InfoCatólica / Reforma o apostasía / Categoría: Pecado

14.09.15

(338) Pecado –9. Consecuencias terribles del pecado

Taller de grupo

–«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

–Ése es, según el P. Amorth, el octavo sacramento para la salvación.

Si pensamos que «en Dios vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17,28), y que es Él quien «actúa en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13), pareciera que resistir en nosotros la acción de Aquel  que nos está dando el ser y el obrar, rechazarle, ofenderle, preferir nuestra voluntad a la suya, es decir, pecar, podría producir en nosotros el aniquilamiento de nuestro ser, una recaída en la nada. Sin embargo, no es así, sino que durante la vida presente, tiempo de gracia y de conversión, la misericordia de Dios aguanta nuestra miseria, ofreciéndonos siempre a quienes rechazamos su don por el pecado la gracia de la conversión y del per-don.

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7.09.15

(337) Pecado –8. Pecados mortales y veniales

 porca miseria

–Padre nuestro, perdona nuestras ofensas.

–Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Pecado mortal y pecado venial. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Reconciliatio et pænitentia (1984, 17), expone los fundamentos bíblicos y doctrinales de la distinción real entre pecados mortales, que llevan a la muerte (1Jn 5,16; Rm 1,32), pues quienes persisten en ellos no poseerán el reino de Dios (1Cor 6,10; Gal 5,21), y pecados veniales, leves o cotidianos (Sant 3,2), que ofenden a Dios, pero que no cortan la relación de amistad con Él. Ésta es, en efecto, la doctrina tradicional, que Santo Tomás enseña (STh I-II,72,5), como también el concilio de Trento (Dz 1573, 1575, 1577).

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31.08.15

(336) Pecado –7. Somos libres y necesitamos la gracia

 Hombre mirando sobre nubes

–Uno es libre en la medida en que puede hacer lo que le da la gana.

–Compruebo una vez más que el nivel de su formación cristiana viene a ser mínimo.

He señalado en los artículos anteriores acerca del pecado original y de la relación gracia-libertad, tres polos de pensamiento: (332) pelagianismo, «libertad sí, gracia no»; (333) luteranismo, «libertad no, gracia sí»; y (335) incredulidad moderna, «ni libertad, ni gracia». Son por supuesto una simplificación de innumerables doctrinas teológicas diversas, cada una con sus premisas y variedades propias. Pero esas tres coordenadas mentales son válidas para el lector común. Ahora expondré la doctrina verdaderamente cristiana, la católica: «somos libres y necesitamos la gracia», porque nuestra libertad está gravemente enferma.

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24.08.15

(335) Pecado –6. Incredulidad sin pecado. -niega la libertad y niega la gracia

Estación

–O sea que si yo le golpeo a usted, la acción no es propiamente culpable, porque no es realmente libre…

–No le aconsejo ese experimento. Mejor será, por ejemplo, que se golpee usted la cabeza contra la pared.

«Cuando se manifestó [en Cristo] la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4), llegamos los cristianos al conocimiento de Dios por su epifanía en Jesús: «nosotros hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene» (1Jn 4,16). Esta es, ciertamente, la identidad más profunda de los cristianos.

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10.08.15

(333) Pecado –5. Lutero ante el pecado del hombre y el pecado del mundo

HOMBRE VIEJO

–¿En qué quedamos: hay actualmente muchos bautizados que más que católicos son pelagianos o que son luteranos?

–La pregunta está mal planteada. No ha de ser aut aut, sino et et.

Todos los hombres, es decir, todos los pecadores tenemos una conciencia contradictoria: de que somos libres y de que no somos libres. Sabemos por íntima experiencia personal que «podemos» elegir, y por eso cuando obramos mal, sentimos el peso de nuestra culpa. Pero al mismo tiempo todos sabemos que muchas veces no logramos hacer lo que queremos, ni evitar lo que aborrecemos (Rm 7,15). Entonces, ¿cuál es nuestra realidad personal: somos libres o no somos libres? En Pelagio prevaleció el primer convencimiento, «somos libres, no necesitamos la gracia»; ya lo vimos en el artículo anterior. En Lutero, por el contrario, al extremo opuesto, se impone más bien la convicción de que «no somos libres, necesitamos la gracia».

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