6.03.16

¡¡¡De estreno!!!

Todavía no sé muy bien cómo explicar lo que siento al ser abuela por primera vez: alegría, temor, orgullo, agradecimiento, dulzura, emoción, gozo, responsabilidad, protección,… Todo es nuevo para mí y una experiencia- inolvidable-,  llena de sensaciones y sentimientos encontrados.

Me siento la misma pero distinta al mismo tiempo. Estoy exultante y entusiasmada, y  a la vez, me da miedo no saber acertar en cuál es mi verdadero papel a partir de ahora. Esta vez no soy la protagonista, ni mucho menos la actriz secundaria,  de este maravilloso acontecimiento.

Como mi yerno, creo que me tendré que matricular en un master. Pero en mi caso, en un curso especializado de habilidades familiares para crecer como madre, como persona, para “saber estar” en el lugar que me corresponde, y “dejar hacer” a los padres ser, querer y proteger a su pequeño.

¡Gracias hija! Gracias por brindarme la oportunidad de formar parte- sin avasallar-, en este nuevo proyecto familiar del que no me quiero excluir.

Sé que me esperan muchos, muchísimos, momentos felices con ese pequeño que arrullo como si de un hijo más se tratara. Mateo, así se llama mi nieto, y yo tendremos que crecer juntos en el desempeño de esta nueva etapa que se nos presenta. Pues como alguien dijo una vez: Seguramente dos de las experiencias más satisfactorias de la vida son ser nieto y ser abuelo.

Y doy gracias a Dios por ello.

Contemplar a este pequeño  que crecerá arropado de tanto amor me afianza en la certeza de que la vida es el don más grande que recibimos de Dios.

Es más, siento que mi capacidad de amar se agranda un poco más, que mi corazón ha hecho un nuevo hueco a este pequeño, que si sigue los pasos familiares será un gran terremoto en nuestras vidas y nos dará muchas alegrías.

Y para ello, quiero mantenerme joven e ilusionada, puesto que, aunque el cuerpo muchas veces nos juegue malas pasada, la juventud no tiene edad.

Como dice Victoria Cardona, “la experiencia de ser abuelos nos renueva los ánimos. Con la ilusión de ser útiles, nos volvemos más positivos y optimistas. La edad cronológica no importa cuando se tienen proyectos y objetivos, sobre todo tan atractivos. Lo que importa es el corazón.

Procuremos, los abuelos, seguir contemplando la fuerza de la familia. Es en el calor del hogar donde nacen los vínculos afectivos que proporcionan la felicidad, se guardan los recuerdos biográficos y se transmiten nuestras raíces culturales y cristianas. Son nuestras raíces que se proyectan del pasado al presente con la confianza de que nuestros hijos y nietos las prolongarán. Es fácil transmitirlas ya que, normalmente, les atrae el sentimiento y el respeto con que vivimos el legado que abuelos y padres recibimos de generaciones anteriores”.

No quiero alargarme más, solo añadir que a partir de ahora lo incluyo ya en la oración que rezo a diario por mis hijos:

Señor, quiero formar unos hijos valientes y decididos. Dame, Señor, unos hijos humildes, sencillos y conscientes de que sin Ti nada son.

Que sepan oír consejos, que no les cueste descubrir sus fallos, que acepten sugerencias; que sepan que muchas veces van a estar equivocados; que sepan que nunca van a ser poseedores de toda la verdad y que, por eso, muchas veces deberán pedir perdón.

Unos hijos, Señor, que sean honrados, eficientes. Que aspiren a ser libres; que jamás callen ante las injusticias; que jamás, por defender sus intereses, pasen por encima de los derechos de los demás; y que por amor estén siempre dispuestos a perdonar.

Quiero unos hijos honestos en el manejo de los bienes propios y ajenos: que elijan padecer pobreza antes de hacer mal uso de lo que no les pertenece. Unos hijos con mentalidad de adultos, pero con ojos y corazón de niños; abiertos a ideas y a tiempos nuevos, nunca acomodados; siempre inquietos. Que encuentren la alegría en las cosas sencillas de la vida y que sepan mantener su espíritu en alto aún en los momentos difíciles.

Unos hijos que comprendan que deben formarse lo mejor posible, no para lograr dinero o para incorporarse a la sociedad de consumo, sino para servir a sus hermanos.

Quiero unos hijos que sepan poner el interés de los demás antes que el propio, y para quienes el ideal sea lograr el bienestar y la felicidad del prójimo.

Unos hijos que sepan compartir las alegrías de los otros, y también sus fracasos, tristezas y sufrimientos.

Señor, sueño con tener unos hijos que confíen en los demás, que crean en los demás; que sepan tomar decisiones, pero que sepan también delegar responsabilidades.

Quiero inculcar en mis hijos el deseo, no de ser socios de clubes, sino de ser parte de una sociedad más justa, en donde todos tengan acceso a los beneficios propios de los seres humanos.

Ayúdame, Señor, a formar unos hijos que se parezcan a Ti, capaces de llegar hasta el sacrificio con esperanza en tu triunfo y en tu resurrección.

Hay algo que te quiero pedir especialmente, y es tu gracia para nosotros sus padres. Danos tu ayuda, tu fuerza, tu amor, tu humildad, tu entrega, tu esperanza, tu alegría, tu constancia; ya que sólo pareciéndonos a Ti, viviendo todo eso que queremos y soñamos para nuestros hijos, seremos capaces de despertar en ellos esos ideales; sólo así seremos capaces de formar esos hombres nuevos capaces de construir un mundo nuevo, el mundo que Dios soñó.

9.02.16

Escuela de la Misericordia

Igual me  “tiro de la moto”, como se dice vulgarmente entre los jóvenes, cuando pienso que lo que nos sugiere el Santo Padre para este Año Jubilar de la Misericordia es lo que cotidianamente se vive en la maternidad, el matrimonio y la familia todos los días y a todas horas. Pues como dijo el Santo Padre en Filadelfia, con ocasión del Encuentro Mundial de las Familias, “la familia, es la primera y más importante escuela de la misericordia, en la que se aprende a descubrir el rostro amoroso de Dios y en la que nuestra humanidad crece y se desarrolla".

Quizás, porque en su mensaje para esta Cuaresma, nos recuerda que “en la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con la bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales”; repaso y reflexiono cada una de las 14 obras de Misericordia y pienso: ¡¡cachis, pues si esto es lo que se vive cada día en mi casa, lo que hace una madre con sus hijos, una esposa con su esposo, una familia con los amigos y necesitados,…!!

Si  si. Estoy convencida de poder afirmar que la maternidad, el matrimonio y la familia son  la mejor Escuela de Misericordia que Dios nos ha podido regalar a los hombres. Cada uno de nosotros,  en nuestra situación concreta, con unos hijos concretos y un marido “único”, estamos llamados a un gran desafió para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo: “derramar la Misericordia divina” guiando, acompañando, y formando a nuestros hijos, con nuestro ejemplo,  para que saquen lo mejor que llevan dentro de su corazón, para que con su entusiasmo y fortaleza no se desvíen  del camino, atrayendo a Él a muchas almas.  

“En el ámbito familiar, las personas reciben los valores fundamentales del amor, la fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales, y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad. Entonces, partiendo de este ser de casa, mirando la familia, pensemos en la sociedad a través de estos valores sociales que mamamos en casa, en la familia: la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad”. (Francisco, Encuentros con la sociedad civil, Iglesia de San Francisco, Quito (Ecuador), 7 de julio de 2015)

Enseñar al que no sabe, guiar con un buen consejo, corregir al que yerra, perdonar las injurias, sufrir con paciencia los defectos de los demás, consolar al triste, cuidar al enfermo,… ¡qué fácil nos resulta cuando son de los nuestros, nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestro hermano, nuestro amigo!

Lo dice la Escritura: “Si amáis a los que os aman, ¿Qué merito tenéis?…Si hacéis el bien a quien os hace el bien, ¿Qué merito tendréis?….Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿Qué merito tendréis?….. Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis  hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 31-36)

Por ello, tenemos que dar un paso al frente, y no quedarnos  en nuestro círculo más cercano. La humanidad entera nos pide más. El Santo Padre nos urge: No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado”.

 

3.01.16

La vida de cada día

“Qué importante es para nuestras familias a caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo (…) Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón”, nos recordaba en Papa Francisco en la homilía del 27 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Y mirando a mis hijos, unos casados, otros ennoviados, y otros -Dios dirá lo que tiene preparado para ellos- , me planteaba la gran responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros con las nuevas generaciones. Es más,  pensaba que no es suficiente proponerles una doctrina cristiana sobre el matrimonio y la familia. Es necesario vivirla intensamente y transmitirla con un ejemplo de vida alegre, viva, jovial, joven e ilusionada a pesar de los años; accesible para todo el que quiera amar, coherente, valiente, fiel, serena y segura.

Pero, ¿Cómo demostrarles que el servicio, la sinceridad, la alegría, la gratitud, la amabilidad, el hacerse el “olvidalizo” de las pequeñas o grandes faltas del otro,… son elementos esenciales para un buen vivir? ¿Qué seria del mundo sin la fidelidad de muchos matrimonios que se prometieron amor eterno y  que cada día  que pasa se quieren más a pesar de las pruebas y obstáculos propios del día a día?

Como dice mi amiga Sonsoles: “La fidelidad en nuestro matrimonio no es algo que busquemos, es algo que sucede por el amor comprometido que nos tenemos el uno al otro. Este compromiso crece cada día. El ser fieles es una consecuencia de cómo entendemos el amor. Nosotros entendemos nuestro matrimonio como un bien personal… Yo soy fiel porque quiero estar junto a mi marido todos los días de mi vida. Es en la permanencia a su lado como yo crezco como persona pues tengo que salir de mí para encontrarme con él.

Un matrimonio que no es fiel, se antoja complicado. Una verdadera amistad que no es fiel, se antoja complicada. Cualquier relación entre personas, si no es fiel, se antoja complicada. La fidelidad y la sinceridad van de la mano. Ninguno de nosotros quiere ser engañado en sus relaciones personales. No estamos hechos para el engaño o la mentira. No estamos hechos para la infidelidad. La prueba de ello es el dolor que sentimos cuando nos son infieles”.

Ya nos lo recuerda constantemente el Santo Padre: “No perdamos la confianza en la familia (…) esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca”.

 

19.11.15

"Nosotros tenemos flores"

Corre por la red una carta del periodista francés Antoine Leiris que tras perder a su mujer en uno de los ataques en Paris escribió: “Ustedes no tendrán mi odio…No les daré el privilegio de odiarlos…Queréis que tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con sospecha, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Y no, no lo conseguiréis”.

Y estas palabras, me hacen preguntarme esta mañana: ¿Cómo reaccionar ante este grandísimo mal del terrorismo? ¿Debería renunciar a la venganza, a los recelos, la indignación, a la cólera de estos actos tan dolorosos? ¿Tendría que endurecer mi corazón para que estas tragedias humanas- y otras acaecidas en otros países de los que hoy nadie habla -, no me afecten?

Es normal que la ira , el odio, la revancha, sea una primera reacción ante ciertos acontecimientos brutales contra nuestro modo de vida, nuestra libertad, nuestros valores, y la dignidad humana. La violencia y el mal no nos pueden dejar indiferentes. Debemos reconocerlo y, en lo posible, repararlo. Pero, la solución no es malgastar nuestra vida buscando resurgir de nuestras heridas a cualquier precio. “Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas”1 .Solo respondiendo a la violencia con comprensión, sin odio, sin prejuicios podremos construir un mundo mejor. “Nosotros tenemos flores”, como le explica este padre a su hijo los atentados en París en un video recogido por un periodista del programa francés Le Petit Journal.

Como decía Juan Pablo II: “No podrá emprenderse nunca un proceso de paz si no madura en los hombres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón las heridas continuarán sangrando, alimentando en las generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz auténtica y estable (…)E l dolor por la pérdida de un hijo, de un hermano, de los propios padres o de la familia entera por causa de la guerra, del terrorismo o de acciones criminales, puede llevar a la cerrazón total hacia el otro (…) Sólo el calor de las relaciones humanas caracterizadas por el respeto, comprensión y acogida, pueden ayudarles a superar tales sentimientos. La experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser vivida también por un corazón herido (…) A cada persona de buena voluntad, deseosa de trabajar incansablemente para la edificación de la nueva civilización del amor, repito: ¡ofrece el perdón, recibe la paz!”.2

Aun así, muchos de vosotros lo sabéis por experiencia, el dolor, las lágrimas, la herida, y el sufrimiento no desaparece de nuestras vidas.

“Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda todopoderosa de Dios. “Con mi Dios, salto los muros,” canta el salmista. Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón. Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.

Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. (…)

En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos, aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.

Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: “¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."3

1 Jutta Burggraf, Aprender a perdonar, Nuestro Tiempo, nº 643

2 JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.

3 Jutta Burggraf, Aprender a perdonar, Nuestro Tiempo, nº 643

18.10.15

Con el rabo entre las piernas

Mucho me temo que el Maligno va a salir con el rabo entre las piernas sin conseguir lo que tan empeñado esta en encizañar durante estos días del Sínodo de los Obispos.

Peligro hay, no hay duda, y mucho. La aparición de casos “controvertidos”, murmuraciones, engaños, escándalos, … no son más que una batalla más del Diablo  para eliminar a Dios de nuestras vidas, para separarnos de Él, para desunir, dividir y desorientar a los que están llamados a servir, gobernar y a orientar al pueblo de Dios hacia el Reino de Dios”..

Pero, a pesar del daño que causa a una humanidad, en muchas ocasiones, desnortada y  manipulable, nuestras armas son poderosas y efectivas: oración, sacrificio y acción.

Son las armas que Dios utilizó para no dejarse vencer por el Demonio en el desierto. Y no me cabe la más mínima duda de que las oraciones de muchos fieles, el empeño por  llevar la Palabra de Dios hasta los más remotos rincones de la tierra,  y el sacrificio ofrecido durante estos días por el buen hacer de nuestros pastores ,serán la gran solución  para que la Iglesia no se aparte de su camino.

Pero como decía San Pablo: “Lleven con ustedes todas las armas de Dios, para que puedan resistir las maniobras del diablo. Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba.

 Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. Tomen la verdad como cinturón, la justicia como coraza; tengan buen calzado, estando listos para propagar el Evangelio de la paz.

Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio.

Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios. Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo en favor de todos los santos, sus hermanos.

Rueguen también por mí, para que, al hablar, se me den palabras y no me falte el coraje para dar a conocer el misterio del Evangelio”.

Es más, como señaló  el Papa Francisco en la homilía de la Misa que celebró en Santa Marta el jueves 30 de octubre de 2014,  “la vida del cristiano «es una milicia» y se requieren «fuerza y valentía» para «resistir» a las tentaciones del diablo y para «anunciar» la verdad. Pero esta «lucha es bellísima», porque «cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da un gozo, una felicidad grande» (…) El Señor está con nosotros. Quien nos ha dado todo, nos hará vencer nuestra batalla cotidiana, con la «gracia de la fuerza, de la valentía, de la oración, de la vigilancia y la alegría».