Sacerdotes santos para renovar una Iglesia herida

Tres días de fraternidad, de reflexión y de oración para un único gran “cenáculo sacerdotal”: así se concluirá, dentro de tres semanas, el año especial que Benedicto XVI ha querido dedicar a los sacerdotes. De esto habla el arzobispo Mauro Piacenza, secretario de la Congregación para el Clero, en esta entrevista a nuestro periódico, en la cual ilustra el programa de las jornadas conclusivas – 9, 10 y 11 de junio próximos – y traza un primer balance de estos doce meses vividos en escucha del Espíritu con la mirada dirigida a Cristo.

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Están ya próximas las celebraciones conclusivas del Año sacerdotal. La inminencia de la solemnidad de Pentecostés, ¿puede favorecer la reflexión sobre el rol del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y de los sacerdotes?


Frente a tantas cosas “por hacer” me parece obligado, sobre todo en este tiempo litúrgico que se encamina a Pentecostés, recordar una realidad tan sencilla como fundamental pero demasiado olvidada, una realidad que se conoce pero que luego, de hecho, se la olvida con frecuencia cuando se elaboran los “planes pastorales” y cuando se “organiza”: ¡el Espíritu Santo! Lo que el alma es para el cuerpo, es el Espíritu Santo para la Iglesia y para cada cristiano. Se trata de la fuente interior de todo el dinamismo misionero.

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¿Se puede afirmar que convocar el Año sacerdotal ha sido una intuición clarividente de Benedicto XVI?


El Papa es pastor supremo y universal de la Iglesia y ciertamente goza de una particular asistencia del Espíritu en el ejercicio de su alto ministerio. Asistencia que está sostenida e implorada por la incesante oración de los fieles por él. El Año sacerdotal nace de una ocasión histórica bien precisa, el 150º aniversario del nacimiento al cielo del Cura de Ars. Y justamente para indicar una auténtica realización del modelo sacerdotal, el Papa ha convocado este año especial, capaz de indicar el camino a cada sacerdote, recordando los valores esencial del sacramento del orden en un momento en que, más que nunca, la santidad se muestra como la única posibilidad real de renovación para la Iglesia y para el mundo.

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Un año que, desde el punto de vista mediático, quedará marcado por las tensiones y por la crisis vivida por la Iglesia a causa del escándalo de los abusos sexuales.


La Iglesia es un cuerpo vivo y, como en todo cuerpo, se tienen tensiones dinámicas que permiten la vida y el movimiento y tensiones patológicas que pueden frenar e incluso paralizar. Las tensiones – pienso, por ejemplo, yendo a los albores de la historia de la Iglesia, en aquellas surgidas por la problemática de imponer o no la ley a los neófitos paganos – se han resuelto siempre cuando la misma Iglesia se puso en plena sintonía con el Espíritu: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”. También las numerosas tensiones modernas, que tanto hacen sufrir a las personas de buena voluntad, pueden armonizarse en la unidad de la fe y del amor en el Señor. Sería bueno tratar de ver lo que el Espíritu sugiere con más insistencia.

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Para los sacerdotes que se encuentran actualmente viviendo en condiciones difíciles o en crisis, ¿qué se ha hecho en este Año sacerdotal?


Hemos confiado a los obispos diocesanos la solicitud hacia todos los sacerdotes: obviamente, si algunos están en condiciones más frágiles, a ellos deben dirigirse cuidados particularmente solícitos, como haría cualquier padre con los propios hijos. Los obispos diocesanos conocen a sus sacerdotes y sus situaciones personales y, por lo tanto, pueden actuar con una mayor conciencia para su verdadero bien y el de toda la comunidad. Consciente de esta situación, la Congregación, en las diversas ocasiones de encuentro y de correspondencia con los obispos, no deja de tratar la cuestión de la relación también personal con cada sacerdote. Es una relación prioritaria en el gobierno pastoral porque, cuidando máximamente el seminario y el presbiterio, se cuidan todo los componentes de la diócesis.

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El Papa ha hablado del sufrimiento de la Iglesia durante su reciente viaje a Portugal. Lo ha referido a los misterios de Fátima, pero sobre todo ha identificado el origen de este sufrimiento en su interior.


Se ha tratado de un hecho excepcional, de algo que me ha conmovido profundamente. Hablando del sufrimiento de la Iglesia, el Papa mostraba sentirlo, vivirlo muy profundamente. Se lo notaba en su misma expresión. En la Iglesia, los sufrimientos más graves vienen desde dentro, es cierto. Vienen de la traición de quien está más cerca, de quien sentimos amigo, más aún, hermano. Y esto hace sufrir mucho más. Por otro lado, la Iglesia está acostumbrada a defenderse de los ataques externos; sobre su cuerpo social ha soportado todas las persecuciones posibles e imaginables, comenzando por la Pasión de Jesús. Las persecuciones que nacen del interior ciertamente son más duras de aceptar. Pueden nacer del interior de toda familia cuando el padre, o la madre, o el hijo, traicionan el amor y la confianza de los otros miembros.

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Se habla desde varias partes de una nueva identidad para el sacerdote del tercer milenio. ¿Pero no sería mejor hablar de renovación?


Ciertamente, la identidad no puede cambiar porque está impresa en Cristo buen Pastor. El único verdadero “innovador” en la Iglesia es el Espíritu Santo. En primer lugar, el Espíritu guía en la Verdad plena. La Verdad “plena”. Cada uno de nosotros, por sí solo, no tiene más que algún pequeño fragmento; y además está la tentación de identificar esta pequeña verdad “personal” con la Verdad total. Entonces, estas supuestas “verdades” corren el riesgo de chocar unas contra otras, y nacen las tensiones y las divisiones, nace el escandaloso caos de las recriminaciones, de las acusaciones recíprocas, de la necesidad de aclaraciones, y el espectáculo se hace lamentable. Así, son raras la amplitud de visión, la lucidez de juicio y, al mismo tiempo, la capacidad de componer en el diálogo constructivo las visiones parciales de cada uno, diversas pero no opuestas. Para la sinfonía de la verdad, se requiere mucha humildad y amor por la Verdad plena ¿Pero quién nos dará el sentido de la totalidad? Sólo el Espíritu del Señor que no sólo ilumina la Verdad total sino que une en la comunión. Sólo en Él se pueden componer las tensiones que atormentan a la Iglesia en la fase de su peregrinación terrena.

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En su opinión, ¿cómo se puede resolver la confrontación entre el sacerdote, hombre enraizado en Cristo, y, al mismo tiempo, inmerso en una cultura muy distante de las categorías de lo sagrado?


Viviendo lo de san Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Y lo de Juan: “Conviene que Él crezca y yo disminuya”. Viviendo la memoria permanente de Cristo, toda tensión es resuelta. “El Espíritu os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho”. Es como la memoria viviente de la Iglesia, un divino “instinto” de verdad. Jesús pone constantemente esta acción reveladora en la línea del “recuerdo”. Los cristianos, y entre ellos sobre todo los sacerdotes, están llamados a vivir en la memoria perenne, viva y actual, de la persona, de las palabras y de las obras del Maestro: memoria meditativa, impregnada de amor. Los apóstoles han sido los primeros en comprometerse en este camino: lo han hecho a la luz del evento pascual y bajo la guía del Espíritu, obedeciendo al mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía”.

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En el reciente congreso en la Lateranense, usted insistió en la hermenéutica de la continuidad sacerdotal, que presupone la conciencia de la pertenencia al único sacerdocio de Cristo, de la cual depende tanto la eficacia del ministerio sacerdotal como su espiritualidad. Usted mismo, sin embargo, reconoció que tal categoría no es suficientemente comprendida ni adecuadamente aplicada. ¿Qué significa?


“Hermenéutica de la continuidad sacerdotal” es una expresión providencialmente utilizada por el Papa en su alocución a los más de quinientos participantes en el mencionado congreso. Creo que, dada también la contigüidad terminológica, debe necesariamente ser interpretada a la luz de la hermenéutica de la continuidad eclesial, que el Papa ha indicado como la única posible interpretación correcta del concilio ecuménico Vaticano II, en el discurso dirigido a la Curia romana el 22 de diciembre de 2005. No existen sacerdotes pre-conciliares y post-conciliares, así como no existe una Iglesia pre y post conciliar. Existe la única Iglesia de Cristo, con el único sacerdocio de Cristo participado a aquellos que él llama en toda época y circunstancia. El modelo es siempre el Señor y la identificación total con la llamada que Él ha dirigido, como vivió y enseñó san Juan María Vianney.

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¿Es en este contexto de “continuidad” que se inserta la cuestión del celibato, tan discutida en este momento?


Cristo permaneció durante toda su vida en el estado de virginidad, significando su total dedicación al servicio de Dios y de los hombres. En Él, el estado de virginidad se une en plena armonía en su misión de mediador entre el Cielo y la tierra, y de eterno sacerdote. El Hijo de Dios asumió un cuerpo humano y se entregó totalmente al Padre, dándole el amor total y exclusivo del propio corazón. No basta decir que Cristo y su vida fueron virginales: la virginidad no es algo añadido a la existencia terrena de Cristo sino que pertenece a su misma esencia. Cristo es la virginidad misma y, por eso, es el modelo de ella. El Salvador predijo que en la tierra no faltarían los testigos de su virginidad. Ciertamente existen múltiples razones de conveniencia del celibato, tanto bajo el perfil histórico y bíblico como bajo el espiritual y pastoral. Sin embargo, es fundamental adherir a la fuente de todo: el mismo Cristo

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¿Qué se espera para la conclusión del Año sacerdotal? Hay muchas expectativas por el discurso del Papa, sobre todo se esperan intervenciones sobre la cuestión que más ha dominado la escena mediática en este año.


Habrá tres días que culminarán en la solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús. En el primer día, el 9 de junio, dedicado a la conversión y a la misión de los sacerdotes, nos encontraremos en la basílica de San Pablo Extramuros, donde, tras el ejemplo del Apóstol de los gentiles, meditaremos sobre la dimensión de conversión permanente de la vida sacerdotal y sobre el vínculo entre santidad y eficacia de la misión. La Iglesia, una, santa, católica y apostólica, llama a todos sus hijos a la conversión continua, permaneciendo absolutamente santa en su personalidad teológica ya que es el Cuerpo de Cristo y la Esposa del Señor, continuamente santificada y renovada por su Esposo, por lo tanto, siempre joven y siempre virgen. La Iglesia es ontológicamente santa; sus hijos están llamados a serlo.


El segundo día, el 10 de junio, estaba previsto inicialmente en la basílica papal de Santa María la Mayor, pero el gran número de sacerdotes ya anotados – hasta ahora, cerca de siete mil – no puede ser contenido en la primera de las basílicas marianas de la cristiandad. Por lo tanto, seguiremos todavía en San Pablo. La intención es encontrarnos como en un renovado cenáculo, como los apóstoles en torno a la santísima Virgen María, en espera y en escucha del Espíritu. La Iglesia siempre tiene necesidad de renovar la comunión afectiva y efectiva, y nadie como la Madre celestial es capaz de custodiar tal communio, que es don del Espíritu Santo.


Finalmente, en la gran vigilia de la noche y en la Misa conclusiva del viernes 11, nos estrecharemos en torno a Pedro y escucharemos su autorizada palabra que, ciertamente, sabrá ampliar los horizontes y mostrar cuán amplia y de gran alcance es, y debe ser, el vivir y el obrar de la Iglesia y de los sacerdotes, en toda circunstancia, por el verdadero bien de las almas y por la salvación del mundo.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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