21.05.12
![]()
Tras el breve pontificado de Benedicto XI, que trató de defender como pudo la memoria de Bonifacio VIII, lacerada por todo tipo de acusaciones procedentes de Francia, en Perugia y después de once meses de cónclave fue elegido en 1305 el arzobispo de Burdeos, Bertrand de Got, que no era cardenal y que en el conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso había mantenido cierta neutralidad. Tomó el nombre de Clemente V, su coronación tuvo lugar en Lyon, en presencia de Felipe IV el Hermoso. Ya desde entonces se vio clara la presión del rey y la debilidad del papa. Ni siquiera bajó a Italia y en 1309 se dirigió a Avignon donde estableció su residencia y donde su sucesor, Juan XXII (1316-1334), elegido tras casi dos años y medio de cónclave, se instaló definitivamente, entre otras razones porque en Roma sus enemigos políticos, azuzados como se verá por Luis de baviera, le habían declarado herético y buscaban la convocatoria de un concilio.
Desde este año hasta 1377 los Papas permanecieron en esta ciudad donde Benedicto XII (1334-1342), hombre de moral rigurosa, cisterciense ansioso de reforma y Papa de buenas costumbres, que no permitió el nepotismo que tan común fue en aquella época, años después edificará un imponente palacio para que sea digna morada de los pontífices. Clemente VI (1342-1352), abad benedictino mucho menos riguroso y tendente al dispendio, compró el territorio de Avignon a la reina Juana de Nápoles para que, por lo menos formalmente, residiesen los Papas en territorio propio.
Tras el pontificado del más austero Inocencio VI (1352-1362) que contrastó con su fastuoso predecesor, llegó el momento de Urbano V, el cual recogiendo los frutos de la labor restauradora del cardenal Gil de Albornoz, que había restablecido cierto orden en el Estado de la Iglesia, e insistido por las insistencias de la virtuosísimas Santa catalina de Siena, santa Brígida de Suecia y el menos virtuoso Petrarca, entre otros, volvió a Roma y allí permaneció por espacio de tres altos, de 1367 a 1370, pero la inestabilidad política y la inseguridad de la península le animaron a volver a Avignon. Por fin, su sucesor Gregorio XI, movido una vez más por las suplicas de Catalina de Siena, por las necesidades objetivas de la Iglesia y de su Estado, por el estallido de la guerra entre Francia e Inglaterra, que hacía muy poco segura su permanencia en Francia, en 1377 traslado definitivamente la sede pontificia a Roma.
1.05.12
Para comprender en conflicto central y dolorosísimo del pontificado de Bonifacio VIII, hay que recordar que en la edad media los reyes cristianos se comprometían, por el juramento de su consagración, a respetar todos los derechos y a reprimir todas las injusticias; existían entre rey y pueblo relaciones jurídicas que aquel no podía violar; no era justa la ley que fuese contra el bien común, y los reyes eran responsables del ejercicio de su poder ante Dios, ante el pueblo y, en ciertos casos, ante los papas. Pero muchos legistas proclamaron que el soberano de una nación debe ser el princeps en el sentido romano de la palabra, fuente y origen de toda ley, y, como jefe del Estado, debe disponer de todos los medios apropiados para proteger el bien de todos, el honor y la libertad de todos. En nombre de este bonum commune, no le reconocían límites a su poder, ni en lo militar, ni en lo judicial, ni en lo legislativo, ni en lo administrativo; ya se ve que la intrusión regalista en el campo religioso era facilísima.
En su afán absolutista de poseer bajo su dominio directo todos los territorios franceses, Felipe IV el Hermoso se apoder6 de la Gascuña, propiedad de Eduardo I de Inglaterra, su vasallo. En 1294 estalló la guerra entre los dos monarcas, y fueron inútiles las tentativas de Bonifacio VIII y de sus legados en pro de la pacificación. La flota inglesa sembraba el terror en las costas de Francia desde la Rochela hasta Bayona. Eduardo I, que, apoyado también en los legistas, aspiraba a una gran monarquía unitaria, pidió una contribución para sufragar la guerra a la nobleza y al clero. Como las circunstancias eran apuradas, no hubo dificultad en concedérsela. El arzobispo de Canterbury, de acuerdo con el episcopado, ofreció al rey la decima parte de las rentas eclesiásticas sin contar con el papa. Lo mismo hizo en Francia, y con más rigor, Felipe IV, tratando de acumular a expensas del clero el oro que necesitaba para la guerra.
Era frecuente que los papas concediesen a los reyes cristianos el diezmo de los beneficios eclesiásticos cuando se preparaba una cruzada contra los infieles o en otras ocasiones de verdadera necesidad, pero sin licencia del pontífice, ningún tributo podía imponerse a los prelados, abades, párrocos, etc. Felipe el Hermoso ya en 1292 había suplicado a Nicolás IV autorización para exigir nuevos diezmos a las iglesias y el papa se había opuesto decididamente. Ahora el rey echó mano de todos los medios que estaban a su alcance. Los cistercienses en 1294 concedieron generosamente el diezmo de dos años, pero ante nuevas extorsiones del rey, creyeron de su deber apelar, en nombre propio y de todo el clero francés, al papa Bonifacio VIII.
Un antiguo cisterciense, el abad Simón de Beaulieu, obispo de Palestrina, entonces en legado apostólico en Francia, ordenó a los arzobispos de Reims, Sens y Rouen convocar en Paris un concilio nacional el 22 de junio de 1296. Pero antes que dicho concilio se celebrase, el 24 de febrero de 1296 Bonifacio VIII fechaba la bula Clericis laicos, no dirigida especialmente contra el rey de Francia, sino redactada en términos generales contra las injerencias abusivas de la autoridad laica en el campo eclesiástico. Y, a fin de poner coto a las intrusiones de los príncipes, fulminaba la excomunión contra todos los laicos que sin autorización de la Sede Apostólica exigiesen del clero cualquier tasa o tributo.
7.04.12
Al tratar del discutido Bonifacio VIII nos introducimos en una época tormentosa y trágica de la historia de la Iglesia. Su pontificado, que pudo ser la cumbre augusta del Medioevo, tuvo más bien el aspecto de un derrumbamiento, producido por súbito cataclismo, y es recordado como uno de los más polémicos. Con Celestino V -como un nuevo Poverello al estilo de San Francisco, enamorado de la pobreza evangélica- había triunfado un momento la tendencia espiritualista de los que soñaban en la reforma espiritualista de la Iglesia. La ingenuidad de unos, la ignorancia de otros, la exaltación apasionada de muchos, mezclándose con los intereses de muchos, hicieron irrealizable la ansiada reforma y hasta imposible el gobierno de la Iglesia.
Persuadido de su inexperiencia e incapacidad, elegido después de dos años de deliberaciones de los cardenales, el eremita Pietro da Morrone, Celestino V, que no tenía ninguna gana de ser pontífice y ni siquiera había puesto los pies en Roma, se despojó del manto pontifical para retornar a su amada vida eremítica. Que en este acto -que le convirtió en el último Papa que abdicó vountariamente- procedió con plena libertad, sin coacción externa, es indudable. Puramente legendaria y fantástica es la frase profética que se dijo había pronunciado Celestino V dirigiendose al cardenal Gaetani, su sucesor: “Intrabis ut vulpes, regnabis ut leo et morieris ut canis”.
Reunidos en el Castel Nuovo de Napoles los 24 cardenales que se hallaban en la ciudad (catorce italianos y ocho franceses), al tercer escrutinio salió elegido el cardenal de San Silvestre, Benedicto Gaetani, que tomó el nombre de Bonifacio VIII. Era el 24 de diciembre de 1294. Es de notarse que no le faltaron los votos de los poderosos Colonna, que sin embargo se convertirán muy pronto sus más encarnizados enemigos, como tantos otros. No hay que dar crédito a alguno que asegura que debió la tiara a las promesas que hiciera servilmente a Carlos II de Anjou, rey de Napoles. Había nacido en Anagni, de la noble familia de los Gaetani, por los años de 1230 o 1235.
Alto y robusto de cuerpo, daba impresión de fuerza, tanto física como moral, con un aspecto severo y majestuoso, manos largas y finas, mirada dura y altanera. Gozaba fama de buen canonista, muy experto en los negocios de la curia. Esa experiencia la había conseguido en los altos y variados cargos que los Romanos Pontífices le habían encomendado. Por concesión de Alejandro IV obtuvo en 1260 una canonjía en Todi, de donde era obispo su tío Pedro. Allí pudo conocer al notario Jacobo de Benedetti, que andando el tiempo será, con el nombre de Fra Jacopone, uno de sus más exaltados enemigos. En Todi cultivó los estudios jurídicos, que perfeccionó luego en la Universidad de Bolonia. En la de Paris no es probable que frecuentase ningún curso, a pesar del testimonio de algunos historiadores antiguos.
26.03.12
¿Cuántos judíos de la ciudad de Roma se salvaron de la persecución nazi porque se hospedaron en los conventos de la Urbe durante la segunda guerra mundial? El jesuita Padre Leiber, colaborador personal de Pío XII, redactó una lista de casas religiosas con el número de huéspedes, aunque parece que en realidad la lista había sido confeccionada por otro jesuita, el P. Beat Ambord, tras una investigación cuidadosa que llevó a cabo en 1954. El mismo Ambord, que durante la guerra habitaba en la curia generalicia de la Compañía, había sido muy activo en la Roma clandestina con la ayuda a los judíos, entre los que consiguió distribuir un millón de liras procedentes de un benefactor suizo.
La lista, que aparece en la Historia de los judíos de Italia, de Renzo De Felice, fue confeccionada con los datos que las mismas casa religiosas proporcionaron al acabar la guerra, si bien no se ha podido encontrar la documentación original que sirvió como base a la lista. Las cifras que en ella se contienen hablan de 2775 personas hospedadas en conventos femeninos, 992 en conventos masculinos y 680 en locales pertenecientes a capillas e iglesias, juntándose así un total de más de 4400 judíos salvados de la persecución. Las cifras son muy significativas si se considera que el total de judíos salvados en Roma fue de unos 10.000 y los que desaparecieron no llegaron a 2000.
Pero estas cifras de la lista de Ambord no son definitivas, pues se sabe que hubo otros conventos que ofrecieron hospitalidad y no fueron incluidos en la lista, mientras que también con frecuencia los perseguidos cambiaban de escondite, por lo que iban de una casa a otra y el calcular el número total se hace difícil. Por otro lado, las cifras ofrecidas en esta lista no incluyen las parroquias del clero diocesano, ni las instalaciones del palacio lateranense y las de Propaganda Fide en el monte Gianicolo, que también hospedaron a un buen número de judíos. Sea la cifra un poco mayor o un poco menor, la realidad es que se puede afirmar, como lo hace la historiadora italiana Liliana Picciotto, experta en la historia del pueblo judío, que “los religiosos católicos fueron los primeros en esconder a los judíos”.
Llama la atención la mayoritaria acogida por parte de las religiosas, las cifras hablan de unos 200 conventos (sobre un total de unos 700 que había en Roma en aquella época) que acogieron a judíos dentro de sus muros, de los cuales 130 fueron femeninos. Por cantidades, las Hermanas de Sión hospedaron a 187 judíos, las del Perpetuo Socorro en la vía Merulana 133 huéspedes, las de los Siete Dolores más de cien, etc. Cifras tan altas no se dieron entre los frailes, si no es la casa de los Hermanos de las Escuelas Cristianas con 96 huéspedes y la parroquia de Santa Cruz en el barrio Flaminio, llevada por los Estigmatinos, en la que se refugiaron un centenar de judíos.
14.03.12
Nacido en Londres el 10 de octubre de 1865 de familia aristocrática española, Rafael Merry del Val y Zulueta realizó sus estudios en Slough, Namur, Bruselas, Durham y, por fin, en Roma, en la Academia de Nobles Eclesiásticos que años después el mismo presidió. Ordenado sacerdote en 1888, doctor en derecho canónico y teología, fue en primer lugar secretario personal del arzobispo Luigi Galimberti y después sucesivamente nuncio apostólico en Alemania, en el Imperio Austro-Húngaro y en Canada. Vuelto a la curia romana, León XIII le nombró consejero para las cuestiones referentes al Index Librorum Prohibitorum y después, como se ha mencionado, Presidente de la Academia de Nobles, a la vez que le elevó a la dignidad arzobispal. Fue nombrado Camarero Secreto Participante de Su Santidad el 31 de diciembre de 1891.
Elegido secretario del cónclave celebrado a la muerte de León XIII en 1903, en dicha ocasión pudo tratar por primera vez al entonces cardenal Sarto, al único que hasta entonces no había tenido ocasión de tratar. En el libro que años después escribió, titulado “Memories of Pope Pius X” con la intención de narrar de primera mano el pontificado de este gran Papa, que otros autores habían contado de modo más fragmentarios, Merry de Val cuenta cómo fue su primer encuentro con el entonces Patriarca de Venecia, que pocas horas después se convertiría en Pío X. De dicho cónclave salió non solamente un Papa Santo, sino también un estrecho colaborador suyo que también camina hoy hacia la gloria de los altares por su testimonio de santidad.
Dejemos que el mismo autor nos cuente aquel encuentro:

23.02.12

Nos recuerda José Francisco Guijarro en su interesante libro “Persecución religiosa y guerra civil”, hablando de la España de la segunda República, que desde hacía ya más de un siglo había existido un anticlericalismo que podríamos calificar de “cultural”: no faltaban círculos que con mayor o menor virulencia atacaban de una manera más o menos satírica toda la acción de la Iglesia, y en tertulias, prensa y, a veces, en la literatura y el teatro, cuanto tenía que ver con la religión católica era blanco de agresiones que sólo alguna vez pasaron de las palabras a los hechos. A este anticlericalismo, atribuido quizás con excesivo simplismo siempre a la masonería (que, si bien, sin duda, tuvo una parte en su provocación, no puede considerarse que fuera su causa única y exclusiva), los grupos que se situaban en las concepciones colectivistas -los socialistas mayoritarios o los, por el momento, pequeños núcleos comunistas- asistieron inicialmente con cierta indiferencia: si evidentemente no sentían el menor interés por defender los derechos de la Iglesia, pues aspiraban a sustituir su concepción social por la suya propia, tampoco experimentaban un entusiasmo mayor por el anticlericalismo, para ellos una característica casi específicamente burguesa.
Estas concepciones colectivistas tenían su punto de mira en lo que había sido, quince años antes, la revolución rusa. Desde la postura maximalista (o bolchevique) de un partido que se había venido llamando hasta entonces obrero socialdemócrata ruso (la fundación por Lenin del Partido Comunista tuvo lugar después de la revolución), se produjo una subversión social total, destruyendo todas las instituciones que habían configurado hasta ese momento la sociedad rusa, y, entre ellas, también la Iglesia ortodoxa, tan vinculada cortesanamente al zarismo. Sin embargo, en España con alguna frecuencia se ha presentado a la Iglesia plenamente vinculada al antiguo régimen, pero la verdad es que la Iglesia no se puede identificar de modo simplista con la Monarquía, aunque ciertamente lo pudiera parecer, dada la vinculación entre el trono y el altar.
En España tampoco existía por entonces un partido comunista que tuviera una considerable presencia en la sociedad política, sino que la amenaza del recurso a la violencia para imponer la revolución social había sido encarnada, hasta aquel momento, por el sector de la izquierda del Partido Socialista, muy ligado al sindicato socialista UGT, que estaba encabezado por Francisco Largo Caballero, a quien solo años después se le dio el sobrenombre de “el Lenin español”, inventado en la Escuela Socialista de Verano de 1933 en Torrelodones, y que no se recataba en distintos mítines de hablar de la revolución que acabaría con la misma Republica, a la que tildaba de burguesa. Y en esta amenaza constante de una revolución violenta total caía todo, al igual que en la revolución rusa; y entre todo ello, también la Iglesia católica.
27.01.12
Las recientes modificaciones en las ceremonias de creación e investidura de los cardenales (que reducen al mínimo el antiguo fasto de la Iglesia con motivo de la exaltación de sus príncipes, considerados antaño los senadores del Papa) y el consistorio del próximo 22 de febrero constituyen una buena ocasión para referirnos al modo cómo se creaban, publicaban e investían cardenales hasta no hace mucho. El libro El Papa ha muerto, ¡Viva el Papa! del Rvdo. D. José-Apeles Santolaria de Puey y Cruells (documentado por colaborador habitual de esta página Rodolfo Vargas Rubio y elogiado por el cardenal Stickler, bibliotecario y archivero emérito de la Santa Iglesia Romana) le dedica al tema unas páginas enjundiosas que reproducimos a continuación, en la convicción de que darán a nuestros lectores una idea muy aproximada del tema.
La creación y publicación de nuevos cardenales
Si bien es cierto que los cardenales “hacen el Papa”, no lo es menos que es el Papa quien “hace los cardenales” o, mejor dicho, los crea. La precisión es importante. El Papa nombra un obispo, es decir, designa la persona que ha de regir una iglesia particular, pero dicha persona recibe directamente de Dios la plenitud del sacerdocio y, dentro de la comunión con Roma, ejerce su triple misión de enseñar, santificar y gobernar una porción de la Iglesia con un criterio propio, como cada uno de los sucesores de los Apóstoles. El Papa puede destituir a un obispo en virtud de su poder supremo, pero no puede retirarle la consagración: le quita la jurisdicción pero no el orden. En cambio, un cardenal es una “criatura” del Papa, el cual, lo mismo que “lo sacó de la nada”, puede “aniquilarlo”, es decir, hacer que deje de ser cardenal. En la Historia esto ya ha sucedido, como en tiempos de León X, que despojó de la dignidad cardenalicia a algunos miembros del Sacro Colegio por estar implicados en un intento de asesinato contra él.
La creación de un cardenal es una decisión personal y trascendental que ha de tomar el Papa sopesando razones de distinta índole, aunque el bien de la Iglesia debe estar siempre ante sus ojos. Normalmente, el Romano Pontífice trataba el asunto reunido con el Sacro Colegio reunido en consistorio secreto. El Santo Padre proponía el nombre de un eclesiástico al que considera digno de ser creado cardenal y hacía la pregunta ritual: “Quid vobis videtur?” (¿Qué os parece?). Esto acabó siendo una pura formalidad, ya que el Papa ni suele crear a nadie que no goce de cierto prestigio y sea conocido en los ambientes eclesiásticos, pero recordaba que en el pasado más de una creación provocó interminables y encendidas discusiones, como, por ejemplo, en la época de Julio II (el consistorio del 1º de diciembre de 1504 duró ¡once horas!). Los cardenales se quitaban el rojo solideo y, levantándose, hacían una inclinación silenciosa con la cual mostraban su aquiescencia. Una vez creado, el cardenal era inmediatamente publicado en el mismo consistorio, o sea se da a conocer su nombre.
14.01.12

JOSÉ ANTONIO BENITO RODRIGUEZ
Una vez llegado a Perú, desde su condición de arzobispo, tendrá que legislar y visitar. Además de prescribírselo las leyes civiles y eclesiásticas, Mogrovejo -prelado viajero, itinerante- desea un contacto directo con sus fieles, especialmente los indios. Le urge la pasión de evangelizar. Aunque era consciente de que sus salidas de la Ciudad de los Reyes podían ocasionar cierto abandono en el corazón de la archidiócesis, nada le hizo desistir de su propósito de visitar hasta el último de sus poblados. Como le visitase un colegial de san Salvador de Oviedo, de Salamanca, Gregorio de Arce, y le manifestase las quejas que circulaban en España sobre su ausencia de la sede limeña le respondió “que el andar en las visitas era lo que Dios mandaba y lo que estaba a su cargo para enseñar y atraer a la fe cristiana a los bárbaros e idólatras, bautizándolos y confirmándolos y reduciéndolos a que se confesasen…por Dios y por cumplir con su obligación y para dar ejemplo que se debe dar a los prelados que tienen a su cargo almas". Al monarca le dirá que saldría a visitar en 1593 “en conformidad de lo proveído por el Santo Concilio de Trento y Provincial y cédula de Vuestra Real Persona".
Nada más llegar a Lima, traía como primera misión el encargo real de convocar y celebrar el Concilio Provincial. De este modo lo convocó para el 15 de agosto de 1582. Este intervalo de tiempo, de mayo de 1581 a 15 de agosto del 1582 lo empleará en visitar los Llanos de La Nazca. Como la extensa costa norte de su Arquidiócesis que comprendía desde Lima hasta Jayanca, la había visitado en su largo viaje de llegada que realizó por tierra, viniendo desde Paita con dirección a su Sede, llegado a Lima en 1581, ahora emprende la visita del sur, hasta Nazca. Allí permanece hasta enero del 1582 debido a su apoyo a la publicación, predicación y distribución de la Bula de Cruzada. Él mismo lo cuenta al Rey. Por estas fechas, Santo Toribio Mogrovejo nos ofrece un valioso testimonio de la importancia concedida a la Bula. Se encontraba en la visita preliminar de 1581 como preparación al Tercer Concilio Limense, en los Llanos de La Nasca. Se encontraba el arzobispo en su primer año de ejercicio y ocupado en la visita desde hacía varios meses con la intención de dirigirse después a Huánuco.
Pasa la Cuaresma y la Pascua en Lima, y celebra el primer Sínodo Diocesano. Movido por el deseo de conocer a su pueblo, Santo Toribio, aprovechando el tiempo que aún faltaba para la apertura del III Concilio, se dirigió en visita pastoral hacia Huánuco, el extremo oriental de su Arquidiócesis, llegando prácticamente hasta los confines de su jurisdicción, muy cercana a las montañas vírgenes, donde terminaba la civilización. Simultáneamente iban llegando a Lima los obispos de Cuzco, La Imperial y Santiago de Chile; en Lima le esperaba el electo obispo de Paraguay para ser consagrado obispo. El Santo no pierde el tiempo y anota para sí y lo transmite al Rey la problemática y las soluciones:
“He visto gran parte de este Distrito por mi persona, y lo que he entendido tener necesidad de remedio es: proveer y dar doctrina a los indios por carecer de Sacerdotes, por tener cada Sacerdote en muchas partes muchos lugares de indios a su cargo y mucha distancia de camino, que es causa de que muera muy de ordinario los indios sin confesión y bautismo y demás sacramentos” (AGI, Patronato 248, Rº 5; Lissón, La Iglesia IIII, 36, n.11).
31.12.11

La figura de San Bruno, que vivió en Francia y murió en Italia, aparece en la segunda mitad del siglo XI alta, blanca y silenciosa como la nieve de las montañas. Su hábito blanco es anterior al de los cistercienses; su silencio -al menos en la Historia- es mucho mayor, pues no hay duda que la Orden cartujana es la Orden que menos ruido ha metido en el mundo, y con ser tan santa, ni siquiera con la santidad de sus hijos ha buscado el campaneo sonoro, ni el panegirico solemne, ni el devoto rumor multitudinario.
Nacido Bruno de noble estirpe en Colonia por los años de 1030, habría realizado sus primeros estudios en el colegio de la ciudad, o colegiata de San Cuniberto, siendo después enviado en su juventud a la renombrada escuela de Reims, en donde se centró con entusiasmo a los estudios de artes y teología. Vuelto a Colonia, obtuvo un canonicato precisamente en la colegiata de San Cuniberto, y probablemente en ese momento fue ordenado sacerdote. El buen recuerdo que había dejado en Reims fue causa de que en 1057 el arzobispo Gervasio lo llamase para hacerle director de aquella escuela, cargo que desempeñó con brillantez durante casi veinte años. De entonces datan los pocos escritos que de él conservamos: “Expositio in psalmos”.
Uno de sus discipulos fue el futuro Urbano II; y otro, San Hugo obispo de Grenoble. A la muerte de Gervasio, habiendo conseguido aquella sede por medios simoniacos el obispo Manases de Gournay, no perdió Bruno su posición, sino que la mejoró con la cancillería del arzobispado, pero el nuevo arzobispo seguía negociando simoniacamente con los beneficios eclesiásticos, por lo cual el integro canciller y maestrescuela se le opuso con energía y respeto, denunciándole ante el sínodo de Autun (1077), por lo que el indigno obispo le desposeyó de su cargo. Pero también Manases había sido depuesto por el sínodo de Autun, y así comenzaron unos años de gran confusión para aquella iglesia, pues aunque el papa Gregorio VII rehabilitó al indigno prelado, de nuevo el sínodo de Lyon volvió a deponerle, y poco después, en 1080, el pontífice confirmó esta sentencia. Pudo entonces San Bruno retornar a su puesto, pero al ver que el sucesor de Manases entraba simoniacamente, disgustado del mundo tomo la resolución de consagrarse totalmente a Dios, retirándose a la soledad.
15.12.11

“El abismo se abre ante mí, lo humano se derrumba, ya se ha derrumbado. El horror de este vacío atroz no se puede explicar con palabras humanas: ¿Por qué vivimos? Afortunado quien puede responder con seguridad a esta eterna pregunta.” Estas palabras, escritas por Alessandra di Rudini expresan la lucha de esta gran mujer entre la atracción de los placeres mundanos y la llamada del Dios del que ella procuraba huir con todas sus fuerzas.
Alessandra di Rudini es una de las figuras más fascinantes de la alta sociedad italiana del siglo XIX, famosa “oveja perdida” de aquella época racionalista que dejaba a Dios de lado pero que en el fondo no quería abandonarlo definitivamente, sino solamente vivir como si no hiciese falta hasta que de verdad hiciese falta para volver a El en situaciones desesperadas. Alessandra nace el 5 de octubre de 1876 en Roma, en el seno de una familia de la alta aristocracia siciliana, hija de Antonio Starabba, marqués de Rudini (1876-1931), que fue alcalde de Palermo a los veinticinco años tras el golpe de mano de Garibaldi sobre la Sicilia de los Borbones, y después fue Prefecto de Palermo, Prefecto de Napoles y llegó también a ser primer ministro del vo nuestado Italiano del 191 al 1892 y del 1896 al 1898. Fundó el Partido de la Joven Derecha con la que triunfo para ocupar el cargo en su primer mandato. Entre sus logros políticos esta el haber firmado, en 1896, el Tratado de Adís Adeba, que puso fin a las pretensiones italianas sobre Etiopía.
El marqués era de ideas racionalistas y políticamente revolucionarias, y compartía la hostilidad del rey Víctor Manuel II hacia la Iglesia. Su mujer, María de Barral, la madre de Alessandra, no compartía las ideas revolucionarias de su marido, si bien poco pudo influir en la educación de su hija, a causa de su débil salud. Alessandra tenía un hermano mayor, Carlo, que con el tiempo llegaría a ser marido de la hija del político británico Henry Labouchere y que también llegaría a ser conocido en la alta sociedad de aquel tiempo. La familia del marqués de Rudini llevaba en sí las contradicciones propias de la época en que sus personajes vivieron: El anticlericalismo propio del Risorgimento italiano, fuertemente influido por la masonería, y la idiosincrasia de aquel país que hace que hasta los más grandes enemigos de la Iglesia tengan amistades entre los eclesiásticos, incluso entre la alta jerarquía, y antes de o después se acuerden de Dios, por si acaso.
Por influjo de la madre, que por lo menos quería asegurarse un buen colegio religioso para su hija, a los diez años, ingresa en el internado del Sagrado Corazón de la Trinità dei Monti, en lo alto de la escalinata de la Piazza di Spagna, en Roma, sin duda una de las escuelas de mejor reputación en aquellos tiempos. Su madre tenía la esperanza de que las religiosas la ayudasen a corregir su carácter independiente, pero no solamente no lo consiguieron, sino que a causa de su mal comportamiento tuvieron que expulsarla al acabar el curso escolar, lo cual usó su padre como excusa para inscribirla en una escuela de espíritu liberal, muy diferente a la de las monjas, en la que Alessandra se encontrará más a gusto. Y de hecho, la joven disfrutó de aquel colegio en que la directora le dejaba cultivar su afición favorita, la lectura. Y por influjo de las ideas liberales del colegio, sin la cercanía de su madre, a los trece años ya estaba llena de dudas de fe, que la acompañarán durante muchos años.
4.12.11
“Mi cuerpo podrá volver a mi patria sólo cuando la estrella roja abominable se haya eclipsado definitivamente.” Con estas palabras escritas en su testamento, el cardenal Joszef Mindszenty, primado de Hungría, selló su oposición extrema al comunismo, que él combatió heroicamente. En realidad, el cuerpo del cardenal fue devuelto a la patria el 3 de mayo 1991, cuando el gobierno de Budapest estaba dominado todavía por los comunistas, por lo que su secretario personal, monseñor. Tibor Meszaros, protestó oficialmente por esta violación de los deseos del difunto. Sin embargo, unos años más tarde, la estrella roja realmente se eclipsó en Hungría.
Después de más de treinta y seis años desde la muerte del cardenal, que se llevó a cabo el 6 de mayo de 1975, hoy queremos recordar brevemente su testimonio heroico en defensa de la fe y la libertad. Toda la vida de Mindszenty fue un signo de contradicción, como corresponde a los confesores de la fe, solo que mientras en la primera y segunda fase de su vida se opuso a los regímenes totalitarios que oprimía a la Iglesia y a su patria, en la tercera etapa tuvo que hacer malabares en una situación interna de la Iglesia que, por el debido respeto a los protagonistas y la importancia del tema, preferimos describirla con las mismas palabras del cardenal en sus famosas memorias.
Nacido bajo el nombre de József Pehm el 19 de marzo de 1982, fue ordenado sacerdote en 1915 por el obispo de Szombathely, el conde János Mikes. En la primera fase de su ministerio pastoral tuvo que soportar la terrible persecución y la violencia de los enemigos de la Iglesia, de la que siempre defendió la unidad, la integridad y los derechos, lo que le hizo muy popular en su tierra natal y en el extranjero. Ya cuando era un joven sacerdote fue encarcelado por su oposición al régimen comunista de Bela Kun, en el llamado “período rojo” 1918-1920. Posteriormente, en 1944, cuando fue nombrado obispo de Veszprém por el Papa Pío XII, Mindszenty fue encarcelado de nuevo por el régimen nazi impuesto por Hitler al ocupar Hungría, pues el prelado, que ya durante el régimen filofascista de Miklós Horthy (1920-1944) había defendido la libertad de religión, se opuso en seguida a la aplicación de las leyes racistas importadas de Alemania.
Acabada la tormenta de la Segunda Guerra Mundial, Mindszenty se había convertido en un héroe nacional. El Papa Pío XII lo nombró cardenal y Primado de Hungría, y le encargó la misión de fomentar el retorno de su patria a la fe, con la esperanza del retorno de los Habsburgo al el trono de San Esteban. Sin embargo, los acuerdos de Yalta entregaron a la nación desventurada al régimen comunista que tomó el poder primero en coalición y luego solo. El primado se convirtió así en el protagonista de la resistencia católica al sanguinario régimen soviético de Rakosi. El prelado se negó a reconocer al usurpador y se opuso a la opresión de la comunidad eclesial, a la secularización de la educación escolar y la colectivización de la agricultura.
27.11.11
RODOLFO VARGAS RUBIO
En julio se cumplieron 75 años desde el comienzo de aquel verano ardiente de 1936, cuando en España se desató la etapa más cruel y sangrienta de la persecución religiosa que venía teniendo lugar sistemáticamente desde 1931, bajo la Segunda República. Porque a todo lo largo de ese período de vorágine política no faltaron estallidos de furia anticatólica, que se tradujeron en quemas de iglesias y conventos, maltrato y hasta asesinato de sacerdotes y religiosos, destrucción de ingente patrimonio artístico y cultural por el solo hecho de su carácter religioso. Un ensayo general a escala local de lo que sería la gran oleada persecutoria que inundaría media España algún tiempo después lo constituyó la Revolución de Asturias de 1934, aquella intentona de los socialistas y comunistas de tomar el poder por la fuerza al no resignarse a la victoria limpia y legal de las derechas en las elecciones del año anterior (dicho sea de paso, fue ese golpe de Estado frustrado y no el Alzamiento del 18 de Julio lo que condenó irremisiblemente y acabó por dar al traste con la República).
Se ha dicho más de una vez que la Iglesia Católica había dado pábulo a sus enemigos para que se cebaran contra ella en aquella década tan decisiva de los años Treinta del siglo pasado. Ello es ignorar los hechos. En primer lugar, el advenimiento de la República fue recibido por los católicos serenamente. Bien es cierto que había obispos afectos a la Monarquía que acababa de caer (el más destacado fue el Cardenal Segura, entonces arzobispo-primado de Toledo), pero la jerarquía española recordó que la Iglesia no aprueba, como cuestión de principio, ninguna forma de gobierno más que otra, sino que apoya a cualquiera que cumpla con el deber esencial del Estado, cual es el de procurar el bien común. Los católicos fueron libres de participar activamente en política ocupando cargos y puestos bajo la República, cuyo primer presidente, Niceto Alcalá Zamora, era practicante. Así pues, la acusación de hostilidad hacia el nuevo régimen por nostalgia y apego al anterior, bajo el cual se habría sentido más cómoda la Iglesia no se ajusta en modo alguno a la verdad.
En segundo lugar, lejos de observar una actitud provocadora o desafiante, la Iglesia Católica se mostró prudente, a veces hasta en exceso frente a un Estado agresivo e intolerante. La actitud del Nuncio Apostólico, Mons. Federico Tedeschini (más tarde cardenal) fue juzgada demasiado apaciguadora y condescendiente con un poder político que no demostraba consideración hacia la religión mayoritaria de España. Idéntica postura fue la observada por el Cardenal catalán Vidal i Barraquer. Es más: se sacrificó a los prelados más valientes –el Cardenal Segura y el obispo Múgica de Vitoria– por bien de paz, que se demostró al final ser completamente ilusorio. A pesar de la Carta de los Metropolitanos de 1931 y de la Pastoral Colectiva del Episcopado Español de 1932, los Obispos se mantuvieron por lo general en un silencio expectante, que fue funesto para los católicos, que esperaban de ellos una guía para la acción y se vieron en consecuencia desorientados, sin saber cómo proceder y dejándose ganar el terreno por los sindiós. La Acción Católica, que habría podido ser una fuerza determinante y disuasoria a la hora de enfrentarse a las políticas antirreligiosas del gobierno como correa de transmisión de las directivas del episcopado, adolecía de falta de organización y de empuje y quedó completamente neutralizada. No hubo, pues, una fuerte y concertada oposición católica a los desmanes de los sectarios y la Iglesia acabó yendo como oveja al matadero.
20.11.11
RODOFO VARGAS RUBIO
Este año se ha cumplido el primer centenario de un evento importante en la vida religiosa española: el XXII Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, que tuvo lugar del 25 al 30 de junio de 1911. Por una feliz circunstancia, el Romano Pontífice bajo cuyo reinado y égida se celebró la grandiosa manifestación era nada menos que san Pío X, el llamado “papa eucarístico”. Menos de un año antes había promulgado el importantísimo decreto Quan singulari (8 de agosto de 1910), por el que se establecía la edad de la primera comunión de los niños en la de la aparición del uso de razón. Como se sabe, hasta entonces se retrasaba la recepción del pan eucarístico hasta prácticamente la adolescencia, con lo cual se privaba a los niños de la gracia extraordinaria del magno sacramento por un sentido errado de reverencia, resabio de jansenismo y expresión de un cierto cartesianismo. Cinco años antes el Papa Sarto había emanado el decreto Sacra Tridentina Synodus sobre la comunión frecuente (20 de diciembre de 1905), que vino a poner fin a la práctica de no comulgar sino de vez en cuando y con permiso del confesor, sin duda con la intención de evitar la rutina y aun el sacrilegio, pero olvidándose de que la Eucaristía es el mejor medio para la santificación. Justamente, pues, el primer Congreso Eucarístico Internacional que se celebraba en España (tercero de ámbito nacional, siguiendo al de Valencia de 1893 y al de Lugo de 1896) iba a serlo bajo los mejores auspicios.
San Pío X nombró legado suyo a latere para presidirlo al cardenal franciscano Gregorio María de Aguirre García (1835-1913), del título de San Juan ante Portan Latinam, arzobispo de Toledo, primado de las Españas y patriarca de las Indias Occidentales, así como senador por derecho propio ante las Cortes del Reino. Como dato interesante de su biografía, cabe destacar que fue consagrado obispo en 1885 por el entonces nuncio en España monseñor Mariano Rampolla del Tindaro, más tarde cardenal y fallido papa en el cónclave de 1903, durante el cual le fue interpuesto el exclusive del emperador austrohúngaro y del que salió finalmente elegido san Pío X. También frecuentó al secretario de la nunciatura de Madrid, monseñor Giacomo della Chiesa, que en 1914 se convertiría en el papa Benedicto XV. El 23 de junio de 1911 fue solemnemente recibido el cardenal legado en la capital española, aunque con una significativa frialdad por parte del gobierno liberal de José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros en el contexto del régimen turnista de la Restauración.
Hay que decir que las relaciones entre Iglesia y Estado no pasaban por su mejor momento. La escalada anticlerical que se había desatado en España coincidiendo con las crisis políticas del siglo XIX (y que se manifestó virulentamente en episodios dramáticos como las matanzas de frailes y las desamortizaciones) había sido frenada gracias al Concordato con la Santa Sede de 1851 y a la Constitución de 1876, que consagraba el principio de la confesionalidad del Estado. Pero la aversión a la Iglesia Católica quedaba latente en amplios sectores de inspiración revolucionaria y en las capas sociales más susceptibles a la propaganda anticristiana. El ejemplo de Francia con su ley de separación de Iglesia y Estado de 1905 (Ley Combes) traspuso los Pirineos y se convirtió en parte del programa liberal. Precisamente pocos meses antes del Congreso Eucarístico Canalejas había promovido la llamada “Ley del Candado” (27 de diciembre de 1910), por la que se prohibía el establecimiento de nuevas órdenes y congregaciones católicas sin autorización previa del gobierno, a la espera de una nueva ley de asociaciones, cuyo proyecto fue presentado al Congreso el 8 de mayo de 1911, aunque no se llegó a tramitar.
13.11.11

José Antonio Benito Rodríguez
I.TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO ANTE LA HISTORIA
La figura del segundo auténtico Santo Padre de América, va cobrando el puesto histórico que le corresponde. Tenemos la mejor prueba con motivo del IV Centenario de su muerte, celebrado el pasado 27 de abril del 2006. Nuestra olvidadiza Lima, celebró por todo lo alto el IV Centenario de su muerte La Universidad Nacional de San Marcos en la persona de su rector Dr. Manuel Burga conmemoró la incorporación del Santo como doctor honoris causa, el Presidente del Congreso, Marcial Ayaipoma, a nombre del Congreso de la República, condecoró a Santo Toribio de Mogrovejo con la con el grado de Gran Cruz en Grado Póstumo. Mientras que el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, entregó la medalla de la ciudad de Lima al Santo Arzobispo. El Enviado Especial del Papa Benedicto XVI, Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, en la clausura del Congreso Académico Internacional Santo Toribio de Mogrovejo manifestó que una de las enseñanzas que debemos rescatar de Santo Toribio de Mogrovejo es su valentía de aceptar la voluntad del Señor con total disponibilidad y de entregarse al ejercicio de su ministerio sin reservas hasta el momento de su santa muerte:
He quedado muy impresionado con la polifacética personalidad de nuestro Santo y puedo asegurarles que, si bien conocía algo de su santa e intensa vida, es ahora cuando he podido conocerlo y quiero junto con ustedes dar gracias al Señor por haber regalado al Perú y a toda América tan Santo y egregio Pastor…Hoy, a cuatro siglos de su paso por este mundo, los esfuerzos del Santo Arzobispo se notan en cada templo y poblado del territorio peruano, donde la devoción a la Eucaristía y a la Virgen son los medios que acrecientan y alimentan su fe y esperanza y, sobre todo, lo que enciende sus corazones de caridad…Debe decirse en la celebración del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio que su testimonio de vida, su santidad, sabiduría, celo apostólico, caridad y gobierno pastoral han dejado huellas imborrables en la historia eclesial del Perú y del Continente y que los llamados a ejercer el ministerio episcopal hoy en nuestra América Latina debemos estudiar y conocer mejor su ejemplar vida porque es mucho lo que nos puede enseñar.
Nadie como él encarnó el perfil trazado por Juan Pablo II en su exhortación postosinodal Pastores gregis encaminada a valorar la triple misión (el “munus”) de los obispos (enseñar, santificar y regir) proponiéndoles “el ejemplo de Pastores santos, tanto para su vida y su ministerio como para la propia espiritualidad y su esfuerzo por adaptar la acción apostólica” (n.25).
Nacido en Mayorga (Valladolid-España) en 1538 y fallecido en Zaña, Perú, 1606), contaba 39 años cuando fue elegido como segundo arzobispo de Lima; debió interrumpir sus estudios de doctorado en derecho civil y canónico por la Universidad de Salamanca al ser nombrado juez inquisidor de Granada. Sin pasar por ningún seminario, fue ordenado diácono, sacerdote y obispo en pocos meses, llega al Perú, donde desde el 1581 acomete la aventura de ser pastor de una de las diócesis más grandes del mundo, cuyo territorio se extendía del Océano Pacifico a la selva de la Amazonía y a los valles inaccesibles de los Andes, en un mundo en transformación y lleno de contradicciones. Efectivamente, la sociedad incaica del Tahuantinsuyo había sido conquistado hacía cincuenta años, sufriendo una metamorfosis con la presencia española que puso las bases de la nueva sociedad mestiza de la peruanidad.
27.10.11
Con la discusión en Roma, por parte de los teólogos consultores de la vaticana Congregación de los Santos, de las virtudes heroicas de Fulton Sheen, el popular obispo de la radio y la televisión que infundió consuelo y esperanza a los americanos en los años duros de la depresión económica y posteriormente durante la II Guerra Mundial, se acerca un paso más a los altares. Y es que detrás de aquella figura mediática había un sacerdote y obispo que amó profundamente a Jesucristo.
El más joven de cuatro hermanos, Fulton Sheen nació en El Paso, Illinois (Estados Unidos), diócesis de Peoria, el 8 de mayo de 1895. Hijo de Newton y su esposa Delia, de ascendencia irlandesa, en el momento de nacer su madre lo consagró a la Virgen María, consagración que posteriormente él repitió en el día de su Primera Comunión. En 1900 sus padres se mudaron a una granja a las afueras de Peoria, el centro de la diócesis, para que sus hijos pudieran asistir a una escuela católica, que en la ciudad abundaban pero en las zonas rurales no.
En 1917, después de terminar la escuela secundaria, entró en el seminario de St. Paul, Minnesota, donde estudiaban seminaristas de varias diócesis. Ya entonces y más todavía hoy en la actualidad, los seminaristas estadounidenses cursan estudios eclesiásticos en centros de estudios superiores que a veces están fuera de la propia diócesis, por no haber normalmente infraestructuras en cada para su formación en cada una de ellas. Vuelto a su diócesis, fue ordenado sacerdote en la catedral de Peoria, 20 de septiembre de 1919, a la edad de 24 años. En esta ocasión se hizo a sí mismo una promesa, que según los que le conocieron de cerca llevó a cabo a lo largo de su vida, la de permanecer en adoración ante el Santísimo Sacramento durante al menos una hora al día.
Después de su ordenación continuó sus estudios en la Universidad Católica de Washington inicialmente por dos años. Pero el joven sacerdote quería profundizar en la filosofía de Santo Tomás de Aquino, la filosofía perenne, para así refutar, a la luz de la razón y la fe, los graves errores de la filosofía moderna, por lo que pidió a su obispo continuar estudios en algún centro en Europa. El obispo lo envió a estudiar en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, donde Don Fulton se distinguió por su vida sacerdotal ejemplar, por su inteligencia brillante y por un cierto encanto personal que lo hacían simpático a los que le conocían. En Lovaina obtendría años después el doctorado en filosofía, pero antes estudió en la Sorbona de París y con los Dominicos en el Angelicum de Roma, donde obtuvo su doctorado en teología.
19.10.11

En sus escritos, San Agustín se ocupó repetidas veces de las monjas. Algunos autores llegan a atribuirle la implantación del cenobitismo femenino o vida común perfecta en África. Otros se resisten a creer que entre las vírgenes africanas no hubiera aparecido ningún intento de vida común antes del regreso de Agustín a África. Semejante retraso parece inverosímil en una tierra abierta a todos los vientos culturales y en un cuerpo que ya en tiempo de san Cipriano había dado algunos pasos por el camino de la unión y la organización. El ario 393 el concilio de Hipona había obligado a las vírgenes que carecieran de protección familiar a vivir en común bajo la dirección de una mujer de reconocida probidad, lo que parece indicar que no existían monasterios en la diócesis.
La primera alusión de san Agustín al mundo religioso femenino aparece en su libro De moribus Ecclesiae catholicae, una apología anti maniquea escrita entre los años 387 y 389. La vida religiosa era ya entonces para él la corona del cristianismo. Elogia la castidad de las vírgenes solitarias, su laboriosidad y armonía con los monjes, de quienes reciben el alimento y a quienes, a su vez, proveen de vestido. Pero su corazón palpita con más ardor con la vida cenobítica de los monasterios urbanos. También en ellos se ejercita la penitencia y se practica el ayuno, aunque estos no sean sus valores supremos. Ambos quedan supeditados a la salud de cada monja y dirigidos por la caridad.
San Agustín fue toda su vida un promotor apasionado de la vida religiosa tanto masculina como femenina y un cantor inspirado de sus bellezas. Fundó monasterios de vírgenes y viudas, difundió el ideal de la virginidad y de la continencia, cantó sus excelencias, expuso sus fundamentos teológicos, y su magisterio encontró un eco insospechado en el mundo laico. Los casados abrazaban con la mayor naturalidad la continencia, las doncellas consagraban a Dios su virginidad y las viudas se comprometían a servir a Dios en el ayuno y la oración.
Por san Posidio sabemos que a lo largo de su vida fundó varios monasterios de hombres y mujeres, y que a la hora de su muerte rebosaban de personas que vivían en castidad y a las órdenes de sus superiores. Algunos de los monasterios femeninos quizá debieran su existencia a sus discípulos elevados a la dignidad episcopal, aunque solo quede constancia documental del fundado en Uzala por Evodio. Tambien consta con certeza la existencia de dos monasterios femeninos en Cartago, de uno en Thibari (Túnez) y Tabarca y de más de uno en la diócesis de Hipona. Quizá también hubiera conventos femeninos en Announa y Henchir Meglaf. El fugaz convento de Tagaste fue obra de Melania la Joven, que vivió en él durante siete años (410-417) con 130 religiosas. Todas ellas acompañaron a su antigua dueña en su viaje a Jerusalén, donde Melania dio vida a un convento más estable.
7.10.11

ALFONSO BERTODANO
I.
Durante su visita a Inglaterra en 1982, el Papa Juan Pablo II presidió un multitudinario acto en el antiguo estadio nacional de Wembley. A punto de empezar la Misa, dos hombres dieron la vuelta al campo delante de una diminuta imagen, que el Papa insistió en que permaneciera encima del altar durante la Eucaristía. Así, el Director del Santuario Católico de Nuestra Señora de Walsingham y, su acompañante, el Administrador del Santuario Anglicano de la misma advocación, testimoniaron la concordia que existe entre Católicos y Anglicanos cuando la Virgen preside sus corazones. ¡Hasta comparten la página de inicio de su página web en Internet (www.walsingham.org.uk/ ), aunque se puede optar luego por el contenido diferenciado a seguir a partir de allí!
Casi treinta años después, en 2011, nos encontramos en el 950 Aniversario de la fundación de Walsingham como Santuario Mariano. Aunque la efemérides se celebró en Londres, en la Catedral de Westminster, el pasado 2 de abril, se hizo así como especial acción de gracias por la institución, a principios del año, por Benedicto XVI del “Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham”, como cauce para facilitar el regreso a la Iglesia de muchos miles de anglicanos.
No obstante, el 24 de septiembre es cuando se celebra la memoria de Nuestra Señora de Walsingham (fiesta en la Diócesis de East Anglia a la que pertenece), cuyo Oficio propio se estableció en el 2000. Se eligió el 24 de septiembre por coincidir con la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, “Our Lady of Ransom” en inglés, (“ransom” significa “rescate”) y por existir en Walsingham una cofradía muy arraigada de esa advocación tan vinculada con la idea del rescate de cautivos, objetivo de los Mercedarios fundados por San Pedro Nolasco.
Pero todos estos hechos recientes son los frutos de una larga peregrinación para desandar el camino desde la destrucción, por Enrique VIII y sus secuaces y sucesores, de todos los santuarios marianos de su reino, entre los cuales Walsingham era el más antiguo y famoso.
27.09.11
JOSÉ ANTONIO BENITO RODRIGUEZ
Dominico de la Universidad de Salamanca, capellán castrense de Pizarro y Almagro, protagonista en el juicio a Atahualpa, primer obispo de Cuzco y por ende del Perú, protector de naturales y muerto por ellos. Tal es la síntesis de uno de los personajes más silenciados y vilipendiados de la historia del que ofrecemos unos apuntes, sirviéndome de las fuentes del Archivo General de Indias a través de Monseñor E. Lissón, las ubicadas en Lima y la escasa bibliografía encontrada.
1. Raíces y formación
Nace en Oropesa (Toledo), España, a fines del Siglo XV, y muere en la isla de Puná, cerca de Guayaquil, el 31 de Octubre de 1541. Era hijo de Francisco de Valverde y Ana Álvarez de Vallejeda, descendiente de judíos conversos. Estaba vinculado con la familia de los Orgóñez y otras familias nobles como los Cascos, los Añascos, los Hinojosa, y, en particular, con la de Pizarro; se conoce la unión de Francisco de Valverde con Elvira Pizarro, vecinos de Trujillo y padres de Juan de Valverde, compañero del obispo en su segundo viaje al Perú.
Alrededor de 1515 está matriculado en la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca, ingresa en la orden dominica en 1523 en el convento de San Esteban, haciendo sus votos solemnes en Abril de 1524. Fungía como prior Fray Juan Hurtado de Mendoza. Perfecciona sus estudios en el Colegio Mayor de San Gregorio de Valladolid, logrando ser lector en artes y teología. Su compañero de hábito y gran cronista, P. Meléndez, dirá que fue Maestro en Teología. Jura sus estatutos el 17 de septiembre de 1524. Uno de sus maestros será el padre del Derecho Internacional, Francisco de Vitoria, quien funge como regente de estudios hasta 1526. En este centro tiene como compañeros, entre otros, al gran Bartolomé Carranza, futuro arzobispo de Toledo y primado de España, Fray Juan de Solano, su sucesor en el obispado del Cuzco, Melchor Cano y Domingo de Soto, el Padre Pascual Mancio de Corpus Christi.
22.09.11
Como muchos otros personajes de los que estamos hablando al tratar del la evangelización de América, era igualmente extremeño fray Jerónimo de Loaysa, nacido en Trujillo el año de 1498. Primo del cardenal de España, don fray García de Loaysa, prelado de Sevilla, después de haber sido maestro general en su Orden dominicana. Dominico fray Jerónimo en el convento de Córdoba, en 1521 estudiaba en Valladolid. Catedrático de artes y de teología y prior, sintió la influencia del espíritu misional que entre franciscanos y dominicos hervía. En 1529 arribaba a las orillas de la provincia de Santa Marta, en la costa atlántica del Nuevo Reino de Granada (hoy Colombia). Allí le aguardaban los indios guairas y buriticas, que habían de ejercitarle los primeros en las duras tareas del apostolado, mientras el clima ingrato castigaba duramente su cuerpo. Y, por su gusto, en aquellas tierras tropicales hubiera quedado a no verse obligado a regresar a España a los dos años de apostolado. Clemente VII, el 14 de abril de 1534, erigía la sede de Cartagena de las Indias, pero su prelado electo, el dominico fray Tomas de Toro, fallecía en 1536 antes de efectuarse la erección de la sede. Para sustituirle fue escogido fray Jerónimo de Loaysa, y consagrado el 29 de junio de 1538 en Valladolid; a fines del mismo año volvía a las Indias.
Pero su sede principal iba a ser otra: Paulo III, a 13 de mayo de 1541 12, erigía en sede episcopal la Ciudad de los Reyes (Lima), que por su colocación estratégica, casi a orillas del Pacifico, facilitaba el comercio con España y competía ya con la noble Cuzco, muy metida tierra adentro. Lima prometía ser la futura capital peruana. Desmembrada la sede limense de la cuzquense, sujeta, como ésta, a la metropolitana de Sevilla, a 19 de junio de 1540, aun antes de la canónica creación del obispado, Carlos V notificaba a Loaysa su elección para regentarla, y asignándole, por de pronto, 500.000 maravedises anuales.
El 25 de julio de 1543 entraba a orillas del Rimac el primer prelado limense. El corto vecindario, residente en las diez o doce manzanas de casas bajas tendidas en cuadro bordeando la plaza principal, contempló la figura humilde de su pastor, bajo palio sostenido por los regidores del cabildo civil, cortejado por dominicos, franciscanos y mercedarios, atravesando la calle Real, o de Trujillo, honrado por el licenciado Antonio de la Gama, teniente de gobernador por Vaca de Castro -ausente en el Cuzco-, y por los alcaldes ordinarios, Juan de Barbaran y Pedro Navarro.
Indios de los cacicazgos de Lati, Maranga, la Magdalena, Carabayllo, Surco y Huachipa ponían una nota de color indígena entre los pocos vecinos españoles blancos. Dos días después, el 27 del mismo julio, desde el púlpito mandaba leer la bula pontificia en la cual se «señalaba y honraba con el titulo de ciudad al dicho pueblo nombrado de los Reyes y quería que se llame Ciudad de los Reyes de aquí adelante, y en ella, por la dicha autoridad apostólica, y por el mismo tenor de las presentes, erigía y constituía una iglesia catedral para un obispo que haga edificar la misma iglesia y presida en ella después de edificada».
7.09.11
RODOLFO VARGAS RUBIO
- Achille, Achille, Achille…
Tres veces pronunció el nombre de pila del Papa el cardenal Pacelli, camarlengo de la Santa Iglesia Romana. Pío XI no respondió. Era el 10 de febrero de 1939 y su cuerpo yacía yerto sobre el lecho de doliente en los apartamentos papales en el Palacio Apostólico. Al silencio del pontífice siguió una declaración pronunciada en voz solemne por el purpurado, en la que se adivinaba un acento de dolor:
- Vere Papa mortuus est!
Sí, Achille Ratti estaba realmente muerto. Eugenio Pacelli no sólo lloraba la pérdida del Papa: lloraba a su Papa. En efecto, entre Pío XI y su secretario de Estado se había establecido una relación que trascendía la dedicación común por los intereses de la Iglesia o la mera simpatía. Se trataba de un verdadero afecto paterno-filial. Es más: el Papa había preparado conscientemente al Cardenal para sucederle en el sacro solio y lo había dado a entender a todo el mundo. “Farà un bel Papa!” solía decir refiriéndose al tímido Pacelli, a quien hizo viajar por Europa y a las dos Américas para foguearlo en el trato con los grandes de la Tierra.
Es fama el fuerte carácter de Pío XI, que hacía temblar a los monseñores de la Curia Romana y al personal del Palacio Apostólico. La impaciencia del Papa frente a una muestra de negligencia o incompetencia era de sobra conocida y bien se cuidaban todos de provocarla. El único capaz de dulcificar al Santo Padre (y con quien éste nunca se enojaba) era Pacelli. Bien es verdad que era irreprochable: había aprendido en sus largos años de vida curial y diplomática a no cometer deslices y a ser exacto y diligente. El único error que podía achacársele fue la pérdida de un importante expediente relativo a la codificación canónica de la Iglesia en tiempos de Benedicto XV, pero aprendió la lección.
Sacerdote de la diócesis de Getafe (Madrid).
Santos por las calles de Nueva York. En este librito se relata la vida de siete católicos ejemplares que nacieron en Nueva York o vivieron durante mucho tiempo en la Gran Manzana, dos de ellos ya canonizados.
Son historias curiosas y muy diferentes: un esclavo negro, un cardenal, un monseñor que se puso al servicio de los negros católicos, una conversa del anglicanismo, una fundadora irlandesa, una italiana enviada a los Estados Unidos por el Papa y una antigua atea feminista.