InfoCatólica / Temas de Historia de la Iglesia / Categoría: Papas

22.09.14

Benedicto XV: El camino hacia el pontificado (II)

AÑOS DE CONVULSIONES EN LA IGLESIA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Giacomo della Chiesa con doce años entró en el Instituto Danovaro e Giusso, una de las mejores escuelas de Génova, donde trabó amistades que le durarían toda la vida, especialmente con Pietro Ansaldo y Carlo Monti (que tanto le iba ayudar como interlocutor con el gobierno italiano en los difíciles años de tensión Iglesia-Estado). Más bien introvertido, sedentario (su físico no le permitía practicar deporte) y dado a la lectura (a la que era aficionadísimo), Giacomo, aunque no excepcional, fue un buen estudiante. A la brillantez sustituía un interés constante y una diligente aplicación. Al amor por el estudio se añadió la vocación eclesiástica. Llevaba una vida de ordenada piedad, basada en la devoción al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora de la Guardia, patrona de la ciudad. Parece ser que los escritos espirituales del Rev. Gaetano Alimonda, rector del seminario de Génova (futuro cardenal-arzobispo de Turín), influyeron no poco en su decisión de hacerse sacerdote.

Ésta, sin embargo, chocó con la oposición de su padre. Giacomo, una vez terminada su educación escolar, quería pasar directamente al seminario diocesano para su formación, pero el marqués della Chiesa pensaba que su hijo no tenía todavía el criterio formado para ello y que una carrera universitaria le ayudaría a madurar y le sería útil, en todo caso, incluso como sacerdote, en la nueva sociedad secularizada en la que se vivía en la Italia del Risorgimento. Así pues, en 1872, ingresó en la Real Universidad de Génova, donde estudió derecho en medio de un ambiente francamente hostil a la Iglesia, el cual no le arredró, como lo demuestra el hecho de su abierta militancia religiosa, pues llegó a ser secretario de la “Sociedad para la promoción de los intereses católicos” establecida en dicho centro por estudiantes fieles a su fe. Habiendo obtenido su doctorado en 1875, volvió a plantear su entrada en el seminario. Su padre consintió en permitirle seguir los estudios eclesiásticos, pero en Roma, donde Giacomo habría tenido una carrera más rápida y prestigiosa.

Inscrito como alumno en el Almo Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, el joven clérigo della Chiesa se vio inmerso en una atmósfera que le turbaba profundamente: la de usurpación saboyana de Roma, la cual estallaba frecuentemente en tumultos anticlericales. Giacomo se dedicó en cuerpo y alma a su preparación según los principios de la más estricta ortodoxia católica que regían en el Capranica y que ponía en práctica a través de la enseñanza del catecismo a los niños en la vecina parroquia de Santa María in Aquiro. Por fin, el 21 de diciembre de 1878 fue ordenado sacerdote por el cardenal Raffaele Monaco La Valletta, vicario papal para la diócesis de Roma, en la basílica patriarcal de San Juan de Letrán (la catedral del Papa) y en presencia de su familia, venida al efecto desde Génova. Su primera misa la celebró en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por un error de los sacristanes en la asignación de los altares, no lo hizo, según su deseo en la Capilla Clementina, sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, sino en el altar de la Cátedra, en el ábside, en el marco de la esplendorosa “Gloria” de Bernini.

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4.09.14

Hace cien años, el Papa de la paz

EL PAPA DE LA PAZ (I)

RODOLFO VARGAS RUBIO

El 3 de septiembre de 1914, hizo ayer cien años, en el cuarto día del cónclave reunido en la Capilla Sixtina después de la muerte de san Pío X, era elegido el cardenal-arzobispo de Bolonia, marqués Giacomo della Chiesa para suceder al pontífice que había ofrecido su vida a Dios para evitar que estallara el que él llamó “il Guerrone”. La conflagración –que iba a dar la razón al papa Sarto en lo colosal de sus dimensiones y crueldades, mereciendo el apelativo de Gran Guerra– había comenzado el 28 de julio precedente e iba a ser el terrible compás del pontificado que ahora comenzaba durante sus cuatro primeros años.

El cardenal della Chiesa emergía sorpresivamente papa tras diez escrutinios. Sus posibilidades no eran muchas cuando entraron en la Sixtina los cincuenta y siete electores (de un sacro colegio de sesenta y cinco): en efecto, era criatura del cardenal Rampolla del Tindaro, bête noire de los zelanti; su cardenalato era de recentísima data (lo había creado san Pío X prácticamente in extremis en su último consistorio, tenido el 25 de mayo de aquel año), y, lo más importante, no era el candidato del poderoso partido piano (liderado por el cardenal español Rafael Merry del Val, que había sido el secretario de Estado de san Pío X), el cual quería a toda costa un nuevo papa antimodernista. El cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido como vía media entre el cardenal benedictino Domencio Serafini, asesor del Santo Oficio (antimodernista y candidato de los zelanti) y el cardenal Pietro Maffi, arzobispo de Pisa y muy cercano a la Casa de Saboya (liberal y candidato de los politicanti). Lo fue después de ser descartado otro hombre de su mismo talante: el cardenal Antonio Agliardi, obispo suburbicario de Albano, el cual tenía casi ochenta y dos años, lo que prometía un pontificado fugaz, lo que menos necesitaba la Iglesia (en efecto, Agliardi murió seis meses y medio más tarde).

Como el arzobispo de Bolonia había sido elegido con la diferencia de un voto, Merry del Val exigió que se revisaran las papeletas para ver que este voto decisivo no se lo hubiera dado aquél a sí mismo (a la sazón, la constitución apostólica Vacante Sede Apostolica promulgada en 1904 por san Pío X establecía una mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales electores para ser investido papa, pero para ser válida esta mayoría no podía estar en ella incluido el voto del elegido). El resultado de este examen fue la confirmación de la probidad y la validez de la elección del cardenal della Chiesa, quien reaccionó con una cita del salmo CXVII: “Lapis quem reprobaverunt aedificantes factus est in caput anguli” (La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular). El otrora poderoso secretario de Estado repuso con el versículo siguiente: “A Domino factum est istud et hoc mirabile in oculis nostris” (Esto es obra del Señor, de lo cual se maravillan nuestros ojos).

A la pregunta ritual que le dirigió el cardenal decano Serafino Vannutelli sobre el nombre que quería adoptar como Vicario de Cristo, respondió “Benedicto”. Lo hizo movido por el ejemplo del gran Benedicto XIV (Prospero Lambertini), que había sido su predecesor en la archidiócesis de Bolonia en el siglo XVIII (y había sido, como él, un excelente canonista y un hombre de gran cultura). Se sabe que, durante las congregaciones previas al cónclave, un miembro de la Curia se dirigió a él saludándolo como lo fue el papa Lambertini en su momento, en alusión a su nombre de pila, con las palabras del salmo XLIV: “Prospere procede et regna” (“Avanza próspero y reina”). A lo que el cardenal della Chiesa, conocedor del anecdotario papal, respondió: “Sí, pero mi nombre no es Prospero, sino Giacomo”.

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14.01.14

Menos “monseñores” y más “dones”

MONSEÑORES: LO QUE FUERON Y EN LO QUE SE HAN QUEDADO

RODOLFO VARGAS RUBIO

De acuerdo con una nueva directiva del papa Francisco, el tratamiento de “Monseñor” será de ahora en adelante restringido a los miembros del clero secular diocesano mayores de sesenta y cinco años y sólo será concedido aparejado al título de “capellán de Su Santidad”, último resto de las dignidades eclesiásticas que conformaban la antigua corte pontificia (hoy casa pontificia). La medida no tiene efectos retroactivos, por lo que quienes poseían el tratamiento precedentemente, lo conservan. Tampoco afectará a las nuevas incorporaciones de la Secretaría de Estado y de la Curia Romana (donde la jerarquía de mando está minuciosamente determinada), pues se refiere más bien a los nombramientos que el Papa hace a petición de los obispos. De ahí que se haya querido informar a éstos desde las nunciaturas apostólicas de todo el mundo sobre la reciente decisión de Francisco. Es necesario subrayar el hecho de que no se está hablando sino de los títulos honoríficos que no comportan el carácter episcopal. Así, los metropolitanos, arzobispos y obispos continuarán recibiendo el tratamiento de Excelentísimos y Reverendísimos Monseñores”. A la espera de conocer el tenor del documento pertinente, vamos a ocuparnos del asunto desde el punto de vista histórico.

Quien haya visto la película de la inauguración del Concilio Vaticano II en 1963 no habrá dejado de observar la imponencia del cortejo papal: nada que ver con la actual procesión que precede al Vicario de Cristo en las sagradas ceremonias que preside y que son llamadas “capillas papales”. Entre las imágenes de hace cincuenta años y las de la actualidad ha habido dos reformas determinantes de este cambio en la presentación externa del Papado: la de la Casa Pontificia y la de la liturgia (en particular la liturgia papal), ambas llevadas a cabo por el venerable Pablo VI a finales de los años sesenta. El papa Montini no sólo suprimió los flabelos, las trompetas de plata, las mazas y la tiara (la silla gestatoria la recuperó hacia el final de sus días por no poder desplazarse debido a su grave artritis); no sólo simplificó el ajuar pontificio, eliminando la falda, el subcintorio, el fanón, las quirotecas y las mulas: también efectuó una enérgica poda en su corte, a la que quiso quitar toda connotación áulica secular. Cargos acumulados por los siglos desaparecieron, lo mismo que vetustos privilegios y títulos que el tiempo había convertido en singulares curiosidades (como por ejemplo, los de “maestri ostiari di Virga Rubea” y “scopatori segreti di Sua Santità”, de más que equívocas connotaciones en italiano).

Antes de estas reformas paulinas, la sacra persona del Romano Pontífice se hallaba rodeada en los actos públicos de un séquito heterogéneo y caleidoscópico, que tomaba el nombre de “capilla pontificia” si lo acompañaba en las grandes ceremonias religiosas (misas papales, canonizaciones, consistorios) y el de “familia pontificia” para las ceremonias civiles (audiencias, recepción de embajadores, viajes, etc.). Capilla y familia pontificias conformaban la corte papal o corte de Roma. Su origen hay que buscarlo en los colaboradores de los primeros obispos de Roma que habitaban el palacio que el senador Pudente había puesto a la disposición de san Pedro y que comprendía una serie de edificios y dependencias. Ya en el siglo I fueron creados los notarios (notarii), encargados originalmente de redactar las actas de los mártires y que acabaron ocupándose de la administración, de la cual llevaban estricta cuenta. Las persecuciones no interrumpieron el servicio papal: cuando aquéllas arreciaban el pontífice y los suyos pasaban a la clandestinidad y continuaban administrando la Iglesia y celebrando el culto. Este entorno papal se incrementó naturalmente cuando el llamado patriarchium se trasladó al palacio de Letrán a principios del siglo V y se fue diversificando a medida que la sede romana cobraba preponderancia.

Fue el papa san León IV quien en el año 440 destinó a algunos clérigos de su círculo a la custodia de los sepulcros de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. Como estas tumbas se llamaban “cámaras” (cubicula), sus responsables fueron llamados “camareros” (cubicularii), título que pasó fácilmente al de los servidores personales del Papa. Desde esta época y durante todo el siglo VI los familiares del Romano Pontífice se multiplicaron, admitiéndose entre ellos también a jóvenes laicos llamados domicelli (algo así como “señoritos”, aunque sin la connotación peyorativa española). Sin embargo, san Gregorio I (590-604), fundador de un monasterio, no admitía en su entorno más que a clérigos y desterró de él a los domicelli. Además, cultor de la tradición de la antigua Roma a fuer de buen patricio, impuso a sus familiares como traje eclesiástico la toga romana, ornada de la púrpura imperial (concedida al obispo de Roma por Constantino) y cayendo hasta los tobillos. Esta indumentaria gregoriana, con algunas modificaciones, llegó hasta el siglo XX como vestidura de algunos digntarios de la corte pontificia: el mantellone, la mantelleta, la palandra y la zimarra.

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14.10.13

San Pío V, el papa de las reformas tridentinas

HIJO FIEL DE SANTO DOMINGO Y PAPA REFORMISTA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Antonio Ghislieri nació en Bosco (localidad entonces dependiente del ducado de Milán y hoy perteneciente a la provincia piamontesa de Alessandria), el 17 de enero de 1504, siéndole impuesto en el bautismo el nombre del santo del día: san Antonio, abad e iniciador de la vida cenobítica. Hijo de Paolo Ghislieri y Domenica Augeria, su familia paterna era originaria de Bolonia y descendía de estirpe senatorial, pero había caído en decadencia hasta el punto que se dice que el padre del futuro papa se dedicaba al pastoreo de ovejas (patre opilione). Ello no fue óbice para que a los catorce años postulara a la Orden de Predicadores, en cuyo convento de Voghera fue admitido a los catorce años gracias a su inteligencia, su seriedad y su rectitud de costumbres, notables en una época en que la juventud se daba fácilmente a la disipación y la conducta de muchos clérigos dejaba mucho que desear. Recordemos que es ésta la época de la rebelión de Martín Lutero contra Roma. Como dominico, el joven fraile tomó el nombre de Michele, el del santo arcángel batallador, presagio quizás de la intrepidez que iba a desplegar en la defensa de la Iglesia y de la Cristiandad, combatiendo a herejes e infieles. En 1519 emitió los votos solemnes en Vigevano, continuando su formación intelectual en la Universidad de Bolonia.

Ordenado sacerdote en Génova en 1528, fue durante dieciséis años profesor de teología en Pavía. También se desempeñó como maestro de novicios y prior de algunos conventos dominicos, en los que anticipó las reformas que habría de poner en práctica como pontífice. Pero no sólo en el ámbito disciplinario destacó como partidario de la severidad; también en el doctrinal (de lo que había ya dado pruebas en sus años de aprendizaje al sostener en Parma públicamente treinta proposiciones contra los herejes y en defensa de la Sede Apostólica): pidió y obtuvo el cargo de inquisidor de Como y Bérgamo. El norte de Lombardía (ya infestado por las herejías de los valdenses, patarinos, arnaldinos y humillados) era, en efecto, un campo peligrosamente propicio a la expansión del Protestantismo por su proximidad y estrechas comunicaciones con el Imperio (en el que había prendido la rebelión de Lutero como fuego en estopa). Fue tal su celo en la defensa de la ortodoxia que el papa Julio III lo nombró comisario general de la Inquisición Romana por recomendación del cardenal Gian Pietro Caraffa. Convertido éste en papa con el nombre de Pablo IV, preconizó a fray Michele Ghislieri obispo de Sutri y Nepi el 4 de septiembre de 1556. El 14, en la festividad de la Exaltación de la Cruz, el celoso dominico recibía la consagración episcopal en la Capilla Sixtina, de manos del cardenal Giovanni Michele Saraceni, asistido por los obispos Giovanni Beraldo de Telese y Nicola Majorano de Molfetta.

Contemporáneamente al gobierno pastoral, Pablo IV le confió también la Inquisición de Milán y Lombardía. El aprecio que le tenía el Romano Pontífice se hizo patente cuando lo creó cardenal del orden presbiteral en el consistorio del 15 de marzo de 1557, entregándole el rojo capelo y asignándole el título de Santa María sopra Minerva (hermosa iglesia gótica de los dominicos) nueve días más tarde. Al año siguiente, el cardenal Ghislieri era nombrado Gran Inquisidor. En 1559, a la muerte de su benefactor el papa Caraffa, participó en el cónclave que eligió a Giovanni Angelo de Médicis (que, a pesar de su apellido, no pertenecía a la dinastía florentina, sino a una familia del patriciado milanés). El nuevo papa tomó el nombre de Pío IV y uno de sus primeros actos fue crear cardenales a dos de sus sobrinos (consistorio de 31 de enero de 1560), lo que le valió el ser considerado favorecedor del nepotismo y le enfrentó con los espíritus reformistas de la época (recordemos que el Concilio de Trento se encontraba ya muy avanzado y en sus fases finales), uno de los cuales era el cardenal Alejandrino (como era conocido Ghislieri a causa de su patria). En descargo del pontífice hay que decir que, al menos por lo que respecta a uno de sus nepotes, la promoción a la sagrada púrpura fue afortunada, ya que se trataba nada menos que de Carlos Borromeo, hijo de su hermana Margherita.

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28.06.13

Pablo VI, hace 50 años (y II)

EL CAMINO HACIA EL PONTIFICADO

RODOLFO VARGAS RUBIO

Eugenio Pacelli, había recibido el rojo capelo y el título de los Santos Juan y Pablo en el monte Celio, de manos de Pío XI en la capilla Sixtina, el 19 de diciembre de 1929. Se sabía ya que el Papa lo había llamado a Roma para hacerlo su nuevo secretario de Estado, aunque el anuncio aún no se había hecho público. Fue en el curso de un banquete ofrecido por la Academia de Nobles Eclesiásticos en honor del nuevo purpurado cuando Montini tuvo su primer contacto con el hombre que tanta importancia iba a tener en su vida y carrera eclesiástica. En una carta a sus padres, fechada el 27 de enero de 1930, escribe: “Es una persona que suscita verdadera admiración”. El joven monseñor seguramente vio en Pacelli rasgos comunes con él, que le hacían presagiar que podía seguir sus pasos.

La llegada de Pacelli a la Secretaría de Estado había sido precedida por un ascenso de Montini en el escalafón, convirtiéndose en primer minutante, puesto hasta entonces ocupado por monseñor Domenico Tardini, promovido a sub-secretario de los Asuntos Ecclesiásticos Extraordinarios, mientras monseñor Pizzardo había pasado a ser el secretario. Al mismo tiempo, monseñor Alfredo Ottaviani había sido nombrado substituto de la Secretaría de Estado. El cardenal impuso su propio estilo y ritmo de trabajo (los cuales continuó observando siendo papa): era ordenado meticuloso hasta en los detalles y se mostraba tan exigente con sus subordinados como lo era con él mismo, aunque siempre usó con ellos de una exquisita cortesía, sin jamás levantar la voz. Para los que temblaban ante el formidable Pío XI (de quien Montini llegaría a decir que le inspiraba las palabras “Rex tremendae maiestatis” del Dies irae), Pacelli era auténtico alivio.

El trabajo de Montini en la Curia se multiplicó y lo mismo sus actividades en la FUCI. Frecuentemente se ausentaba de Roma para visitar las secciones locales de la organización. Estos viajes y los que realizaba a su tierra natal y al extranjero le compensaban de la rutina de sus responsabilidades en la Secretaría de Estado. Asimismo, su apostolado con los jóvenes universitarios constituía para él un continuo reto. Su visión de la formación que debían recibir era la de un continuo diálogo entre la fe y la cultura. Sólo mentes ilustradas, cultivadas y abiertas eran verdaderamente capaces de hacer progresar la religión en un mundo cada vez más ajeno a ella. Creía en el “gran potencial de conquista” de la actividad cultural y huía de los esquemas tradicionales de formación católica de los estudiantes, piadosos sí, pero poco anclados en la realidad, una realidad que planteaba nuevos retos que sólo una sólida preparación podía asumir.

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