(37) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –V reino de Cristo y mundo secular

–Sigo pensando que este Pie era un tipo formidable. ¿Pero este blog va a tratar ya de él indefinidamente, es decir, para siempre?
–No, hombre, no. Con el próximo, –y VI, ya termino. Aguante un poco más.

Muchos católicos de hoy no entienden nada del tiempo presente. Entienden al revés la historia de la Iglesia y la situación actual. Han asimilado lo que les han enseñado en la escuela, la Universidad, lo que les dicen políticos y periodistas, la literatura, la radio, la TV, y también los autores católicos liberales. Por tanto, están ciegos para ver el mundo presente como robado a Dios y a su Cristo, y como puesto bajo el influjo del Maligno. No acaban de enterarse de que la Bestia estatal trata de dominarlo todo, para sustraerlo cada vez más de Dios y sujetarlo más plenamente a Satanás.

Nuestro Señor Jesucristo reprocha a los judíos resistentes al Evangelio que «no saben discernir los signos del tiempo presente» (Lc 12,56). Siglos antes, por el contrario, los judíos exilados en Babilonia sabían que estaban desterrados en un país idólatra y pagano. Y también los primeros cristianos sabían que, viviendo en el marco del Imperio Romano, habían de padecer persecuciones frecuentes y un pésimo condicionamiento mundano degradante. En cambio –y aquí está el gran error y el gran peligro– los cristianos de los últimos tiempos apenas se enteran de que viven en Babilonia, en un mundo que está en buena parte configurado y gobernado por «el Príncipe de este mundo» (Jn 12,31), o más aún, por «el dios de este mundo» (2Cor 4,4). A estos cristianos, incluso no pocas veces a los mejores, les ha faltado la predicación verdaderamente apostólica: no se han enterado de que «el mundo todo está en poder del Maligno» (1Jn 5,19; cf. Ap 13,1-8). Y es que la historia de la Iglesia es misteriosa, es una historia sagrada, aún más sagrada y misteriosa que la de Israel, y lo mismo que ésta, necesita hagiógrafos que la cuenten y la interpreten. Ésa fue una de las misiones bien cumplidas por el Obispo de Poitiers.

Da pena ver tantos católicos engañados. –Cuando en una revista católica se comenta un suceso horrible, describiéndolo como «un gesto de bárbaros, cruel, salvaje, indigno de una sociedad civilizada: un acto medieval, propio de una cultura retrógrada, basada en conceptos absurdos»; o –cuando un Obispo reprueba indignado ese suceso diciendo: «parece increíble que, en pleno siglo XXI, viviendo en democracia», etc.; o –cuando un político cristiano combate una ley criminal, alegando que no representa el sentir popular, y que por tanto no respeta «la soberanía del pueblo», y en otros casos semejantes, nos damos cuenta de que no pocos fieles, y también Pastores sagrados, viven completamente engañados acerca del tiempo presente.

Sencillamente: en materias políticas y sociales sobre todo, estos cristianos han asimilado a fondo no pocos errores del mundo moderno, marcado por el relativismo, el naturalismo, el liberalismo. Ya no combaten estos grandes errores, porque más o menos creen en ellos. Y esto, después de todo, no debe sorprendernos demasiado, si recordamos que ya Cristo y sus Apóstoles anunciaron abiertamente que en los últimos tiempos logrará Satanás engañar a muchos (Mt 24,24; 2Pe 3; 1Tim 4; 2Tim 3). Por eso Mons. Pie lucha con todas sus fuerzas contra el Enemigo, procurando desengañar a los cristianos, para liberarlos de él:

«Veo en la Iglesia dos clases de persecuciones: la primera, durante sus comienzos y bajo el Imperio Romano, en la que prevaleció la violencia; la segunda, al fin de los siglos, donde imperará el reino de la seducción. No quiero decir con esto que allí no habrá violencia, así como en la Roma pagana, donde predominó la violencia, no dejó de haber seducción. Pero una y otra se diferencian por lo que en ellas predomina. En la última fase se harán presentes los signos más engañosos que jamás se hayan visto, con la malicia más escondida y la piel de lobo mejor cubierta con piel de oveja» (III,539).

Cristianismo y mundo moderno se contraponen frontalmente. Ya sabemos que esta afirmación, aun siendo evidente, hoy atrae el anatema de muchos cristianos que están engañados por los errores modernos, y que por eso mismo aborrecen el «nefando» Syllabus de Pío IX que los denuncia (1864). Pero ese enfrentamiento Reino-mundo está mil veces enseñado por la Sagrada Escritura, por el Magisterio de la Iglesia, también por el concilio Vaticano II: «a través de toda la historia humana existe una dura batalla», etc. (GS 37b; cf. 13b), y en modo alguno es una enseñanza individual del Beato Pío IX o del Obispo de Poitiers. El mérito de éstos, con pocos pero preciosos apoyos, fue que afirmaron esa verdad con gran fuerza, cuando era ignorada o negada por muchos cristianos, Pastores y teólogos. Ellos ni hicieron sino dar en el mundo el testimonio de la verdad:

«Jamás [como hoy] la lucha entre el hombre y Dios había sido más declarada, más directa. Jamás generación alguna había roto de manera más absoluta toda alianza con el cielo. Jamás una sociedad había dirigido más insolentemente a Dios esta palabra: “¡vete!” ([“vete lejos de nosotros, no queremos saber de tus caminos”] Job 21,14). El hombre ha desterrado a la divinidad del dominio de todas las cosas de la tierra, y ahora reina allí como señor» (I,98-100).

Ante esa abominación, los fieles cristianos, que quieren que Cristo reino y que se niegan a dar culto a la Bestia, claman sin cesar: «Levántate, Señor, que el hombre no triunfe: sean juzgados los gentiles en tu presencia. Señor, infúndeles terror, y aprendan los pueblos que no son más que hombres» (Sal 9,20-21).

Muchos cristianos ignoran hoy que viven en Babilonia bajo el imperio de Satanás. Olvidando o ignorando las enseñanzas del Salvador, confían en la virtualidad salvífica, al menos relativa, de ciertas leyes, de tales partidos políticos o de algunos Organismos internacionales. Ignoran que todas aquellas fuerzas políticas y culturales que se cierran herméticamente a Cristo, y que lo combaten, están actuando bajo el poder del Príncipe de este mundo. Colaboran con ellos sin problemas de conciencia, y si es con un buen sueldo, tanto mejor y con mayor entusiasmo. Creen así en aquellos falsos mesías, que preparan el pleno advenimiento del Anticristo (Mt 24,4-5.24-25)… «Os aseguro que ya muchos se han hecho anticristos» (1Jn 2,18). «Quien no confiesa que Cristo vino en carne es seductor y anticristo» (2Jn 7). «Es anticristo quien niega al Padre y al Hijo» (1Jn 2,22). «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53).

Estos cristianos engañados no saben que el combate actual por el Reino no es tanto contra hombres de carne, sino contra los demonios que les inspiran y sujetan, y por eso, en su lucha por un mundo mejor, no toman «la armadura de Dios» (Ef 6,12-20). Pretenden afirmar el Reino en el mundo con revistas débiles, manifestaciones festivas, cartas al director, camisetas con lemas, concentraciones juveniles, campañas en internet, etc., acumulando así derrota tras derrota, retrocediendo siempre ante el poder avasallador del Maligno y de los suyos. Todas las actividades aludidas son buenas y bienintencionadas, pero «hay que practicar esto, sin omitir aquello» (Mt 23,23): es decir, sin omitir las rogativas, la oración de la Iglesia en tiempos de aflicción, la penitencia, el rosario, el adiestramiento familiar y catequético para estar en el mundo sin ser del mundo, y ante todo el testimonio bien claro (martirial) de la verdad de Cristo. Esos cristianos engañados, por ignorar tantas verdades, están destinados al fracaso. Cristo anuncia a sus discípulos la persecución del mundo, pero les conforta diciéndoles: «confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Ellos, sin embargo, no pueden vencerlo, porque ni siquiera lo combaten; están ya previamente derrotados, porque en el fondo creen que Satanás y los suyos deben ser quienes gobiernen el mundo secular.

Los cristianos de hoy, ante todo, han de enterarse de quién les está gobernando, y han de saber que el camino actual del mundo secular lleva colectivamente a una perdición temporal y eterna. «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. ¡Dejénlos! Son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,13-14).

«Nada es para mí en la hora actual más desolador que ver esta enorme multitud de hombres, por otra parte serios, que siguen buscando la fuente de todos los males por doquier, excepto donde está, y que siguen esperando la salvación de todo, excepto de aquello que puede conseguirla» (VII,76).

Afirmar la verdad, encender la luz en las tinieblas, es hoy la tarea más urgente de la Iglesia. Así lo entiende y lo proclama con especial empeño nuestro Santo Padre, Benedicto XVI. La perdición de los pueblos está en la negación de Dios. Abortos, divorcios, droga, criminalidad, degradación de costumbres, enfermedades mentales, vida desesperada, suicidios, fealdad del arte, ignorancia orgullosa de sí misma, lujuria generalizada, rebeldía, divisiones, nación partida en partidos, que se parten a su vez en más partidos, falsificación de la historia, negación de la propia identidad nacional, disminución tal de la natalidad que ciertas naciones se verán dominadas en unos cuantos años por los inmigrantes que ahora ocupan en ellas lugares serviles, etc.: todo eso viene de la negación de Dios y de su enviado Jesucristo. Por tanto, afirmar a Dios, a Cristo, a su Iglesia, es hoy la misión más urgente de los cristianos.

«Jamás el globo terrestre ha estado envuelto en una nube más espesa, jamás la humanidad ha caminado por caminos más sombríos y oscuros. Se diría que ha retornado el primer comienzo de la creación, cuando todo era caos y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, no habiendo Dios aún separado las tinieblas de la luz. En pleno día dudamos, tanteamos, tropezamos como en la noche… Y los conductores de los pueblos, más ciegos aún que aquellos a quienes conducen, no logran sino precipitarnos con ellos en una misma fosa» (VIII,167).

Ya vimos que estas mismas verdades eran ya afirmadas en el siglo XVII por santos como La Colombière y Grignion de Montfort (post 4). Pues bien, hoy son verdades más verdaderas, si cabe, pero mucho más silenciadas. Entonces podían decirse, hoy no. Al menos, casi nadie las dice, temiendo verse proscrito.

«Toca a nosotros proclamar más alto que nunca que “no hay sino un solo Nombre bajo el cielo en el que los hombres pueden ser salvados, el nombre de Jesús” [Hch 4,12]… Toca a nosotros proclamar que el cristianismo es inmutable, y que la Revolución que cambió la faz social de Francia y de una parte del mundo, no ha cambiado nada de la obligación positiva en que están todos los hombres de conocer y practicar la religión sobrenatural y divina, única que puede obrar la salvación de las almas» y de los pueblos (III,199). «Volved a colocar la verdad sobre su pedestal; enseguida habrá numerosos hombres, y no tendréis otro problema que el de elegir a alguno de ellos», para que guíe a los otros (VII,260). Ocurre como en los tiempos de la ruina del Imperio Romano: «Romanus orbis ruit, et tamen cervix nostra erecta non flectitur [cae en ruinas el Imperio, pero se mantiene erecta nuestra cerviz] (San Jerónimo). Llenos de horror por el mal, tenemos aún más horror por el remedio. Y porque no estamos dispuestos a suprimir la causa de la enfermedad, la enfermedad es incurable» (VII,76-77).

El reinado social de Cristo es el único plan válido para los pueblos. Todos los otros planes llevan a perdición. Sin embargo, abrumados muchos cristianos por el poder generalizado de Satanás sobre el mundo, se pliegan a ese poder, lo aceptan al menos como inevitable, admiten como irremediable que el poder del Maligno impere sobre el mundo, llegan a pensar que el cristianismo es aplicable solo a personas y familias, o a pequeñas comunidades, pero no a la sociedad. Estiman piadosamente que, por permisión de la Providencia divina, «el mundo todo está bajo el Maligno» (1Jn 5,19), y que no pueden cambiarse los planes de Dios.

Pero «decir que Jesucristo es el Dios de los individuos y de las familias y no el Dios de los pueblos y de las sociedades, es decir que no es Dios. Decir que el cristianismo es la ley del hombre individual, y no la ley del hombre colectivo, es decir que el cristianismo no es divino. Decir que la Iglesia es juez de la moral privada y doméstica, y que nada tiene que ver con la moral pública y política, es decir que la Iglesia no es divina» (VI,434).

Estos cristianos, que aceptan el naturalismo liberal, consideran quizá que la Europa de Carlomagno, de San Luis de Francia, de San Fernando de España, de San Esteban de Hungría, de los Reyes Católicos fue un sueño pasajero, y que sería una exageración afirmar la histórica realidad milenaria de la Cristiandad (cf. P. Alfredo Sáenz, S. J., La Cristiandad. Una realidad histórica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005). No combaten, consecuentemente, al Enemigo del género humano, considerándolo invencible, sino que se concilian con él, buscando un lugar favorable en su Imperio siniestro. Todo intento de evangelizar el mundo en su vida social y política sería irrealizable, y por tanto vano, inútil, malo, incluso perjudicial para la Iglesia.

Pero «nada hay de quimérico en el programa [del Evangelio] al que se deben tantos beneficios de primer orden. Lo que es de verdad quimérico, lo que es irrealizable, es el programa de la Revolución, no el de la Iglesia. Cuando la Iglesia pone sus principios, aun cuando impliquen una perfección que no será jamás alcanzada en la tierra, quiere sus consecuencias, todas sus consecuencias. Cuando la Revolución pone sus principios, no quiere sino una parte de sus consecuencias; frena, encadena las consecuencias demasiado generales y extendidas; la consecuencia extrema y total sería el infierno. La Revolución no puede y no quiere ser lógica hasta el fin. La Iglesia puede y quiere serlo siempre: nada en el mundo es más práctico y menos quimérico» (V,189).

Supongamos el caso imposible de un pueblo que viviera cabezabajo, con los pies por alto, y que en consecuencia estuviera abrumado por males innumerables. De poco serviría que les lleváramos medicinas, alimentos, ropa, etc., si no cumpliéramos con aquellos pobres hombres la caridad más urgente: decirles que se pusieran de pie, con la cabeza arriba y los pies en la tierra. Solo la verdad podría liberarlos de sus miserias. Habríamos, pues, de advertirles bien claramente que, si no lo hacían, de ningún modo podrían superar sus males; habríamos de gritarles que, de seguir cabeza abajo ¡no tenían remedio! Y en el supuesto de que, obstinados en su error, no nos quisieran creer, nada nos eximiría del deber fraterno de «darles el testimonio de la verdad», una y mil veces. Ésa fue la norma del Obispo de Poitiers, y ésa es la norma de Cristo y de todos los santos.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

16 comentarios

  
Miguel Serrano Cabeza
En última instancia, el "problema" de la "modernidad" está relacionado con la virtud humildad. Hoy en día, la humildad es una virtud extraordinariamente rara de encontrar.

Sin humildad no hay rectitud de intención y, sin rectitud de intención, la fe se seca y muere. Empezando por las creencias y siguiendo por las obras.

Por desgracia, muchos vivimos una fe muerta, una fe estéril cuyas obras carecen de frutos. Una fe que, como el vuelo de una mosca o el temblor de un flan, carece de utilidad porque carece de propósito.

Una fe que no contempla la amorosa acción de Dios creándonos como hijos Suyos, sosteniéndonos en el ser y enviando a Su Hijo para redimirnos de nuestros pecados sólo para que podamos acercarnos más y más a Él, en un inmenso, amoroso, eterno, infinito abrazo.

Una fe demasiado preocupada por cuestiones prácticas que, si bien no conviene olvidar del todo, no deberíamos sacralizar, tal y como Cristo le recuerda a Marta (Lc.10:41).

Una fe a la que no parece preocuparle en exceso la falta de fe, devoción y piedad de aquellos que nos rodean. Una fe que no se preocupa por las amadísimas almas del Purgatorio.

Una fe que no se alegra ante la vocación religiosa o sacerdotal de un hijo. Y mucho menos si es la de todos los hijos.

Una fe que, sin darse cuenta, ha reemplazado a Dios por el hombre. Es, como el título del libro de Gustavo Bueno, la fe del ateo.

Triste fe que sólo conoce con total seguridad la existencia del dolor, la enfermedad y la muerte, a los que nadie ha escapado jamás.

Triste fe que, en los que alguna vez tuvieron la verdadera Fe, tiene un nombre terrible: apostasía.

ADVENIAT REGNVM TVVM.
30/10/09 11:21 AM
  
hijo pródigo
«En la última fase se harán presentes los signos más engañosos que jamás se hayan visto, con la malicia más escondida y la piel de lobo mejor cubierta con piel de oveja». En España una abrumadora mayoría de la población se dice católica. Pero no es cierto. Vivimos engañados y engañandonos. Si fuera cierto lo que dicen las encuestas, y no sólo de boquilla , por "costumbre" o por demagogia (cf. José Bono), se plasmaría, sería evidente en la sociedad. Pero lo cierto es que no existe, por ejemplo, ningún partido político con valores cristianos que sea alternativa de poder y que sea reflejo de esa supuesta mayoría de católicos. Por no hablar de los cientos de miles de niños abortados al año en este país y demás horrores. Me temo que se ha cumplido lo que dijo Azaña: "España ha dejado de ser católica". Y , lo peor, no nos damos cuenta ni nos importa. ¿Cómo revertir la situación?. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confio.
30/10/09 12:42 PM
  
zuma
Excelente resumen de la situación que vivimos; gracías por su valentía padre.
30/10/09 1:15 PM
  
Luis Alberto
Enhorabuena y muchas gracias otra vez, Padre Iraburu.

Parecía imposible, pero se va usted superando en cada uno de sus artículos. ¡Con qué claridad nos presenta la realidad actual! ¡Cómo todo cobra sentido bajo la luz de su análisis!

Creo que el grupo de lectores que seguimos sus escritos nos vamos empapando bien de sus enseñanzas.

Falta ahora que todo eso se materialice en la práctica, que cuaje y se desarrolle como simiente sembrada.

Pidamos por ello y confiemos en el Señor.
30/10/09 2:39 PM
  
Alatriste
Estoy totalmente de acuerdo de que vivimos los tiempos del reino de la mentira y de la seducción. El diablo ha logrado introducir el mal en este mundo bajo la apariencia de bien. Una de las cosas que más me molesta escuchar, incluso en boca de muchos presuntos cristianos y católicos (progres por supuesto) es eso de que la Iglesia no evoluciona y no se adapta a los tiempos. Prescinden así de algo básico y fudamental, que la Iglesia se apoya en Dios. Prescinden de Dios y de su Ley y consideran así a la Iglesia poco más que un partido político o una asociación ciudadana que tendría que hacer todo lo posible por captar el mayor número posible de simpatizantes o afiliados.

Por poner sólo un ejemplo, hace poco escuché a una compañera de trabajo, madre de familia ejemplar, y cristiana progre por lo visto, decir que es preferible el uso del preservativo antes que tener a la gente muriendo de sida en África. Expresiones como estas demuestran que no se entiende nada, y que por supuesto, se acepta la ley de los hombres antes que la Ley de Dios.

Y no sé qué le parecerá a usted, pero yo creo que uno de los mayores signos y objetivos del mal en este tiempo es la lucha entre sexos. Se pretende enfrentar a las mujeres con los hombres. Al igual que se intentó hacer en su tiempo con la fracasada lucha de clases, creo que se intenta aprovechar posibles situaciones injustas, distorsionarlas, radicalizarlas y llevar a situaciones de enfrentamiento. Hace un siglo se llegó a hablar de la dictadura del proletariado. Actualmente, no sé a dónde llegaremos. Estos días estoy dando muchas vueltas a la última campaña del Ministerio de Igualdad, presuntamente contra el maltrato, pero en la que lo que se afirma literalmente es "de todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo"...

Da que pensar.
30/10/09 4:20 PM
  
Isabel Esplugues
Aunque hay que anunciar la verdad, yo creo que el mundo no es malo el mundo es el lugar del encuentro con Cristo y el lugar dónde se vence el mal a fuerza de bien; la verdad, en sí misma, también del mundo, se impone por sí misma, basta que la vivamos y la enseñemos sin dobleces. A mí me funciona en el medio en el que vivo. Un saludo. Isabel Esplugues
30/10/09 6:41 PM
  
Daniel Lagos de Perû
Gracias Padre, estupendo.
30/10/09 7:09 PM
  
zuma
Excelente resumen de la actual situación. Enhorabuena padre.
30/10/09 7:27 PM
  
papini
Gracias, Padre Iraburu, por dejarnos claro cosas esenciales de nuestra fe, que Dios le bendiga.
30/10/09 10:10 PM
  
Norberto
P. Iraburu

¿Es una solución la vuelta a la Cristiandad?
31/10/09 11:34 AM
  
Bruno
Muy bueno el párrafo de los "actos medievales" y la "soberanía popular".
31/10/09 4:57 PM
  
Dr. Regis
Hay una frase del filósofo Donoso Cortés que siempre me ha impresionado mucho. Dice él que en el mundo moderno están aquellos que "abonan los principios y abominan las consecuencias". ¡Cuán verdad es esto, en especial referente a este tema del liberalismo que usted, Padre, está tratando! Hay tantos que profesan sin asco los principios naturalistas y que, al ver a un Hitler o Stalin se quedan tan escandalizados... o que llenan manifestaciones contra el aborto, sin proponerse combatir a la ideología que lo hace posible. Sin decir que sea mala una manifestación, como dice usted hay que practicar esto, sin omitir aquello.
Muchas gracias por su artículo, este Cardenal Pie es un obispo de ensueño. ¿Suscitará Dios pastores así en nuestra época?
01/11/09 3:39 PM
  
jpm
Muchos católicos desconocen la realidad de que estamos rodeados de tinieblas porque casi nadie o nadie se lo dice y cuando se ha vivido ciego entre ciegos, ¿Cómo saber que se puede ver? Sí, ya sé que DIos ilumina al que quiere ver, pero tb los pastores o los simples cristianos de a pie fallan-fallamos por no dar testimonio a esas pbres personas.
06/11/09 5:36 PM
  
José María Iraburu
AVISO A TODOS
Los 13 comentarios precedentes, escritos entre el 30.10 y el 6.11, me han entrado de golpe esta tarde del día 6. A comienzos de la tarde de hoy no estaban, y a mi vuelta, hacia las 22, estaban los 13 esperando aceptación. He validado todos, pero, como se ve, la mayoría con mucho retraso.
Misterios de la informática-web.
Gracias a todos y pido disculpas.
06/11/09 11:14 PM
  
José
Más claro que el agua.
Que Dios bendiga su antorcha, luz que ilumina la cara de Cristo que disipa la niebla y elimina las tinieblas. Ahora entiendo todas sus conferencias.
29/04/18 7:52 PM
  
José
Más claro que el agua.
29/04/18 7:55 PM

Dejar un comentario



No se aceptan los comentarios ajenos al tema, sin sentido, repetidos o que contengan publicidad o spam. Tampoco comentarios insultantes, blasfemos o que inciten a la violencia, discriminación o a cualesquiera otros actos contrarios a la legislación española, así como aquéllos que contengan ataques o insultos a los otros comentaristas, a los bloggers o al Director.

Los comentarios no reflejan la opinión de InfoCatólica, sino la de los comentaristas. InfoCatólica se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere que no se ajusten a estas normas.