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12.05.10

Hoy iba a dedicar el post a contaros alguna de las iniciativas que me gustaría acometer en el blog. Pero, la actualidad manda.
A raíz de la situación por la que atraviesa la Iglesia, estos días, he tenido la oportunidad de intercambiar impresiones con mucha gente. Búsquedas de motivos, de enfoques, de claves que me ayudasen a interpretar mejor la realidad. Uno de los temas recurrentes está siendo el supuesto enfrentamiento entre los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, como antes lo fue entre el primero y Pablo VI y antes con Juan XXIII. Una especie de dialéctica marxistoide, que florece especialmente en quienes interpretan la realidad exclusivamente en términos de poder (derecha-izquierda, conservador-progresista,…)
Y es curioso —o, no tanto— que el este tipo de análisis lo encontremos tanto entre los autodenominados tradicionalistas (y cuanto más cerca del sedevacantismo con más ahínco) como entre los progresistas. Y digo que es curioso cuando uno de los leit motiv del Papa es la «hermenéutica de la continuidad».
Huyo siempre de este enfoque. Aún así, quería compartir la reflexión de un buen amigo, César Uribarri, que plantea la diferencia entre los dos papados en términos de misión. El texto es largo, pero se lee bien. Y el análisis, que no comparto al 100% (para empezar no me gusta el título), es muy sugerente. Creo que le tiraré más de la lengua, al fin y al cabo, su especialidad son las apariciones marianas y los últimos tiempos. Pero de eso os cuento otro día. De aquí en adelante César (las negritas, mías)
Los grandes hombres no se adaptan a los tiempos, sino que desde los tiempos, cambian las realidades presentes. Así Juan Pablo II y, la historia nos lo enseñará con clara crudeza, así Benedicto XVI. Dos colosos del papado, frente a frente, de talla tan alta como distintos en su espíritu. Juan Pablo II era un místico. Vivía el mismo imbuido de sobrenaturalidad casi tangible, tocable, asible. Verle rezar era entender que no hacía oración como quien hace un tejado, sino que estaba frente a un alguien para nosotros inaccesible pero para él presente. Benedicto XVI es de tal humildad que en reiteradas preguntas de sus periodistas de confianza ha reconocido que no tiene nada de místico, pero que necesita del rezar como del respirar. Y uno no tiene claro al verle con tanta serenidad en tiempos tan difíciles si no sabe de antemano lo que ha de pasar. Uno no lo sabe, pero se lo pergeña. Pero así como el conocimiento de Juan Pablo II sobre los tiempos futuros era místico, profético, el conocimiento de Benedicto XVI es plenamente inductivo y por tanto las más de las veces parece intuitivo, pues yendo a la esencia del problema, lo anticipa y lo clava.
Cuando se alcanza un cargo de gobierno resulta ingenuo pensar que se llegue a este a la buena de Dios, sin plano ni proyecto previo, sin estrategia y meta pretendida. Habrá quien haya llegado al albur de las casualidades a tales cargos, pero la fuerza de las cosas enseña que o redefine sus por qués o las consecuencias se las definirán. Juan Pablo II tenía un por qué y Benedicto XVI no pudo ser más claro en su homilía como Cardenal Decano ante el cuerpo de Juan Pablo II. Ambos al subir a la silla de san Pedro, sabían bien lo que querían hacer y entendían bien lo que el Cielo quería de ellos. Otra cosa es que pudieran concluir todos sus proyectos y que su meta no les pudiera costar la vida.
¿Cual es el «para dónde» de estos colosos del papado? Casi con miedo de pecar de simplista se me antoja, que la labor de Benedicto XVI es clara: mirar ad intra, curando a la Iglesia desde su santidad: rezar y pensar, al modo de los benedictinos medievales tan admirados por él. Un “rezar” que requiere para Benedicto XVI de la restauración litúrgica y de la purificación de los pecados internos de la Iglesia (y como consecuencia luchar contra el culto a las personas y a las instituciones, impulsando la oración, la penitencia y la adoración eucarística) y un “pensar” que, ante todo, ponga a los hombres frente a la belleza, frente a la verdad. Y, desde este mismo simplismo, se me antoja que la labor de Juan Pablo II era una permanente y perpetua catequesis ad extra, ad gentiles. Siendo los gentiles el ancho mundo, nunca antes tan pequeño para las ventanas del Vaticano. Pero una labor ad extra, que su postulador, don Slalek, nos ha dejado vislumbrar en que benditas columnas soportaba tan infatigable proyecto: su amor a Dios y a Santa María, que le hacía vivir rodeado de la presencia mística y sobrenatural de la ayuda de lo Alto. No en vano desde la curia romana, ya de antiguo emergía una queja blasfema y brutal contra el Papa polaco: éste sólo hace caso de la Virgen.
¿Por qué tan distintas sus estrategias, máxime cuando ambos prohombres compartieron largos años de amistad y gobierno? Más de 20 años estuvo Ratzinger mano a mano con Juan Pablo II, como hombre de confianza, como nave segura en los procelosos mares que le tocó gobernar al «santo subito». No eran desafortunados los comentarios que hablaron, al ser elegido sucesor de Juan Pablo II, de un papado de la continuidad. Y, sin embargo, estos 5 años de Ratzinger parecen una verdadera revolución en comparación con los largos años de papado Wojtyla. Es como si de repente, la nave de la Iglesia viera en su timón a un gobernante donde antes estuviera un timón vació, y cómo si se hubiera dejado la otrora y diaria zodiac de los viajes catequéticos bien al resguardo esperando ocasiones propicias. Juan Pablo II así lo reconocería en sus últimos años de vida cuando afirmaba que se arrepentía de no haber dado algún puñetazo en la mesa. Quiso gobernar desde la catequesis, desde la apologética del santo, pero algunos no eran sumisos más que a la fuerza del poder, no de las palabras, las razones o las oraciones. Benedicto XVI cree en el dialogo de la razón, que alimentado por la fe, lleva a las puertas mismas de la verdad y la belleza, lo que no le impide gobernar con mano firme cuando está en juego la justicia y el bien de las almas. Claro fue en el motu proprio liberando la misa gregoriana, y desolado lo mostró en su carta de queja a los obispos católicos ante el caso Williamson. El papa se encuentra sólo, pero valiente alza el timón de la maltrecha nave de la Iglesia ayudado por una serenidad que sigue sorprendiendo al mundo. No en vano su lema malaquiano encuentra un significado preciso y admirable: de gloria olive. La gloria del olivo, el árbol signo de la paz. La paz, la serenidad que rezuma este papa y que en lo más terrible de la burla, el insulto y el ataque sistemático le hace parecer al mundo un humilde trabajador de la Viña del Señor, y por tanto, elegido del Señor.
¿No veía Juan Pablo II la crítica situación de la Iglesia? Lo veía, lo padecía y le dolía. Pero Juan Pablo II, como buen místico, se movía por dos ideas madre proféticas: ambas reconocidas por él mismo en sus escrito y ambas confirmadas por Ratzinger. Juan Pablo II creía que los siglos tenían su significado en la historia de de Dios, y que a cada siglo le tocaba jugar un papel en los planos de Dios: el siglo XX era el siglo de las persecuciones a la fe y a la Iglesia, tanto desde dentro como desde fuera; pero el siglo XXI sería el siglo del triunfo de María. Él se sabía elegido por Dios para soportar sobre sus espaldas el peso de tamaño suplicio hasta la entrada en el nuevo milenio. Sus espaldas y su confianza eran anchas, su valor también. Y quiso cargar con la Iglesia hasta el tercer milenio, con el convencimiento de que en su cruz tendría la compañía de lo Alto. Don Slalek lo deja intuir en su libro “Por qué es santo” y las hemerotecas lo confirman indirectamente. Juan Pablo II tuvo la compañía especial de María, pero también buscó la compañía de los místicos. Conocidas son sus visitas y cartas al padre Pío, su correspondencia con sor Lucia, su encuentro con tantos videntes y místicos… a los que, las más de las veces, pedía consejo.
Este convencimiento sobrenatural está en lo más profundo y claro de su papado y sin él difícilmente se podrá valorar y entender las actuaciones del papa Magno. Pero era un convencimiento que tenía su origen no en unas intuiciones desarraigadas de la razón, sino en unas profecías en las que vivía y en las que se sabía llamado. Se entiende así porque tras el año 2000 quería dimitir pues creía cumplida su misión, y se entiende así su descorazonamiento cuando pasado el año 2001 vio que esas nubes negras que parecieron esfumarse en el año 1991 con la silente y pacífica caída del comunismo soviético, volvían a resurgir con fuerza. Entendió que su cruz no finalizaba, que ahora el Cielo le pedía su consumación en tan humillante y escalvizadora incapacidad, pero al mismo tiempo entendió que el futuro no lo había medido correctamente, que las pruebas de la Iglesia no habían hecho más que empezar y que la Misericordia divina a la que tanto amó, no sólo debía caer sobre los hitos políticos más señeros, sino que su meta eran los corazones y sólo entrando en ellos, se derribarían las sombras del futuro.
Y esto, todo esto, ya lo veía Ratzinger cuando como cardenal decía que esa era la opinión del Papa (Wojtyla) pero que él no era tan optimista. Ratzinger intuía que esa imagen del tercer secreto quizá, quizá, la vieran futuros ojos. Y él, ya papa, sólo pidió fuerza para no huir de los lobos.
Ayer en Lisboa nos ha enseñado oscuros planos del secreto de Fátima, otros los guarda sólo para sí.
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Casado y padre de familia numerosa. Hispano-cubano. Fumador. Ex-profesor de Secundaria y Bachillerato,
analista de Estudios de Mercado. En la actualidad compagina su trabajo en una multinacional
con la dirección de conoZe.com,
de la que también es fundador.
Director Técnico de InfoCatólica y miembro del equipo de
HazteOir.org.
Interviene regularmente en programas de radio y como analista en diversas publicaciones digitales.
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¿Y esto qué es? Comparto algunas lecturas de noticias que
me parecen interesantes. Y si me preguntan suelo responder, pero no vivo en twitter. Es más una «agencia de noticias»
que una cuenta personal.
Que mi cara aparezca tantas veces es problema de Twitter, lo siento.
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