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3.12.08
Quiero dedicar este artículo a un antiguo himno latino de adviento, basado en el profeta Isaías, que es verdaderamente maravilloso, el Rorate Coeli. Todo aquel que tenga algo de poesía en su alma quedará sobrecogido al leerlo. Puede usarse además como una magnífica oración para repetir todos los días en este tiempo de Adviento.
Animo a los lectores a ir leyéndolo despacio, quizá en voz alta, imaginando lo que cuenta: la situación de sufrimiento del que lo canta, que compara con la destrucción de Jerusalén, arrasada por sus enemigos, de manera que donde un día se cantaba la gloria de Dios hoy no se escucha más que un silencio de muerte. Es el pecado el que nos ha apartado de Dios, nos ha hecho insustanciales como hojas caídas que lleva el viento, nos ha encadenado con nuestra propia maldad y nos oculta el rostro del Señor, de manera que no hay ninguna luz que alivie nuestra oscuridad.
En esa situación angustiosa, que parece que no tiene salida y de la que uno mismo no puede salir, el cristiano se acuerda de la promesa de Dios o, mejor, del Prometido por Dios, del salvador que Dios anunció desde antiguo. El cantor grita, como los esclavos hebreos en Egipto, para que Dios venga a romper nuestras cadenas que no nos dejan vivir y a consolarnos en nuestra aflicción de muerte. La sequía abrasadora de nuestra vida necesita el Rocío del cielo, el Justo que tiene que venir de Dios.
En la última estrofa, es el mismo Señor el que habla, para consolar a su pueblo con una ternura que conmueve el corazón. Como un padre al hijo que se despierta asustado por la noche, le dice: no temas, estoy aquí, ya llego junto a ti.
El himno, traducido rápidamente, dice así en castellano:
No te enojes Señor,
no te acuerdes más de nuestra maldad.
La ciudad del Santo está desierta;
Sión ha quedado arrasada,
Jerusalén, desolada,
la casa de tu santidad y tu gloria,
donde te alabaron nuestros padres.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
Hemos pecado y estamos manchados.
Hemos caído como las hojas
y nuestras maldades nos arrastraron como el viento.
Nos escondiste tu rostro
y nos dejaste con nuestra iniquidad.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
Mira, Señor, la aflicción de tu pueblo
y envía al Prometido:
envíanos al Cordero que rige la Tierra,
desde el desierto de Petra
hasta el monte de la hija de Sión,
para que rompa el yugo de nuestra esclavitud.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
Consuélate, pueblo mio, consuélate,
que pronto llegará tu salvación;
¿Por qué te consumes de tristeza?
¿Por qué se renueva tu dolor?
Te salvaré, no temas:
yo soy el Señor, tu Dios,
el Santo de Israel, tu redentor.
A continuación, incluyo un vídeo del canto en latín, para que disfruten escuchándolo. Es una melodía preciosa pero bastante sencilla, así que, si la escuchan un par de veces, luego se sorprenderán canturreando el gregoriano por la calle. En vez de cantado por monjes, he elegido uno cantado por dos chicas para que sea más claro y se pueda entender mejor, pero en Internet lo pueden encontrar cantado en varios monasterios. Incluyo también el texto en latín, para que puedan seguirlo (aunque también va a apareciendo en el vídeo) o incluso aprenderlo de memoria:
Rorate caeli desuper et nubes pluant iustum.
Ne irascaris Domine,
ne ultra memineris iniquitatis;
ecce civitas Sancti facta est deserta,
Sion deserta facta est,
Jerusalem desolata est;
domus sanctificationis tuae et gloriae tuae,
ubi laudaverunt te patres nostri.
Rorate caeli desuper et nubes pluant iustum.
Peccavimus,
et facti sumus tamquam immundus nos,
et cecidimus quasi folium universi;
et iniquitates nostrae
quasi ventus abstulerunt nos;
abscondisti faciem tuam a nobis
et allisisti nos in manu iniquitatis nostrae.
Rorate caeli desuper et nubes pluant iustum.
Vide Domine afflictionem populi tui
et mitte quem missurus es;
emitte Agnum dominatorem terrae,
de petra deserti ad montem filiae Sion
ut auferat ipse iugum captivitatis nostrae.
Rorate caeli desuper et nubes pluant iustum.
Consolamini, consolamini, popule meus:
cito veniet salus tua.
Quare maerore consumeris,
quia innovavit te dolor?
Salvabo te, noli timere,
ego enim sum Dominus Deus tuus,
Sanctus Israel, Redemptor tuus.
Que ésta sea nuestra oración en este tiempo de Adviento: Vide Domine afflictionem meam et mitte quem missurus est, ut auferat iugum captivitatis meae. Mira, Señor mi aflicción y envía al Prometido, para que rompa el yugo de mi esclavitud.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre
desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.
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