16.12.14

Dios no se impone. Pide permiso

Una de las escenas más tiernas de Adviento es, sin duda alguna,  la visitación de María a su prima Isabel.

“Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”1.

La criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios, en cuanto conoce la noticia del embarazo de su anciana prima, no lo duda, no repara en dificultades, ni le amedrenta el largo y difícil viaje. Al contrario, María, la ya Madre de Dios, se pone en camino sin demoras, con prontitud. Quiere darse, servir, ayudar, anticiparse a sus necesidades. ¡Menudo ejemplo el de María! ¡Qué grandeza! ¡Qué señorío!

“Vuelve tus ojos a la Virgen y contempla cómo vive la virtud de la lealtad. Cuando la necesita Isabel, dice el Evangelio que acude «cum festinatione», —con prisa alegre. ¡Aprende!”2

Y entre ellas, ¡cómo me hubiera gustado verles preparar la canastilla desde un rinconcito!, se desborda todo un mundo de ayuda fraternal, de amistad, de confidencias, de risas nerviosas, contagiosas, esperanzadas. La espera ha sido larga para Isabel, quedan pocos meses para tener a su hijo en los brazos, pero se sienten bienaventuradas, pletóricas de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en ellas… “porque para Dios nada hay imposible”3.

“Dichosa tu que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”4

Isabel, movida por el Espíritu, alaba así la fe de María. Una fe sólida, firme, que tras el anuncio del Arcángel, sin reservas ni dudas, entrega su corazón y su vida a la Voluntad del Señor. Su corazón “oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”5.

La fe de María es una “fe vivida”, una “fe operativa”. Se ha fiado de Dios, y desde ese mismo instante, nada más pronunciar su “fiat” generoso, la colaboración a los planes divinos, sus continuos actos de fe en sus obras, es total.

Y al oír estas palabras, María desborda de alegría y de gozo. Fiel a la sabiduría divina, siente el deseo de cantar, con humildad, con confianza, las maravillas que Dios ha hecho con ella. Y entona un canto maravilloso lleno de agradecimiento:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.6

“María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa”7

Mientras hizo falta, María, madre de Dios, acompañó y cuidó a Isabel. Ella sabe muy bien que servir es amar, “con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”8 . Ahora, una vez llevada a fin su tarea, vuelve a su casa. Tiene muchas cosas que preparar todavía…

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1 Lc 1,39-40

2San Josemaría Escrivá de Balaguer,Surco, n.371

3Lc 1, 36-37

4Lc 1, 45

5San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n.173

6Lc 1, 46-55

7Lc 1,56

8Dt 6, 5

26.11.14

El corazón de la Iglesia llora

“Esta es mi angustia y el dolor por el hecho de que algunos sacerdotes y obispos hayan violado la inocencia de menores y su propia vocación sacerdotal al abusar sexualmente de ellos. Es algo más que actos reprobables. Es como un culto sacrílego porque esos chicos y esas chicas le fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios, y ellos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia. Profanan la imagen misma de Dios a cuya imagen hemos sido creados.

La infancia, sabemos todos es un tesoro. El corazón joven, tan abierto de esperanza contempla los misterios del amor de Dios y se muestra dispuesto de una forma única a ser alimentado en la fe.

Hoy el corazón de la Iglesia mira los ojos de Jesús en esos niños y niñas y quiere llorar. Pide la gracia de llorar ante los execrables actos de abuso perpetrados contra menores. Actos que han dejado cicatrices para toda la vida”.1

El corazón de la Iglesia llora con profundo dolor y amargura ante los casos de abuso sexual contra menores por parte de miembros de la Iglesia.

Debo confesar que llevo varios días dándole vueltas al tema con el corazón desgarrado. Como católica, como madre, me imagino su dolor, me pongo en el lugar de las víctimas, de sus madres, y me causa repugnancia, escandalo, desazón, y muchas, muchas, lágrimas.

Es entonces, cuando me responsabilizo, unida al Santo Padre, y reconozco con verdadero dolor que estos graves pecados “pesan en el corazón y en la conciencia mía y de toda la Iglesia (…) Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón.”2

Me hubiera gustado hacerles caso a los que me aconsejaban que no escribiera sobre ello, pero no puedo fingir que nada grave está sucediendo, ni puedo mirar hacia otro lado minimizando la gravedad de estas acciones.¡Con que solo hubiera un sacerdote, un solo caso aislado de abuso, ya sería repugnante y reprobable!

Al fin y al cabo, cómo afirmó ayer el papa Francisco: “La verdad es la verdad y no debemos esconderla". A lo que me gustaría añadir que la caridad sin la verdad resulta imposible de vivir en nosotros y con los demás.

No soy de las que piensan que la acción de unos pocos oscurece la maravillosa y digna labor de la inmensa mayoría de los sacerdotes, fieles y santos, que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo. Es más, estoy segura de que todo lo que está sucediendo, estos hechos vergonzosos de miembros de la Iglesia, lo más mezquino del hombre, es para bien: Omnia in bonum3

Es más, estos grandes escándalos servirán, como mínimo, para despertarnos, para zarandearnos, para profundizar en nuestra vocación y servicio a la Iglesia. “Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos duros para ser católicos hoy. Pero también son tiempos magníficos para ser un sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser católicos hoy… Es un tiempo fantástico para ser cristianos hoy, porque es un tiempo en el que Dios realmente necesita de nosotros para mostrar Su verdadero rostro… ¡Este es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos y cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a Él que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar Su auténtico rostro”.4

Si queremos a nuestra Santa Madre la Iglesia, si nos consideramos, ¡de verdad!, miembros de una única Familia de Dios, tendremos que coger el toro por los cuernos, con responsabilidad y compromiso, para afrontar al maligno con la fuerza de la oración y la mortificación.

¡¡¡“Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelva a ocurrir en la Iglesia”!!!

Como solía decir San Josemaría Escrivá de Balaguer, “hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.

—Y esa cruzada es obra vuestra”.5

Y, por favor, ¡¡¡ No dejemos solos a los sacerdotes, porque la soledad es mala consejera y el maligno está al acecho!!!

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1 Francisco, Los pecados de abuso sexual contra menores por parte del clero, 7 julio 2014

2 Francisco, Los pecados de abuso sexual contra menores por parte del clero, 7 julio 2014

3 Rom 8,28

4 P. Roger J. Landry, ¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante los terribles escándalos de la Iglesia?

5 San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, 121

16.11.14

Feedback: Te animo a participar

“Los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir, pensar.” Ryszard Kapuściński

A veces ocurre que los periodistas o blogueros escribimos sobre temas y experiencias muy alejadas de la realidad/de la vida y sentimientos del lector.

A pesar del feedback que se potencia con los comentarios de los lectores, los emails, los intercambios de información,… los “escribientes” parece que no mejoramos la calidad de la información, el contacto y la complicidad con la gente.

Es más, a menudo, ni nos percatamos que detrás de nuestro trabajado artículo hay un lector que recoge la información, nuestras opiniones, sentimientos, experiencias y deseos, para – a través de ellos-, palpar la realidad, para reflexionar y buscar explicaciones y, en muchas ocasiones, “hacerla vida”.

Y por tanto, nuestro compromiso en la construcción de una opinión pública que sea capaz de formar y provocar la reflexión para enriquecer nuestra vida cotidiana, profesional y social, para hacer una sociedad más humana, depende de una buena dosis de responsabilidad.

De hecho - a mí me suele ocurrir a menudo-, que solo con firmar con mi nombre un texto para publicar, pensar que el lector pierde su tiempo leyéndome porque confía en que en mi mensaje encontrará la verdad, respuestas a sus preguntas, o simplemente, reflexión sobre algún tema, me compromete, me obliga a utilizar los cincos sentidos del periodista del maestro Kapuscinski: “Estar, ver, oír, compartir y pensar”.

Esto me ha hecho reflexionar y lanzarme - sin escudo que me proteja-, a vuestras aportaciones, nuevos temas, y, por supuesto, a vuestras críticas y sugerencias.

El objetivo está bien claro: mejorar mi columna con vuestra valiosa y constructiva ayuda para favorecer ” el diálogo y el debate que, llevadas a cabo con respeto, salvaguarda de la intimidad, responsabilidad e interés por la verdad, pueden reforzar los lazos de unidad entre las personas y promover eficazmente la armonía de la familia humana".(Benedicto XVI)

Te animo a participar. Mil gracias

10.11.14

Poder, éxito y placer

“¡Qué dé un paso al frete aquél a quien no le guste mandar! A juzgar por el ansia que los políticos, profesionales o aficionados, ponen en lograr y mantener una posición destacada, el poder debe ser un placer subyugante”[1]

Vivimos tiempos de una gran crisis moral, de un deterioro, una “esquizofrenia” individual y social, que nos debería llevar – como hombres y mujeres de bien-, cuanto menos a reflexionar sobre ella.

Una crisis moral que, como bien decía el profesor Rafael Alvira , “los aspectos generales de la crisis se pueden resumir en las tres tentaciones básicas que se presentan a todo ser humano: el poder, el éxito y el placer”.

Y puntualizaba: “El poder es un principio desde el cual, y sólo desde el cual, podemos hacer algo. El éxito es mediación, comunicación, y resulta imprescindible para llegar, para alcanzar lo que buscamos. El placer es término, es el gozo en lo conseguido.

(…) El que busca el poder como fin último es un soberbio, y la “sociedad del poder “consiguiente es una sociedad arrogante.

El que busca el éxito como fin último es un vanidoso, y la “sociedad del éxito” consiguiente es una sociedad de apariencia.

El que busca el placer como fin último es un sensual y la “sociedad del placer” consiguiente es una sociedad hedonista (…)

Por eso dice bien Séneca que la virtud por antonomasia, la más bella y mejor, es la grandeza de ánimo, sin la cual resulta, a la corta o a la larga, imposible el ejercicio básico de la moralidad, es decir, la realización de la justicia”.[2]

Y hacer justicia consiste, no solo en tener un hondo sentido de la responsabilidad del “deber hacer” que tenemos nosotros mismos, en nuestra vida cotidiana; sino también del “deber hacer” en la atención y respeto al prójimo. Hacer justicia implica trabajar, a esforzarnos con valentía, en el conocimiento y la práctica del bien del otro, de ser capaces de ponernos en lugar del otro, de defender tus derechos y los de los demás.

La sociedad será lo que nosotros queramos que sea, pues como bien leí una vez “sin justicia el mundo se convierte en un sitio cruel y peligroso. Hace falta valor para ser un paladín de la justicia. A veces, cuando se defiende la justicia uno se queda solo”.

A mi modesto entender los puntos esenciales, el camino a seguir, para la mejora de esta “crisis de valores” en la que estamos inmersos son:

La primera y fundamental es la familia donde cada uno de sus miembros es aceptado y querido como es y por el hecho de ser. En el seno de familia lo más importante es el bien de cada uno y no su riqueza, poder o éxito. En la familia se recibe el amor y se aprende a darlo a los demás.

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28.09.14

Chapeau, Pilar Rahola!!!!

Los que me conocen saben muy bien que Pilar Rahola no es “santa” de mi devoción como se dice vulgarmente. Es más, me suele soliviantar a menudo, y no le “paso ni una” de sus infortunados comentarios a los que nos tiene acostumbrados.

Pero, esta mañana, debo ser justa. Después de leer su artículo “La Caridad” ,publicado hoy en La Vanguardia, y sin que sirva de precedente, debo decir: Chapeau, sra. Rahola!!!

Juzguen ustedes mismos:

La caridad
A pesar de que lo políticamente correcto es hablar de solidaridad, sobre todo porque la izquierda se siente más cómoda con este concepto que le suena a laico, lo cierto es que la caridad, en su sentido cristiano, es la base de toda solidaridad. Personalmente, quizás porque he sido lectora de Las confesiones de san Agustín (aconsejo la traducción catalana de Miquel Dolç en la Bernat Metge), creo que la caridad es un concepto que los engloba todos, porque implica empatía, entrega y sacrificio. El propio san Agustín lo expresó en una frase que es todo un tratado ético e, incluso, podría ser un tratado político: “En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad”.

Sin embargo, en parte por los abusos que la imposición dogmática de la Iglesia representó durante siglos, en parte por el dogmatismo que también palpita en muchas ideologías de progreso, el concepto de caridad fue quedando obsoleto e, incluso, se consideró retrógrado. Y fue así como, en un pispás, después de siglos de gentes de Iglesia practicando la caridad por el mundo, pareció que esta, renombrada como solidaridad, era un invento de la izquierda. En el relato del progre cabían los médicos sin fronteras, las oenegés, los periodistas con su cámara al hombro, pero no tenían cabida las monjas y sacerdotes que habían llegado antes que cualquiera, jugándose la piel en las heridas abiertas del mundo. Lo políticamente correcto no podía aceptar la solidaridad con la cruz al cuello, porque les rompía demasiados esquemas.

Lo cual es, además de una estupidez, una gran injusticia porque el mundo es mejor por esa cantidad ingente de personas, cuya fe en Dios las ha impelido a dedicar la vida a los demás. Muchas de ellas en las esquinas más rotas del planeta, viviendo en condiciones infrahumanas, arriesgando la vida diariamente. Y muchas de ellas, muriendo. La última ha sido el misionero Manuel García Viejo, víctima del voraz y letal ébola que está sangrando las entrañas de África. Ha muerto en Madrid, después de haber sido repatriado desde Sierra Leona, donde dirigía un hospital. Pocas semanas antes había muerto otro sacerdote de la misma orden, Miguel Pajares, que también dedicó su profesión, su esfuerzo y su tiempo a las zonas más castigadas del continente negro. Su último destino, Liberia. Y si hiciéramos la lista completa de los sacerdotes y monjas que dan su vida al prójimo sin otro objetivo que vivir su fe como un servicio, necesitaríamos mucho papel. Son gentes de fe cuya fe da luz a las tinieblas, iluminando las zonas oscuras del mundo, allí donde habitan el olvido y la desesperación. Sirva este humilde artículo para expresar un hondo agradecimiento y una profunda admiración hacia todos ellos, creyentes cuyo Dios tiene alma humana. Retorno a san Agustín, y es palabra de santo: “Donde no hay caridad, no puede haber justicia”.