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15.07.08

¡Qué envidia los ingleses! Aquí tenemos a Rajoy mimetizándose con el ambiente y a Zapatero queriendo «extender derechos a los inmigrantes» a la vez que los destierra a «escuelas para negros».
No voy a hablar de política, aunque ganas no faltan, pero el leit motiv del post es un discurso de David Cameron en el deprimido barrio de Gallowgate (Glasgow) —para hacernos una idea, un barrio del «cinturón rojo»—. Discurso que debería pasar a la historia, quizá por eso no ha trascendido en la prensa española.
El pasado lunes, ante un auditorio que también está pasando las de Caín, Cameron ataca la neutralidad moral —el relativismo— de la sociedad británica, como primer paso para superar la crisis. No les engañó con 400€, ni con monos, ni con matar niños y ancianos. Después de hablar de lo bonito que es Glasgow, de lo importante que es para su partido; de las innumerables iniciativas para ayudar a los desfavorecidos, de identificar los problemas reales —sin circunloquios, sin mentiras, casos concretos—; después de decir que desgraciadamente las cosas no van bien, realiza un extraordinario análisis social (y creo que no me he pasado). Un discurso, que gira en torno a la sociedad rota (quizá mejor traducción sería desquebrajada, pero los bisílabos son más «marketinianos»). Os transcribo el momento estelar, traducción y negritas mías —sabréis disculpar—:
Creo que ha llegado el momento de hablar de un tema que me preocupa desde hace mucho tiempo. No he encontrado palabras para decirlo con delicadeza. Y entonces me di cuenta, este es el centro del problema.
Nosotros, como sociedad, hemos sido demasiado comprensivos. Para no herir los sentimientos de los ciudadanos, con objeto de evitar parecer excesivamente críticos, hemos dejado de decir lo que había que decir. Llevamos décadas en las que se han ido paulatinamente erosionando la responsabilidad, las virtudes sociales, la autodisciplina, el respeto mutuo, sustituyendo las realizaciones a largo plazo por la satisfacción instantánea.
Por el contrario, preferimos la neutralidad moral, renunciar a emitir juicios de valor sobre lo que son comportamientos malos o buenos, comportamientos correctos o equivocados. Malo. Bueno. Correcto. Equivocado. Son palabras que nuestro sistema político y sector público apenas se atreven a utilizar ya más.
Y desde luego, tan pronto como un político diga algo parecido se oirá un clamor: ¿de qué vas? Déjenme que les diga, sí, somos humanos, imperfectos y con frecuencia retorcidos.
Nuestras relaciones se rompen, se deshacen nuestros matrimonios. Fallamos como padres y como ciudadanos igual que todos los demás. Pero si el resultado de todo esto es un ridículo silencio sobre las cosas que realmente importan, entonces estamos fallando por partida doble. Negarse al uso de esas palabras —malo, bueno; correcto, equivocado— implica una renuncia de la responsabilidad personal y de la opción moral.
Hablamos de personas que están en «riesgo de obesidad» en lugar llamarlo por su nombre que comen demasiado y no hacen ejercicio. Decimos que tal o cual colectivo se aproxima al abismo de la pobreza o de la exclusión social, es como si todos esos factores —obesidad, alcoholismo o drogadicción— tuvieran un carácter meramente externo, como una plaga o el mal tiempo.
Obviamente las circunstancias —tu lugar de nacimiento, vecindario, escuela, y las elecciones de tus padres— tienen un gran impacto. Pero los problemas sociales no dejan de ser consecuencia de decisiones humanas.
Corremos el riesgo de convertirnos, literalmente, en una sociedad amoral, donde ya nadie diga la verdad acerca de lo que está bien y lo que está mal, de lo que es correcto o resulta equivocado. La consecuencia es terrible: la ausencia de límites hace que nuestros hijos piensen que pueden hacer lo que les parezca ya que ningún adulto intervendrá para ponerles freno. Ni siquiera, a menudo, los propios padres. Y eso tiene que terminar.
¿Y por qué con un gobierno diferente las cosas serían diferentes? Pues sobretodo porque entendemos las causas de esta sociedad rota, no sólo en la política, sino en nuestra cultura nacional.
Termina el discurso con algunas propuestas concretas que no hacen más que ahondar en las líneas maestras de actuación:
Por encima de todo, creo que este cambio cultural tiene que empezar en casa. Los valores que necesitamos para reparar esta sociedad rota y que permitirán construir una sociedad fuerte son los valores que deben enseñarse en el hogar, en la familia.
Habrá quien diga que no es más que un discurso de un político. En otras circunstancias o temas lo admitiría. De este no. No tanto porque esté cuajado de medidas concretas, sino porque el mismo discurso en sí ya es un acto de valor.
¿Se entiende por qué ha pasado desapercibido a la opinión publicada española? ¿Alguien imagina a Zapatero o Rajoy pronunciándolo?
¡Qué pena que Cameron sólo se presente en el Reino Unido!
Juanjo Romero, DeLapsis@gmail.com
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Casado y padre de familia numerosa. Hispano-cubano. Fumador. Ha sido profesor de Secundaria y
Bachillerato —entonces eran COU, BUP y EGB— y también analista de Estudios de Mercado.
En la actualidad compagina su trabajo en una multinacional con la dirección
de conoZe.com,
de la que también es fundador.
Ahora también Director Técnico de InfoCatólica.
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Puedes ponerte en contacto con él en DeLapsis@gmail, o seguir su actividad en twitter.
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