13.06.16

“Ha amado mucho”

Me conmueve y me llena de esperanza el nuevo decreto del Santo Padre  por el que a partir de ahora María Magdalena será “festejada” litúrgicamente como el resto de los apóstoles.

Y no sólo porque, como explica el Arzobispo Arthur Roche, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, “en el contexto eclesial actual, se requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. Sino, más bien porque  Santa María Magdalena es un “ejemplo de evangelización verdadera y auténtica” para todas aquellas mujeres que nos consideramos pecadoras.

Más aún si cabe, me enternece ver como Cristo tiene con María, a la que llamaban Magdalena, “de la que habían salido siete demonios", una consideración y una compasión especial por esta mujer, que manifiesta su amor por él, buscándolo en el huerto con angustia y sufrimiento, con “lacrimas humilitatis", como dice San Anselmo”.

Como señalaba Benedicto XVI en Asís (17-6-2007): “Impresiona la ternura con la que Jesús trata a esta mujer, a la que tantos explotaban y todos juzgaban. Ella encontró, por fin, en Jesús unos ojos puros, un corazón capaz de amar sin explotar. En la mirada y en el corazón de Jesús recibió la revelación de Dios Amor”.

Y estas palabras, como mujer pecadora,  me dan paz, mucha paz, y mucha esperanza.

Así pues, pongo en mi boca las palabras del salmista:

“Con mi Dios, asaltaré los muros” de mi corazón que me aparten de ti Señor. ¡Cuánto tiene que enseñarme “la apóstol de los apóstoles”, como la define santo Tomás de Aquino, que lloró por sus debilidades en público, sin ningún rubor, pero que - por amor y por fe- acompañó al maestro y a su madre al pie de la cruz, cuando todos le habían abandonado.

 

 

1.05.16

¡También los jóvenes!

Las mujeres tenemos la habilidad de adaptarnos con facilidad a las distintas situaciones que nos presenta la vida, a un cambio de chip en nuestro día a día, pues, nos guste o no, las exigencias de nuestra vida cotidiana nos llevan a priorizar, organizar y equilibrar nuestra vida con el único objetivo de trabajar con y para otros.

Ahora somos hijas de, a las pocas horas somos madres de, abuelas de, esposas de, suegras de, profesionales de,… Vamos… sin la más mínima tregua para acomodarnos. Es más, no solo nos enriquecemos con ello, sino que… ¡Podemos hacerlo! Y, lo que es más importante aún… ¡lo disfrutamos al máximo!

Así es nuestra vida. Un poco complicada pero, al mismo tiempo, variada, flexible y alegre. Ya nos lo recordaba San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.  Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”.

Mi último artículo fue escrito desde mi papel de abuela recién estrenada.

El de hoy pretendo escribirlo desde mi papel de madre de un adolescente. ¡No es fácil ser una buena madre! ¡No es sencillo educar bien a los hijos! Y, mucho menos, a un hijo adolescente, que nos pide a gritos que le ayudemos a mejorar como personas en esa “transición” en la vida de nuestros hijos.

Y pensando en ello, me viene a la memoria las palabras que les dijo el papa Francisco a los jóvenes reunidos en el Jubileo de los Adolescentes el pasado 23 de abril en el Estadio Olimpico de Roma: “Sé que tienen un pañuelo con frases de las Obras de misericordia corporales: métanse en la cabeza estas obras, porque son el estilo de vida cristiana. Como saben las Obras de misericordia son gestos simples, que pertenecen a la vida de todos los días, permitiendo reconocer el Rostro de Jesús en el rostro de tantas personas. ¡También los jóvenes! También los jóvenes como ustedes, que tienen hambre, sed: que son prófugos o forasteros o enfermos y piden nuestra ayuda, nuestra amistad”.

Y en la homilía de la misa en la Plaza de San Pedro el domingo 24 de abril  les recordó: Queridos muchachos: Qué gran responsabilidad nos confía hoy el Señor. Nos dice que la gente conocerá a los discípulos de Jesús por cómo se aman entre ellos. En otras palabras, el amor es el documento de identidad del cristiano, es el único “documento” válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. El único documento válido. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro (…) Sé que sois capaces de gestos grandes de amistad y bondad. Estáis llamados a construir así el futuro: junto con los otros y por los otros, pero jamás contra alguien. No se construye “contra”: esto se llama destrucción. Haréis cosas maravillosas si os preparáis bien ya desde ahora, viviendo plenamente vuestra edad, tan rica de dones, y no temiendo al cansancio. Haced como los campeones del mundo del deporte, que logran metas altas entrenándose con humildad y tenacidad todos los días. Que vuestro programa cotidiano sea las obras de misericordia: Entrenaos con entusiasmo en ellas para ser campeones de vida, campeones de amor. Así seréis conocidos como discípulos de Jesús. Así tendréis el documento de identidad de cristianos. Y os aseguro: vuestra alegría será plena.”

Y es que, las obras de Misericordia- espirituales y corporales-,  no pueden ir unas sin las otras. Las personas somos un todo, y por tanto, deberemos enseñar a nuestros hijos que no podemos quedarnos en un simple acto solidario, en un “mancharnos las manos “con nuestros hermanos. Sino que como cristianos tenemos que ir más allá: Tienen que ver en nosotros el Rostro de Cristo, Su comprensión, Su consejo, Su consuelo, Su perdón,….En definitiva, Su Misericordia.

¡Esa es nuestra vocación!

6.03.16

¡¡¡De estreno!!!

Todavía no sé muy bien cómo explicar lo que siento al ser abuela por primera vez: alegría, temor, orgullo, agradecimiento, dulzura, emoción, gozo, responsabilidad, protección,… Todo es nuevo para mí y una experiencia- inolvidable-,  llena de sensaciones y sentimientos encontrados.

Me siento la misma pero distinta al mismo tiempo. Estoy exultante y entusiasmada, y  a la vez, me da miedo no saber acertar en cuál es mi verdadero papel a partir de ahora. Esta vez no soy la protagonista, ni mucho menos la actriz secundaria,  de este maravilloso acontecimiento.

Como mi yerno, creo que me tendré que matricular en un master. Pero en mi caso, en un curso especializado de habilidades familiares para crecer como madre, como persona, para “saber estar” en el lugar que me corresponde, y “dejar hacer” a los padres ser, querer y proteger a su pequeño.

¡Gracias hija! Gracias por brindarme la oportunidad de formar parte- sin avasallar-, en este nuevo proyecto familiar del que no me quiero excluir.

Sé que me esperan muchos, muchísimos, momentos felices con ese pequeño que arrullo como si de un hijo más se tratara. Mateo, así se llama mi nieto, y yo tendremos que crecer juntos en el desempeño de esta nueva etapa que se nos presenta. Pues como alguien dijo una vez: Seguramente dos de las experiencias más satisfactorias de la vida son ser nieto y ser abuelo.

Y doy gracias a Dios por ello.

Contemplar a este pequeño  que crecerá arropado de tanto amor me afianza en la certeza de que la vida es el don más grande que recibimos de Dios.

Es más, siento que mi capacidad de amar se agranda un poco más, que mi corazón ha hecho un nuevo hueco a este pequeño, que si sigue los pasos familiares será un gran terremoto en nuestras vidas y nos dará muchas alegrías.

Y para ello, quiero mantenerme joven e ilusionada, puesto que, aunque el cuerpo muchas veces nos juegue malas pasada, la juventud no tiene edad.

Como dice Victoria Cardona, “la experiencia de ser abuelos nos renueva los ánimos. Con la ilusión de ser útiles, nos volvemos más positivos y optimistas. La edad cronológica no importa cuando se tienen proyectos y objetivos, sobre todo tan atractivos. Lo que importa es el corazón.

Procuremos, los abuelos, seguir contemplando la fuerza de la familia. Es en el calor del hogar donde nacen los vínculos afectivos que proporcionan la felicidad, se guardan los recuerdos biográficos y se transmiten nuestras raíces culturales y cristianas. Son nuestras raíces que se proyectan del pasado al presente con la confianza de que nuestros hijos y nietos las prolongarán. Es fácil transmitirlas ya que, normalmente, les atrae el sentimiento y el respeto con que vivimos el legado que abuelos y padres recibimos de generaciones anteriores”.

No quiero alargarme más, solo añadir que a partir de ahora lo incluyo ya en la oración que rezo a diario por mis hijos:

Señor, quiero formar unos hijos valientes y decididos. Dame, Señor, unos hijos humildes, sencillos y conscientes de que sin Ti nada son.

Que sepan oír consejos, que no les cueste descubrir sus fallos, que acepten sugerencias; que sepan que muchas veces van a estar equivocados; que sepan que nunca van a ser poseedores de toda la verdad y que, por eso, muchas veces deberán pedir perdón.

Unos hijos, Señor, que sean honrados, eficientes. Que aspiren a ser libres; que jamás callen ante las injusticias; que jamás, por defender sus intereses, pasen por encima de los derechos de los demás; y que por amor estén siempre dispuestos a perdonar.

Quiero unos hijos honestos en el manejo de los bienes propios y ajenos: que elijan padecer pobreza antes de hacer mal uso de lo que no les pertenece. Unos hijos con mentalidad de adultos, pero con ojos y corazón de niños; abiertos a ideas y a tiempos nuevos, nunca acomodados; siempre inquietos. Que encuentren la alegría en las cosas sencillas de la vida y que sepan mantener su espíritu en alto aún en los momentos difíciles.

Unos hijos que comprendan que deben formarse lo mejor posible, no para lograr dinero o para incorporarse a la sociedad de consumo, sino para servir a sus hermanos.

Quiero unos hijos que sepan poner el interés de los demás antes que el propio, y para quienes el ideal sea lograr el bienestar y la felicidad del prójimo.

Unos hijos que sepan compartir las alegrías de los otros, y también sus fracasos, tristezas y sufrimientos.

Señor, sueño con tener unos hijos que confíen en los demás, que crean en los demás; que sepan tomar decisiones, pero que sepan también delegar responsabilidades.

Quiero inculcar en mis hijos el deseo, no de ser socios de clubes, sino de ser parte de una sociedad más justa, en donde todos tengan acceso a los beneficios propios de los seres humanos.

Ayúdame, Señor, a formar unos hijos que se parezcan a Ti, capaces de llegar hasta el sacrificio con esperanza en tu triunfo y en tu resurrección.

Hay algo que te quiero pedir especialmente, y es tu gracia para nosotros sus padres. Danos tu ayuda, tu fuerza, tu amor, tu humildad, tu entrega, tu esperanza, tu alegría, tu constancia; ya que sólo pareciéndonos a Ti, viviendo todo eso que queremos y soñamos para nuestros hijos, seremos capaces de despertar en ellos esos ideales; sólo así seremos capaces de formar esos hombres nuevos capaces de construir un mundo nuevo, el mundo que Dios soñó.

9.02.16

Escuela de la Misericordia

Igual me  “tiro de la moto”, como se dice vulgarmente entre los jóvenes, cuando pienso que lo que nos sugiere el Santo Padre para este Año Jubilar de la Misericordia es lo que cotidianamente se vive en la maternidad, el matrimonio y la familia todos los días y a todas horas. Pues como dijo el Santo Padre en Filadelfia, con ocasión del Encuentro Mundial de las Familias, “la familia, es la primera y más importante escuela de la misericordia, en la que se aprende a descubrir el rostro amoroso de Dios y en la que nuestra humanidad crece y se desarrolla".

Quizás, porque en su mensaje para esta Cuaresma, nos recuerda que “en la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con la bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales”; repaso y reflexiono cada una de las 14 obras de Misericordia y pienso: ¡¡cachis, pues si esto es lo que se vive cada día en mi casa, lo que hace una madre con sus hijos, una esposa con su esposo, una familia con los amigos y necesitados,…!!

Si  si. Estoy convencida de poder afirmar que la maternidad, el matrimonio y la familia son  la mejor Escuela de Misericordia que Dios nos ha podido regalar a los hombres. Cada uno de nosotros,  en nuestra situación concreta, con unos hijos concretos y un marido “único”, estamos llamados a un gran desafió para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo: “derramar la Misericordia divina” guiando, acompañando, y formando a nuestros hijos, con nuestro ejemplo,  para que saquen lo mejor que llevan dentro de su corazón, para que con su entusiasmo y fortaleza no se desvíen  del camino, atrayendo a Él a muchas almas.  

“En el ámbito familiar, las personas reciben los valores fundamentales del amor, la fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales, y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad. Entonces, partiendo de este ser de casa, mirando la familia, pensemos en la sociedad a través de estos valores sociales que mamamos en casa, en la familia: la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad”. (Francisco, Encuentros con la sociedad civil, Iglesia de San Francisco, Quito (Ecuador), 7 de julio de 2015)

Enseñar al que no sabe, guiar con un buen consejo, corregir al que yerra, perdonar las injurias, sufrir con paciencia los defectos de los demás, consolar al triste, cuidar al enfermo,… ¡qué fácil nos resulta cuando son de los nuestros, nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestro hermano, nuestro amigo!

Lo dice la Escritura: “Si amáis a los que os aman, ¿Qué merito tenéis?…Si hacéis el bien a quien os hace el bien, ¿Qué merito tendréis?….Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿Qué merito tendréis?….. Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis  hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 31-36)

Por ello, tenemos que dar un paso al frente, y no quedarnos  en nuestro círculo más cercano. La humanidad entera nos pide más. El Santo Padre nos urge: No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado”.

 

3.01.16

La vida de cada día

“Qué importante es para nuestras familias a caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo (…) Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón”, nos recordaba en Papa Francisco en la homilía del 27 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Y mirando a mis hijos, unos casados, otros ennoviados, y otros -Dios dirá lo que tiene preparado para ellos- , me planteaba la gran responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros con las nuevas generaciones. Es más,  pensaba que no es suficiente proponerles una doctrina cristiana sobre el matrimonio y la familia. Es necesario vivirla intensamente y transmitirla con un ejemplo de vida alegre, viva, jovial, joven e ilusionada a pesar de los años; accesible para todo el que quiera amar, coherente, valiente, fiel, serena y segura.

Pero, ¿Cómo demostrarles que el servicio, la sinceridad, la alegría, la gratitud, la amabilidad, el hacerse el “olvidalizo” de las pequeñas o grandes faltas del otro,… son elementos esenciales para un buen vivir? ¿Qué seria del mundo sin la fidelidad de muchos matrimonios que se prometieron amor eterno y  que cada día  que pasa se quieren más a pesar de las pruebas y obstáculos propios del día a día?

Como dice mi amiga Sonsoles: “La fidelidad en nuestro matrimonio no es algo que busquemos, es algo que sucede por el amor comprometido que nos tenemos el uno al otro. Este compromiso crece cada día. El ser fieles es una consecuencia de cómo entendemos el amor. Nosotros entendemos nuestro matrimonio como un bien personal… Yo soy fiel porque quiero estar junto a mi marido todos los días de mi vida. Es en la permanencia a su lado como yo crezco como persona pues tengo que salir de mí para encontrarme con él.

Un matrimonio que no es fiel, se antoja complicado. Una verdadera amistad que no es fiel, se antoja complicada. Cualquier relación entre personas, si no es fiel, se antoja complicada. La fidelidad y la sinceridad van de la mano. Ninguno de nosotros quiere ser engañado en sus relaciones personales. No estamos hechos para el engaño o la mentira. No estamos hechos para la infidelidad. La prueba de ello es el dolor que sentimos cuando nos son infieles”.

Ya nos lo recuerda constantemente el Santo Padre: “No perdamos la confianza en la familia (…) esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca”.