La sabiduría de este mundo aborrece la verdad
Hoy, en la Sagrada Liturgia, celebramos a San Gregorio Magno, romano, prefecto de su ciudad, monje y después papa desde el año 590. Doctor de la Iglesia (540-604).
Vale la pena leer con detención un texto suyo, como el presente, de una profundidad nacida de la Lectio divina y fruto de los altísimos dones del Espírtiu Santo que le habían sido dados.
El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y éste lo escuchará. Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía hacia los goces exteriores, posponiendo las apetencias espirituales, y se complace, con un abandono total, en las alabanzas que le llegan de fuera, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y así, embelesada por las alabanzas que escucha, abandona lo que había comenzado.


En una ocasión en que Dom Columba Marmion, Abad de Maredsous, Bélgica, tuvo una audiencia privada extensa con San Pío X (en la que ambos se entendieron con gran connaturalidad espiritual, como ocurre con los santos), al terminar, Dom Columba pidió al Santo Padre que por favor le diera unas palabras para su vida espiritual. Dom Columba, ya en los últimos años de su vida, vivía tiempos de dura prueba en lo interior y en lo exterior. El Papa sacó un papel y le escribió esto: