13.09.09

(28) Lenguaje de San Francisco Javier – parresía

–Tengo entendido que San Francisco Javier era navarro ¿no es cierto?
–San Francisco Javier era navarro. Nadie se ha atrevido a ponerlo en duda.

El lenguaje de San Francisco Javier, patrono de las Misiones católicas, es una prolongación exacta de la predicación de Cristo y de los Apóstoles. Nacido en el castillo de Javier, en Navarra (1506-1552), entra en el grupo de compañeros que San Ignacio de Loyola había formado en París (1534), y pocos años después, en la Compañía de Jesús, es destinado a misionar en las Indias y el extremo Oriente (1541). En los once años que duró su misión evangelizadora, recorrió enormes distancias –India, Ceilán, Molucas, Japón–, a través de caminos y navegaciones con frecuencia extremadamente penosos y peligrosos. Y murió en la isla de San Choan, disponiéndose a entrar en la China , cuando tenía cuarenta y seis años. Nunca estuvo en un país el tiempo necesario para aprender la lengua local, de modo que siempre hubo de predicar con intérprete.

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9.09.09

(27) Lenguaje del P. Castellani – Teilhard

–Primero el lenguaje de Cristo, luego el de San Pablo, ¿y ahora el de Castellani? Pero bueno…
–Los dos posts anteriores, con tantas citas bíblicas, me dieron mucho trabajo. Éste de ahora es un descanso para mí y espero que también para los lectores.

El padre Leonardo Castellani, argentino (1899-1981) fue uno de los más grandes escritores del siglo XX en lengua hispana. (cf. biografía.obras) Al analizar yo aquí su lenguaje, siempre lúcido y lleno de humor, me limitaré a destacar su ortodoxia y su valentía para combatir a los más venerados ídolos de su tiempo. Elijo como ejemplo la crítica que Castellani hizo de Teilhard de Chardin (1881-1955), admirado entonces por la mayoría de la intelligentsia católica, no solo la progresista.

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3.09.09

(26) Lenguaje de San Pablo

–Una pregunta. Cuando San Pablo, en su conversión, cayó de su caballo…
–¿Y de dónde saca usted que se cayó del caballo? San Pablo narra en cuatro textos su conversión (Hch 9,1-9; 22,1-10; 26,9-18; 1Cor 15,6-10) y no aparece en ellos ningún caballo.

El Apóstol predica con autoridad divina. San Pablo, como lo declara al inicio de varias de sus cartas, es plenamente consciente de su autoridad evangelizadora: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Sabe bien que su palabra es Palabra divina, la misma que creó el mundo, la única capaz de re-crearlo y salvarlo: es la voz de Cristo, «el que os oye, me oye» (Lc 10,16). Los apóstoles, pues, «somos embajadores de Cristo, es como si Dios os exhortase por medio de nosotros» (2Cor 5,20; «embajador encadenado», por cierto, Ef 6,20). Por eso elogia a los tesalonicenses: «incesantamente damos gracias a Dios porque al oír la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual es en verdad, y que obra eficazmente en vosotros, que creéis» (1Tes 2,13).

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28.08.09

(25) Lenguaje de Cristo claro y fuerte

–Algo he oído de que se ha retrasado usted en el blog porque estaba ocupado traduciendo del latín un documento.
–Y lo malo es que ahora he tenido poco tiempo para tratar bien de un tema tan precioso. Yo aquí, en Reforma o apostasía, solo estudiaré el lenguaje de Cristo en cuanto que predica con claridad y fuerza, llamando a conversión.

Cristo habla con autoridad. Es el «Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho»… Es, pues, el Autor de la creación y de la nueva creación, «el Primogénito de toda criatura» (Col 1,15), «el Autor de la vida» (Hch 3,15). Él es eternamente la Palabra del Padre, y lo es también en cuanto hombre: «según me enseña el Padre, así hablo» (Jn 8,28). ¿Cómo el Autor no hablará a los hombres con autoridad absoluta y plena?

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19.08.09

(24) Lenguaje católico oscuro y débil

–Bueno, en cierto modo, esto… no, el asunto es que, no sé si me explico…
–Tranquilo y calle por el momento. Madure más el concepto y podrá darlo a luz en la palabra con toda claridad y exactitud. Tómese para ello el tiempo que necesite, aunque sean nueve meses. Y pruebe a pensar con calma, incluso a estudiar y a rezar ese asunto: verá que no le pasa nada.

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