(312) Liturgia –31. Liturgia de las Horas, 7. «siempre en salmos»

Catedral de Providence, USA

–Rezar salmos todos los días en la oración tiene que resultar muy pesado.

–Está usted herrado; perdón, sin h. La Iglesia viene rezándolos desde hace veinte siglos y no se cansa. 

–«Siempre en salmos, himnos y cánticos espirituales» (Ef 5,19). ¿Y por qué siempre en salmos? El Concilio nos ayuda a entender esta secular presencia privilegiada de los salmos en la liturgia de la Iglesia, tanto en Occidente como en Oriente, cuando declara que «el Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesüs, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales.El une a sí mismo la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC 83).

Según esto, antes de la creación del mundo, desde toda la eternidad, el Verbo divino en la unidad del Espíritu Santo glorifica al Padre, y en la creación, los ángeles y los hombres son llamados a participar de esta glorificación eterna. Pero por el pecado, los ángeles malos enmudecen en este canto para siempre, los hombres se pierden de Dios, y un profundo silencio se hace en la tierra.

La historia de la salvación comienza en Abraham, cuando las esperanzas antiguas puestas por Dios en la humanidad (Gén 3,15) comienzan a cumplirse abiertamente, y el Señor va formando a Israel como un pueblo propio, lo adopta como hijo, le comunica las primicias del Espíritu, y le enseña un cántico nuevo, nuevo e infinitamente antiguo. Los salmos, los himnos, los cánticos de los profetas, son el eco multiforme del himno único celestial: el Señor «me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios» (Sal 40,4)… Pero Israel no es todavía capaz de interpretar en toda su plenitud expresiva esta melodía celestial, porque «aún no había sido dado el Espíritu» (Jn 7,39).

–Jesucristo, el Verbo encarnado, es el cantor esperado de la gloria del Padre, y en él los salmos manifiestan toda su profundidad y su belleza. El Psalterio es el Devocionario de Jesús. Siendo hombre, hace suyos todos los pensamientos y sentimientos de los salmos, en su inmensa variedad, pues no le son extraños ni el gozo de confiar su guía a Dios, ni el cansancio, ni la admiración sagrada, ni el temor a la muerte, ni la persecución, ni la alegría ante Dios Creador y ante los designios de Dios Salvador. El comunica a los salmos una profundidad divina, una altura celestial, una plenitud, un acento, que hasta entonces no se habían revelado. Y Él mismo halla en los salmos la expresión perfecta de su eterna piedad filial.

Jesucristo entra en el mundo rezando un salmo: «aquí estoy, para hacer tu voluntad» (39,8; cf. Heb 10,7); y sale del mundo orando también un salmo, el 21, que luego cito. Julián López Martín dice que «los evangelios muestran a Jesús orando con los salmos en 21 pasajes, contando unas 6 citas explícitas, 10 implícitas y varias reminiscencias. Oraba los salmos en la Sinagoga, en el Templo, en la bendición de las comidas. Y especialmente nos interesa comprobar que celebró su Misterio Pascual orando salmos: en la última Cena, el “gran Hallel” (112-117; Mt 26,30); en Getsemaní, “triste está mi alma hasta la muerte” (6,4; 41,6-7; Mt 26,38 y par.); y en la Cruz: “tengo sed” (69,22; Jn 19,28); “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (21,2; Mc 15,34 y par.); Padre, «a tus manos encomiendo mi espíritu» (30,6; Lc 23,46)» (Oración al paso de las Horas, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1998, 2ª ed., 68).

La Iglesia desde el principio hace suyos los salmos, la oración de Cristo, rezándolos en la Liturgia. Los Apóstoles los rezan (2,1-2; Hch 4,23-30; 16,25), los recomiendan siempre, y no sólo para las reuniones litúrgicas (Rm 15,9-11; 1Cor 14,15.26; Ef 5,19; Col 3,16), sino en toda circunstancia (Sant 5,13). Siempre la Iglesia ha reconocido la validez perenne de los salmos, porque son oraciones inspiradas por el Espíritu Santo (Hch 1,16; 4,25; Heb 4,7) y porque se refieren a Cristo (Lc 20,42-43; 24,44).

El Salterio es muy citado en los libros del Nuevo Testamento. Ningún otro libro del A.T. es citado tantas veces. «Un centenar de las aproximadamente trescientas citas del A.T.» que hay en el N.T. son del Salterio (F. Vandenbroucke, Les Psaumes et le Christ, Lovaina 1955, 52). Y eso explica igualmente por qué los salmos son una de las partes integrantes principales en la liturgia de toda la historia de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.

Imaginemos una gran obra de Mozart que fuera interpretada por la banda musical de un pueblo: quedaría su belleza semioculta, y solamente sonaría en todo su esplendor interpretada por una orquesta de calidad. De modo semejante, en la plenitud de los tiempos, por fin los salmos, rezados o cantados al Padre celeste en la liturgia de la Iglesia por Cristo con su Cuerpo, se manifiestan en toda su luminosidad y belleza. Por tanto, «llenaos del Espíritu, recitándoos salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando de corazón para el Señor, ando gracias siempre por todo a Dios, es decir, al Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,18-19).

No hay conflicto real entre los salmos concretos que han de rezarse en las Horas y los estados de ánimo del orante, si se tiene encuenta  que «quien reza los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre propio como en nombre de todo el Cuerpo de Cristo, e incluso en nombre de la persona del mismo Cristo» (OGLH 108). Aprender a orar con los salmos, con la liturgia, nos saca de nuestra mínima subjetividad cambiante personal, y nos enseña a

+nos enseña a «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). La Iglesia quiere que de este modo, haciendo coincidir nuestra mente con nuestra voz, aprendamos a «gustar la salmodia, meditar verso tras verso, dispuesto siempre el corazón a responder a la voluntad del Espíritu que inspiró al salmista y que sigue asistiendo también a todo el que con piedad está dispuesto a recibir su gracia» (OGLH 104); y

+nos enseña a participar en todos los diversos sentimientos de la comunión de los santos. «Quien recita los salmos en nombre de la Iglesia, siempre puede encontrar un motivo de alegría o de tristeza, porque también aquí tiene aplicación lo que dice el Apóstol: “alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran” (Rm 12,15)» (ib. 108).

* * *

 –El salterio es el conjunto de los cantos religiosos de Israel, la expresión lírica de la piedad bíblica. Ellos alimentan la piedad individual y familiar, pero son también la base del culto sinagogal y de la liturgia del Templo. La Tradición atribuyó con frecuencia todo el salterio a David, que en realidad fue autor de una parte del salterio, y personalmente intervino en la organización del canto religioso y del culto (1Par 25).

Aun aquellos salmos que expresan una oración individual fueron con frecuencia destinados a la oración comunitaria, o adaptados a ella; como, por ejemplo, el salmo 129, que concluye con una bendición añadida. Las fiestas en honor de Yavé se celebraban con cantos, salmos y danzas (Jue 21,19-21; 2Sam 6,5.16; Am 5,23), y los salmos resonaron también en el gran Templo de Salomón. Muchos de ellos llevan en el encabezamiento indicaciones para su uso musical y litúrgico. Los salmos Hallel (112-117) eran recitados o cantados en la cena pascual (Mt 26,30). Los salmos graduales (120-134) eran cantos de las peregrinaciones a Jerusalén (Sal 84,6-8). Algunos salmos, llamados reales (2, 19, 20, 44, 71, 100, 109, 143), estaban centrados en la figura del Rey, en el que se daba como una personificación de Israel y que, con frecuencia, tienen una clara dimensión mesiánica.

La clasificación de los salmos varía mucho según los autores: salmos históricos, reales, sobre Jerusalén, alegres, tristes, serenos, odas, himnos, elegías, etc. Pero más o menos puede decirse que las tres principales clases de salmos son la alabanza, la acción de gracias y la lamentación que incluye súplica.

–Salmos de alabanza (8, 19, 29, 33, 46-48, 76, 84, 87 93, 96-100, 103-106, 113, 114, 117, 122, 135, 136, 145-150; según la clasificación de la Biblia de Jerusalén). Son salmos normalmente jubilosos, que reflejan un ambiente festivo. La voz de los cantores se ve complementada por la armonía de muchos instrumentos, y el pueblo participa con aplausos rítmicos, aclamaciones o estribillos –aleluya», «amén», «porque es eterna su misericordia–. En su estructura interna estos salmos tienen tres partes, en ocasiones netamente distintas:

Una invitación y exhortación a la alabanza de Dios comienza el salmo: «cantad a Yavé, celebrad su nombre los hijos de Israel, los que servís en su Templo, los pueblos todos, toda la tierra». A veces la invitación es sumamente bella en su forma literaria y en su intento de hacer de todo Israel, de todas las naciones, y aun de la Naturaleza toda, un canto de alabanza a Dios. Yavé, él mismo, «tú, Señor», es el objeto directo del himno. El salmo de alabanza hace converger en Dios las almas de todos los orantes.

El cuerpo del salmo motiva la alabanza y la desarrolla, recordando y contemplando la grandeza de Dios, y especialmente, a Dios como Creador admirable en todas las obras, y a Dios como Salvador que interviene en favor de su pueblo. Y también a Dios como Señor que instaurará finalmente su reino universa!.

Una conclusión suele terminar el salmo, volviendo en ocasiones al tema presentado inicialmente.

En estos salmos los cristianos son levantados por el Espíritu Santo a la admiración, al entusiasmo, a la alegría de contemplar a Dios en sí mismo, en su obra creadora, en su obra salvadora realizada en Cristo. En los salmos de alabanza la grandeza de Dios aparece radiante, y expresan, al mismo tiempo que fomentan en el cristiano, una actitud interna de alabanza, de adoración, de alegría en Dios. El que entra en la oración de la liturgia y quiere «hacerse el oído» a la musicalidad espiritual del salterio, conviene que se inicie en los salmos de alabanza.

–Salmos de acción de gracias (18, 21, 30, 33, 34, 40, 65- 68, 92, 116, 118, 124, 129, 138, 144). Son menos numerosos que los himnos de alabanza, y tienen una estructura literaria bastante semejante. Algunos parecen muy ligados a las grandes celebraciones de acción de gracias que anualmente celebraba Israel. Véase, por ejemplo, el 118, en el que puede seguirse el curso de una liturgia de acción de gracias: en los versículos 1-4 hay un solemne llamamiento a dar gracias, contestado por el pueblo, después un personaje—quizá el rey—comienza el relato de los beneficios de Dios, que constituye el cuerpo del salmo; el pueblo participa con aclamaciones, la procesión avanza; el salmo concluye con un nuevo llamamiento a la acción de gracias.

«Siempre y en todo lugar» ha de darse gracias a Dios, porque «siempre y en todo lugar» estamos recibiendo sus dones materiales y espirituales. Así lo hacemos cada día en la Eucaristía. Y las Horas extienden esa continua acción de gracias a todos los tiempos del día.En los salmos de acción de gracias es fundamental el relato de los beneficios recibidos de Dios, pues al hacer su memoria, no sólo se cumple un deber de gratitud con el Señor, sino que en cierto modo se actualizan en el pueblo las obras de salvación litúrgicamente recordadas.

Rezando con libro sagradoEsta interna estructura de la acción de gracias, tal como se concibe en Israel, perdura en la Eucaristía de la Iglesia, que es también un memorial de la pascua del Señor. Decimos después de la consagración, «así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa»… cumplimos la voluntad de Cristo: «haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Y esta memoria agradecida de la salvación obrada por Dios en Jesucristo debe durar «hasta que El venga» (1Cor 11,26).

Los salmos de acción de gracias no sólo expresan el agradecimiento de los cristianos, sino que lo fomentan. Siendo toda nuestra vida un don de Dios permanente –«en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28)–, es claro que la acción de gracias ha de constituir en nuestra vida una actitud también permanente. Esta gratitud continua se realiza tanto en el ora, cuando en la oración nos dedicamos a Dios un rato en forma in-mediata y exclusiva, como en el labora, ya que, según el mandato apostólico, «todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El» (Col 3,17).

–Salmos de lamentación y súplica. En algún sentido puede decirse que el hombre sufre «siempre» en este mundo, pues  la condición humana es muy doliente. Los pecadores sufren especialmente, desgarrados por sus pecados: «los malvados sufren muchas penas» (Sal 31,10), «la maldad da muerte al malvado» (33,22). Pero también los justos sufren mucho, pues «todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12; Mt 5,11; Sab 2,11-20). Justos y pecadores, enseñados por estos salmos, hemos de llorar sobre el hombro de nuestro Padre celestial, y no en la amargura de la soledad o buscando sobre todo la consolación de las criaturas, siempre muy precaria, y a veces pecaminosa.

La súplica de los salmos atrae sobre nosotros los dones de Dios. Y todos aquellos que en este mundo se lamentan ante Dios, buscando en El consuelo, saben que «cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos» (33,18-19). Y saben también en la fe que, finalmente, «el mismo Dios será con ellos, y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado» (Apoc 21, 3-4).

El alma de Israel, maravillosamente expresiva, logra en estos salmos acentos tan desgarradores que el hombre encuentra en ellos la manifestación adecuada de sus más profundas penas. Son muy numerosos estos salmos; lamentan especialmente la enfermedad, la calumnia, la muerte, el pecado, y también la persecución, el exilio, la vejez, el desastre, el abandono. Hay súplicas colectivas (11, 43, 59, 73, 78, 79, 82, 84, 105, 122, 128, 136), y súplicas individuales (3, 5-7, 12, 16, 21, 24, 25, 27, 30, 34, 37, 41-42, 50, 53-56, 58, 62, 63, 68, 70, 76, 85, 101, 119, 129, 139-142), que también se emplean como oraciones comunitarias, pues el orante personifica a la comunidad.

A veces el acento es duro, atrevido: «¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?… Atiende y respóndeme, Señor Dios mío… Alegra mi corazón con tu auxilio, y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho» (12). Pero siempre prevalece la confianza, la acción de gracias anticipada, y en medio de los lamentos y de las protestas de inocencia, nunca falta la sumisión absoluta al designio de Dios. Hay en las súplicas un profundísimo respeto al Señor providente: No se pretende utilizar a Dios, ni se le toma nunca como medio. El salterio nos enseña a pedir con audacia, a lamentarnos y a llorar ante Dios. Pero nos enseña a pedir sin exigencia, y a lamentarnos sin protesta: «Padre, si quieres, aparta de mí éste cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

 –Salmos de imprecación. No son muchos, pero chocan tanto a quienes no conocen demasiado el Antiguo Testamento, que será bueno digamos sobre ellos algunas palabras. (Véanse, por ejemplo, 57, 58, 82, 108). Téngase siempre en cuenta que todos los salmos pueden ser considerados en la perspectiva de Israel, de Cristo y de la Iglesia. En ocasiones, esta transferencia del sentido original del salmo hacia un sentido más pleno y perfecto, en Cristo y su Iglesia, es muy fácil. Pero en otras ocasiones no es tan fácil hallar en estos salmos iracundos su sentido cristiano.

Recordemos que Israel 1) no tiene todavía un conocimiento claro de la retribución finaldivina, y a veces piensa que Dios ha de premiar la justicia y castigar la maldad en este mundo (Lev 26; Dt 28-30). Por otra parte, en el tiempo de los salmistas 2) estaba vigente la ley de Talión, puesta precisamente para poner moderación en los impulsos de venganza, ley que más tarde Cristo revoca expresamente (Mt 5,38-39). Por eso los autores de los salmos reclaman de Dios que la ley de Talión se realice bien cumplidamente: «págales siente veces, Señor, la afrenta con que te afrentaron» (78,12). El salmista, además, 3) se sabe portador del honor de Dios en este mundo, y al ser perseguido, clama a Dios para que Él defienda su propia causa: «Levántate, Señor, con tu ira, álzate con furor contra mis adversarios, acude a defenderme en el juicio que has convocado» (7,7). «Levántate, oh Dios, y juzga la tierra, porque tú eres el dueño de todos los pueblos» 81,8). Y finalmente, adviértase que 4) en no pocos salmos iracundos la maldición y la bendición van juntas: «cúbreles el rostro de ignominia (maldición), para que busquen tu nombre, Señor (bendición); abrumados de vergüenza para siempre, perezcan derrotados (maldición); y reconozcan que tú sólo, Señor, eres excelso en toda la tierra (bendición)» (82,17-19).

Si en Israel pudiera prevalecer la maldición, en la Iglesia prevalece absolutamente la bendición: en los salmos imprecatorios la Iglesia clama al Padre, rogándole sujete a sus enemigos al imperio de Cristo, para que la Iglesia no sufra daños y para que ellos encuentren su salvación en el sometimiento. La Iglesia es como la luz frente a las tinieblas: la luz no pretende exterminar las tinieblas, sino iluminarIas.

Los salmos imprecatorios piden, pues, la conversión de los malvados, el alivio divino de los buenos que sufren persecución, la irradiación de la gloria de Dios en este mundo, la victoria progresiva del Reino de Cristo. Por eso, no pueden entenderlos quienes no tengan viva conciencia de que nuestra lucha ascética y apostólica, el combate de la Iglesia, es contra los espíritus del mal dominadores de este mundo tenebroso (Ef 6,12); es decir, no puede entenderlos quien no se ha enterado que hay en la vida presente una «dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (Vat. II, GS 37).

* * *

–Las antífonas de los salmos, muy hermosas y elegidas, tienen una gran fuerza para iluminar el salmo que acompañan. Las antífonas, por ejemplo, que acompañan un mismo salmo en Cuaresma o en Pascua son distintas, y por eso dan al salmo el sentido que la Iglesia entiende en ese momento de la celebración litúrgica. Lo mismo sucede en las antífonas del salmo interleccional que se reza o canta en la Misa. Merecen, pues, ser rezadas con especial atención, pues

«ayudan a poner de manifiesto el género literario del salmo; lo transforman en oración personal; iluminan mejor alguna frase digna de atención y que pudiera pasar inadvertida; proporcionan a un determinado salmo cierta tonalidad peculiar en determinadas circunstancias; más aún, siempre que se excluyan arbitrarias acomodaciones, contribuyen en gran medida a poner de manifiesto la interpretación tipológica o festiva» concreta (OGLH 113).

–Los cristianos especialmente llamados por Dios a una vida de oración han tenido siempre predilección por los salmos. Al comienzo de la vida monástica, cuando apenas había libros, algunos monasterios exigían a los que ingresaban que supieran el Psalterio de memoria. Los salmos eran y son uno de los caminos más andados por quienes dedican su vida a la oración: «es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (Lc 18,1); «orad sin cesar» (1Tes 5,17). Esta predilección secular de todos los orantes por los salmos, en Oriente y Occidente, es muy significativa. San Basilio de Cesarea (+379), cuya Regla siguen casi todos los monjes orientales, decía de ellos:

«El salmo es la serenidad de las almas y una fuente de paz, pues calma la agitación y efervescencia de los pensamientos, reprime la inquietud y apacigua la pasión. El salmo anuda las amistades, une lo que se iba separando y reconcilia a los enemigos, porque ¿quién puede considerar aún como adversario a aquel con quien alaba a Dios con una sola voz? De este modo nos procura la salmodia el mayor de los bienes, esto es, la caridad, la cual se sierve del ajuste de las voces como de un lazo para la concordia y armoniza en un solo coro a todo un pueblo… Tiene su lugar en las soledades y modera las reuniones públicas. Verdadera voz de la Iglesia, es la iniciación de los que empiezan, el crecimiento de los que progresan, la estabilidad de los perfectos. Llena de luz nuestras fiestas, pero también engendra en nosotros la tristeza según Dios; puede arrancar lágrimas incluso a un corazón de piedra. El salmo es la ocupación del ángel, la conversación celestial, un incienso espiritual»… (In Psalmum 1,2).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

 

5 comentarios

  
Guillermo Raul ALADRO
No veo que problema hay con cantar respetuosamente la Salmodia y los ritmos propios de lugar " siempre y cuando la fiesta siga estando en el altar".Creo que la cuestion esta en la educacion no se ama lo que no se conoce .el dicho amor a primera vista es in situ una falacia.Si vos que decis que sabes no me enseñas como voy a lograr mi adhesion a Cristo.El interrogante subyase si es que vos No Sabes y te estas haciendo el"doctor" de la Ley ;para conmigo.
24/03/15 7:24 PM
  
Eduardo
Gracias Padre, por recordarnos el valor de los Salmos y la gran ayuda espiritual que son para el cristiano en todos los momentos de nuestra vida,que Dios se complace en la oración sincera que brota del espíritu y de la verdad de un corazón humilde y recto, Dios lo bendiga y le siga dando la sabiduría para que nos siga guiando e iluminando.
24/03/15 7:40 PM
  
José Luis
Muchas personas al leer estas edificantes enseñanzas sobre la Liturgia de las Horas, se animarán a comprar estos libros. Y quien lo compra y lo pone en práctica se enriquece paso a paso, días tras días.

Orar las mismas oraciones que oró Jesús, y la que Él mismo nos enseñó como el Padre Nuestro, siempre en espíritu y verdad, con verdaderos sentimientos de fe y humildad.

Ayer compré precisamente, el Diurnal de la Familia Franciscana, que se complementa con los cuatro tomos, de la Liturgia de la Horas.

Aunque ya desde hace muchos años tenía los cuatro tomos, que un santo sacerdote me regaló, esos años, y por mis descuidos los tomos quedaron bastante estropeados. Y desde que leí, que la Conferencia Episcopal Española ha actualizado la Liturgia de las Horas, no he parado hasta conseguirlo, claro, con los pocos ahorros, pues también hoy, y doy gracias a Dios, tengo esta edición. Es un tanto caro, pero el dinero es una cosa que no tiene valor, porque el verdadero enriquecimiento interior, espiritual, es la oración, la belleza de los salmos.

Muchísimas gracias Padre Iraburu.
26/03/15 12:24 PM
  
Luis E. NESI S.
Querido P.JMI. No conocía la cita de San Basilio (la Regla), pero me sorprendió lo bien que resume el valor de la oración con los salmos, cómo después de tantos siglos sigue siendo verdad "...es la serenidad de las almas y una fuente de paz, pues calma la agitación y efervescencia de los pensamientos, reprime la inquietud y apacigua la pasión." Es para mi un descanso que abre el alma ya tranquila y serena, a la oración personal, en silencio (exterior e interior), y escuchar muy quedamente al Espíritu que pone "palabras inefables" en nuestra boca y nuestro corazón. Dios quiera que su enseñanza sobre la Liturgia de las Horas se extienda y aumente el número de orantes que alaben a Dios en común con la Iglesia. Como siempre, pido su pequeña mención en su oración a nuestro Padre y su bendición.
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JMI.-Me alegra y doy gracias a Dios porque haya podido ayudarle mi artículo. Muchos Santos Padres y maestros espirituales de la Iglesia han escrito "Comentarios a los salmos". Como la cita de SBasilio podrían traerse muchas, también de documentos de Papas. "Siempre en salmos"...
Cordial saludo y bendición +
27/03/15 2:54 AM
  
lupo
Creo que esta ayuda puede servir para los que se pierden en la elección de las semanas del salterio.

Para calcular en qué semana nos hayamos se divide el número de la semana del tiempo ordinario por 4. Es decir, si vamos en la semana 23 dividimos por 4 y nos fijamos en el resto de la división, en este caso 2. Por lo que corresponde la II semana del soltería, si el resto es 0, corresponde la semana IV.

Cada ciclo litúrgico comienza con la semana I, excepto los días posteriores a miércoles de ceniza que son especiales y la semana posterior a Pentecostés que le toca la semana que corresponda al domingo del tiempo ordinario fijado, pues no es inicio de tiempo litúrgico.

Con esto creo que los que tienen dificultad para guiarse en la liturgia de las horas tienen aliviado el trabajo. Porque de primera es un poco engorroso el sistema de cómputo utilizado para guiarse a menos que se tengan los cuatro tomos dónde es más fácil seguirlas.

Yo uso en mi móvil la versión de la liturgia de las horas para Isilo que ofrece la página del Opus Dei Almudi y que es gratis y completa. Funciona en cualquier móvil con Android y es muy fácil seguirla y es offline y pesa la nada misma, también la tienen en otros formatos.

Espero que a alguien le sirvan estos datos.

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JMI.-Muchas gracias.
31/03/15 11:59 PM

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