidadosamente recogidas y la producción de la cera y de la miel. Fervet opus, redolentque thymo fragrantia mella [bullen de actividad; la fragante miel exhala vivos aromas de tomillo] (Virgilio, Georg., 4, 169).

 ¡Ah! Si los hombres quisieran y supieran escuchar la lección de las abejas; si cada uno supiese hacer con orden y con amor, en el puesto señalado por la Providencia, su deber cotidiano; si cada uno supiera gustar, amar, valorizar, en la colaboración íntima del hogar doméstico, los pequeños tesoros acumulados durante su jornada de trabajo fuera de casa; si los hombres supieran sacar provecho con delicadeza, con elegancia (hablando a la manera humana), con caridad (hablando cristianamente), en las relaciones con sus semejantes, de todo lo que éstos han conseguido en su espíritu de verdadero y hermoso, de todo lo bueno y honesto que ellos llevan en el fondo de sus corazones, sin ofenderlos, y discreta y honestamente, sin alterarse, sin celos y sin orgullo, las riquezas adquiridas en el contacto con sus hermanos y elaborarlas luego por su cuenta; si, en una palabra, aprendiesen a hacer mediante su inteligencia y su entendimiento lo que las abejas hacen instintivamente, ¡cuánto mejor estaría el mundo!

 Trabajando como las abejas, con orden y con paz, los hombres aprenderán a gustar, a hacer gustar a los demás, el fruto de sus fatigas, la miel y la cera, la dulzura y la luz de esta vida mortal. En cambio, cuántas veces, por desgracia, estropean lo mejor y lo más hermoso con su aspereza, su violencia y malicia. ¡Cuántas veces no saben buscar y hallar en todo sino la imperfección y el mal, desnaturalizando hasta las intenciones más rectas; convertir en amargura hasta el bien!

 Aprended, pues, a penetrar con respeto, con confianza y con caridad discreta, pero profundamente, en la inteligencia y en el corazón de sus .semejantes, y entonces sabrán descubrir, como las abejas, en las almas más humildes, el perfume de nobles cualidades, de eminentes virtudes, ignoradas a veces hasta por los mismos que las poseen. Sabrán discernir en el fondo de las inteligencias más obtusas, de los espíritus más incultos, en el fondo mismo de los pensamientos de sus adversarios, alguna traza, por lo menos, de sano juicio, algún vislumbre de verdad y bondad.

 En cuanto a vosotros, queridos hijos, que, inclinados sobre vuestras colmenas, realizáis con todo cuidado las más variadas y delicadas operaciones de la apicultura, dejad que vuestro espíritu se eleve a un místico vuelo, para gustar la suavidad de Dios, la dulzura de su palabra y de su ley (Ps. 18,2; 118, 103), para contemplar la luz divina, de la que es símbolo la llama encendida del cirio, producto de la madre abeja, como cnata en su maravillosa del Sábado Santo: Alitar enim liquantibus ceris, quas in substantiam pretiosae huius lampadis apis mater eduxit. (Pío XII, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional de apicultura, 27-noviembre-1947; la única referencia es: http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1947/documents/hf_p-xii_spe_19471127_congresso-apicultura_it.html, ya que no se incluye este discurso en las AAS).

Ya señalamos que el mismo san Jerónimo despreciaba la mención a las abejas porque reproducía más la poesía pagana que el lenguaje de las Escrituras; ahora Pío XII presenta dos citas: la de Virgilio y la del Pregón pascual.

 Pero, ¿qué decía Virgilio de las abejas? Cualquiera que haya estudiado a fondo Liturgia y haya acudido a libros o artículos sobre el Lucernario de la Vigilia pascual o sobre el pregón pascual habrá visto siempre la cita a pie de página sobre las Geórgicas de Virgilio. Leamos lo que dice, al menos como curiosidad, y reconoceremos cómo se inspiran en este texto las versiones de los distintos pregones pascuales cuando hablan de las abejas.

 “Sólo ellas tienen hijos en común, comparten viviendas de ciudad y pasan la vida bajo leyes grandiosas. Sólo ellas conocen una patria y un lugar fijo, y, acordándose del invierno que ha de venir, realizan su trabajo en el verano y almacenan lo afanado para uso común. Pues unas velan por la alimentación y, según el pacto establecido, se emplean en los campos; otras, dentro de los confines de sus casas, echan los primeros cimientos de los panales con la lágrima del narciso y la goma viscosa del corcho; luego van pegando la cera tenaz. Otras echan fuera las crías crecidas, esperanza de la raza. Otras amontonan miel purísima y atiborran las celdillas con néctar transparente. Hay algunas a las que ha caído en suerte la guardia de las puertas, y vigilan por turno las aguas y nubes del cielo, o relevan de la carga a las que llegan, o, formadas en pelotón, rechazan de la colmena a los zánganos, animalillos improductivos. Bullen de actividad, y la miel huele con la fragancia del tomillo…

A las de más edad corresponde el cuidado de la colmena, fortalecer los panales y fabricar las celdillas con artificio digno de Dédalo, tornan cansadas las más jóvenes, ya muy entrada la noche, cargados de tomillo los pies; las plantas de que indistintamente se apacientan son las flores del madroño y las de los verdes sauces, la casia, el amarillo azafrán, la untuosa tila y el morado jacinto. Uno es para todas el descanso, uno para todas el trabajo. A la mañana salen en tropel por la piquera y no paran ni un punto, y cuando a la tarde el véspero las inclina a dejar las florestas y sus pastos, vuelven a su colmena y atienden al reparo de sus cuerpos. Primero zumban y revolotean alrededor de la piquera; luego, recogidas en sus celdillas, están calladas toda la noche, y el necesario sueño se apodera de sus cansados miembros. Nunca se apartan mucho de la colmena cuando llueve ni fían en la serenidad del cielo cuando soplan los aires; antes, guarecidas por las paredes de su reducida ciudad, van a beber por allí cerca y solo se aventuran a breves correrías; a veces cogen chinitas, y a la manera que se lastran las barcas batidas por las olas, se sostienen con ellas en equilibrio sobre las vanas nieblas. Es cosa que maravilla en las abejas, que ni son dadas al amoroso ayuntamiento, ni con él debilitan sus cuerpos, ni paren con esfuerzo; antes con la boca ellas mismas sacan de las hojas y de las suaves hierbas sus hijuelos, y de esta suerte, sin ajeno auxilio, se proveen de su rey y de sus diminutos ciudadanos y reconstruyen sus celdillas y su imperio de cera. Muchas veces les acontece en sus excursiones romperse las alas contra las duras peñas y sucumbir de grado bajo el peso de su carga; ¡a tanto las mueve el cariño a las flores y la gloria de producir miel! Así, aunque es breve el término de su vida (pues no pasa de siete años), su especie es inmortal y la fortuna de la colmena persevera muchos años, contándose en ella abuelos de abuelos…” (Georg. 4).

 De este modo, el cirio pascual, con la cera pura elaborada por la abeja, es ofrenda en honor del Señor y permite expresar el simbolismo de lo que ocurre misteriosa pero realmente en la noche santa: la Vida venció a la muerte, la Luz –que es Cristo- venció las tinieblas.

 Con esto –las abejas…- se apunta a un tema teológico precioso: la nueva creación a partir de la santa Pascua y cómo toda la creación se transforma y se somete al nuevo orden de la redención como instrumento y mediación.

 

17.04.17

El cirio pascual

Cirio pascual

“El cirio pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto en la misa como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de trasladarse al bautisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el cirio pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua.

El cirio pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio”.(Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 99).

El cirio pascual es uno de los grandes signos de la Pascua.

La Tradición litúrgica poco a poco le fue dando cada vez mayor realce encendiéndolo de un fuego nuevo en la Vigilia pascual y anunciando la Pascua con la laus cerei o praeconium paschale, el canto del Pregón pascual. El cirio, hermoso, relativamente grande, era depositado en un hermoso candelabro, bien labrado, embellecido con buenos materiales, construido al lado del ambón. El lugar propio del cirio es junto al ambón. Lo vemos incluso en la historia del arte, que del mismo material y corte del ambón fabricaba artísticamente el candelabro del cirio pascual.

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13.04.17

Estilo de la Oración de los fieles (III)

Las intenciones se proponen a los fieles para que ellos oren, por tanto, es un lenguaje que tiene por interlocutor a la asamblea santa. Se trata de señalar la intención, marcar la dirección de la oración, sin grandes artificios y, por supuesto, sin convertir este momento en una catequesis o en un discurso para explicar lo que hay que pedir. Normalmente lo más adecuado serían fórmulas así:

  1. Encabezadas “Por…”: “Por la Iglesia, por el papa, por el colegio episcopal, los presbíteros y diáconos. Roguemos al Señor”.
  2. Encabezadas señalando el fin de la petición “Para que…”: “Para que los pobres sean socorridos, los enfermos aliviados. Roguemos al Señor”.
  3. O como fórmula diaconal: “Oremos por…”, “Pidamos por…”: “Oremos por los enfermos y quienes los atienden, por los hospitalizados y por los agonizantes”; “Pidamos por los catequistas y por sus grupos; pidamos por los padres y madres de familia”.

Estos son los tres modos que hallamos en las intenciones de diferentes rituales y celebraciones litúrgicas, que, por tanto, sirven de pauta y modelo para todos.

a) Con el inicio “Por”, sirva de ejemplo las intenciones -¡y el contenido, el tono!- del ritual de la Confirmación:

“Por estos hijos suyos, a quienes el don del Espíritu Santo ha confirmado hoy como miembros más perfectos del pueblo de Dios” (RC 35).

“Por la santa Iglesia de Dios, para que congregada por el Espíritu Santo en la confesión de una misma fe, crezca en el amor y se dilate por el mundo entero hasta el día de la venida de Cristo” (RC 37).

O el ritual del Matrimonio, con intenciones bellísimas, en lugar del sentimentalismo de tantas peticiones “creativas”:

“Por la santa Iglesia: para que Dios le conceda ser siempre la esposa fiel de Jesucristo.

 Por los nuevos esposos N. y N.: para que el Espíritu Santo los llene con su gracia y haga de su unión un signo vivo del amor de Jesucristo a su Iglesia.

 Por nuestro hermano N.: para que sea siempre fiel al Señor como Abrahán y admirable por su piedad y honradez como Tobías” (RM 75).

b) Con el inicio “Para que”, por ejemplo, el ritual del Bautismo de niños:

“Para que este niño, al participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, alcance nueva vida, y por el Bautismo se incorpore a su Santa Iglesia” (RBN 143).

 “Para que sepultados por el Bautismo en la muerte de Cristo, participen en su resurrección” (RBN 211).

 “Para que reciban la adopción de hijos de Dios por el bautismo” (RBN 212).

O las intenciones de las letanías de los santos:

“Para que bendigas, santifiques y consagres a estos elegidos. R/ Te rogamos, óyenos.

 Para que concedas paz y concordia a todos los pueblos de la tierra. R/ Te rogamos…

 Para que tengas misericordia de todos los que sufren. R/ Te rogamos…” (Rito de ordenación).

 “Para que regeneres a estos elegidos con la gracia del Bautismo. R/ Te rogamos, óyenos” (Rito de bautismo de adultos en la Vigilia pascual).

c) En forma diaconal, con el incipit “Oremos por”, tenemos el gran ejemplo de la liturgia del Viernes Santo, en la acción litúrgica de la Pasión del Señor.

“Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios, para que el Señor le dé la paz, la mantenga en la unidad, la proteja en toda la tierra, y a todos nos conceda una vida confiada y serena, para gloria de Dios, Padre todopoderoso…

 Oremos por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, encuentren también ellos el camino de la salvación…

 Oremos también por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro Señor, según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de todos los hombres…

 Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, por todos los que en el mundo sufren las consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé alimento a los que padecen hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados, conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan, y dé la salvación a los moribundos”.

El lenguaje de esta oración es proponer una intención para que los fieles oren; no es por tanto el momento para que el lector ore él y en lugar de proponer una intención se dirija directamente a Dios. En la tradición litúrgica para la Eucaristía en todos los ritos, a Dios únicamente se dirige el sacerdote que preside (porque actúa in persona Christi) o todos los fieles a una sola voz (porque son el Cuerpo de Cristo), pero jamás un diácono o un lector. 

 El lenguaje del diácono es indicativo, dirigido siempre a los fieles: “Poneos de rodillas”, “Daos fraternalmente la paz”, “Inclinaos para recibir la bendición”, “Podéis ir en paz”. Es un guía de todos los fieles. También aquí, en las intenciones, se dirige no al Señor sino a los fieles para que oren.

Vayamos a la Tradición litúrgica de la Iglesia y encontraremos otro ejemplo de cómo se realiza y cuál es el lenguaje de esta oración de los fieles.

El diácono ha despedido a los catecúmenos después de una bendición del obispo (“Catecúmenos, id en paz”); luego ha despedido a los posesos tras la oración del obispo (“Id, posesos”); también a los que han de ser iluminados-bautizados en la próxima Pascua después de la bendición del obispo (“Id, los que tenéis que ser iluminados”) y por último despide a los penitentes después de una plegaria del obispo (“Salid, penitentes”) (Cf. Constituciones apostólicas, lib. VIII, 6,5-9,11). El lenguaje del diácono es imperativo: “Id, salid”, nunca en plural: “Podemos”, “Nos damos”.

Entonces el diácono va proponiendo diversas intenciones para que los fieles oren a Dios:

  •  “Oremos por la paz y la tranquilidad del mundo y de las santas Iglesias: que Dios, creador de todas las cosas, nos conceda su paz, perpetua y estable; que él nos guarde para que perseveremos en la virtud perfecta gracias a la fe.
  •  Oremos por la santa Iglesia de Dios, católica y apostólica, extendida de un límite al otro de la tierra: que el Señor la preserve de los remolinos y tempestades y la guarde hasta el fin del mundo, fundamentada sobre la roca.
  •  Oremos también por esta santa parroquia: que el Señor del universo nos conceda esforzarnos sin desfallecer para alcanzar su esperanza celestial y para que nos entreguemos a aquella oración perseverante que debemos dirigirle.
  •  Oremos por el episcopado de toda la tierra, para que anuncie con fidelidad la doctrina de tu verdad.
  •  Oremos por nuestro obispo Santiago y por sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Clemente y sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Evodio y por sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Aniano y por sus parroquias. Que el Dios misericordioso los guarde en sus santas iglesias y les conceda salud, honor, larga vida y una vejez venerable, colmada de piedad y justicia.
  •  Oremos también por nuestros presbíteros: que el Señor los preserve de toda acción errónea o mala y les conceda ejercer su ministerio de manera íntegra y honorable.
  •  Oremos por todos los que, en Cristo, ejercen el diaconado y le sirven: que el Señor les conceda servir de manera irreprochable.
  •  Oremos por los lectores, los cantores, las vírgenes, las viudas, los huérfanos; oremos por los esposos y sus familiares: para que el Señor se muestre misericordioso con todos ellos.
  •  Oremos por los que viven en santa continencia. Oremos por los que viven entregados a la castidad y a la piedad.
  •  Oremos por los que, en la santa Iglesia, presentan ofrendas y por los que dan limosnas a los pobres. Oremos también por los que entregan oblaciones y primicias ante el Señor nuestro Dios. Que el Dios de toda bondad les conceda, a su vez, sus dones celestiales y les dé el céntuplo en el tiempo presente y en el tiempo futuro les dé la vida eterna, y que a cambio de los bienes temporales les conceda los bienes eternos y a cambio de los bienes terrenales, los bienes celestiales.
  •  Oremos por nuestros hermanos neófitos: que el Señor los sostenga y los fortalezca.
  •  Oremos por aquellos hermanos nuestros que se encuentran afligidos por la enfermedad: que el Señor los libre de toda dolencia y de toda enfermedad y haga que puedan volver con buena salud a su santa Iglesia.
  •  Oremos por aquellos hermanos nuestros que viajan por mar o por tierra. Oremos por aquellos hermanos nuestros condenados a las minas o que están desterrados, o se encuentran en la cárcel o encadenados a causa del nombre del Señor. Oremos por los que sufren una dura esclavitud.
  •  Oremos por nuestros enemigos y por los que nos odian. Oremos por los que nos persiguen a causa del nombre del Señor: que el Señor detenga su furor y apacigüe su cólera contra nosotros.
  •  Oremos por los que están fuera de la Iglesia o se han extraviado: que el Señor les conceda la conversión.
  •  Acordémonos de los miembros de la Iglesia que están en la edad de la niñez: que el Señor les conceda progresar en su temor hasta la perfección y les lleve hasta la plenitud de la edad.
  •  Oremos los unos por los otros: que el Señor nos proteja con su gracia y nos guarde hasta el fin, que nos libre del Maligno y de todas las insidias de los que cometen el mal; que nos salve (y nos lleve) al reino celestial.
  •  Por todas las almas cristianas” (Const. Apost., lib. VIII, 10,3-22).

 Un formulario, inspirado en la llamada Letanía del Papa Gelasio, nos ofrece otro modelo de plegaria anclado en la Tradición de la Iglesia, como ejemplo a seguir:

  • “Por la Iglesia inmaculada del Dios verdadero, extendida por todo el universo: pidamos la plenitud del amor de Dios.
  •  Por los sacerdotes consagrados al Señor y por todos los pueblos que adoran al Dios verdadero.
  •  Para los que proclaman con fidelidad la Palabra de la salvación, pidamos la sabiduría del Hijo de Dios.
  •  Para los que consagran su espíritu y su cuerpo al reino de Dios, pidamos los dones del Espíritu Santo.
  •  Por los que gobiernan los pueblos: para que procuren la justicia y el bien.
  •  Por los que son víctima de la debilidad humana, del odio y de la envidia, y de los innumerables errores del mundo.
  •  Por los ausentes y los encarcelados, por los débiles y oprimidos, por los que justos que sufren persecución.
  •  Por los aquí reunidos en la casa de Dios, invoquemos al Señor de la gloria.
  •  Por el eterno descanso de los pastores que han guiado a la Iglesia católica y de todos los fieles difuntos.
  •  Para que nuestros cuerpos sean santificados y nuestros pecados perdonados”.

Un formulario inspirado en la liturgia ambrosiana puede dejarnos aún más claro tanto el lenguaje (exhortativo, dirigido a la asamblea) como el contenido (intenciones sin añadidos ni comentarios):

  • “Por la santa Iglesia católica, extendida por todo el universo.
  •  Por nuestro santo Padre el Papa N., por nuestro Obispo N., por los sacerdotes y demás ministros de Dios.
  •  Por la paz y unidad de la Iglesia, por la vocación de los pueblos paganos a la fe.
  •  Por el buen tiempo y la abundancia de las cosechas.
  •  Por los que sufren, por nuestros hermanos enfermos o encarcelados.
  •  Por los que cuidan de los pobres y atribulados.
  •  Por todos nuestros difuntos: para que Dios los reciba en su reino de luz y de paz”.

La liturgia de rito hispano-mozárabe no emplea la plegaria universal al modo romano que aquí estamos desgranando, sino que sigue el sistema de los Dípticos, intenciones con nombres junto a oraciones del sacerdote intercaladas, con un formulario invariable, mostrando, además, la unidad de la Iglesia peregrina con la Iglesia celeste y con los difuntos que se purifican.

“El Obispo exhorta al pueblo a la oración, cantando: Oremos.

Y aclama solemnemente el coro:

R/ Hagios, Hagios, Hagios, Señor, Dios, Rey eterno. A ti nuestra alabanza, a ti nuestra acción de gracias.

El diácono recita el Díptico por la Iglesia:

Tengamos presente en nuestras oraciones
a la Iglesia santa y católica:
el Señor la haga crecer
en la fe, la esperanza y la caridad.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

Recordemos a los pecadores,
los cautivos, los enfermos y los emigrantes:
el Señor los mire con bondad,
los libre, los sane y los conforte.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

El Obispo recita la oración “Alia”.

Prosigue el diácono:

Ofrecen este sacrificio al Señor Dios,
nuestros sacerdotes:
N., el Papa de Roma, N., nuestro obispo y todos los demás Obispos,
por sí mismos y por todo el clero,
por las Iglesias que tienen encomendadas,
y por la Iglesia universal.

R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.

Lo ofrecen igualmente todos los presbíteros,
diáconos y clérigos, y los fieles presentes,
en honor de los Santos, por sí mismos y por los suyos.

R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.

En la memoria de los Santos Apóstoles y Mártires,
de la gloriosa siempre Virgen María,
de su esposo José,
de Zacarías, Juan, los Inocentes, Esteban,
Pedro y Pablo, Juan, Santiago, Andrés,
Acisclo, Torcuato, Fructuoso,
Félix, Vicente, Eulogio, Justo y Pastor,
Justa y Rufina, Eulalia, la otra Eulalia, Leocadia.

R/. Y de todos los Mártires.

En memoria igualmente de los confesores:
Hilario, Atanasio, Martín,
Ambrosio, Agustín, Fulgencio,
Leandro, Isidoro, Braulio,
Eugenio, Ildefonso, Julián.

R/. Y de todos los Confesores.

Lo ofrece la Iglesia de Dios, santa y católica,
por las almas de todos los fieles difuntos:
que Dios se digne en su bondad
admitirlos en el coro de los elegidos.

R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.

Y concluye con la oración llamada Post-Nomina, la de después de los Nombres.

Estos son ejemplos de cómo la Tradición litúrgica de la Iglesia dirigía la oración de todos los fieles bautizados en la celebración eucarística. El lenguaje directo a la asamblea porque es una indicación, una monición, un aviso para que los fieles presentes sepan porqué orar; el contenido de la plegaria es correctísimo, sin deslizar información, ni ideas, ni pequeños discursos, sino orando “por” todos aquellos que lo necesitan: Iglesia, mundo-autoridades, los que sufren, los presentes.

7.04.17

Jesús no abolió lo sagrado (Sacralidad - II)

Una mala teología, de influencia protestante liberal, insiste y repite que Cristo abolió lo sagrado y ya no hay diferencia ni distancia entre lo sagrado y lo profano. Por eso la liturgia cristiana debería despojarse de sacralidad, solemnidad y belleza, y se profana, simplista, convencional, más parecida a una reunión de amigos y colegas, sin un lenguaje litúrgico sino tomando las expresiones coloquiales de la vida cotidiana, los gestos de lo cotidiano, y cuanta menos diferencia exista, mejor.

¿Responde esto a la verdad de la fe? ¿La sacralidad de la liturgia es un invento humano y ya fue abolida por Jesucristo? ¿Lo sagrado de la liturgia es una barrera, un impedimento, un obstáculo? ¿Cuánto menos sagrada sea la liturgia y más informal y populista, es más fiel al deseo e intención de Cristo?

Aporta mucha luz a esta cuestión la palabra de Benedicto XVI:

Cristo “no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que sí es plenamente espiritual pero que, sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que sólo desaparecerán al final, en la Jerusalén celestial, donde ya no habrá ningún templo. Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede con los mandamientos, también más exigente. No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida” (Hom. en el Corpus Christi, 7-junio-2012).

 Esa plenitud del culto que el hombre puede tributar a Dios, llamada liturgia cristiana, posee una observancia ritual, unas normas y un modo de celebrar la liturgia, que, a un tiempo, es espiritual, orante, y que transforma la existencia cristiana, incide en la vida. La sacralidad de la liturgia está llena de genuina espiritualidad, santificando al hombre y convirtiendo su vivir diario en un culto en Espíritu y verdad (cf. Jn 4,23).

Son muchos los elementos que convergen en la sacralidad de la liturgia: el seguimiento exacto (y no arbitrario) de las normas litúrgicas; el ambiente y el modo de celebrar con unción y recogimiento; la música sagrada, litúrgica, sin introducir ritmos profanos o instrumentos ruidosos más propios de una sala de fiestas o un concierto pop; el material y diseño de los elementos litúrgicos (vasos sagrados, altar, sede y ambón, el incensario y los candelabros, las vestiduras litúrgicas…); la sabia combinación de lecturas bíblicas, oraciones y silencio; los gestos litúrgicos (santiguarse, arrodillarse, hacer la genuflexión, imponer las manos, inclinarse…).

Todos estos elementos y realidades de la liturgia dan forma a la sacralidad y logran que la liturgia sea solemne y hermosa, sin los visos de lo trivial, o de la dejadez, o de lo vulgar, o de lo anodino, o de lo informal y descuidado, o de lo chabacano. La solemnidad en la liturgia favorece la vivencia interior, ayuda a orar espiritualmente, sitúa ante el Misterio de Dios en Jesucristo:

“No es ciertamente triunfalismo la solemnidad del culto con el que la Iglesia expresa la belleza de Dios, la alegría de la fe, la victoria de la verdad y la luz sobre el error y las tinieblas. La riqueza litúrgica no es propiedad de una casta sacerdotal; es riqueza de todos, también de los pobres, que la desean de veras y a quienes no escandaliza en absoluto” (Ratzinger, J., Informe sobre la fe, Madrid 1985, 143-144).

La belleza de la liturgia está al servicio del Misterio. No es emoción ni exaltación de los sentimientos y la emotividad (como los aplausos o las intervenciones espontáneas…); es serenidad pacífica del alma, invitación a la trascendencia y alabanza a Dios. Existen modos de hablar, de predicar, de moverse en el altar, que son informales, descuidados; existen cantos que buscan el ritmo casi frenético que aturde; se dan estilos de celebrar que en vez de elevar a Dios, abajan más, distraen, entretienen, porque carecen de belleza, de hermosura, de verdad y de solemnidad.

 Por el contrario, la solemnidad y la belleza son notas inherentes y propias de la liturgia, acompasadas con la dignidad y la devoción-recogimiento:

“Las liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebración de un Acto único de la historia, no alcanzarán jamás a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza de los ritos nunca será lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no podrán ser más que un pálido reflejo de la liturgia, que se celebran en la Jerusalén de arriba, meta de nuestra peregrinación en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo, se le parezcan lo más posible y la hagan presentir” (Benedicto XVI, Hom. en Vísperas, Notre-Dame (París), 12-septiembre-2008).

 La sacralidad de la liturgia, con su solemnidad y belleza, intenta plasmar la liturgia del cielo, elevándonos. Pensemos en las hermosas descripciones del libro del Apocalipsis sobre la liturgia celestial ante el trono de Dios y del Cordero (4,10; 5,9; 11,16-17; 19,4); se postran, adoran, cantan himnos, el incienso como oración, las túnicas blancas, etc. Esa es la realidad que quiere copiar, lo más perfectamente posible, la liturgia terrena de la Iglesia peregrina.

Cultivar hoy la sacralidad de la liturgia, potenciar su solemnidad, realizarla bellamente, es lo más pastoral y creativo que podemos y debemos hacer.

 

 

 

3.04.17

¡Cuidado con las partículas!

Bandeja de comulgar

Tomando pie de un texto conocidísimo, un clásico, del teólogo y exégeta alejandrino Orígenes, del siglo III, podríamos hacer unas cuantas reflexiones que nos ayuden a mejorar nuestra vida litúrgica y sacramental, o sea, en definitiva, nuestra vida espiritual.

En una de las homilías sobre el libro del Éxodo, predica:

 “Sabéis, vosotros que soléis estar presentes en los misterios divinos, cómo, cuando recibís el cuerpo del Señor, lo conserváis con toda cautela y veneración, para que no caiga la mínima parte de él, para que no se pierda nada del don consagrado. Os consideráis culpables, y con razón, si cae algo por negligencia. Ahora bien… ¿por qué creéis que despreciar la Palabra de Dios es menor sacrilegio que despreciar su cuerpo?” (Ex., h. 13, 3).

 1) El primer dato que salta a la vista: la práctica habitual durante siglos fue recibir la sagrada comunión en la mano. Es lo que testimonia Orígenes que conoce tanto la práctica de su Iglesia natal, la de Alejandría, como la de Cesarea de Palestina. Comulgar en la mano, es decir, recibir del ministro en las propias manos el Pan santísimo.

 Para la Iglesia de los Padres, recibir al Señor en las manos no era una irreverencia ni una falta de adoración. Orígenes en el texto resalta el sumo cuidado que tenían los fieles en que no cayera ni la más mínima partícula al suelo, que no se perdiera nada del don consagrado. Los fieles sabían bien a Quién recibían y lo hacían con “cautela y veneración”, con conciencia clara, sin pensar que recibían algo, un símbolo, una cosa.

 Hoy, para nosotros, deberíamos sacar una lección práctica: quienes según el uso permitido comulgan en la mano, deben hacerlo delante del sacerdote y vigilar que no quede ninguna partícula en su mano, y si la hay, consumirla inmediatamente. Es verdad que ahora es más difícil con las obleas que si fuera pan fermentado o pan ázimo, pero el cuidado debe extremarse, como lo hicieron generaciones de hermanos nuestros antes de nosotros.

 2) Y, ya que estamos, hemos de pensar la seriedad del acto de comulgar. Hay que discernir en la conciencia si podemos o no acercarnos al sagrado banquete para evitar comer y beber la propia condenación, según amonesta el Apóstol (cf. 1Co 11,29). Jamás en pecado mortal podemos acceder a la Mesa santa. No se trata del gusto personal, o de si sentimos o no necesidad piadosa de comulgar, sino de examinar realmente la vida y ver si estamos o no en pecado mortal, si tendríamos más bien que ir al confesionario en vez de al comulgatorio.

 De nuevo un texto de Orígenes a este respecto; comentando un salmo, se dirige a los pecadores diciendo:

 “¿No temes comulgar el cuerpo de Cristo al acercarte a la Eucaristía, como si fueras inocente y puro, como si no hubiera nada en ti indigno, y en todo esto te persuades de que escaparás del juicio de Dios? ¿No te acuerdas de lo que está escrito que “entre vosotros hay muchos impedidos, y enfermos, y durmientes”? ¿Y por qué muchos impedidos? Porque no se juzgan a sí mismos, no se examinan, no comprenden lo que es comulgar con la Iglesia y acercarse a un misterio tan excelente y tan sublime” (Ps. 37, 2, 6).

 3) Si tanto cuidado es necesario para que no se pierda nada del Cuerpo del Señor al comulgar, el mismo cuidado es necesario –recalcaba Orígenes- con la Palabra del Señor que se lee en la sagrada liturgia.

 En cualquier versículo, en cualquier lectura, en el canto del salmo, etc., puede el Señor derramar su gracia y su luz sobre el alma. Cuando se proclama la Palabra de Dios es imprescindible el recogimiento, la actitud serena del alma atenta a lo que el Señor pueda y quiera darle. La distracción durante las lecturas de la Escritura hace que caigan al suelo y se pierdan partículas de la Palabra. No digamos nada de quienes habitualmente llegan tarde a la Santa Misa y entran ya por el Evangelio. ¡Quién sabe lo que el Señor hoy y aquí, en esta lectura, en este versículo, quiere darme a mí!

 Así que… ¡cuidado con las partículas! ¡Que no se pierdan ni del Cuerpo eucarístico de Cristo ni de su Palabra!