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24.12.11

–Llegó la Navidad.
–Es usted muy observador. No se le escapa una. Le voy a hacer una pregunta.
¿Cuál es la mayor belleza del mundo visible?
–Las montañas y los bosques, los ríos, las flores, las estrellas, los cielos con nubes luminosas… –No.
–Los niños, los hombres y mujeres, la poesía, la música, las catedrales, la literatura, los juegos deportivos y atléticos, las artes visuales, la danza, los barcos de vela… –No.
–La fotografía, la… –No, hombre, no. ¿Cómo va a ser la fotografía más bella que las realidades que capta?
–Pues no sé. Me rindo.
La liturgia de la Iglesia es la mayor belleza del mundo visible. En el marco sagrado del templo se unen armoniosamente palabras y acciones, luces y flores, lecturas y cantos. Quizá las palabras en un templo concreto –¡o en muchos!– no estén bien pronunciadas, ni los cantos valgan gran cosa, ni tampoco las acciones y el lugar sean tan elegantes como debieran. A veces, hay que reconocerlo, son feos. Y a veces, también hay que reconocerlo, son muy bellos. Pero podemos afirmar siempre que la liturgia es lo más bello que hay en la humanidad, porque siempre es signo visible de la gracia divina invisible. Cristo está presente en la celebración litúrgica, y en ella se manifiesta y comunica a los cristianos.
«Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica» (Vat. II, Sacrosanctum Concilium 7). Y Él es «el más bello de los hombres» (Sal 44,3), el «esplendor de la gloria de Dios y la imagen de su ser» (Heb 1,3), «el Primogénito de toda criatura, porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra» (Col 1,15-16). Cristo ascendió al Padre a la vista de sus apóstoles, hasta que «una nube lo ocultó a sus ojos» (Hch 1,9). Y ahora, glorioso a la derecha del Padre, se nos hace presente y visible en la liturgia hasta el fin de los tiempos, hasta que vuelva. El hombre iluminado por la fe católica, oyendo a la Iglesia en la liturgia, oye al mismo Cristo. Viendo a la Iglesia en la celebración litúrgica, ve al Cristo glorioso. Y viendo a Cristo, ve al Padre celeste y recibe al Espíritu Santo. Contemplad al Señor [en la liturgia] y quedaréis radiantes (Sal 33,6).
El mundo de la gracia de Dios se manifiesta y se comunica en la liturgia de la Iglesia con toda su fascinante belleza, día tras día, al paso de los años. «La liturgia es la cumbre a la que tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10; cf. Lumen gentium 11). Los signos visibles de la sagrada liturgia manifiestan y realizan lo que significan.
«En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la derecha de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero [Ap 21,2]» (SC 8). Por eso la liturgia es el punto de tangencia entre la esfera celestial y la esfera terrestre. Ella «presenta así a la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones [Is 11,12] para que debajo de él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos [Jn 11,52]» (SC 2).
La santa Misa y las Horas litúrgicas forman así, con todos los sacramentos, un marco permanente de oro, en el que se encuadra la vida de los cristianos. Y quien dice las Horas, está hablando también de otras formas de oración. Pero las Horas… la liturgia de las Horas, siendo propiamente la Oración de la Iglesia, es la más bella y perfecta de las oraciones cristianas. Por eso la Iglesia, aun sabiendo que no para todos sus hijos es asequible, a todos las ofrece: «se recomienda que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular» (SC 100).
La liturgia sagrada de la Iglesia es para nosotros una síntesis diaria de toda la historia de la salvación, y en ella escuchamos a Isaías, oímos las predicaciones del Bautista, estamos presentes a la predicación y a los milagros de nuestro Señor Jesucristo, de Pedro, Juan y Pablo, nos hacemos contemporáneos de León Magno, Agustín, Teresa y de todos los santos. Y también los ángeles, gracias a ella, se hacen nuestros compañeros y amigos de camino. En el transcurso del Año litúrgico –como en una escalera de caracol, valga el ejemplo–, vamos ascendiendo y girando siempre en torno a un eje constante, los misterios de Cristo, contemplándolos y actualizándolos al paso de los años. Esta es la escala espiritual que nos lleva finalmente a la Puerta del Cielo.
Y el misterio más grandioso de la fe es la encarnación del Hijo divino eterno. Grande es el esplendor de la Cruz, formidable su Resurrección, admirable su Ascensión a los cielos, gloriosa en Pentecostés la comunicación del Espíritu Santo, inefable es la Eucaristía… Pero el más grande y venerable de todos los misterios de la fe cristiana es la Encarnación del Verbo divino. De su gracia proceden todos los demás.
Cuando rezamos el Credo en la Misa –«Creo en un solo Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo»–, dispone el rito litúrgico: «en las palabras que siguen, hasta “se hizo hombre”, todos se inclinan»: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». No nos manda la Iglesia hacer ese hermoso signo de reverencia en el Credo cuando en él se declara a Cristo el Hijo de Dios o el Creador de todas las cosas o el que «por nuestra causa fue crucificado». La Iglesia nos manda inclinar la cabeza, y en las Misas de la Navidad hacer genuflexión, cuando confesamos nuestra fe en la Encarnación del Verbo.
«Todos se inclinan. Todos se arrodillan». Esto que la Iglesia dispone en la liturgia ha de entenderse en el sentido de que «todos se inclinan - todos se arrodillan»: es un mandato que tiene una interpretación bastante sencilla y segura. «Todos» significa todos: sacerdote y pueblo, Obispo y Abad, laicos, religiosos y religiosas, niños, jóvenes y ancianos, pobres y ricos, frailes y canónigos, trabajadores y personas en paro, jubilados, civiles y militares con graduación o sin ella: todos. Menos los que sufran de artrosis o de alguna dolencia semejante en las rodillas o en las vértebras cervicales. Todos. Todos hacen al confesar la fe en la Encarnación del Verbo una inclinación reverente, todos doblan la rodilla por unos instantes. Todos. Hagan la prueba los que no la hayan hecho, y verán que no les pasa nada. Obedecer a la Iglesia es muy sano.
La liturgia de la Navidad… asombro y maravilla. La liturgia sagrada celebra, pues, estos días el más excelso de los misterios de Jesús: siendo Dios, se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, para divinizarnos a los hombres. «Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros en su pobreza» (2Cor 8,9).
Antífona del Magnificat. «Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo: “gloria a Dios en el cielo”. Aleluya».
Isaías 52. «¡Despierta, despierta, Sión, vístete el traje de gala, Jerusalén, santa ciudad!… ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia, que pregona la victoria, que dice a Sión: “Tu Dios es rey”! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor».
Salmo 44. «Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente… Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos».
San Agustín. «Alegrémonos con esta gracia, y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. ¿Pues qué gracia pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia».
Himno. «Ver llorar a la alegría – ver tan pobre a la riqueza – ver tan baja la grandeza – y ver que Dios lo quería. –¡Gran merced fue en aquel día – la que el hombre recibió! – ¡Quién lo viera y fuera yo!».
San León Magno. «Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios».
Preces de Laudes. «Adoremos a Cristo, Hijo del Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana, y supliquémosle diciendo: “Señor Jesús, tú que quisiste ser obediente, santifícanos”».
Evangelio de San Lucas 2. «Bajó con ellos [María y José] y vino a Nazaret, y les obedecía. Su madre conservaba cuidadosamente todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».
Oración. «Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén».
Nada hay tan bello en el mundo como la liturgia de la Iglesia católica. Y una vez más lo comprobamos en estos santos días. ¡Feliz y santa Navidad!
José María Iraburu, sacerdote
Post post. –El Sr. Director me ha informado, para responder a una consulta que me habían hecho, que aunque nuestra campaña de donativos termine ya en la Navidad, no hay inconveniente alguno en que se envíen donativos posteriormente. Es un hombre muy abierto.
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(Pamplona, 1935-), estudié en Salamanca y fuí ordenado sacerdote (Pamplona, 1963). Primeros ministerios pastorales en Talca, Chile (1964-1969). Doctorado en Roma (1972), enseñé Teología Espiritual en Burgos, en la Facultad de Teología (1973-2003), alternando la docencia con la predicación de retiros y ejercicios en España y en Hispanoamérica, sobre todo en Chile, México y Argentina. Con el sacerdote José Rivera (+1991) escribí Espiritualidad católica, la actual Síntesis de espiritualidad católica. Con él y otros establecimos la Fundación GRATIS DATE (1988-). He colaborado con RADIO MARIA con los programas Liturgia de la semana, Dame de beber y Luz y tinieblas (2004-2009). Y aquí me tienen ahora con ustedes en este blog, Reforma o apostasía.
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