16.11.14

Feedback: Te animo a participar

“Los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir, pensar.” Ryszard Kapuściński

A veces ocurre que los periodistas o blogueros escribimos sobre temas y experiencias muy alejadas de la realidad/de la vida y sentimientos del lector.

A pesar del feedback que se potencia con los comentarios de los lectores, los emails, los intercambios de información,… los “escribientes” parece que no mejoramos la calidad de la información, el contacto y la complicidad con la gente.

Es más, a menudo, ni nos percatamos que detrás de nuestro trabajado artículo hay un lector que recoge la información, nuestras opiniones, sentimientos, experiencias y deseos, para – a través de ellos-, palpar la realidad, para reflexionar y buscar explicaciones y, en muchas ocasiones, “hacerla vida”.

Y por tanto, nuestro compromiso en la construcción de una opinión pública que sea capaz de formar y provocar la reflexión para enriquecer nuestra vida cotidiana, profesional y social, para hacer una sociedad más humana, depende de una buena dosis de responsabilidad.

De hecho - a mí me suele ocurrir a menudo-, que solo con firmar con mi nombre un texto para publicar, pensar que el lector pierde su tiempo leyéndome porque confía en que en mi mensaje encontrará la verdad, respuestas a sus preguntas, o simplemente, reflexión sobre algún tema, me compromete, me obliga a utilizar los cincos sentidos del periodista del maestro Kapuscinski: “Estar, ver, oír, compartir y pensar”.

Esto me ha hecho reflexionar y lanzarme - sin escudo que me proteja-, a vuestras aportaciones, nuevos temas, y, por supuesto, a vuestras críticas y sugerencias.

El objetivo está bien claro: mejorar mi columna con vuestra valiosa y constructiva ayuda para favorecer ” el diálogo y el debate que, llevadas a cabo con respeto, salvaguarda de la intimidad, responsabilidad e interés por la verdad, pueden reforzar los lazos de unidad entre las personas y promover eficazmente la armonía de la familia humana".(Benedicto XVI)

Te animo a participar. Mil gracias

10.11.14

Poder, éxito y placer

“¡Qué dé un paso al frete aquél a quien no le guste mandar! A juzgar por el ansia que los políticos, profesionales o aficionados, ponen en lograr y mantener una posición destacada, el poder debe ser un placer subyugante”[1]

Vivimos tiempos de una gran crisis moral, de un deterioro, una “esquizofrenia” individual y social, que nos debería llevar – como hombres y mujeres de bien-, cuanto menos a reflexionar sobre ella.

Una crisis moral que, como bien decía el profesor Rafael Alvira , “los aspectos generales de la crisis se pueden resumir en las tres tentaciones básicas que se presentan a todo ser humano: el poder, el éxito y el placer”.

Y puntualizaba: “El poder es un principio desde el cual, y sólo desde el cual, podemos hacer algo. El éxito es mediación, comunicación, y resulta imprescindible para llegar, para alcanzar lo que buscamos. El placer es término, es el gozo en lo conseguido.

(…) El que busca el poder como fin último es un soberbio, y la “sociedad del poder “consiguiente es una sociedad arrogante.

El que busca el éxito como fin último es un vanidoso, y la “sociedad del éxito” consiguiente es una sociedad de apariencia.

El que busca el placer como fin último es un sensual y la “sociedad del placer” consiguiente es una sociedad hedonista (…)

Por eso dice bien Séneca que la virtud por antonomasia, la más bella y mejor, es la grandeza de ánimo, sin la cual resulta, a la corta o a la larga, imposible el ejercicio básico de la moralidad, es decir, la realización de la justicia”.[2]

Y hacer justicia consiste, no solo en tener un hondo sentido de la responsabilidad del “deber hacer” que tenemos nosotros mismos, en nuestra vida cotidiana; sino también del “deber hacer” en la atención y respeto al prójimo. Hacer justicia implica trabajar, a esforzarnos con valentía, en el conocimiento y la práctica del bien del otro, de ser capaces de ponernos en lugar del otro, de defender tus derechos y los de los demás.

La sociedad será lo que nosotros queramos que sea, pues como bien leí una vez “sin justicia el mundo se convierte en un sitio cruel y peligroso. Hace falta valor para ser un paladín de la justicia. A veces, cuando se defiende la justicia uno se queda solo”.

A mi modesto entender los puntos esenciales, el camino a seguir, para la mejora de esta “crisis de valores” en la que estamos inmersos son:

La primera y fundamental es la familia donde cada uno de sus miembros es aceptado y querido como es y por el hecho de ser. En el seno de familia lo más importante es el bien de cada uno y no su riqueza, poder o éxito. En la familia se recibe el amor y se aprende a darlo a los demás.

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28.09.14

Chapeau, Pilar Rahola!!!!

Los que me conocen saben muy bien que Pilar Rahola no es “santa” de mi devoción como se dice vulgarmente. Es más, me suele soliviantar a menudo, y no le “paso ni una” de sus infortunados comentarios a los que nos tiene acostumbrados.

Pero, esta mañana, debo ser justa. Después de leer su artículo “La Caridad” ,publicado hoy en La Vanguardia, y sin que sirva de precedente, debo decir: Chapeau, sra. Rahola!!!

Juzguen ustedes mismos:

La caridad
A pesar de que lo políticamente correcto es hablar de solidaridad, sobre todo porque la izquierda se siente más cómoda con este concepto que le suena a laico, lo cierto es que la caridad, en su sentido cristiano, es la base de toda solidaridad. Personalmente, quizás porque he sido lectora de Las confesiones de san Agustín (aconsejo la traducción catalana de Miquel Dolç en la Bernat Metge), creo que la caridad es un concepto que los engloba todos, porque implica empatía, entrega y sacrificio. El propio san Agustín lo expresó en una frase que es todo un tratado ético e, incluso, podría ser un tratado político: “En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad”.

Sin embargo, en parte por los abusos que la imposición dogmática de la Iglesia representó durante siglos, en parte por el dogmatismo que también palpita en muchas ideologías de progreso, el concepto de caridad fue quedando obsoleto e, incluso, se consideró retrógrado. Y fue así como, en un pispás, después de siglos de gentes de Iglesia practicando la caridad por el mundo, pareció que esta, renombrada como solidaridad, era un invento de la izquierda. En el relato del progre cabían los médicos sin fronteras, las oenegés, los periodistas con su cámara al hombro, pero no tenían cabida las monjas y sacerdotes que habían llegado antes que cualquiera, jugándose la piel en las heridas abiertas del mundo. Lo políticamente correcto no podía aceptar la solidaridad con la cruz al cuello, porque les rompía demasiados esquemas.

Lo cual es, además de una estupidez, una gran injusticia porque el mundo es mejor por esa cantidad ingente de personas, cuya fe en Dios las ha impelido a dedicar la vida a los demás. Muchas de ellas en las esquinas más rotas del planeta, viviendo en condiciones infrahumanas, arriesgando la vida diariamente. Y muchas de ellas, muriendo. La última ha sido el misionero Manuel García Viejo, víctima del voraz y letal ébola que está sangrando las entrañas de África. Ha muerto en Madrid, después de haber sido repatriado desde Sierra Leona, donde dirigía un hospital. Pocas semanas antes había muerto otro sacerdote de la misma orden, Miguel Pajares, que también dedicó su profesión, su esfuerzo y su tiempo a las zonas más castigadas del continente negro. Su último destino, Liberia. Y si hiciéramos la lista completa de los sacerdotes y monjas que dan su vida al prójimo sin otro objetivo que vivir su fe como un servicio, necesitaríamos mucho papel. Son gentes de fe cuya fe da luz a las tinieblas, iluminando las zonas oscuras del mundo, allí donde habitan el olvido y la desesperación. Sirva este humilde artículo para expresar un hondo agradecimiento y una profunda admiración hacia todos ellos, creyentes cuyo Dios tiene alma humana. Retorno a san Agustín, y es palabra de santo: “Donde no hay caridad, no puede haber justicia”.

17.09.14

Acertada iniciativa: Pin Parental

Pin parentalMe llega este mail de Alicia Rubio, responsable de Libres para Educar de Profesionales por la Ética, que creo puede ser de gran utilidad para muchos padres que consideran que la sexualidad es una parte muy importante de la vida del ser humano que no podemos ignorar. De ahí que los padres debemos poner todos los medios a nuestro alcance para encontrar y poner en práctica, el auténtico y más adecuado programa de educación sexual.

Como ya escribí hace unos años, los padres debemos poner todos los medios a nuestro alcance para encontrar y poner en práctica, de una manera u otra, el programa más apropiado para cada uno de nuestros hijos un programa de educación la sexualidad veraz y completa, integral e integradora.

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28.08.14

Santa Mónica

“Cuán importante es el papel de una familia coherente con las normas morales, para que el hombre, que nace y se forma en ella, emprenda sin incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón” (Juan Pablo II, Carta a las familias,n. 5)

La Iglesia recuerda hoy a una gran mujer: Santa Mónica, madre de San Agustín. Una mujer-madre a la que tengo gran devoción por su gran fe y su inmenso amor maternal. Una mujer valiente que “construyó su casa en el amor, vivió en santo temor de Dios y cumplió siempre su voluntad”( Pr 14, 1-2)

De hecho, afirmaba Benedicto XVI, recordando la memoria de Santa Mónica, “nunca dejó de rezar por él y por su conversión; y tuvo el consuelo de verlo retornar a la fe y recibir el bautismo. Dios escuchó las oraciones de esta madre santa, a la que el Obispo de Tagaste le había dicho:“Esté tranquila, es imposible que un hijo de tantas lágrimas se pierda”.

Es más, cuando pienso en ella me viene a la cabeza aquella maravillosa oración de una madre de familia de V. Gillick que dice así:

“He hecho todo lo que ha estado en mi mano y les he aconsejado lo más sabiamente que he podido. No sé qué hacer más, Dios mío. Ahora te toca a ti. Tú les amas mucho más de lo que yo pueda amarlos, y has sufrido por ellos más de lo que yo podré sufrir nunca, y sus errores te dolerán mucho más de lo que yo pueda nunca comprender. Guárdalos en tu amor; guíalos, protégelos y llévalos a un refugio seguro según tu sabiduría y en el momento oportuno”.

“¡Lo que llegué a ser y cómo, se lo debo a mi madre!”, solía decir San Agustín. Y, como he dicho en muchas ocasiones, las mujeres, sabedoras de la responsabilidad que lleva consigo el título de “guardianas del ser humano”, no dudan en poner en juego sus cualidades propias para sembrar en los corazones la grandeza, la belleza, la bondad y la verdad del rostro de Cristo. Esto es lo que hace que no se pueda escribir, por ejemplo, la historia de Agustín sin referirnos a su madre Mónica, como evoca éste en sus Confesiones:

“Es que tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Es que, día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (Conf., V, 10-13).

Las últimas palabras de Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de toda madre cristiana: ” En lo que a mí respecta, hijo mío, ya no deseo nada de esta vida. No veo que tenga que hacer más -dijo-, ni por qué he de vivir aquí; se desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte cristiano católico. Dios me la concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí? (Conf, IX, 26).