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7.12.11

–Eso de que a Cristo le duele el mundo no lo entiendo.
–Lea el artículo completo y quizá lo entienda. Puede también intervenir en la Sala de Comentarios.
Mundo enemigo de Cristo y de los cristianos. «Sabed que el mundo me ha odiado» (Jn 15,18), dice Cristo, y añade: y me ha odiado «sin motivo» (15,25). El mundo no siempre odia algunas de las consecuencias éticas y sociales del cristianismo –laboriosidad, fraternidad, etc.–, y en ocasiones incluso las aprecia, aunque no reconozca su origen cristiano. Pero el mundo odia precisamente a Cristo, al Hijo divino encarnado: rechaza la autoridad absoluta del Señor, la gracia de Cristo, la salvación gratuita del hombre, únicamente posible como don de Dios. O lo que viene a ser lo mismo, el mundo odia a Cristo porque «siendo hombre, se hace Dios» (Jn 10,33). Eso es lo que aborrece en Cristo.
El mundo se muestra como enemigo implacable del Salvador, y a los tres años de su vida pública lo arroja fuera de sí en la Cruz ignominiosamente. El mundo odia a Cristo y a su Palabra porque el Salvador denuncia su maldad. Jesús les dice a unos parientes que no creen en Él: «el mundo no tiene motivos para aborreceros a vosotros, pero a mí sí me aborrece, porque doy testimonio contra él declarando que sus acciones son malas» (Jn 7,7). El mundo le odia también porque ve que Él no se sujeta a la cautividad del mundo, sino que escapa a su dominio: «Yo he vencido al mundo» (16,33); «Yo no soy del mundo» (17,9).Y por esas mismas razones odia también a los cristianos: «por esto el mundo os aborrece» (15,19; cf. 15,18-20).
Por lo demás, Cristo y los cristianos sabemos bien que, tras el odio del mundo, está el demonio, el Príncipe de este mundo. El mismo Salvador que ha vencido al mundo, «todo él puesto bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19), ha vencido también al Príncipe de este mundo. Siendo Él «la Luz del mundo» (Jn 1,9; 9,5), ha vencido al Padre de la mentira, al poder de las tinieblas, y desenmascarándolo, lo ha «arrojado fuera» (Jn 12,31). Y ahora el diablo es el Dragón infernal, que da poder a la Bestia que domina en el mundo, potenciando a todo lo que es Anti-Cristo (Ap 13,1-8).
Mundo cruz. A Cristo «le duele el mundo», en el que vive «crucificado» (cf. Gal 5,14). «¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?» (Mt 17,17). La ceguera y sordidez espiritual de los hombres es para Cristo indeciblemente crucificante, sobre todo en algunos momentos. Hastá sus más íntimos amigos y seguidores le hacen sufrir a veces: «¡apártate de mí, Satanás», le dice a Simón Pedro, «que me escandalizas, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (16,23). Llegada la hora de las tinieblas, sus discípulos le abandonan, confundidos, llenos de pánico, sin fiarse de sus claros anuncios de la pasión y de la resurrección… «¡Hombres sin inteligencia y torpes de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas!» (Lc 24,25).
Ve Cristo al mundo como un madero que se resiste a arder en la llama del Espíritu divino, y ansía a veces su propia muerte como un descanso: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo [de sangre] ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!» (Lc 12,49-50). Quiere Cristo dolorosamente que estalle ya definitivamente la guerra entre la luz y las tinieblas, esa batalla continua que se inició al comienzo de la humanidad:
«¿Qué pensáis, que yo he venido a traer la paz a la tierra? No, yo os digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres… Hipócritas, vosotros sabeis discernir al aspecto de la tierra y del cielo», para adivinar el tiempo que va a hacer: «¿cómo entonces no sabéis discernir el tiempo presente?» (Lc 12,51-56).
Mundo doloroso. Y si así le hacían padecer sus amigos –hombres, después de todo, sencillos y de buena voluntad, que todo lo habían dejado por seguirle–, cómo le haría sufrir ver un día y otro a quienes le rechazaban, hombres pecadores, perdidos en la vanidad y el mal, fascinados por la criatura y olvidados del Creador, mentes abiertas a la mentira y cerradas a la verdad, hombres cautivos del mundo y de su Príncipe infernal, gravemente amenazados de perdición eterna (cf. Jn 8,44). Con razón dice San Zenón de Verona (+372) que «el Señor habitó en un verdadero estercolero, esto es, en el cieno de este mundo y en medio de hombres agitados como gusanos por multitud de crímenes y pasiones» (Trat. 15,2).
En una ocasión, viendo Jesús cómo Jerusalén le resiste, y entendiendo cómo así la Ciudad elegida rechaza la salvación y se atrae la destrucción, siente tanta pena que se echa a llorar (Lc 19,41-44). Está claro que a Cristo no le da lo mismo que el mundo-pecador le reciba o le rechace. Porque es inmenso su amor a los pecadores, por eso sufre inmensamente cuando comprueba que «viene a los suyos, y los suyos no le reciben» (Jn 1,11).
Cristo es perfectamente libre del mundo en que vive. Respecto del mundo presente Jesús no experimenta ninguna avidez o ansiedad, ninguna fascinación o deseo de triunfo, ningún temor al insulto, al desprecio o al fracaso. Él, precisamente porque es el Siervo del Altísimo, es perfectamente libre del mundo secular. Por eso puede ver su mentira y decirle la verdad. Y porque está a salvo del mundo, por eso puede salvar al mundo.
Las normas mentales y conductuales del mundo no tienen sobre Cristo poder alguno. El mundo las impone estrictamente y con casi infalible eficacia sobre los hombres mundanos, pero no tienen imperio ninguno sobre Jesús de Nazaret. Tampoco las normas pseudo-religiosas de su tiempo tienen sobre él influjo alguno; ni siquiera aquellas que los más piadosos tienen por inviolables.
Jesús, por ejemplo, —trata con la mujer con una libertad que resulta chocante para ella misma: «¿cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?». Esta libertad es también desconcertante para sus propios discípulos: «se maravillaban de que hablase con una mujer» a solas, más aún, siendo mujer de mala vida, y además samaritana (Jn 4,9.27). —Cristo entiende el sábado y actúa en él de modos realmente «escandalosos», lamentables e incomprensibles, en ese momento, para cualquier judío piadoso (Mt 12,1-12). —Profesa el celibato y la pobreza, y así lo exige a los apóstoles, cuando tanto el mundo civil como el religioso ignoran e incluso desprecian esos valores. —Tiene la audacia de predicar un universalismo salvífico, que se niega a reducir la salvación de Dios solamente a Israel, sabiendo que con ello suscitará las más terribles iras de los judíos (Lc 4,25-30). —Y dejando de lado las normas más elementales de la decencia, «come y bebe con publicanos y pecadores» (Lc 5,30)…
(Nota.- Cuando algunos teólogos o exegetas modernos defienden, por ejemplo, el sacerdocio cristiano femenino, y atribuyen a «condicionamientos culturales y de época» que Cristo eligiera para el apostolado sólamente a varones, muestran una increíble ignorancia de Cristo. La libertad de Jesús en el mundo era absoluta, perfecta, total: pensaba, hablaba y obraba desde Dios, que lo transciende todo.)
No es Cristo, sin embargo, un hombre extravagante, que se distancia del mundo vigente por orgullo, o que muestra hacia su pueblo, y concretamente hacia sus tradiciones religiosas, una actitud de desarraigo o menosprecio. Por el contrario, desde niño está educado para «cumplir todo lo prescrito por la Ley» (cf. Lc 2,23-24.27.39). Desde niño hasta adulto hace las debidas peregrinaciones a Jerusalén, muestra una gran veneración por el antiguo Templo, donde enseña todos los días (Lc 19,47), paga su tributo (Mt 17,24-27), y cela por su santidad, expulsando de él a los comerciantes (21,12); reza los salmos, celebra la Pascua y en todo se manifiesta respetuoso con la Ley mosaica, que no viene a abolir, sino a perfeccionar (5,17).
Pero Cristo no va con la hora del mundo, sino con la del Padre eterno. La omnímoda libertad de Cristo respecto del mundo se afirma no sólo en criterios y costumbres, sino incluso en el ritmo temporal de sus actividades. Los mundanos se rigen en su acción por exigencias del mundo, por lo que el mundo acostumbra, pide o prohibe; pero Cristo, muy al contrario, actúa solamente en obediencia continua al Padre celeste. Su hora no es la que marca el reloj del mundo, sino la que marca el Dios eterno.
Jesús domina en el mundo el tiempo de su historia personal. En Caná dice: «no ha llegado todavía mi hora» (Jn 2,4). Durante su vida pública sufre varios atentados, pero elude la muerte. En Nazaret, por ejemplo, después de predicar en la Sinagoga la salvación abierta a todos los pueblos, «se llenaron de rabia» sus oyentes, y lo llevaron afuera para despeñarlo. Pero él, «atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc 4,24-30). Defiende su vida, porque no ha llegado todavía «su hora». Y lo mismo en otra ocasión: «nadie puso en él las manos, porque aún no había llegado su hora» (Jn 8,20).
Cuando aquellos parientes de Jesús, que no acaban de creer en él, le exhortan a «darse a conocer al mundo», realizando abiertamente, y mejor si es en Jerusalén, algunas de «las obras» que viene haciendo en medios más apartados, Jesucristo les contesta: «para mí todavía no es el momento; para vosotros, en cambio, cualquier momento es bueno… Subid vosotros a esta fiesta, que para mí el momento no ha llegado aún» (Jn 7,1-8).
Cristo piensa, habla, siente y actúa desde Dios, con perfecta libertad del mundo. Al final de su vida, se entrega a la Pasión con toda libertad: «antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1)… Y celebrada la Cena, no se defiende en Getsemaní de quienes vienen a prenderle para matarle, ni permite que le defiendan: «ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53). «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1).
Seguiremos contemplando la relación de Cristo con el mundo. Veremos hasta qué punto ama a los hombres «el Salvador del mundo», qué esperanzas tan altas tiene acerca de la humanidad pecadora y embrutecida, cómo es consciente de que puede transformar el mundo evangelizándolo. Y recordaremos también los enseñanzas y avisos que Él dió a sus discípulos, a aquellos que dejaba en el mundo.
José María Iraburu, sacerdote
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(Pamplona, 1935-), estudié en Salamanca y fuí ordenado sacerdote (Pamplona, 1963). Primeros ministerios pastorales en Talca, Chile (1964-1969). Doctorado en Roma (1972), enseñé Teología Espiritual en Burgos, en la Facultad de Teología (1973-2003), alternando la docencia con la predicación de retiros y ejercicios en España y en Hispanoamérica, sobre todo en Chile, México y Argentina. Con el sacerdote José Rivera (+1991) escribí Espiritualidad católica, la actual Síntesis de espiritualidad católica. Con él y otros establecimos la Fundación GRATIS DATE (1988-). He colaborado con RADIO MARIA con los programas Liturgia de la semana, Dame de beber y Luz y tinieblas (2004-2009). Y aquí me tienen ahora con ustedes en este blog, Reforma o apostasía.
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