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13.07.09
No, no voy a hablar de los casos de pederastia. Son algo inexpresablemente horrible pero, al menos, son poquísimos en comparación con el número total de sacerdotes. Voy a hablar de algo mucho más extendido, que me resulta más cercano y cuyas consecuencias he sufrido en multitud de ocasiones.
El tema me lo ha sugerido un artículo aparecido en Religión Digital titulado “España ya no se confiesa”. En él, se habla de cifras muy tristes sobre la confesión en nuestro país (aunque no queda muy claro de dónde salen esas cifras). Aparentemente, el 80 % de los católicos españoles no se confiesa.
No son estas cifras, sin embargo, las que han hecho que me subiera la sangre a la cabeza. Lo que me ha fastidiado sobremanera es que el artículo parece atribuir este problema a los fieles. Ya he oído a muchos sacerdotes decir lo mismo: “es que la gente no viene a confesarse”, “prefieren otras cosas”, “no nos ven como intermediarios ante Dios”, “creen que no tienen pecados”… No es extraño que el artículo concluya que la confesión es un “sacramento destinado a desaparecer”.
Leer o escuchar este tipo de cosas me deja patidifuso. ¡Curas sinvergüenzas! Si no me lo desaconsejaran la caridad cristiana y el respeto debido a los ungidos del Señor, añadiría un párrafo entero de insultos. O dos, que el papel es barato, sobre todo el virtual.
La razón principal por la que no se confiesa la gente es porque los curas no se ponen a confesar. En muchas parroquias absolutamente nunca. En otras, el segundo miércoles de cada mes, de 11:00 a 11:15 de la mañana, siempre que sea luna llena y Marte esté en conjunción con Saturno. ¡Curas sinvergüenzas! Si de verdad les interesara que los fieles recibiesen el perdón de Dios, pondrían todas las facilidades posibles. ¿Qué centro comercial subsistiría con un horario así? Pero, claro, es que a los centros comerciales les interesa vender, mientras que, para gran número de sacerdotes, la confesión no es más que una molestia. Ayer fui a confesarme con mi mujer y tuve que ir a Santa Gema, a diez kilómetros de mi casa, porque en mi barrio es complicadísimo encontrar confesores.
También existe otra variante que aún me resulta más desvergonzada: los curas que dicen que en su parroquia no hay horario de confesiones porque basta decírselo para que ellos confiesen a quien lo desee. Un fraile dominico de la Parroquia de San Jacinto de Triana, a quien Dios perdone, dice con toda desfachatez: “En esta parroquia no hay costumbre de usar el confesionario. Si alguna persona quiere confesarse, lo dice antes de la misa y nos sentamos en una parte de la iglesia". ¡Curas sinvergüenzas! Para el común de los mortales, confesarse resulta difícil y humillante. Pero si, para ello, primero hay que dirigirse a la sacristía, buscar al sacerdote, interrumpirle, pedirle delante de otras personas que deje lo que está haciendo y venga a confesarnos, soportar las miradas de la gente… la dificultad y la humillación crecen hasta hacerse, en la práctica, insalvables para el común de los mortales.
Por supuesto que es mejor confesarse con un sacerdote que a uno le conozca, cara a cara y en una conversación más amplia. Pero eso no se le puede exigir a nadie. A nadie. Los sacerdotes no son dueños del sacramento de la confesión, de manera que puedan imponer cargas adicionales de su invención a los penitentes. El confesionario, por muy antiguo y pasado de moda que pueda parecerles a algunos, está pensado para proteger a los fieles de las originalidades y las tonterías de los curas.
Otra cosa que me ha repateado del artículo en cuestión es que se quejaba de que la “jerarquía” hubiera prohibido las confesiones comunitarias (se refiere, por supuesto, a esos paripés en los que no hay confesión, sino sólo una ilegítima e inválida absolución general, no a las celebraciones comunitarias con confesión individual). ¡Curas sinvergüenzas! Esas absoluciones generales han alejado a más gente de la confesión que una legión de demonios. Sustituyeron de hecho la necesidad de reconocer sinceramente las propias culpas ante Dios y ante la Iglesia, recibiendo el perdón objetivo de Dios, por un acto social facilón e impersonal, acompañado de un mero malestar bastante vago por el hecho de no ser perfectos.
Mi experiencia me dice que, cuando los sacerdotes están en el confesionario, los fieles acuden a confesarse. He estado en muchas colas para confesarme y sé lo que digo. Y lo he visto en parroquias en las que un párroco no confesaba nunca y, cuando vino el siguiente que sí se ponía a confesar y no ponía obstáculos, la gente retomó la confesión, porque estaba deseando hacerlo.
Sin duda, incluso con las mejores condiciones del mundo, se confiesa hoy menos gente que hace cincuenta años, pero eso no me extraña nada, porque, en primer lugar, el número de cristianos es mucho menor. Y ya es hora de que lo asumamos. En segundo lugar, porque los cristianos están perdiendo el sentido del pecado. También en esto tienen los sacerdotes mucho que ver, pero ya hablaremos de ello otro día.
Y a un sacerdote, le diría: ¿Quieres que la gente de tu parroquia se confiese? Siéntate a confesar todos los días. El Papa ha dicho “No os resignéis jamás a ver vacíos los confesionarios” y la primera medida para que no lo estén es que tú pases tiempo dentro de ellos. ¿Y si aún así no vienen o vienen pocos? Sigue sentándote y reza el breviario todos los días por ellos en tu confesionario. Pocas cosas son más conmovedoras para los laicos que ver rezar a los sacerdotes. Aunque parezca mentira, los laicos no vemos rezar casi nunca a los sacerdotes, hasta el punto de que resulta sorprendente verlo. Échale horas al confesionario. Échale semanas, meses y años. Como el Cura de Ars, que para algo es el patrono de los sacerdotes. Da tu tiempo y tu vida, desperdícialos por tus parroquianos, y eso dará sus frutos.
Recuerdo que, hace muchos años, un sacerdote muy sabio nos llevó a un pueblo perdido de Castilla la Mancha a ver a otro sacerdote al que él consideraba ejemplar. Era un sacerdote muy joven y que, mientras era seminarista, había llevado siempre a cientos de chicos de su parroquia a los actos y encuentros diocesanos, porque tenía una habilidad especial para conectar con ellos. Sin embargo, cuando se ordenó, le destinaron a un pueblo minúsculo en el que sólo vivía un puñado de viejecillos, bastante descristianizados. Estuvimos hablando un rato con él, en aquel pueblecillo en el que estaba tan solo, y nos contó que todos los días se exponía el Santísimo en la iglesia parroquial. Era algo nuevo que él había iniciado en la parroquia. Me conmovió mucho lo que nos dijo, con cierta ingenuidad: “Voy siempre y me quedo rezando todo el tiempo. Aún no ha venido nadie más del pueblo, pero sólo llevo un año haciéndolo…". En esa soledad y aparente fracaso, vi claramente el secreto de su éxito con los jóvenes de su parroquia anterior: daba verdaderamente la vida por sus parroquianos, sin medida. Y eso, antes o después, de forma visible u oculta a nuestros ojos, siempre da sus frutos.
Por supuesto, sentarse en el confesionario no es lo único que hay que hacer. Moléstate también en confesar a los niños de primera comunión. No el día de antes de esa primera comunión, sino dos o tres veces durante su tiempo de catequesis, para que vayan gustando ese sacramento. Y, cuando vayan los niños y chicos de campamento con la parroquia, aprovecha para ofrecerles la confesión. Y organiza varias celebraciones comunitarias de la penitencia al año (de las de verdad, con confesiones individuales). Y confiésate tú con otro sacerdote, delante de la gente, como un signo para ellos. Y, cuando confieses, esfuérzate por reflejar al Buen Pastor, inmensamente alegre por haber encontrado a la oveja perdida (cosa que te resultará más fácil si antes de confesar, estabas rezando, en lugar de pensando en tu apretada agenda). Y habla en las homilías de lo grande que es el amor de Dios, de la tragedia terrible que es el pecado, que lleva a la muerte. Y mil cosas más…. todo menos echarle la culpa a la gente, porque lo que les sucede es que están como ovejas sin pastor.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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