17.03.10
HISTORIA ECCLESIASTICA
(versión española de Argimiro Velasco-Delgado, en BAC)
Libro VIII, 1
1- Explicar como se merece cuáles y cuán grandes fueron, antes de la persecución de nuestro tiempo (se refiere a la persecución de Diocleciano), la gloria y la libertad de que gozó entre todos los hombres, griegos y bárbaros, la doctrina de la piedad para con el Dios de todas las cosas, anunciada al mundo por medio de Cristo, es empresa que nos desborda.
2- Sin embargo, pruebas de ello podrían ser la acogida de los soberanos para con los nuestros, a quienes incluso encomendaban el gobierno de las provincias, dispensándoles de la antigua angustia de tener que sacrificar, por la mucha amistad que reservaban a nuestra doctrina.
3- ¿Qué necesidad hay de hablar de los que estaban en los palacios imperiales y de los supremos magistrados? Estos consentían que sus familiares -esposas, hijos y criados- obraran abiertamente, con toda libertad, con su palabra y su conducta, en lo referente a la doctrina divina, casi permitiéndoles incluso gloriarse de la libertad de su fe. Los consideraban muy especialmente dignos de su aceptación, aún más que a sus compañeros de servicio.
4- Tal era el famoso Doroteo, el mejor dispuesto y más fiel de todos para con ellos y por esta causa el más distinguido con honores, más incluso que los que ocupaban cargos y gobiernos. Y con él el célebre Gorgonio y cuantos fueron considerados dignos del mismo honor que ellos, por razón de la palabra de Dios.
14.03.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
La Iglesia siempre ha visto la muerte súbita con gran recelo, hasta el punto de que ha multiplicado las devociones y oraciones para pedir a Dios librar de ella a los cristianos. En las antiguas y venerables Letanías de los Santos existe una invocación en este sentido: «A subitanea et improvisa morte libera nos, Domine» (De la muerte súbita e imprevista líbranos, Señor).
Además, a san José ha sido tradicionalmente asignado el titulo de abogado para obtener una buena muerte. Y es que la doctrina católica considera la muerte un acto humano, el más trascendental de la vida terrena puesto que de él depende toda la eternidad. El acto de morir nos «fosiliza», por así decirlo, en el bien o en el mal. Ahora bien, como todo acto humano ha de ser deliberado, es natural que el hombre se prepare al supremo acto de la muerte mediante su entendimiento y su voluntad. De ahí que en el pasado se pusiese un cuidado extremo en asistir a los moribundos, no ahorrando fatigas los párrocos y religiosos en confortarlos y prepararlos para la aceptación del acto de la muerte. Un instituto religioso fue, incluso, establecido a finales del siglo XVI para la asistencia espiritual de los que se hallan en el supremo trance: los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, conocidos popularmente como padres Camilos (por el nombre de su fundador san Camilo de Lelis) o «de la buena muerte».
La sensibilidad contemporánea, en cambio, ve la muerte y todo lo que se le refiera con horror, hasta el punto de que hoy casi nadie muere en su propia casa como en tiempos acontecía normalmente, y, por supuesto, los velatorios ya no tienen lugar en la casa donde ha acontecido el óbito, sino en frías y anónimas salas especialmente destinadas al efecto en los hospitales o en los tanatorios, desde donde se traslada el cadáver lo mas expeditivamente posible al cementerio. El luto externo prácticamente ha desaparecido y la máxima aspiración de todo el mundo es la de morir rápido y sin darse cuenta. Como vemos, contrasta este punto de vista con la doctrina y practica de la Iglesia.
En fin, como dato curioso consignaremos lo que cuenta en sus inestimables Instantáneas personales de los Papas a los que sirvió (de León XIII a Pío XII) monseñor Arborio Mella di Sant’Elia, maestro de cámara pontificio. Cierto día, Pío XI le confió que solía invocar la intercesión de san Andrés Avelino para obtener la «gracia» de una muerte imprevista. El dignatario vaticano mostró al Papa su extrañeza ante devoción semejante y le objetó que un cristiano debía más bien rogar para morir con una previa preparación. El Pontífice replicó que la mejor preparación era vivir cristianamente. Lo curioso del caso -como muy bien hace notar el profesor Romano Amerio al referir la anécdota- es que san Andrés Avelino es tradicionalmente invocado contra la apoplejía, una de las causas más comunes de muerte súbita. En todo caso, Pió XI estuvo muy lejos de morir como esperaba. Ya se verá en qué circunstancias se produjo su deceso y a qué polémicas sospechas dieron lugar.
11.03.10
En el innegable clima de decadencia general que experimenta la Iglesia en los siglos XIV y XV (corrupción de la curia romana, Papado poco ejemplar y más dedicado a la defensa del poder temporal que al bien espiritual de los cristianos, episcopado y clero de bajo nivel intelectual y moral, relajación de la mayoría de las órdenes religiosas, etc), era lógico que apareciesen en distintos países del orbe católico voces críticas, y que algunas tomasen formas proféticas e incluso con tintes apocalípticos anunciando la cólera de Dios, y que predicaran una penitencia capaz de contrarrestar la ruina, reclamando por tanto la conversión de las costumbres. Tales voces se hicieron oír con más intensidad en los llamados sermones penitenciales de la época, y algunos han pasado a la historia por lo fuerte que se escucharon. El caso concreto que hoy nos ocupa, el de fray Jerónimo Savonarola, de la Orden de Predicadores, fue de los más conocidos y a la vez polémicos de la época, y hay que decir que lo sigue siendo incluso en la actualidad.
¿Fue Savonarola un santo o un rebelde exaltado? La respuesta no es fácil. San Felipe Neri (su compatriota), y por influjo suyo, el Cardenal Newman lo tuvieron por santo, otros lo han tenido por todo lo contrario. En el caso de Felipe Neri, su devoción era sincera, como consecuencia de lo que había oído contar a sus compatriotas, entre los cuales muchos veneraban al Dominico. Lo que está claro es que nunca fue hereje, aunque murió condenado por los legados papales y quemado, por lo que algunos han querido ver paralelismo entre su caso y el de Santa Juana de Arco. Pero la realidad es bien distinta: La cuestión fue de obediencia a la Iglesia, concretamente al Papa, aunque sería demasiado inocente el no tener en cuenta los factores políticos y económicos que estuvieron detrás de su condena por parte del Papa.
Algunos destacan su carácter temperamentalmente exaltado y presuntuoso, cuyas actuaciones concretas pudieron pecar muchas veces de imprudentes y tercas al no querer enmendarse. Otros destacan su fe enérgica, casi heroica, su religiosidad pura e intachable, su seriedad penitencias y su severa ascética, y ven en él a un hombre de oración, prácticamente un místico. Nacido en 1452 y muerto en la hoguera en 1498, fue conocido sobre todo en su época de prior del convento de San Marcos de Florencia, que comenzó en 1482 y concluyó con su muerte (aunque dejó dicha ciudad del 1487 al 1490 para ser director de estudiantes en Bolonia).
El controvertido religioso vio la luz en Ferrara un 21 de septiembre, tercer hijo de siete hermanos de una familia acomodada, de padre comerciante y madre de nobles orígenes. Su abuelo, médico de profesión y escritor religioso por devoción, se encargó de la educación de Jerónimo, que por tanto recibió una formación sólidamente religiosa, además de humanista. El padre hubiera querido que Jerónimo siguiese el ejemplo del abuelo y se hiciera médico, cosa que en un primer momento él se pensó seriamente, iniciando incluso los estudios de medicina, pero pronto prefirio tomar otro camino en su vida.
7.03.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
Hace unos años don Rodolfo Vargas Rubio publicó los siguientes artículos en un libro en el que colaboró. Hace menos tiempo se publicaron en el primer blog “Temas de historia de la Iglesia” que hubo en la web y el director de la Enciclopedia Católica en español pidió poderlos publicar en dicha obra monumental. Ahora don Rodolfo los reproduce aquí para poderlos hacer asequibles a los lectores de Infocatólica.
Afortunadamente, la silla de Pedro superó hace ya siglos etapas turbulentas que ensombrecieron la divina misión de sus titulares, quienes no pocas veces perecieron en el remolino de la violencia. Si hay un periodo particularmente tenebroso -que justifica ampliamente la denominación de «edad oscura» aplicada indiscriminadamente a todo el medioevo por la Ilustración- es sin duda el que arranca con la abominación del concilio cadavérico en 897 y culmina con la escandalosa venta del Papado por Benedicto IX, depuesto por los legados del emperador Enrique III en 1048, después de tres periodos de reinado, a cual más escandaloso. El cardenal Cesare Baronio, en sus famosos Anales, escritos a la manera de Tácito, llamó a esta época «saeculum ferreum» (el Siglo de Hierro), sin duda por la dureza y ferocidad de las costumbres y por la esterilidad del espíritu. También habla el gran historiador del Papado de «saeculum plumbeum» (siglo de plomo), en evidente alusión al mito griego de las tres edades de la humanidad, representando el vulgar metal lo más vil y bajo a que ésta puede llegar. Y es que estos ciento cincuenta años, que encajan entre el fin del renacimiento carolingio y los principios de la reforma pregregoriana, son una sucesión tal de crímenes y de oprobios que constituyen un argumento apologético a favor del pontificado romano, pues es impensable que institución alguna hubiera podido sobrevivir a tanta ignominia si no tuviera la asistencia divina.
La mayor parte de asesinatos de Papas corresponde precisamente al Siglo de Hierro, marcado por los manejos políticos de dos poderosas familias, emparentadas entre í y procedentes de Teofilacto, vestatario romano: los Albericos o Tusculanos (de quienes descienden los principes Colonna) y los Crescencios. Las mujeres de la casa de Teofilacto, Teodora y su hija la domna senatrix Marozia, se erigieron en árbitros de Roma y de sus Pontífices, y a este hecho se debe quizás el que cobrara vuelos la historia de la papisa Juana, a la que nos referiremos en otro lugar. No ha habido, gracias a Dios, parangón a esta lamentable era en la historia de los Papas. Algunos -especialmente en los ambientes protestantes- ven en la Roma del Humanismo y el Renacimiento un nuevo Siglo de Hierro. Es cierto que los Papas de ese tiempo se comportaron más como príncipes que como pastores y que la mundanidad triunfó en su corte, pero no es menos cierto que hubo la contrapartida de la santidad, de la creación artística y del avance de las ciencias, contrapartida que no tuvo el siglo X, como Ludwig von Pastor muy acertadamente señala en su monumental Historia de los Papas. Por lo demás, episodios aislados de singular violencia que acabaron con la vida de algún vicario de Cristo los ha habido en otras épocas, como se verá a continuación.
He aquí la lista de Papas asesinados:
-Sabiniano (604-606). Había provocado las iras del pueblo -ya crispado por la carestía que se había declarado- con ataques a la memoria de su predecesor Gregorio I, a quien aquel ya veneraba como santo y algunos de cuyos escritos mandó destruir el nuevo Papa. Sabiniano no perdonaba al gran Gregorio haberle reconvenido por su poco airosa intervención como legado ante el patriarca de Constantinopla, que había asumido el titulo de «ecumenico» en abierto desafió al Pontífice de Roma. Perdió la vida en medio de una insurrección general y sus funerales dieron lugar a toda clase de desórdenes. El cortejo que llevaba su cadáver desde San Juan de Letrán a San Pedro tuvo que ser desviado por callejuelas escondidas, hasta el punto de que hubo de cruzar el Tiber por el puente Milvio, muy alejado del Vaticano.
2.03.10
Volviendo un poco en el tiempo para conectar con el artículo anterior, conviene recordar que, según la versión más probable Calvino y Miguel Servet se debieron conocer en París cuando ambos eran jóvenes, los dos compartían un espíritu inquieto, pero no tardaron en chocar, pues el reformador se dio cuenta de los errores teológicos del científico, que hasta a él parecieron inaceptables. Por eso lo denunció al secretario del Arzobispo de Lyon, que lo arrestó y lo presentó a la inquisición, de la que el español pudo escapar por poco y de modo truculento, con ayuda de un amigo, como se vio en el artículo anterior. Calvino mismo hizo después que le arrestaran en cuanto -por razones poco claras, todo hay que decirlo- se atrevió a aparecer por Ginebra y el mismo Reformador lo reconoció en un sermón suyo en la Catedral de San Pedro (en la foto, abajo).
Durante el juicio, dirigido por Pierre Tissot, en el que la acusación fue liderada por Philibert Berthelier, curiosamente de los no favorables a Calvino, el jurado no supo qué decisión tomar y pidieron opinión a otras ciudades suizas, para así mitigar su responsabilidad. Incluso preguntaron a Servet si quería ser juzgado en Ginebra o prefería en Vienne, Francia, a lo que él repondió que prefería en Ginebra. La respuesta de las otras ciudades llegó y fue la de condenar al español por herético. De acuerdo con diversos historiadores, fue el único disidente religioso al que los católicos quemaron en efigie y los protestantes en persona, concretamente el 27 de octubre de 1553, sobre una montaña hecha con sus propios libros, aunque Calvino pidió que en vez de eso se le cortara la cabeza, cosa que no se le concedió. La razón de la condena reproduce la lista de cargos elaborada por Nicolás de la Fontaine (que encontramos reproducida en muchos artículos y libros, todo un clásico), “Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes.“
La condena de Servet, si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino, el cual obtuvo después de la muerte del español otra victoria sobre la ciudad en su deseo de purificar las costumbres del pueblo: Llevaba tiempo pidiendo para el consistorio eclesiástico de la ciudad el poder de excomulgar, que había sido negado tiempo atrás, en 1543, reservándose solamente a las autoridades civiles. Después de la muerte del científico, con ocasión de una decisión de dichas autoridades de revocar la excomunión que años antes el consistorio había impuesto a Philibert Berthelier, Calvino defendió acaloradamente en un sermón el devolver la potestad de excomulgar al consistorio eclesiástico y quitársela a las autoridades civiles, lo que al final consiguió, de modo que el 22 de enero de 1555, el ayuntamiento anunció la decisión de restaurar las Ordenanzas primeras establecidas años atrás por Calvino, devolviendo al consistorio sus poderes espirituales.
28.02.10
Fue durante el pontificado del benemérito Franciscano Fray Juan de Zumárraga (Durango, Vizcaya, 1475 - México, 1548) cuando tuvo lugar un hecho que habría de entrar profundamente en la vida religiosa y aun civil de México: la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac. La relación más importante del evento se atribuye a don Valeriano, indio natural de Atzcapotzalco, que figuró entre los primeros alumnos del colegio de Santa Cruz, en Santiago de Tlaltelolco. Llegó por su aprovechamiento a suceder en la cátedra de latinidad al celebre fray Bernardino de Sahagun, cuyo discipulo había sido, colaboró con el mismo franciscano en su conocida Historia general de las cosas de Nueva España, y fue elogiado por Cervantes de Salazar como «en nada inferior a nuestros gramáticas, muy instruido en la fe cristiana y aficionadísimo a la elocuencia». De este relato, escrito probablemente entre 1558 y 1572, se conservan varias copias manuscritas y muchas impresas a partir de 1649, en que lo dio a la prensa el bachiller Lasso de la Vega, haciéndose pasar por autor de él. El extracto de la relación de Valeriano es como sigue:
Juan Diego, indio natural de Cuauhtitlan, sábado, 9 de diciembre de 1531, muy de madrugada, al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyacac, amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo, y que le llamaban y le decían: “Juanito, Juan Dieguito. Después de breve y afectuoso dialogo, ella le dijo: Sabe y ten entendido, tu el mas pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión y defensa. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo [electo] de México y le dirás como yo te envió a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo.”
El indio, ante el electo, se inclina y arrodilla y le da el recado de la Señora del cielo, y también le dice cuanto admiró, vio y oyó. El electo se muestra incrédulo y le responde: “Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré mas despacio.” El mismo día, Juan Diego se vuelve a la cumbre del cerrillo, donde encuentra a la Señora, que lo estaba aguardando, y le cuenta el resultado de su entrevista con el electo. Insiste la Virgen vaya otra vez al electo “y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido”. Accede Juan Diego y va primero a descansar a casa. Al día siguiente oye misa en Tlaltelolco y se dirige a palacio; arrodillado ante el electo se entristece y llora al exponerle el mandato de la Señora del cielo. Zumárraga sigue incrédulo, le pide alguna señal de la aparición y lo despide. La tarde del domingo refiere Diego a la Virgen la respuesta del prelado. Le responde la Virgen: “Bien esta, hijito mío, volverás aquí mañana, para que lleves al electo la señal que te ha pedido”.
25.02.10
Cuando ayer La Buhardilla de Jerónimo proponía en su Blog que hablase yo algo sobre Benedicto XIII con ocasión del reanudarse su proceso de Canonización, me pillaba terminando el artículo conclusivo sobre la vida de Calvino, que se había quedado a la mitad, y le dije a Francesco que por favor esperara un poco. Pero ayer mismo me llamó Don Rodolfo Vargas Rubio, el experto en historia eclesiástica que colabora con frecuencia en este blog y se ofreció a escribirlo él. Probablemente lo publique también en alguno de sus blogs (que tiene varios), que nadie se sorprenda por ello. Aquí está el resultado.

RODOLFO VARGAS RUBIO
El nombre de Benedicto XIII se presta a alguna confusión, ya que lo llevaron dos papas: el aragonés don Pedro de Luna, famoso por su resistencia a toda prueba, contra todo y contra todos, en su castillo de Peñíscola, y el italiano Pietro Francesco Orsini, en religión fra Vincenzo Maria. Trescientos años separaban al primero del segundo, pero cuando éste fue elegido, aún ardían los últimos rescoldos del Gran Cisma en el ánimo de muchos a pesar del tiempo transcurrido. El cardenal Orsini quiso tomar el nombre de Benedicto XIV por respeto al aragonés, pero fue disuadido de ello por los cardenales italianos, fieles a la vieja tradición de reconocimiento de la obediencia urbaniana de la Curia Romana (que, por consiguiente considera antipapas a los pontífices de la aviñonesa). Fue así como hubo un segundo Benedicto XIII en la Historia del Papado y es de éste de quien nos vamos a ocupar en estas líneas.
El primogénito de Fernando III, duque de Gravina en el Reino de Nápoles, nació el 2 de febrero de 1649. Su familia era una rama segundogénita de los Orsini de Bracciano, que constituían a su vez una de las líneas descendientes de Matteo Rosso el Grande (1178-1246), primero en llevar el apellido Orsini (de domo filiorum Ursi) junto con su hermano Napoleone, ambos hijos de Giangaetano Bobone, primo del papa Celestino III, el primer pontífice en seguir una política nepotista planificada (lo cual era hasta cierto punto natural en los tiempos que corrían, en los que los Papas necesitaban rodearse de gente de su confianza). Matteo Rosso, senador de Roma, fue amigo de San Francisco de Asís (se hizo terciario) y padre del segundo pontífice de la dinastía: Nicolás III, que reinó de 1277 a 1280 y siguió el ejemplo de su tío y predecesor Celestino III, favoreciendo grandemente a sus parientes, para los que quiso crear un feudo con la Toscana y la Romaña (en lo que fue precursor de Alejandro VI, que quiso algo parecido para su hijo César Borgia).
Los Bobone eran de antiguo origen romano y, ya conocidos como Orsini, se distinguieron por su apoyo al Papado, abrazando el partido güelfo en la lucha de aquél contra el Imperio, lo que los opuso a los Colonna (descendientes de los Teofilactos y Crescencios, señores de Roma en la época de la pornocracia), los cuales eran gibelinos, es decir partidarios del Emperador. Orsini y Colonna se enfrentaron durante mucho tiempo por el control de la Ciudad Eterna, llegando al enfrentamiento armado. De esta rivalidad quedó un vestigio testimonial hasta época reciente: el desempeño por turno anual del cargo honorífico de Príncipe Asistente al Solio, vinculado de modo hereditario a ambas dinastías, como representantes del patriciado romano (esta medida sería adoptada precisamente por Benedicto XIII para evitar disputas de precedencia). La supresión de la Corte Pontificia por Pablo VI sepultó para siempre el recuerdo de una histórica enemistad.
21.02.10
Pablo VI concluyó solemnemente el 30 de junio de 1968 el “Año de la Fe", inaugurado 12 meses antes con ocasión del 1900º Aniversario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, fijado de modo aproximado por la tradición en el año 68, bajo el mandato del Emperador Nerón. Durante la celebración en la plaza de San Pedro nadie podía predecir que el año 68 daría su nombre a toda una generación que se proponía de romper con el mundo de sus padres.
Pero también la Iglesia católica debía experimentar este año 1968 como uno que marcaría para simepre el pontificado de Pablo VI: El 25 de julio, pocas semanas después que la conclusión del “Año de la Fe", el Santo Padre publicó la encíclica “Humanae vitae” que causó un terremoto en la Iglesia, como ya hemos visto en otro artículo, con reacciones de enteras conferencias episcopales, prelados y teólogos católicos que el Papa nunca se esperó, por no hablar de todo lo que entonces djio la prensa ypersonajes seculares de medio mundo… No olvidemos que a partir de ese momento, Pablo VI no volvió a escribir una encíclica en los diez años restantes de su pontificado.
Para muchos pasó prácticamente desapercibido el que el 30 de junio de 1968 el Papa dio lectura a un documento de grandísima importancia, por la polémica que días después se montó por la “Humanae Vitae” y que duraría meses, si no años. Nos referimos al “Credo del Pueblo de Dios", exposición sencilla y amena de la fe de la Iglesia qua aún todavía muchos no han leído, pero enb el que Pablo Vi puso grandes esperanzas. Porqué el Papa Montini pronunció dicha confesión de fe y luego la hizo publicar como motu propio en las Actas de la Santa Sede, y quién escribió en realidad este credo nos lo informa el volumen VI de la correspondencia entre el teólogo y cardenal suizo Charles Journet y el filósofo francés Jacques Maritain, personajes que, en general, son clave para entender muchos aspectos del pontificado de Pablo VI.
18.02.10
Figura curiosa y enigmática donde las haya en la historia de la Iglesia, fue sin duda una de los grandes protagonistas de la Roma del siglo XVII. Hija de de un constructor de Viterbo, Sforza Maidalchini y de Victoria Gaulterio, noble de Orvieto, Olimpia nació en Viterbo el 26 de mayo de 1595, justo un año antes de la nuerte, el mismo día y mes, del gran San Felipe Neri, que también dejó huella en Roma, pero muy distinta. Su padre tenía la fijación de dejar como único heredero al hijo varón, mientras que decidió que las tres hijas deberían ir al convento, como ocurría con frecuencia en las familias nobles de aquella época, y dicho y hecho, Olimpia, fue confiada a los consejos de un director espiritual que la convenciese a tomar los hábitos. Pero ella, que por nada del mundo quería ser religiosa, no encontró otro modo de librarse del claustro que el siguiente, que sin duda refleja a las claras su carácter: Acusó al confesor de hacerle proposiciones indecentes. Contemplando a la muchacha, el pecado del confesor podía ser incluso comprensible… aunque era mentira.
Celebrado el consiguiente proceso y el sacerdote fue salió absuelto, pero eso no importaba, el escándalo organizado impidió que Olimpia entrara de novicia. Cuenta la leyenda que rodea a esta mujer, que años después, como cuñada del Papa y en lo más alto de su poderío, hizo nombrar obispo al desdichado sacerdote que años antes ella había hecho pasar por libidinoso. De todas maneras, sobre esta historia del episcopado, como dicen en Italia, se non è vero è ben trovato. El caso es que la funesta ocasión obligó al padre a casarla con prisas, que era en el fondo lo que ella quería. Se casó con un hombre rico y anciano de Viterbo, Paolo Pini, que tuvo la discreción de morirse a los tres años de la boda, djendo a la viuda una considerable fortuna.
Con su determinación, Olimpia había logrado cambiar el panorama de su vida. Ahora era una viuda joven y rica y sin prisas podía elegir al candidato de las nuevas nupcias. Convenía que fuera algún noble de Roma, para poder dejar la vida de provincia que a ella se le quedaba pequeña, y pronto apareció un buen candidato en los ambientes aristocráticos de la Urbe: Se trataba de Pamphilio Pamphili, 30 años mayor que Olimpia, y el único mérito suyo del que tenemos noticia era ese sonoro nombre. Pertenecía a la noble familia de Umbría instalada en Roma de la cual hoy podemos contempalr varios palacios bellísimos por la ciudad eterna y, desde otro punto de vista, la familia pronto adquirió otro tipo de fama y poder todavía más salientes en la sociedad romana, pues un hijo de la familia, concretamente el hermano de Pamphilio, Giovanni Battista, llegó a la Sede de Pedro y gobernó con el nombre de Inocencio X.
Esto ocurrió más de 30 años después de su boda, ocurrida en el 1612, la cual tuvo conclusión rápida por la muerte temprana del marido. Olimpia quedó otra vez viuda y con una gran fortuna, mayor todavía que en la primera viudedad, (aunque su segundo marido tenía mucha nobleza pero no tanta fortuna) que dedicó no precisamente a las obras de misericordia, sino para promover la carrera eclesiástica de su cuñado, al cual desde el principio de su matrimonio estuvo muy unida por estrecha amistad, provocando las más variadas murmuraciones de la nobleza romana.
12.02.10
Aunque ahora se llaman “Cistercienses de la Estricta Observancia (OCSO)", y prefieren hacerlo así, durante siglos se han llamado Trapenses. Era la reforma de los Cistercienses llevada a cabo por el Abad del monasterio de La Trapa, en Francia, Jean-Armand de Rancé, que se puede considerar con propiedad fundador de esta rama reformada. Siempre se le ha considerado así, pero hoy se le tiende a dejar un poco en la sombra y destacar más la grandeza de San Bernardo o de los tres Fundadores del Cister. ¿Porqué esto? Quizás una de las razones importantes es que fue un hombre tan radical y penitente que dejó tras de sí un estilo de vida muy difícil de vivir, del que parece que hoy sus hijos parecen quererse distanciar. Por eso quizás no se le ha propuesto nunca como candidato a los altares.
Jean-Armand Le Bouthilier de Rancé nació en París el 9 de Enero de 1626, y llevaba el apellido de su ilustre padrino el cardenal de Richelieu. Su familia está cercana al Poder y busca promoverse y enriquecerse. Destinado en primer lugar a la carrera militar, Armand-Jean se orientó, por autoridad, hacia la clericatura y recibió la tonsura a la edad de nueve años, a petición de sus parientes, que querían hacer recaer sobre su cabeza los beneficios eclesiásticos de su hermano mayor moribundo. De este modo será instituido canónigo de Notre-Dame de París y herederá en 1637 la encomienda de cinco abadías, entre las cuales se halla La Trapa. Su madre muere cuando él cuenta doce años.
Joven inteligente y bien dotado, hace brillantes estudios clásicos y teológicos que le llevan hacia el sacerdocio, por el que no sentía ningún atractivo. Sin embargo, en la perspectiva de llegar a ser coadjutor de su tío Víctor, arzobispo de Tours, cede a las presiones familiares interesadas. Rancé es, pues, ordenado sacerdote el 22 de Enero de 1651, y será doctor por la Sorbona en 1654. Hecho archidiácono por su tío Víctor lleva una vida mundana de abad de la corte, según las costumbres de su tiempo."Por la mañana a predicar como un ángel, y por la tarde a cazar como un demonio". Así describía su vida el mismo Rancé, transformado en un eclesiástico de corte, rico, guapo, inteligente y adulado por todos. Le apasiona la caza y el montar a caballo, y frecuenta asiduamente el hotel de Madame de Montbazon. Todo parece sonreirle, pues en 1655 es delegado en la Asamblea del Clero, y en 1656 es capellán del príncipe Gaston de Orleans, sobrino del rey Luis XIV.
10.02.10
Una generación lo separa de Lutero, al que nunca llegó a conocer, pues nació en Noyon en Picardía, Francia, el 10 de julio de 1509, y murió en Ginebra, el 27 de mayo de 1564. Estos dos protagonistas de los movimientos reformistas mostraban entre sí fuertes contrastes de nacimiento, educación y carácter. Lutero era un campesino sajón, su padre un minero; Calvino procedía de la clase media francesa, y su padre, un abogado, había comprado la licencia de la ciudad de Noyon, donde ejercía la práctica del derecho civil y canónico. Lutero entró en la Orden de los Agustinos, hizo los votos de vida monástica, fue ordenado sacerdote y concitó mucho odio al casarse con una monja. Calvino nunca fue ordenado sacerdote de la Iglesia Católica: su formación giró fundamentalmente en torno al Derecho y las humanidades; no hizo ningún voto. La elocuencia de Lutero le proporcionó popularidad gracias a la fuerza, sentido del humor, grosería y a la vulgaridad de su estilo. Calvino se dirigía a la gente culta en todo momento, incluso cuando predicaba a las multitudes. Su estilo es clásico; razona sobre los sistemas y tiene un escaso sentido del humor; En vez de fustigar con una vara él utiliza el arma de la lógica aplastante y persuade con la autoridad del maestro, no con los insultos de un demagogo. Escribe en francés con la misma corrección con que Lutero escribe en alemán, y como él, ha sido reconocido como uno de los pioneros en el desarrollo como lengua moderna de su idioma materno. Por último, si consideramos al doctor de Wittenberg un místico, se puede considerar a Calvino como un escolástico; que proporciona una expresión articulada a los principios que Lutero ha arrojado de manera tormentosa sobre el mundo en sus vehementes mítines; y los “Institutos” tal como fueron dejados por su creador han permanecido desde entonces como la norma del Protestantismo ortodoxo de todas las Iglesias denominadas “Reformadas". Sus discípulos franceses llamaron a su secta “la religión"; así ha acabado por ser fuera del mundo romano.
El apellido, escrito de muchas formas, era Cauvin latinizado de acuerdo con la costumbre de la época como Calvinus. Por alguna razón desconocida el Reformador es comúnmente conocido como Maestro Jean C. Su madre, Jeanne Le Franc, nacida en la diócesis de Cambray es mencionada como “bella y devota"; llevó a su hijito a varios santuarios y le educó como un buen católico. Por parte paterna, sus ancestros eran marineros. Su abuelo se estableció en Pont l´Evêque cerca de París, y tuvo dos hijos que se convirtieron en cerrajeros.; el tercero, Gerardo, se convirtió en procurador en Noyon y allí nacieron sus cuatro hijos y dos hijas. Residía en el Place au Blé (mercado de maíz). Noyon, una sede episcopal, había sido desde hacía mucho tiempo un feudo de los Hangest, una poderosa y antigua familia que lo manejaba como si fuera de su propiedad personal. Mas una disputa que venía de antiguo, en la que la ciudad tomó parte, se prolongó entre el obispo y el cabildo. Carlos de Hangest, sobrino del sobradamente conocido Jorge d´Amboise, arzobispo de Rouen, rindió su obispado en 1525 a su propio sobrino, Juan, convirtiéndose en su vicario general. Juan continuó la batalla con sus canónigos hasta que el parlamento de París intervino, debido a lo cual él marchó a Roma y murió finalmente en París en 1577. Este prelado tenía parientes protestantes; se le responsabiliza de haber fomentado la herejía que en aquellos años comenzaba a aparecer entre los franceses. De cualquier modo, las disputas entre el clero proporcionaron a las nuevas doctrinas un campo abonado; y los calvinistas estaban más o menos contagiados por ellas antes de 1530.
Los cuatro hijos de Gerardo se convirtieron en sacerdotes y se les asignó a una parroquia a una edad muy temprana. Al Reformador se le asignó una a la edad de doce años, en la que se convirtió en párroco de San Martín de Marteville en Vermandois en 1527, y en 1529 de Pont l´Evêque. Tres de los hijos asistieron al Colegio de los Capetos de la localidad, donde Juan demostró ser un alumno aventajado. Pero su familia tenía amistad con gente de alcurnia, los Montmor, una rama de la familia Hangest, lo que ocasionó que acompañara a algunos de sus hijos a París en 1523, cuando su madre probablemente ya estaba muerta y su padre se había vuelto a casar. Este último murió en 1531, bajo excomunión por el cabildo por no haber enviado sus cuentas. La causa de esto fue, según se cree, la enfermedad del anciano y no su falta de honradez. Sin embargo, su hijo Carlos, irritado por esta censura, se acercó a la doctrina protestante. En 1534 fue acusado de negar el dogma católico de la Eucaristía, y murió fuera de la Iglesia en 1536; su cuerpo fue expuesto públicamente en la horca como el de un renegado.
6.02.10
Ninguna aparición en la historia de la Iglesia ha sido reconocida tan rápidamente como la de Lourdes. La Virgen María se apareció a Bernadette Soubirous la primera vez el 11 de febrero de 1858 y el obispo de Tarbes, monseñor Laurence, se pronunció sobre la veracidad de los hechos cuatro años después. Pero la figura de Bernadette sigue siendo poco conocida. Su personalidad se nos presenta sólo a la luz de las apariciones en las que fue protagonista y testigo. Luego retrocede, desaparece, se confunde en la sombra del convento en el que decide pasar la vida hasta su muerte, ocurrida el 16 de abril de 1879, a la edad de 35 años, consumida por la tuberculosis.
Pío XI la canonizó en el Año santo extraordinario de 1933. En el de 1925 había abierto el pontificado elevando a los altares a la pequeña Teresa de Lisieux, que con Bernadette tiene rasgos comunes: las dos viven en la Francia del siglo XIX, las dos mueren jóvenes, de tisis. Pero Teresa, crecida en una familia burguesa y profundamente católica, ha vivido desde niña en un contexto de cariño, protección, ejemplos de vida cristiana que la preparan para la decisión del claustro. La infancia de Bernadette es diferente. A los catorce años, cuando se le aparece la Virgen, no ha podido todavía ir a la doctrina, porque la pobreza extrema la ha obligado a trabajar siempre, desde niña, para ayudar a su familia. Y si prefiere los prados de la montaña al “calabozo” húmedo y malsano donde los Soubirous, endeudados, tienen que vivir, no saca de este trabajo más que techo y comida. En los periodos en los que Bernadette no se ocupaba del rebaño de su nodriza, Marie Lagües, su padre François se ve obligado a mandarla a buscar leña para vender.
El abad Pomian, vicario de Lourdes, se asombrará luego de que esta chica no conozca «ni siquiera el misterio de la Trinidad». A pesar de ello, Bernadette vive en una sociedad donde aún no han desaparecido las formas de la piedad popular, lleva consigo un rosario barato que reza mientras las ovejas pastorean. Y cuando la “Señora” se le aparece la primera vez, su gesto instintivo, dictado por el miedo, es echar mano al rosario. La respuesta de María es una sonrisa y una ternura que Bernadette no olvidará nunca. Pero no le ha preguntado el nombre a esa Señora. No sabe quién es, la llamará, en su dialecto, «Aquero», “Aquello”. Sólo más tarde le dirá su nombre, en la aparición del 25 de marzo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», usando las palabras del dogma que Pío IX había definido cuatro años antes, en 1854, hace exactamente 150 años. Una expresión que, por lo demás, Bernadette no comprende. Lo que sabe es que, tras el primer momento de espanto, “Aquello” le atrae y la llena de una paz que nunca había conocido. La verá 18 veces hasta la última aparición del 16 de julio. María le confía tres secretos, la invita a decir a todos que recen por la conversión de los pecadores, pide a los sacerdotes, por medio de Bernadette, que construyan una capilla al lado de la gruta. Hace exactamente lo que se le pide.
4.02.10
“Conocí a M. Victoria Valverde en el año 1924, fecha en la cual ingresé en el Noviciado en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde M. Victoria era la Superiora. Más tarde, siendo profesa, fui destinada a la Comunidad de Martos (Jaén) estando en este tiempo M. Victoria como Superiora de esta Comunidad. Aquí conviví con ella desde el año 1931 hasta el 12 de enero de 1937. M. Victoria era muy querida por todos los miembros de la Comunidad, alumnas y personas allegadas al Colegio, por su trato amable y delicado, virtud y capacidad, don de gentes pero sobre todo destacaba en ella profundamente la prudencia, la caridad y la humildad; afirmo que era humildísima. Se dedicaba en este tiempo a las clases de labores y bordados, con las señoritas mayores. Si bien no poseía preparación intelectual destacada, dada la ascendencia moral que tenía su persona en la Congregación, se rumoreaba entre las Religiosas que podía ser la futura Superiora General.
Hago constar, que durante los años que convivimos juntas inmediatos al desenlace de la guerra civil española, nunca le oí referencia alguna a cuestiones políticas, pues estábamos absolutamente ignorantes de ellas, ni siquiera leíamos periódicos. Era una mujer de vida sencilla, muy delicada de salud, cuya preocupación constante era servir a sus hermanas con diligencia y caridad; quería mucho a las niñas. Me consta que tampoco tenía enemigos, fácil de comprender dada su suavidad de trato, su dulzura y caridad con todos; su vida era sencilla y sin ruidos. Formábamos la Comunidad en este tiempo doce Religiosas.
En el año 1936, la situación se ponía cada día más peligrosa. Ya hacía tiempo que M. Consolación del Blanco y la que declara vestíamos de seglar, para poder dictar clases en el nivel secundario, pasando desapercibidas como religiosas. Se fue complicando cada día más la situación, se suspendieron las clases y ya se oían amenazas telefónicas y verbales. A1 ver el cariz que esto tomaba, M. Victoria, Superiora de la casa, permitió a las Religiosas, sobre todo a las más temerosas, que se fueran con sus familias, otras a las casas de las personas más adictas al Colegio. En un corto lapso de tiempo salieron todas, menos M. Victoria, M. Amparo Rodríguez y yo, que permanecimos hasta el 20 de julio de 1936; después de haber tenido varios registros y a la fuerza, ya que el Colegio estaba lleno de milicianos, nos obligaron a abandonarlo. M. Amparo Rodríguez, de avanzada edad, le hizo tal impacto el obligarla a quitarse el hábito que se trastornó, perdiendo sus facultades mentales: no había medio ni fuerza humana para sacarla de casa, ni por las amenazas de los milicianos, ni de los fusiles que la apuntaban. El vestido de seglar que se le puso lo rasgó entero, y gracias a la fuerza hercúlea que el Señor me dio en ese momento, la cogí debajo del brazo y sosteniéndome de la baranda de la escalera, la pude sacar a la calle.
En este intervalo, los milicianos estaban invadiendo la casa entera y profanando los objetos religiosos que encontraban a su paso: a mis pies arrojaron un hermoso crucifijo que hicieron pedazos en mi presencia. Ante esta profanación me estremecí de tal forma que lancé un grito: ¡Virgen Santísima!, a lo que los milicianos replicaron: “Piense usted lo que dice, que le puede costar la vida". Oí decir también: “Lástima de mujer metida en el convento". Les pedimos que nos permitieran recoger una muda de ropas, lo cual lo hicimos vigiladas constantemente. Antes de esto, viendo la situación cómo estaba, se habían consumido las especies sacramentales.
2.02.10
La Supresión en España, y sus cuasi-dependencias Nápoles y Parma, y en las colonias españolas fue llevada a cabo por medio de reyes y ministros autocráticos. Sus deliberaciones fueron llevadas en secreto, y ciñeron a sí mismos sus deliberaciones a propósito. Sólo hace pocos años que una pista ha conducido hasta Bernardo Tanucci, el anticlerical ministro de Nápoles, quien adquirió una gran influencia sobre Carlos III antes de que el rey pasase del trono de Nápoles al de España. En la correspondencia de este ministro se hallan todas las ideas que guiaron de vez en cuando la política española. Carlos, hombre de buen carácter moral, confió su gobierno al Conde de Aranda y a otros seguidores de Voltaire; y trajo de Italia a un ministro de finanzas, cuya nacionalidad hizo al gobierno impopular, mientras que sus exacciones dieron lugar en 1766 a disturbios y a la publicación de varios pasquines, sátiras y ataques a la administración.
Se convocó un consejo extraordinario para investigar la cuestión, y se declaró que gente tan sencilla como los amotinados nunca podría haber producido panfletos políticos. Procedieron a obtener información secreta, cuyo propósito no se conoce; pero los registros conservados muestran que en septiembre el consejo resolvió incriminar a la Compañía, y que el 29 de enero de 1767 se ejecutó su expulsión. Se enviaron a los magistrados de cada localidad en las que residían los Jesuitas órdenes secretas, que serían ejecutadas entre el 1 y el 2 de abril de 1767. El plan marchaba silenciosamente. Esa mañana, 6000 jesuitas fueron expulsados como convictos a la costa, donde fueron deportados, primero a los Estados Pontificios y finalmente a Córcega.
Tanucci llevó a cabo una política similar en Nápoles. El 3 de noviembre los religiosos, otra vez sin un juicio, y ahora incluso sin acusación, fueron expulsados a la frontera con los Estados Pontificios, y se les amenazó con la muerte si regresaban. Ha de indicarse que en estas expulsiones, cuanto más pequeño es el estado más grande es el desprecio de los ministros hacia cualquier clase de ley. El Ducado de Parma era la más pequeña de las llamadas cortes borbónicas, y tan agresiva en su anticlericalismo que Clemente XIII le dirigió (el 30 de enero de 1768) un monitorium, o advertencia, según el cual los excesos serían penalizables con censuras eclesiásticas. Llegado este momento, todos los partidarios de la “Familia Compacta” Borbón se enfurecieron con la Santa Sede, y solicitaron la destrucción completa de la Compañía. Como preámbulo, Parma expulsó a los Jesuitas de sus territorios confiscando sus posesiones, como era habitual.
31.01.10
En la Rue du Bac, número 140, en pleno centro de París, en la casa madre de la Compañía de las Hijas de la Caridad, que fundaran san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, habitaba en 1830 una novicia llamada sor Catalina Labouré, a quien la Santísima Virgen confió un mensaje salvador para todos los que con confianza y fervor lo aceptaran y practicaran. El 27 de noviembre de 1830 sor Catalina escuchó una voz en su interior que decía: «Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán mas abundantes para los que la lleven con confianza». Entonces se creó una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: «María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que acudimos a vos».
De esta aparición primera y otra posterior, surgió años después un movimiento mariano que hoy conocemos como la asociación de la Medalla Milagrosa, y que este año está de jubileo. Aprobada por San Pío X en 1909, la asociación cuenta con más de seis millones de miembros en todo el mundo. Su fin es fomentar la devoción a la Virgen María, Madre de Dios, concebida sin pecado original y modelo de la Iglesia Peregrina, conscientes de que el culto a la Madre redunda en gloria y alabanza de su Hijo, el Salvador, por medio de la Medalla Milagrosa y el apostolado que se ejerce mediante la Visita Domiciliaria.
Todo comenzó comenzó aquel 27 de noviembre de 1930. A Catalina Labouré se le apareció la Virgen para enseñarle y recomendarle que propagara la Medalla Milagrosa. Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Virgen que le hiciera de madre, y la Madre de Dios aceptó su petición. Como su hermana mayor profesó en la filas de San Vicente de Paúl, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.
A los 14 años pidió a su padre que le permitiera irse a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía al Señor que le concediera lo que tanto deseaba: consagrarse a él. Una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: “Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos". Al salir de visitar a una enferma vio otra vez a aquel sacerdote que le dijo: Hija mía, tu ahora huyes de mí, pero un día será feliz de venir a mí. Dios tiene designios sobre ti, no lo olvides imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre.
29.01.10
La Supresión es probablemente la parte más dura de la historia de la Compañía fundada por San Ignacio de Loyola y aprobada en 1540 por el Papa Pablo III. Después de haber disfrutado durante dos siglos y medio de una muy alta estima entre el pueblo católico, reyes, prelados y papas de repente pasó a ser objeto de una frenética hostilidad, fue cubierta de injurias, y eliminada con una dramática rapidez. Cada obra de los Jesuitas -sus vastas misiones, sus nobles colegios, sus iglesias- les fue arrebatada o fue destruida. Fueron desterrados y la orden fue suprimida con discursos severos y denunciatorios, incluso por parte del Papa. Lo que contrasta de la forma más sorprendente es que en esos momentos sus protectores eran antiguos enemigos: los rusos y Federico de Prusia.
Al igual que muchos intrincados problemas, su solución puede hallarse empezando por aquello que es de fácil comprensión. Si retrocedemos una generación vemos que cada uno de los tronos que intervinieron de forma activa en la Supresión, incluido el Papa, estaba desbordado. Francia, España, Portugal e Italia fueron, y todavía son, víctimas de las extravagancias del movimiento revolucionario. La Supresión de la Compañía se debió a las mismas causas que en una posterior evolución dieron lugar a la Revolución Francesa. Estas causas variaron ligeramente según el país. En Francia se combinaron muchas influencias, como veremos: desde el jansenismo al librepensamiento, hasta la por entonces acuciante impaciencia por el antiguo orden de cosas.
Algunos han creído que la Supresión se debió en principio a estas corrientes de pensamiento. Otros la atribuyen principalmente al absolutismo de los borbones. Pero, aunque en Francia el rey era reacio a la Supresión, las fuerzas destructoras adquirieron su poder debido a su indolencia al ejercer el control que solamente él poseía en esa época. Fuera de Francia, es evidente que la autocracia, que actuaba por medio de arrogantes ministros, fue la causa determinante.
Portugal: En 1750 José I de Portugal nombró a Sebastián José Carvalho, posteriormente Marqués de Pombal (en el grabado, a derecha), como su primer ministro. Las disputas de Pombal con los Jesuitas empezaron con un desencuentro por un intercambio de territorio con España. San Sacramento fue intercambiado por las Siete Reducciones de Paraguay, que pertenecían a España. Allí, las maravillosas misiones de la Compañía eran codiciadas por los portugueses, que creían que los Jesuitas eran mineros de oro. Así, los indios fueron obligados a salir de su país; y los Jesuitas procuraron conducirlos pacíficamente a las lejanas tierras que les fue asignada. Pero, debido a las severas condiciones impuestas, se levantaron en armas en contra del traslado, y se originó la llamada guerra de Paraguay la cual, por supuesto, fue desastrosa para los indios. Luego, paso a paso, la disputa con los Jesuitas fue llevada hasta sus extremos. El débil rey fue persuadido para eliminarlos de la corte; empezó una guerra de panfletos en su contra; en primer lugar, se prohibió a los padres que asumieran la administración temporal de las misiones y posteriormente fueron deportados de América.
25.01.10
LORENZO CAPPELLETTI
La madrugada del 23 de febrero del 303 –día de los Terminalia, la festividad de “Júpiter de los confines” (Iupiter Terminalis), que podía haber sido el momento simbólico para terminar definitivamente con la fe cristiana–, los pretorianos arrasan la basílica cristiana de Nicomedia, la ciudad donde residían entonces los emperadores Diocleciano y Galerio. Aquel mismo día, o el día después, fue emanado un edicto que, por lo que respecta a los cristianos, decretaba la destrucción de sus lugares de culto y sus libros sagrados; la expulsión de los cargos públicos y la privación del derecho a defenderse frente a cualquier tipo de acusación; la degradación de los cristianos más ilustres, que podían por ello ser sometidos a tortura; y, por lo que se refiere a los esclavos cristianos, la imposibilidad de ser liberados.
Es el principio de la sanguinaria persecución que durante un decenio será no sólo semilla de cristianos, sino también causa de traiciones y laceraciones dentro de la Iglesia (cfr. Eusebio, Historia Eclesiástica VIII, 2-3), empezando por la de Roma, cuyo papa Marcelino, como se lee lapidariamente en su biografía oficial, acabó alabando a los dioses paganos: «ad sacrificium ductus est ut turificaret, quod et fecit» (Liber pontificalis I, 162). No por nada todos los fieles piden cada día en la oración del Señor «et ne nos inducas in tentationem».
Cuando se cumplieron los mil setecientos años de esta persecución, conocida como la gran persecución o la persecución de Diocleciano, no tuvo ningún eco en las páginas culturales de la prensa. Y, sin embargo, no se trata de un hecho menor y carente de sugerencias para los modernos, «los primeros», decía Péguy, «después de Jesús sin Jesús», que no comprendiendo ya el eco de la lucha radical y misteriosa a la que alude el Apocalipsis de san Juan, no entendemos por qué la fe en Jesucristo ha de ser odiada y consideramos su persecución simplemente como resultado de costumbres primitivas y bárbaras, o como mucho como instrumento para otros intereses. Como también consideramos bárbara y/o instrumental, pese a los hechos, la conversión de Constantino.
22.01.10
No vale la pena recoger las piedras que se lanzaron contra el cardenal Ottaviani cuando se le ocurrió dirigirse por escrito al Papa en 1969, a raíz de la promulgación del Nuevo Misal, para pedirle con amor filial una reconsideración del mismo, sobre todo de algunos números concernientes a la “Ordenación general del Misal romano". Los medios de comunicación y no pocos eclesiásticos trataron a dicho cardenal como si se tratara del más encarnizado enemigo de la Santa Iglesia católica. Pero en realidad todo se explica sabiendo la ojeriza que le guardaban los que estaban siempre prontos a acoger cualquier novedad y a darla por buena, o mejor, por la sola razón de ser nueva.
Es un acto de justicia recordar los titulares de protesta y de rechifla contra el gran cardenal, aparecidos en uno de los rotativos de Madrid, a cuenta de uno de estos clérigos “progresistas” que acusaba a Ottaviani de haber dado al Papa el mayor disgusto de su vida. Y hasta revista tan oficiosa como nuestra Ecclesia dio cabida en sus páginas a una crónica de Roma que rezumaba ira y casi desprecio para el cardenal. Su toma de posición acerca del Nuevo Misal se presentaba como exponente máximo de la corriente mas “ultra” del grupo tradicionalista, en un intento de bloquear, “aunque con ninguna posibilidad de éxito, el lento y gradual impulso de reforma en la Iglesia", patrocinado por Pablo VI. Y se recogían juicios y apreciaciones acerca de la postura del cardenal que no miraban a otra cosa sino a dejarle en mal lugar frente al Papa, tachándole, cuando menos, de indiscreto y reaccionario.
No faltaron otros que a cara descubierta le dijeron “soberbio y desobediente". Tampoco faltaron los que señalaron su distinto comportamiento cuando se trató de intervenciones pontificias en otra línea más tradicional, v. gr., la de la Mysterium fidei, Sacerdotalis coelibatus, Catecismo Holandés y Humanae vitae, como si no pudiera estar justificada la distinta toma de posición de una misma persona sobre problemas diversos y hasta sobre distintas decisiones de una misma autoridad, cuando lo que se discute no es la autoridad, sino la oportunidad o el acierto de lo que se ordena, que por lo demás se esta dispuesto a acatar.
Sin embargo, Ottaviani no estaba solo: Aparte que su carta al Pontífice iba apoyada también por el cardenal Bacci, y un escrito adjunto de gran numero de teólogos de valía, otras muchas personalidades, de una forma u otra, expresaron también reservas o reparos. Sin ir más lejos, el mismo arzobispo de Madrid-Alcalá hizo, en una entrevista periodística, algunas puntualizaciones en este sentido. Y monseñor Guerra Campos, secretario del Episcopado español, en unas declaraciones concedidas al diario Ya, de Madrid, a raíz de la publicación en L’Osservatore Romano del comunicado de la Comisión de la Santa Sede, en que se apuntaba la posibilidad o conveniencia de corregir algunas redacciones del Nuevo Misal, vistos los reparos puestos por algunos, dijo entre otras cosas: La Ordenación o “Institución del Misal", no debe confundirse con el texto del Misal. Aquella son la instrucción y norma reguladora del uso de este. Generalmente no es doctrinal. De hecho, el mismo secretario de la Congregación, Bugnini, reafirmo que tal Ordenación no es un texto dogmático, sino mera y simple exposición de normas o ritos.
19.01.10
El sacerdote Camilo Torres Restrepo nació en el tradicional barrio de La Candelaria (Santa Fe de Bogotá), en el seno de una familia burguesa conformada por el prestigioso pediatra y científico Calixto Torres Umaña e Isabel Restrepo Gaviria, unión de la que nacieron Fernando y Camilo; con anterioridad, doña Isabel había enviudado y tenía dos hijos, Gerda y Edgar Westendorp. Los progenitores de nuestro personaje eran personas totalmente disímiles: el padre, concentrado en sus investigaciones y consultas, era poco amigo del boato social, mientras que la madre era todo lo contrario: extrovertida, amiga del gasto excesivo, de las reuniones, los tés y las frivolidades, aunque muy humana y comprensiva con sus hijos. Una pareja así poco futuro tenía y finalmente el matrimonio se disolvió en 1937.
La primera formación intelectual de Camilo Torres fue bastante exigente. En 1931, cuando apenas contaba dos años de edad, su padre fue nombrado representante de Colombia en la Liga de las Naciones con sede en Ginebra; así, aprendió simultáneamente las primeras letras en castellano y francés. Para ese entonces ya el matrimonio Torres-Restrepo funcionaba mal y al año largo de vivir en Suiza se produjo una primera separación. Doña Isabel y sus cuatro hijos se trasladaron a Barcelona, ciudad a la que fue a buscarlos el doctor Torres y desde la que regresaron a Colombia en 1934.
Los niños Torres fueron matriculados en el Colegio Andino, pero Camilo terminó su bachillerato en el Liceo Cervantes en 1946. Buena parte de la infancia y la adolescencia las pasó Camilo en el campo, pues después de la separación doña Isabel decidió vivir en una finca lechera ubicada en las afueras de Bogotá. Camilo se vinculó a los boy scouts y desde un principio mostró indudables dones de líder, aunque era indisciplinado, y muy dado al romance y a la dolce vita.
16.01.10
La historia de esta admirable mujer comienza muy lejos de la gran manzana americana, concretamente en el norte de italia. Agustín Cabrini era un cultivador muy acomodado, cuyas tierras estaban situadas cerca de Sant’ Angelo Lodigiano, entre Pavía y Lodi. Su esposa, Estela Oldini, era milanesa. Tuvieron trece hijos, de los que la menor, nacida el 15 de julio de 1850, recibió en el bautismo los nombres de María Francisca, a los que más tarde había de añadir el de Javier.
La familia Cabrini era sólidamente piadosa. Rosa, una de las hermanas de Francisca, que había sido maestra de escuela y no había escapado a todos los defectos de su profesión, se encargó especialmente de la educación de su hermanita en forma muy estricta. Hay que reconocer que Francisca aprendió mucho de Rosa y que el rigor con que la trataba su hermana no le hizo ningún daño. La piedad de Francisca fue un tanto precoz, pero no por ello menos real. Oyendo en su casa la lectura de los “Anales de la Propagación de la Fe", Francisca determinó desde niña ir a trabajar en las misiones extranjeras. China era su país predilecto. Francisca vestía de religiosas a sus muñecas; solía también hacer barquitos de papel, y los echaba al río cubiertos de violetas, que representaban a los misioneros que iban a las misiones. Sabiendo que en China no había caramelos, renunció a ellos para irse acostumbrando a esa privación. Los padres de Francisca, que deseaban que fuese maestra de escuela, la enviaron a estudiar en la escuela de las religiosas de Arluno. La joven pasó con éxito los exámenes a los dieciocho años. En 1870, tuvo la pena enorme de perder a sus padres.
Durante los dos años siguientes, Francisca vivió apaciblemente con su hermana Rosa. Su bondad sin pretensiones impresionaba a cuantos la conocían. Francisca quiso ingresar en la congregación en la que había hecho sus estudios; pero no fue admitida a causa de su mala salud. También otra congregación le negó la admisión por la misma razón. Pero Don Serrati, el sacerdote en cuya escuela enseñaba Francisca, no olvidó las cualidades de la joven maestra. En 1874, Don Serrati fue nombrado preboste de la colegiata de Codogno. En su nueva parroquia había un pequeño orfanato, llamado la Casa de la Providencia, cuyo estado dejaba mucho que desear. La fundadora, que se llamaba Antonia Tondini, y otras dos mujeres, se encargaban de la administración, pero lo hacían muy mal. El obispo de Lodi y Mons. Serrati invitaron a Francisca a ir a ayudar en esa institución y a fundar ahí una congregación religiosa. La joven aceptó, no sin gran repugnancia.
Sacerdote de la diócesis de Getafe (Madrid).