(23) Ecos de Epifanía, tiempos de ecumenismo...

Con el Bautismo del Señor terminamos el tiempo de Navidad, y pienso que una vez desarmado el Pesebre, queda para algunos una sensación como de que “ya empezamos la carrera nuevamente”…y no me termina de convencer esta idea, qué quieren que les diga. He oído una homilía en que muy tranquilamente, se nos refería cómo la Iglesia “ahora de repente nos presenta a un Jesús ya adulto…”, como si se tratara de una película en que se coloca el cartelito: “Años más tarde..”, y nosotros fuésemos meros espectadores.
No me parece que sea suficiente ese modo de vivir el tiempo litúrgico, porque no se trata de capítulos inconexos de una serie, sino fundamentalmente de un misterio infinito- el misterio de Cristo y de su Iglesia- que se prolonga a lo largo de todo el Año litúrgico, y en que cada fiesta se engarza maravillosamente con la precedente y la que le sigue. El tiempo se me ocurre más bien como el foco de una luz intensa que progresivamente va recorriendo los diversos ángulos y rincones de un mismo escenario majestuoso, que es la fe en la cual y por la cual somos, nos movemos y existimos.

A mí siempre me sedujo especialmente la fiesta de Epifanía, y pienso que entre arbolitos y Papá Noel, los Santos Reyes Magos (¡porque son santos! ¿cuántas veces acudimos a ellos en la oración, además de hacerlos objeto de admiración y literatura?) han sido de algún modo desplazados en la atención no sólo del mundo sino de muchos fieles. Si a ello sumamos el racionalismo reinante que hasta llega a negar insolentemente su mismísima existencia, el saldo es lamentable, por el empobrecimiento espiritual que conlleva el desaprovechar las luces que esta fiesta nos deja.

Parece oportuno, entonces, recordar la frescura con que algunos Padres de la Iglesia abordaban los misterios de la vida de Cristo, buscando allí el origen y significado primero de la fiesta de Epifanía.
San Máximo de Turín (s.IV) –quien dedica a este misterio nueve de sus Sermones- al referirse a ella habla de una “continuata festivitas” señalando la estrecha relación entre la Navidad (primera “epifanía”, atendiendo al significado original del vocablo, como aparición o manifestación) y el Bautismo en el Jordán, nacimiento y renacimiento; misterio continuado desde el seno de María al seno del Jordán.
Se pone de manifiesto entonces no sólo un Dios que se aparece, sino que se manifiesta en la acción, revelándose como Salvador.
Refiere el padre A. Sáenz (cf. La celebración de los misterios en los sermones de San Máximo de Turín, Mikael, Paraná, 1983) que la fiesta de Epifanía estuvo también en Oriente íntimamente relacionada con “las luces”, no sólo por ser en sí misma una fiesta luminosa, de manifestación de la Luz, sino por su carácter iluminante, teniendo en cuenta que el Bautismo era también llamado “iluminación”, como sinónimo de “santificación”

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. (Lc.1, 78-79)

Y otro tema que también se relacionaba íntimamente con la Epifanía era el del agua, en base a una tradición según la cual el 5 de enero (la Navidad se celebraba en oriente el 6 de enero antes de que en Occidente se introdujera la fecha del 25 de diciembre) algunas fuentes derramaban vino en vez de agua, atribuyendo los cristianos una clara referencia a las Bodas de Caná. De allí que pronto se introdujera la costumbre de bautizar en ese día, porque la Epifanía era nacimiento de Cristo y de los creyentes; era día de nacimiento en sentido plenario.

En algunas zonas de Occidente el contenido de la Epifanía era triple, contemplando en ella la Adoración de los Magos –importada sobre todo desde Oriente-, el Bautismo en el Jordán y las Bodas de Caná.

Se ve, entonces, la relación estrecha entre la Navidad y estos primeros domingos del tiempo durante el año, como “ecos de Epifanía”. Es a través del Nacimiento del Verbo humanado en donde se manifiesta el misterio de la Sma. Trinidad, y que será explicitado públicamente en el Bautismo como verdadera teofanía trinitaria.

Ahora bien, el tiempo de Navidad es, sin duda, hermoso y radiante a la sensibilidad humana: resulta que Dios se ha hecho hombre para mostrarnos su Amor, su Ternura, para hacerse más “accesible” a nosotros, pero… ¿para qué se manifiesta principalmente Nuestro Señor, por qué se encarna, si no es para conducirnos fundamentalmente a la Salvación? ¿Y por qué se celebra la Luz, si no es porque sin ellas, todo es Tinieblas en este mundo?

La Epifanía era y sigue siendo “nuestra” fiesta, refiriéndose a quienes no somos de origen judío. Fiesta prolongada de invitación a la conversión, a un nuevo re-nacer que nos transforma ontológicamente.
Es la fiesta de la gentilidad, como señalaba San León Magno (Sáenz, A.: San León Magno y los misterios de Cristo, Mikael, 1984, p. 145 ss.), pues el Verbo no tomó carne a favor de una familia o nación, sino para la humanidad entera, representada en los Santos Reyes Magos “primicias de nuestra vocación y de nuestra fe”. Y “también el Salvador fue llevado a Egipto, para que aquel pueblo, entregado a los antiguos errores, se dispusiera mediante una gracia oculta, a su próxima salvación, y para que sin haber todavía expelido de su alma la superstición, ya recibiera como huésped a la Verdad”.

-Los Magos atraviesan el Desierto y superan todos los obstáculos necesarios para hallar la Verdad, siguiendo a la Estrella, buscando la Luz del Salvador del mundo.

-Juan el Bautista predica la conversión en términos más que contundentes, instando al arrepentimiento y la penitencia.

-Nuestra Señora dirá a los servidores en Caná, “Hagan lo que El les diga”.

Parece más que evidente que sin El nada podemos hacer.
Pero es difícil que se reconozca la necesidad de la luz y se la busque, si nadie “avisa” a quienes están en tinieblas, que la luz es otra cosa, y que son incompatibles.

El Verbo se hizo carne, y habló, y caminó, y está vivo y presente, y hay “iluminados” por el bautismo, que sin embargo parece que creen que su misión es callar y hacer callar, en aras de un revoltijo de gatos que no tiene nada que ver con la Paz ni con la unidad.
Creo que más que ningún otro, deberían ser estas fiestas los “tiempos fuertes” del ecumenismo bien entendido, vale decir: de instar a todos los pueblos a reconocer a Jesucristo, sin rodeos, como Dios y Señor, trabajar para que todos seamos Uno en la Verdad. En este sentido, hay que afirmar que la razón de ser de las otras religiones es “preparar el camino” en esas almas, para llegar a la única verdadera, fundada por El, en la Iglesia, Madre y Maestra. En nuestro país se suelen realizar en el verano numerosos viajes misionales en las parroquias, y puede ser este un interesante motivo y pie de meditación y preparación, para que esas preciosas ocasiones no sean tomadas como mero “turismo religioso".

Para nuestro Papa Emérito Benedicto XVI (Audiencia general del 6-1-2013)

“los hombres de los que habla Mateo no eran únicamente astrónomos. Eran «sabios»; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, y por tanto filosofía en el sentido originario de la palabra. La sabiduría sanea así también el mensaje de la «ciencia»: la racionalidad de este mensaje no se contentaba con el mero saber, sino que trataba de comprender la totalidad, llevando así a la razón hasta sus más elevadas posibilidades.
(…) Podemos decir con razón que (los Reyes) representan el camino de las religiones hacia Cristo, así como la autosuperación de la ciencia con vistas a él. Están en cierto modo siguiendo a Abraham, que se pone en marcha ante la llamada de Dios. De una manera diferente están siguiendo a Sócrates y a su preguntarse sobre la verdad más grande, más allá de la religión oficial. En este sentido, estos hombres son predecesores, precursores, de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos“.


Pero si buscan la Verdad, es porque antes han reconocido que no la poseen. ¡Qué traición a las almas y qué falta de caridad, el creer tantas veces que se las sirve dejándolas en su error, haciendo creer que todo da lo mismo! Y así, resulta que en algunos ambientes ni siquiera las sectas son llamadas por su nombre, prefiriendo eufemismos en vez de darles generosamente el regalo de la fe verdadera.

San León Magno ve asimismo, en la búsqueda de los Magos, una revelación del misterio teológico de Israel:

“El nacimiento del Salvador no sólo fue conocido por el camino que mostraba la Estrella, sino por la declaración de los mismos judíos.(…) Los judíos infieles, manifestaban con sus labios la verdad, pero guardaban la mentira en su corazón (Mc.7, 6). Rehusaron reconocer con sus ojos lo que habían indicado por medio de los Libros Santos; así no adoraron al que se humillaba en la debilidad de la infancia y crucificaron más tarde al que resplandecería por el poder de sus obras. (…) ¿Por qué cerráis para vosotros mismos el camino que abrís a los otros?¿Por que vuestra falta de fe pone en duda lo que es manifiesto por vuestra respuesta?¡Más dichosa es, pues, la ignorancia de los niños muertos por el perseguidor que vuestra ciencia a vosotros, a quienes él consultó en su turbación!
La verdad ilumina a los Magos, la infidelidad ciega a los Maestros. El Israel carnal no comprende lo que lee ni ve lo que él mismo señala.¿Dónde está, judío, tu título de gloria?(Rom.3, 27); ¿dónde está la nobleza que debes a tu padre Abraham? Entre, pues la plenitud de las naciones entre en la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la raza de Abraham, a la cual han renunciado los hijos según la carne…”

Con celo paternal y fervoroso, San León los insta entonces a la conversión, en la predicación de estos misterios:

“Muda de parecer, oh judío; muda de parecer, deja ahí tu infidelidad y vuelve hacia el Redentor, que es también el tuyo” No te dejes amilanar por la magnitud de tu pecado. Cristo no llama a la salud a los justos sino a los pecadores. No repele tu impiedad al que ha orado por ti cuando fue crucificado. Anula la dura sentencia dada contra tus padres y no soportes estar ligado por la maldición lanzada contra los que refiriéndose a Cristo, gritaron “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” y han hecho pasar sobre ti la responsabilidad de su crimen. Vuelve al que es misericordioso, entrégate a la clemencia del que perdona. Vive Aquel a quien quisiste hacer perecer. Confesad al que habéis renegado, adorad al que habéis vendido, para que se torne en bien vuestro la bondad de Aquel a quien vuestra maldad no pudo dañar.”

¿Cómo celebrar el Bautismo de Cristo, sin predicar la necesidad de bautismo para todos los hombres, sin desearlo de todo corazón? ¿Cómo irradiar a otros nuestro gozo y gratitud, si no recuperamos el “santo orgullo” de ser católicos, como decía Chesterton? Orgullo que si es santo, por fuerza ha de ser humilde sin que haya contradicción en ello, pues se sabe que no es mérito propio el Don recibido, pero por eso mismo tampoco puede ser despreciado ni desvalorizado.

“Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.
Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.
Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.
Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.” (S. León Magno, Sermón 1 en la Natividad del Señor)

Es ciertamente terrible, terriblemente grande el tesoro que llevamos en vasijas de barro, desde nuestro bautismo. ¿Cómo no defenderlo celosamente y procurar comunicarlo, a fin de que se agigante, abrasando con sus llamas el mundo?…
Valga este precioso poema de Ricardo García Villoslada (*), aplicable tanto a un neo-sacerdote como a cualquier bautizado a secas, como cierre y acción de gracias, suplicando la gracia renovada de la fidelidad a los dones recibidos, y que todas las almas participen de este Don:

“Ya soy de Dios. Está naciendo el día
Dentro de mí. La bruma
Que ayer me humedecía de tristeza,
El rubio sol la disipó en el aire.
Hoy me siento de oro.

Todo mi ser es de oro transparente
De la entraña a la piel. Oro es el alma,
Y este mi corazón roto en latidos.
Oro de miel dulcísimo.

(…) Y me voy por las cumbres, como un amanecer,
Clamando: Soy de oro,
Porque soy de Quien soy.

Me saludan gozosos los pájaros del aire
Con el sonoro aplauso de sus alas.
Y en el abierto pasmo del azul de los cielos
Me entrego a Ti, Dios mío.
¡Recógeme, recógeme! Es la hora
De ser en plenitud posesión tuya.

Para siempre soy tuyo, para siempre,
Porque Tú lo quisiste,
Porque Tú me quisiste.
Soy de Dios. Soy de oro.”

(*) Sacerdote jesuita, navarro (1900-1991), historiador especializado en Historia eclesiástica; enseñó Historia Universal y Literatura en Venezuela, en la Universidad Gregoriana, y en Salamanca. Ha colaborado en diversas revistas nacionales y extranjeras. Su especialidad es la Historia del Humanismo, Renacimiento, Reforma y Contrarreforma, Concilio de Trento. Se ha interesado principalmente por las figuras de Erasmo, Lutero, San Ignacio de Loyola, Luis Vives, Juan de Avila,. También se dedicó a la docencia de la Literatura y ha escrito numerosos poemarios, 20 de ellos aún inéditos. Durante más de 2 décadas se entregó también a la la investigación filosófica, teológica e histórica, y a la docencia de Historia Moderna. Fruto de esta dedicación es su monumental obra, compuesta de 154 trabajos publicados entre 1928 y 1980. En 1987 es nombrado doctor “honoris causa” por la Universidad Pontificia de Salamanca.

2 comentarios

  
José María Iraburu
Gracias, Virginia, por este precioso artículo.
Nos trae el aire fresco y puro de la mejor tradición de la Iglesia, en liturgia y Padres.
Dios te bendiga.
Y yo, paquétecuento +
14/01/14 8:16 AM
  
Silvia Ines
Los Santos Reyes Magos te sigan dando la fortaleza y clarividencia necesarias para seguir sembrando luz santísima que disipe tantas tinieblas sembradas por el maligno. Gracias!
16/01/14 1:09 AM

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