12.06.13

El popular fundador de la “Ciudad de los muchachos”- iniciativa a favor de los niños pobres que en 1938 una película de Hollywood con el mismo nombre inmortalizó e hizo famosa en el mundo entero-, el P. Edward J. Flanagan, nació en Leabeg, condado de Roscommon (Irlanda), el 13 de julio de 1886. Nació de un parto prematuro y se temió por su vida, pero sobrevivió, aunque su salud nunca fue buena. Octavo hijo de una familia de 11, de padres granjeros, John y Nora Flanagan, acostumbrados al trabajo duro y devotos católicos, años más tarde, él escribirá sobre su familia: “Mi padre me contaba muchas historias que me interesaban como niño, historias de aventuras o sobre las luchas del pueblo irlandés por su independencia. De él aprendí la gran ciencia de la vida, con los ejemplos de las vidas de los santos, escritores y patriotas. Es en este momento de mi vida cuando aprendí la regla fundamental del gran san Benito: Ora et labora”. Todos los días rezaban el rosario en familia, como era habitual en las familias irlandesas católicas.
De condición frágil, en cuanto creció un poco su padre le encargó del cuidado del ganado de la granja, acompañándolo por los prados circundantes, lo que le dio tiempo para pensar, leer y meditar. Sobre ello, escribía en 1942: “Ese parecía ser el trabajo más adecuado para mí, que era el más delicado de la familia y no valía para otra cosa, probablemente con menos cabeza que los otros miembros de la familia”. En realidad no era cierto, pues tenía una gran capacidad para los estudios, fue a la escuela pública de Drimatemple, cerca de su casa y después, a los 15 años, al Summerhill College, en Sligo, en donde se graduó con honores en 1904.
Ese mismo año emigró a EE. UU. con su hermana Nellie, estableciéndose en Omaha, Nebraska, donde su hermano Patrick era sacerdote. Estas emigraciones forzadas por la pobreza del campo, que fueron parte de la idiosincrasia irlandesa en el siglo XIX y primera mitad del XX -de su cultura, su música y su literatura-, como veremos al hablar del P. Patrick Peyton, afectaron a la mayor parte de las familias irlandesas. Como contraposición, sirvieron para llevar la fe católica a países lejanos que hoy deben su fuerte presencia de Iglesia a aquellos inmigrantes irlandeses.
En Norteamérica decidió el joven Edward comenzar los estudios eclesiásticos, en primer lugar en St. Mary’s University en Emmitsburg, Maryland, después en St. Joseph’s Seminary en Dunwoodie, New York, en ambos lugares demostró una vez más su valía intelectual, si bien la salud no era buena y en St. Joseph’s contrajo una neumonía doble que le obligó a interrumpir un tiempo los estudios e ir a vivir con su hermana Nellie y su hermano Patrick. Posteriormente fue enviado a estudiar en Europa, primero en la Universidad Gregoriana de Roma -donde también tuvo problemas de salud por el invierno romano, por lo que volvió a EE. UU. y estuvo trabajando una temporada como contable en una empresa de carnes- y luego en la Lopold-Frantzen Universität, de Innsbruck (Austria), donde la altura de la ciudad le vino muy bien para la salud. Al concluir sus estudios en este último centro, en 1912, fue ordenado sacerdote con un grupo de jesuitas en la iglesia de San Ignacio de aquella ciudad.
30.05.13

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN
Aunque en algunos lugares donde florecen los Cursillos de Cristiandad su figura no sea especialmente conocida entre los mismos cursillistas -pues otros le han quitado el protagonismo- el Estatuto del Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad aprobado por la Santa Sede (Pontificio Consejo para los Laicos, 30 de mayo de 2004), cita, dentro del grupo de los Iniciadores del Movimiento, su nombre, junto a los del laico Eduardo Bonnín Aguiló y el Obispo Monseñor Juan Hervás Benet (Introducción, número 3). Y, sin embargo, el gran inspirador de este importante movimiento internacional fue él.
La vida de don Sebastián está ligada a Mallorca. Nació en la localidad de Felanitx el 30 de julio de 1913 y fue bautizado al día siguiente. En su infancia su familia partió a Argentina en busca de una vida mejor, pero a los 13 años Sebastián volvió a Mallorca para ingresar en el seminario de Palma de Mallorca. El mismo explicará años después: “En Buenos Aires me sentía con vocación, pero mis padres no podían pagarme los estudios. El cardenal argentino quiso pagarme una beca, pero al ver que ello me obligaba a permanecer durante toda la vida en Argentina, opté por venirme a Mallorca, en donde tenía un tío, hermano de mi padre, que era sacerdote. Para mí era romper completamente toda la baraja. Pero el espíritu pudo más y regresé a la isla.”
Sus estudios en el seminario se prolongaron entre 1926 y 1937. Hombre vivaz despierto, sus calificaciones siempre estarían rondando el sobresaliente y probó sus capacidades ganando en varias ocasiones certámenes literarios dentro y fuera del Seminario. A los 15 años era becario por oposición del Pontificio Colegio Mayor de Nuestra Señora de la Sapiencia y con tan sólo 21 años llegó a ser elegido rector del mismo por unanimidad. Dicha institución había sido fundada por un descendiente de Ramón Llull, canónigo de la Catedral, para alojamiento de estudiantes que querían ser sacerdotes.
El 22 de mayo de 1937, en medio de la Guerra Civil, Sebastián fue ordenado sacerdote en Palma de Mallorca. La isla en ese momento se encontraba en relativa calma y don Sebastián tuvo como primer destino el de capellán de la Capitanía General. Durante el resto de la contienda, aparte de prestar servicios de confianza, desarrolló la Acción Católica en el entorno castrense. Creó seis centros y elaboró el reglamento con el que en el futuro se regirían los grupos creados en el resto de España. Acabada la guerra fue destinado en el mismo 1939 como profesor en el Seminario. En él permaneció como catedrático hasta 1956, impartiendo numerosas materias: Lengua castellana, Lengua mallorquina, Latín, Historia de la Filosofía, Oratoria, son algunas de las disciplinas que enseñó.
20.05.13
Werenfried van Straaten, el conocido como “Padre Tocino” representa el arrojo de la Iglesia en el s. XX para socorrer a los más necesitados portando ante todo el mensaje evangélico. Nació en Mijdrecht, Países Bajos, el 17 de enero de 1913. Sus padres eran maestros y el joven Flip, aunque inclinado y dotado para la pintura, decidió estudiar magisterio cumpliendo el deseo de su padre. En 1932 comienza sus estudios en literatura clásica en la Universidad de Utrecht. Sin embargo su corazón apuntaba a otro lugar y poco a poco empezó a discernir su vocación. En 1934 entró en la abadía de Tongerlo, cerca de Amberes, en Bélgica. En la abadía norbertina tomará el nombre de Werenfried.
La estancia en la abadía no comenzó con buen pie. Al poco tiempo de ser monje van Straaten contrajo la tuberculosis, por lo que quedó alejado de la labor pastoral y profundamente debilitado. Una vez recuperado de la enfermedad se incorporará al puesto de secretario del abad al no poder atender las demandas diarias del servicio pastoral. No podía predicar, no podía hacer misiones y no podía hacer frente a muchas de las obligaciones de la vida monástica. Pero quería seguir entregado. Por esa razón sus superiores decidieron no expulsarlo de la orden, decisión frecuente en este tipo de casos, asegurando su permanencia en el monasterio como secretario y encargado de la edición de la revista del monasterio.
Vivirá la Segunda Guerra Mundial junto con su comunidad, sin destacar particularmente, pero su vida dio un vuelco en 1947. Consciente de las penurias de los refugiados alemanes que habían huido de la zona oriental y que malvivían en búnkeres y antiguos cuarteles decidió salir en su ayuda. Cuando llegó la Navidad, profundamente conmovido, publicó un artículo en la revista de Tongerlo titulado ¿La paz en la tierra? No hay lugar en la posada. Con 34 años se decidió a ayudar a los 14 millones de alemanes refugiados, de los que la mitad eran católicos.
La situación era complicada. Para los belgas era enormemente doloroso atender al pueblo que les había invadido seis años antes y que había llevado su país a la ruina. La iniciativa de van Straaten encontró una gran oposición pero su celo apostólico y su insistencia acabaron por convencer a muchos belgas para que ayudaran a los refugiados alemanes. La clave no era ayudar a los antiguos invasores. Para van Straaten lo importante no era la nacionalidad, sino que detrás de aquellas personas estaba Cristo. Con el propósito de ayudarles creó una asociación que coordinara sus esfuerzos, la Ayuda a la Iglesia Necesitada.
El comienzo de la asociación fue sencillo. El P. Werenfried se acercaba a las granjas de los campesinos flamencos pidiendo tocino, materia barata, pero energética que se convertiría en la base de la alimentación de los refugiados. El método era el acertado. Difícilmente los agricultores podían dar dinero para los alemanes, pero no les costaba nada desprenderse de una parte del tocino de sus cerdos. La campaña fue todo un éxito; se recogieron toneladas de tocino y el P. Werenfried consiguió el apodo que le acompañará toda su vida, el de “Padre Tocino”.
9.05.13

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN
En relación con el artículo anterior, si queremos hablar de un teólogo que influyó sobremanera en el s. XX y más directamente en el Concilio Vaticano II el elegido sería, a pesar de los muchos candidatos, otro hijo insigne de San Ignacio de Loyola, el Cardenal Henri de Lubac.
Nació en Cambrai, Francia, el 20 de febrero de 1896. Hijo de un banquero que pertenecía a la antigua nobleza del centro-sur de Francia, su infancia transcurrió como la de cualquier chico de clase alta, recibiendo una esmerada educación y viviendo como aristócrata en la forma y la apariencia. Pero el joven Henri no siguió los pasos familiares y abrazó la vida religiosa. El 9 de octubre de 1913 entró en Lyon en la Compañía de Jesús, una institución religiosa con poca popularidad en Francia, aunque en la vanguardia educativa.
La situación europea se fue complicando poco a poco desde la entrada de De Lubac en la Compañía. Por esta razón la escuela de la Compañía se trasladó a Inglaterra, intentando con ello que los estudiantes no tuvieran que servir en la guerra que se avecinaba. Pero De Lubac fue llamado a filas en 1914, con tan solo dieciocho años. La experiencia de la guerra resultó muy dura. Combatía en el ejército francés hasta ser herido en la cabeza en la Batalla de Verdún (1916) Sus heridas eran de consideración, por lo que abandonó el ejército y pudo volver con los jesuitas.
A partir de ese momento comenzó la formación filosófica en Inglaterra, primero en Canterbury y, desde 1920, en Jersey. Estos años propiciaron que De Lubac conociera el ambiente intelectual inglés, muy distinto del que se vivía en el continente y en ese momento a la vanguardia mundial. Brevemente continuó sus estudios en Calais en 1924, pero de nuevo tuvo que volver a Inglaterra para cursar estudios de Teología en Hastings. Por fin, en 1926 la Compañía de Jesús pudo volver a su sede habitual, la Fouerviére de Lyon. Allí fue ordenado sacerdote el 22 de agosto de 1927 e impartió su primera conferencia en 1929, tras haber terminado sus estudios teológicos.
El P. Henri había destacado positivamente en sus estudios teológicos, por lo que al terminar su formación teológica se convirtió en profesor de Teología fundamental en la Universidad Católica de Lyon. En ella se mantuvo durante más de 30 años, desde 1929 hasta 1961, con tan sólo dos interrupciones: la de la Segunda Guerra Mundial y el tiempo que, como veremos, estuvo alejado de la docencia por obediencia a la Santa Sede.
29.04.13
JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN
Si se puede decir -así lo cree el abajo firmante- que probablemente el jesuita Hernri De Lubac fue el teólogo más importante del s. XX, de otro hermano suyo de la Compañía, Karl Rahner, se puede decir que también probablemente fue el teólogo más controvertido de este siglo. Fue el mayor exponente de la Teología kerigmática y muchas de las proposiciones teológicas que planteará a lo largo de su vida supondrán puntos de vista tan discutidos como para motivar documentos magisteriales.
Nació en Friburgo el 5 de marzo de 1904, en el seno de una familia católica tradicional, que desde el principio cuidó de que su hijo participara de las asociaciones católicas del momento. En su juventud pertenecía al Movimiento Juvenil Católico, una de las principales asociaciones juveniles católicas, famosa por su novedosa forma de educar a la juventud y en la que estaba profundamente implicado Romano Guardini.
En 1922 Rahner entró en la Compañía de Jesús en la ciudad alemana de Tisis siguiendo el ejemplo de su hermano Hugo. Desde 1924 realizó sus estudios en Filosofía y Teología en los colegios jesuitas de Feldkirch, Pullach y Valkenburg. Aprovechó el largo tiempo de noviciado jesuita -doce años- para profundizar en los estudios y formar una opinión sobre el método teológico, por lo que después de ser ordenado sacerdote en 1932 partió a Friburgo para obtener el doctorado en filosofía.
Sus superiores habían descubierto en él un estudiante brillante, con ideas propias y que podía destacar en la docencia. Permaneció en Friburgo hasta 1936, después de defender una tesis dirigida por Martin Honecker, revisada en 1939 con el título Espíritu en el mundo. La estancia en Friburgo abrió nuevos puntos de vista en el joven Rahner. Durante su estancia en la universidad acudió a los seminarios de Heidegger, que fueron de gran importancia para él, tanto que llegó a decir que tuvo muchos maestros, pero ninguno como Heidegger. Por ello, y junto con otros autores como Przywara, Müller y Siewerth, podemos considerar a Rahner parte de la “escuela católica” que suscitó Heidegger.
Tras terminar sus estudios, el gobierno provincial de la Compañía le trasladó a Innsbruck, en Austria, donde en 1937 obtuvo la habilitación para la docencia. Comenzó la docencia en Teología dogmática unida a ciclos de conferencias y seminarios en los que pronto alcanzó renombre. Ya en 1937 participó en las Semanas sobre Filosofía de la religión y Fundamentos teológicos de la Universidad de Salzburgo impartiendo una conferencia con el título Oyentes de la palabra que se publicaría en 1941.
22.04.13
Se cumplen en 2013 los 30 años de la renuncia definitiva como Prepósito de la Compañía de Jesús del español Pedro Arrupe, que fue precedida y acompañada por la polémica y que todavía tiene que ser valorada adecuadamente por los historiadores de la Iglesia y de la Compañía. Con ocasión del aniversario nos acercamos al que fue gran misionero en Asia y discutido dirigente de los Jesuítas
Nacido el 14 de noviembre de 1907 en Bilbao, en el seno de una familia acomodada, último de cinco hijos, su padre era arquitecto y su madre hija de un médico, ambos profundamente creyentes. Niño vivaz y estudiante extraordinario, como alumno de los Escolapios con once años entró en la Congregación Mariana, en cuya revista “Flores y Frutos” escribió en marzo 1923 un breve artículo sobre San Francisco Javier, Japón y las Misiones. No podía sospechar entonces el joven que quince años más tarde él mismo habría de seguir, como misionero, las huellas de Francisco en Japón.
Ese mismo año empezó los estudios de Medicina en Madrid; era un excelente estudiante. Amaba extraordinariamente la música, iba con frecuencia a la ópera y con su hermosa voz de barítono cantaría más tarde en ocasiones especiales, como misionero en Japón e incluso como Prepósito General. Un compañero de estudios le invitó a hacerse miembro de las Conferencias de San Vicente y a visitar familias pobres en los suburbios de Madrid, experiencia que después describió del modo siguiente: “Aquello, lo confieso, fue un mundo nuevo para mí. Me encontré con el dolor terrible de la miseria y el abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo; enfermos que mendigaban la caridad de una medicina sin que ningún samaritano se la otorgase…”
En julio de 1926, durante sus prácticas con los enfermos, viajó a Lourdes, donde fue testigo de tres curaciones extraordinarias: una religiosa paralítica pudo volver a caminar al paso de la custodia; una mujer con cáncer de estómago en estado terminal, curada en tres días; un joven con parálisis infantil que saltó de su silla de ruedas en el momento de la bendición eucarística. Sobre ellos escribió: “Sentí a Dios tan cerca en sus milagros, que me arrastró violentamente detrás de Sí.” Impresionado por las experiencias de Lourdes, maduró su decisión de hacerse jesuita.
10.04.13
RODOLFO VARGAS RUBIO
La llegada al sacro solio de Francisco, “el papa venido del fin del mundo” atrae nuestro interés a los cardenales argentinos que, antes de Jorge Mario Bergoglio, han destacado en la historia de la Iglesia.
Comencemos por Santiago Luis Copello (1880-1967), natural de San Isidro en la provincia de Buenos Aires. Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario arquidiocesano de La Plata y en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1902 y destinado al ministerio pastoral, que ejerció hasta 1918, año en que fue preconizado por Benedicto XV obispo titular de Aulon en el Epiro con el cargo de auxiliar de La Plata. El 30 de marzo de 1919 recibió la consagración episcopal en su ciudad natal de manos de Mons. Juan Nepomuceno Terrero Escolada, arzobispo de La Plata, asistido por Mons. Francisco Alberti, obispo titular de Siunia y auxiliar de Buenos Aires, y Mons. José Américo Orzali, obispo de San Juan de Cuyo. El 15 de mayo de 1928, fue trasladado a Buenos Aires como auxiliar y vicario general del arzobispo franciscano José María Bottaro, al que sucedió cuatro años más tarde por dimisión del mismo.
El 20 de octubre de 1932 fue preconizado por Pío XI sexto arzobispo de Buenos Aires. Monseñor Copello fue el gran organizador del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934, el mayor acontecimiento eclesial que tuvo lugar en Hispanoamérica en la primera mitad del siglo XX, que contó con la asistencia del cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado y legado a latere de Pío XI. La magnífica impresión que se llevó de Argentina el futuro Pío XII no dejó de tener su influjo decisivo en la creación del dinámico arzobispo bonaerense como cardenal por el papa Ratti en el consistorio del 16 de diciembre de 1935, en el que recibió el título de San Jerónimo de los Croatas, siendo el primer purpurado hispanoamericano de la Historia.
La acción pastoral del cardenal arzobispo Copello se orientó según dos líneas fundamentales: la elevación moral de las almas por un mayor conocimiento de la fe católica y la promoción de las clases más necesitadas de la sociedad. Para ello no le faltaban ideas claras e innegables cualidades como sabio administrador. Ya como obispo auxiliar se había dedicado a la erección de parroquias en los nuevos núcleos de población que se iban formando y necesitaban ser cristianizados y a la apertura de seminarios para la adecuada formación del clero. También se le deben la fundación de la enfermería popular del Seminario de Villa Devoto, la del sanatorio de San José para enfermos pobres y la mutual de la Federación de Círculos Católicos de Obreros.
1.04.13
JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN
Uno de los autores más populares y sólidos de espiritualidad del siglo XX fue, sin duda, el abad benedictino Columba Marmión. Joseph Aloysius, pues ese era su nombre de nacimiento, nació el 1 de abril de 1858 en Dublín, Inglaterra, en el seno de una familia numerosa y muy devota. Nadie podía imaginar que el recién nacido sería uno de los autores católicos sobre espiritualidad más famosos de los tiempos modernos. En el ambiente irlandés del s. XIX, no era extraño que alguno de los miembros de la familia fuera sacerdote o religioso. Columba, que tendría además tres hermanas monjas, entró en el seminario con dieciséis años, después de estudiar en un colegio jesuita.
Pronto demostró ser inteligente y estudioso. Por esta razón, fue enviado a estudiar al Pontificio Colegio Irlandés de Roma, donde terminó sus estudios en Teología y fue ordenado sacerdote en 1881. Desde joven vivió una honda espiritualidad. Era como si “estuviera consumido por una especie de fuego interior o de entusiasmo por las cosas de Dios”, como han explicado los que le conocieron entonces. Su entrada en el seminario reafirmó aún más esta fe, llegando a comprender que lo que estudiaba no era mera teoría, sino que en ello estaba lo más importante de la doctrina católica, “que el amor de un hombre por Dios se mide por su amor al prójimo”.
Y se puede decir que lo ponía en práctica, como se ve en la siguiente anécdota. Cuando contaba diecisiete años se enteró de que una de sus vecinas estaba pasando por enormes dificultades, incluso había sido citada en un tribunal por no poder hacer frente a sus deudas. Joseph tenía un dinero que había ido ahorrando poco a poco para hacer un viaje y, al enterarse de la noticia, se dio cuenta de que tenía que elegir entre ayudar a la vecina o disfrutar del fruto de sus ahorros. Después de darle vueltas toda la noche, decidió ayudar a la vecina.
En el seminario, estas actitudes no hicieron sino crecer, y es en esa época cuando vive un hondo cambio espiritual. Parece ser que un día, yendo a la sala de estudio, sintió “una luz infinita de Dios”, un fenómeno extraordinario de la presencia de Dios. Aunque la luz duró un instante, dejó una impresión indeleble en su vida. Este hecho sólo lo referirá lleno de emoción en los últimos días de su vida como acción de gracias. El joven seminarista era reservado a la hora de comunicar estas experiencias espirituales, a las que siempre restaba importancia.
21.03.13
Don Pino (Giuseppe) Puglisi ha hecho historia en la Iglesia por ser el primer sacerdote beatificado -lo será el próximo 25 de mayo- como mártir por haber muerto a manos de la mafia siciliana. Todo homenaje que se le pueda hacer es poco a este valeroso sacerdote, férreo defensor de los niños de Palermo usados por la mafia para distribuir heroína y otras drogas, que se hizo famoso por organizar un hogar para salvar a cientos de niños del barrio Brancaccio de Palermo, donde él mismo nació. Su compromiso obstaculizó los planes de la mafia. Fue asesinado por sicarios el 15 de septiembre de 1993, el mismo día en que cumplía cincuenta y seis años. Hijo de un zapatero, Carmelo, y de una costurera, Josefa Fana, Giuseppe nació el 15 de septiembre de 1937 en el citado barrio palermitano. El Brancaccio palermitano ha sido descrito como un lugar donde no existe el Estado, pero sí la ley, unas normas no escritas que no imponen ni policías, ni jueces, sino unos tipos que dan órdenes con gestos, miradas y palabras que nunca llegan a pronunciarse.
Fundada por los fenicios, conquistada por los romanos, destruida por los vándalos, reconquistada por los bizantinos, invadida por los musulmanes, re-reconquistada por los normandos, re-invadida por los españoles y dominada por los borbones, Palermo también recibió a los hombres de Giuseppe Garibaldi en 1860, quienes desde ahí comenzaron su lucha por la Unidad de Italia. Erigida en las costas del Mediterráneo, Palermo muestra, a veces con fatiga, todas estas etapas de su Historia con su hermosa arquitectura. Es considerada la ciudad más barroca de Europa, a pesar del abandono que durante largos periodos ha tenido, incluido el actual, donde por ejemplo, el servicio de basura llega a ser tan ineficiente que su belleza a veces es opacada por los montones de desperdicios tirados en sus calles. Palermo es una de las poquísimas ciudades europeas donde aún se ven las ruinas que dejaron los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Fue en esa época cuando volvió a ser ocupada por las tropas aliadas del general norteamericano Patton.
Pero hay otra cosa que tristemente caracteriza a Palermo: el surgimiento de la mafia, su desarrollo como fenómeno criminal organizado y que va más allá de la violencia y los homicidios que, durante largos años, han teñido de sangre a esta ciudad. Al contrario de lo que dice la creencia popular, la mafia siciliana surgió, en realidad, durante mediados del siglo XIX, al mismo tiempo que la aparición del nuevo Estado Italiano. Italia no llegó a ser un estado soberano hasta ese momento, y fueron la industrialización y el comercio los que trajeron este cambio y supuso la auténtica fuerza que impulsó el desarrollo de la mafia siciliana. La mafia siempre ha sido más fuerte al oeste de la isla, especialmente alrededor de la ciudad de Palermo, su lugar de nacimiento. Palermo era, y todavía es, el centro industrial, comercial y político de la isla de Sicilia, por lo que la mafia situó su base aquí, en contraposición con el medio rural, que se encontraba subdesarrollado en términos económicos. La mayor fuente de exportaciones, así como de riqueza de la isla desde la cual brotó la mafia, eran las grandes fincas de naranjales y limoneros que se extendían desde los mismos muros de la ciudad de Palermo.
Desde su nacimiento, nacieron también una serie de prácticas que, por desgracia, acompañan la vida de los sicilianos, especialmente a los palermitanos. Prácticas como la extorsión, el derecho de “pellizco”, nombrado “pizzo”, una especie de impuesto ilegal obligatorio para empresarios y comerciantes a cambio de una protección que se convierte en persecución si se deja de pagar. Otra práctica que penetra en todos los sectores: la “omertá”, es decir, el silencio de la sociedad ante una cultura mafiosa que no habla de estas prácticas y delitos, y menos todavía los denuncia públicamente. Por esta misma “omertá” también se cuentan cientos de víctimas que la sociedad aisló y dejó solos cuando denunciaban estas prácticas. Ahí está el caso del empresario Libero Grassi, quien se negó sistemáticamente a pagar el “pizzo” a la mafia y después de varios avisos, fue asesinado cuando salía de su casa el 29 de agosto de 1991. Hoy su recuerdo sigue sirviendo a organizaciones como “Addio Pizzo”, integrada por jóvenes, para que los comerciantes se sigan rebelando a la mafia y dejen de pagar por un derecho que el Estado debe garantizar.
12.03.13
RODOLFO VARGAS RUBIO
La restricción de la elección de un nuevo Papa a los padres cardenales no se verificó sin dificultades. De hecho, la primera aplicación de la legislación de Nicolás II provocó un cisma, debido a la resistencia de la facción pro-imperial, que opuso un antipapa –Honorio II– al canónicamente elegido Alejandro II (1061-1073). Previendo estas complicaciones, Nicolás se había granjeado la protección de dos príncipes normandos: Roberto Guiscardo, soberano de Apulia, Calabria y Sicilia, y Ricardo de Aversa, duque de Capua. A cambio les otorgó la investidura de los territorios que ocupaban, con lo que, de paso, la Santa Sede se convertía en potencia feudal. Precisamente fue gracias al segundo como Alejandro II pudo prevalecer contra su competidor.
Su sucesor san Gregorio VII (1073-1085), el gran monje reformador Hildebrando, consejero de cinco papas, fue curiosamente elegido al margen de la bula In nomine Domini, al ser aclamado papa “por inspiración”, cuando el pueblo secundó entusiasta la improvisa propuesta de su nombre por el cardenal Hugo Cándido. En cualquier caso, esta designación fue corroborada por todos, incluso por el emperador Enrique IV, que tantos dolores de cabeza iba a provocarle al gran Gregorio con motivo de la Querella de las Investiduras. Sin entrar en todas las vicisitudes de este primer enfrentamiento grave entre el Papado y el Imperio, baste decir que Enrique IV apoyó contra el pontífice al antipapa Clemente III (1080-1084). Próximo a la muerte en el exilio, Gregorio VII, con el fin de evitar nuevos desórdenes y cismas, propuso a los cardenales una terna de candidatos entre los cuales elegir a su sucesor a su muerte. Ninguno de ellos fue tomado en cuenta, sino Desiderio de Benevento, abad de Montecasino, propuesto por Jordán de Aversa, príncipe normando de Capua. Fue elegido canónicamente y, después de vencer sus escrúpulos, se convirtió en el papa Víctor III (1086-1087).
La elección con arreglo a la bula de Nicolás II se fue consolidando en lo sucesivo. La de Eudes de Châtillon —Urbano II (1088-1099)— tuvo lugar por primera vez fuera de Roma: en Terracina. La del cardenal Rainiero de San Clemente -Pascual II (1099-1118) fue muy rápida y sencilla. A él siguió el cardenal Juan de Gaeta, que había sido canciller de la Iglesia Romana y tomó el nombre de Gelasio II (1118-1119). Antes de morir éste en Vienne del Delfinado, al hallarse Roma ocupada por sus adversarios, intentó volver a la designación testamentaria, señalando como sucesor a Conón de Palestrina. Al rehusar éste, Gelasio propuso a Guido de Borgoña. Los cardenales-obispos Lamberto de Ostia y Conón de Palestrina quisieron cubrir la elección de Guido con un manto de legalidad y convocaron en Vienne la reunión de electores con la intención de recabar más tarde la confirmación del clero y pueblo romanos. Guido se convirtió en Calixto II (1119-1124) y fue quien hizo la paz con Enrique V mediante el Concordato de Worms (1122), que acabó con la plaga de antipapas de este período suscitados por el Emperador.
11.03.13
El cónclave que se celebra esta semana constituye una buena ocasión para referirnos al modo cómo se creaban, publicaban e investían cardenales hasta no hace mucho. El libro “El Papa ha muerto, ¡Viva el Papa!” de D. José-Apeles Santolaria (documentado por el colaborador habitual de este blog Rodolfo Vargas Rubio) le dedica al tema unas páginas que reproducimos en la convicción de que darán a nuestros lectores una buena idea del tema.
La creación y publicación de nuevos cardenales
Si bien es cierto que los cardenales “hacen el Papa”, no lo es menos que es el Papa quien “hace los cardenales” o, mejor dicho, los crea. La precisión es importante. El Papa nombra un obispo, es decir, designa la persona que ha de regir una iglesia particular, pero dicha persona recibe directamente de Dios la plenitud del sacerdocio y, dentro de la comunión con Roma, ejerce su triple misión de enseñar, santificar y gobernar una porción de la Iglesia con un criterio propio, como cada uno de los sucesores de los Apóstoles. El Papa puede destituir a un obispo en virtud de su poder supremo, pero no puede retirarle la consagración: le quita la jurisdicción pero no el orden. En cambio, un cardenal es una “criatura” del Papa, el cual, lo mismo que “lo sacó de la nada”, puede “aniquilarlo”, es decir, hacer que deje de ser cardenal. En la Historia esto ya ha sucedido, como en tiempos de León X, que despojó de la dignidad cardenalicia a algunos miembros del Sacro Colegio por estar implicados en un intento de asesinato contra él.
La creación de un cardenal es una decisión personal y trascendental que ha de tomar el Papa sopesando razones de distinta índole, aunque el bien de la Iglesia debe estar siempre ante sus ojos. Normalmente, el Romano Pontífice trataba el asunto reunido con el Sacro Colegio reunido en consistorio secreto. El Santo Padre proponía el nombre de un eclesiástico al que considera digno de ser creado cardenal y hacía la pregunta ritual: “Quid vobis videtur?” (¿Qué os parece?). Esto acabó siendo una pura formalidad, ya que el Papa ni suele crear a nadie que no goce de cierto prestigio y sea conocido en los ambientes eclesiásticos, pero recordaba que en el pasado más de una creación provocó interminables y encendidas discusiones, como, por ejemplo, en la época de Julio II (el consistorio del 1º de diciembre de 1504 duró ¡once horas!). Los cardenales se quitaban el rojo solideo y, levantándose, hacían una inclinación silenciosa con la cual mostraban su aquiescencia. Una vez creado, el cardenal era inmediatamente publicado en el mismo consistorio, o sea se da a conocer su nombre.
4.03.13
RODOLFO VARGAS RUBIO
A mediados del siglo VIII, la Francia Occidental se había convertido en una importante potencia en la Cristiandad, descollando entre los distintos reinos surgidos del hundimiento del Imperio Romano de Occidente. Debido a sucesivas particiones, se hallaba dividida en tres regiones: Neustria, Austrasia y Borgoña, cada una con sus propios reyes (todos pertenecientes a la dinastía merovingia, descendiente de Clodoveo), aunque frecuentemente vueltas a unir bajo el mismo cetro. En 732, Carlos Martel, mayordomo de palacio de Austrasia, había vencido y hecho retroceder a los sarracenos en Poitiers, en una decisiva batalla que entonces salvó a Occidente de la invasión de la Medialuna. Los mayordomos de palacio, especie de primeros ministros, acabaron por ejercer realmente un poder que ostentaban ya sólo nominalmente los reyes francos, llamados “fainéants” (holgazanes).
Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel, era el todopoderoso mayordomo de palacio de Neustria. Austrasia y Borgoña bajo el rey holgazán Childerico III. En 750 envió a Roma a Fulrado, capellán de Saint-Denis, y a Burcardo, obispo de Wurzburgo, con el objeto de someter al Papa la cuestión sobre quién debiera ser considerado rey: si el que lleva el título o el que ejerce el poder. San Zacarías, privado del apoyo del basileus de Constantinopla y que, por tanto sólo podía contar con los francos para hacer frente a la amenaza de los longobardos, respondió que “aquel que ejerce verdaderamente el poder sea el que lleve el título de rey”. Pipino, sintiéndose autorizado para llevar a cabo una revolución de palacio, depuso a Childerico III y lo hizo encerrar en un monasterio y ciñó la corona, dando así inicio a la segunda raza de reyes francos, conocida como de los carolingios.
Pipino el Breve fue ungido rey por primera vez en Soissons, en marzo de 752, por el obispo san Bonifacio, su consejero, a fin de enlazar con la tradición de Clodoveo (ungido por san Remigio en Reims). Sin embargo, dos años más tarde fue el propio papa Esteban II (sucesor de san Zacarías), el que lo ratificó como rey al consagrarlo el 28 de julio de 754 en la abadía de Saint-Denis. El Romano Pontífice había remontado los Alpes para pedirle su auxilio contra los longobardos, cuyo rey Astolfo amenazaba Roma. Pipino les hizo la guerra y los venció en 756, entregando al Papa todos los territorios que había reconquistado a Astolfo en cumplimiento del Tratado de Quierzy o “Promissio Carisiaca” de 754. Esteban II recibió así los territorios del Exarcado de Rávena y las ciudades de la Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Senigallia y Ancona), que los longobardos habían arrebatado a los bizantinos. El Papa de Roma se convertía así en señor temporal y adquiría una sólida independencia.
Las nuevas circunstancias en las que se desenvolvía el pontificado romano determinaron más que nunca la ambición por ocupar la sede de Pedro. Ya antes de morir Esteban II, habían surgido antagonismos entre los electores. Los partidarios del patronazgo bizantino deseaban que fuese papa el griego Teofilacto. Los demás apoyaban al hermano del papa, el diácono Pablo. Fue éste quien acabó siendo elegido e inmediatamente comunicó la noticia a Pipino el Breve, llamándole por el título de Patricius Romanorum y saludándolo como a nuevo Moisés, que había salvado al pueblo de Dios. Pipino respondió cortésmente haciendo a Pablo I (757-767) padrino de su hija Gisela. Pero también escribió al clero y al pueblo romanos instándoles a que aceptaran al papa como su padre y señor. Por supuesto ya no fue requerida la aprobación imperial. Constantinopla se debatía en las violentas luchas provocadas por la herejía iconoclasta, en las que tomaba parte activa el propio Emperador.
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