(23) Verdades de fe silenciadas –y II

–Perdón que insista. Y si el enviado a predicar no predica el Evangelio ¿a qué se dedica, a tocar el bombo?
–O la trompeta. Se dedicará a cualquier aberración o inutilidad, ya que se está resistiendo al Espíritu Santo, que le fue comunicado sacramentalmente por un sucesor de los Apóstoles.

Como causas principales del silenciamiento de ciertas verdades de la fe quedaron ya señaladas en el post anterior la ignorancia, la mala doctrina, la falta de fe, la falta de esperanza. Pero consideremos también otras causas.

El horror a la Cruz. Decía el Apóstol: «si todavía anduviera buscando agradar a los hombres, no podría ser siervo de Cristo» (Gál 1,10). Hay predicadores muy valientes para predicar aquellas verdades –hay alguna– que el mundo aprecia, y muy cobardes para aquellas otras –muchas– que el mundo aborrece. Enviados a predicar todo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, silencian ciertas verdades fundamentales de la fe que traen marginación o persecución, las silencian por miedo al sufrimiento. Por tanto, «no sirven a Cristo, nuestro Señor, sino a su vientre» (Rm 16,18); obran así «para no ser perseguidos por la cruz de Cristo» (Gál 6,12); «son enemigos de la cruz de Cristo» (Flp 3,18). En fin, «se avergüenzan» del Evangelio de Cristo (Rm 1,16). Y así es como el pueblo cristiano puede pecar con «buena conciencia» y seguir tranquilamente caminos de perdición temporal y eterna. Se pierden los cristianos en la apostasía. Pierden la fe sin darse cuenta siquiera.

La herejía. Ya está señalada esta causa en lo que dije de la «mala doctrina» y de la «falta de fe». Pero añado ahora que cualquier predicador que se vea afectado por alguna herejía silencia necesariamente la verdad de la fe que esa herejía niega. El que esté engañado por el arrianismo presentará un Cristo humano, no divino. El que no crea en la posibilidad real de la condenación, jamás hará alusión alguna al infierno. Y así ocurrirá con todas las herejías. Como más adelante, en otros posts, he de hablar de las herejías actuales más frecuentes, señalo ahora breve y solamente

los errores sobre la gracia divina, de los cuales me fijo en dos, los que hoy son más frecuentes, y que silencian muchas verdades de fe.

El pelagianismo. Aquellos predicadores que no ven al hombre como un ser herido por el pecado original en su misma naturaleza e inclinado al mal, y que por tanto necesita para salvarse el auxilio de la gracia de Cristo y de la Iglesia, nunca o casi nunca predicarán la necesidad de la conversión y la urgencia de poner los medios señalados por el mismo Dios para conseguir la vida de la gracia: oración, fidelidad a los mandatos de Cristo y de la Iglesia, sacramentos, etc. El actual modernismo progresista suele ser en el fondo arriano y pelagiano. Cristo es solo modelo para los cristianos, que han de salvarse con sus propias fuerzas.

El semipelagianismo. Quienes entienden que la vida cristiana está causada en parte por la gracia de Dios y en parte por el esfuerzo del hombre –causas coordinadas que concurren a la obra buena; no causas subordinadas, una principal y otra instrumental–, tienen buen cuidado de silenciar todas aquellas verdades de la fe católica que prevean como ocasiones de persecución del mundo, desprestigio y marginación. Afirmar esas verdades, suponen ellos, debilitaría «la parte humana» que colabora con Dios en la salvación del mundo. Consecuentemente, las silencian. Es decir, a la larga, las niegan.

A estas causas del silenciamiento de ciertas verdades de la fe hemos de añadir algunas otras excusas.

No prediquemos sobre tal verdad, porque antes se predicó demasiado. Silenciemos, por ejemplo, el evangelio del pudor y de la castidad, o el evangelio que avisa del peligro de una condenación eterna, porque antes se predicó excesivamente del sexto mandamiento y del infierno. Apenas merece una refutación amplia un error tan patente. Supuesto que antiguamente éstas y otras verdades se predicaran en exceso, lo que hoy debemos hacer es predicarlas con una prudente frecuencia. Pero silenciarlas es negar el Evangelio. Y el remedio es entonces peor que la enfermedad.

No prediquemos la más altas verdades de la fe… ni tampoco las más bajas. No prediquemos las más altas, el misterio de la Encarnación del Verbo, la inhabitación de la Trinidad en los hombres, la primacía de la gracia para toda obra buena merecedora de premio eterno, etc., porque todo eso le viene grande a nuestros oyentes. Pero tampoco les prediquemos las verdades más elementales, el pudor, la evitación de las ocasiones próximas de pecado, etc., porque si no han recibido las más altas verdades de la fe, no podrán vivir, ni siquiera entender, estas otras verdades. El sofisma es tan patente que no necesita refutación desarrollada.

Hay una conexión tan profunda entre las verdades de la fe, que todas las verdades reveladas y enseñadas por la Iglesia han de ser predicadas a los hombres. Sin predicación y catequesis suficiente sobre el pecado original, sobre la creación, la Santísima Trinidad, el diablo, el purgatorio, el pudor, la peligrosidad del mundo mundano, la función salvífica de la Virgen María, del mundo angélico, de la Eucaristía dominical, etc. no hay modo ni de entender ni de vivir la vida cristiana. No puede haber fidelidad a la gracia. No habrá vocaciones. Los matrimonios no tendrán hijos. Seguirá el absentismo masivo a la Misa dominical. Etc. Por supuesto que la prudencia pastoral aconsejará, según los casos, predicar antes o más tarde ciertas verdades. Pero el fin que ha de pretenderse desde el principio es predicar el Evangelio entero.

Silenciemos ciertas verdades morales, 1º–dejando a los hombres que sigan su conciencia; 2º–no sea que con ellas les suscitemos problemas de conciencia, que ahora no tienen. Volviendo a un tema ya aludido en anteriores posts: no prediquemos la doctrina moral de la Iglesia acerca de la anticoncepción, 1º dejemos el discernimiento concreto de cuestión tan íntima y compleja a la conciencia de los esposos; 2º no sea tampoco que les creemos sentimientos de culpa, de los que ahora están libres. La primera respuesta va por la reductio ad absurdum:

Cese la predicación del Evangelio en el mundo. Si ese mismo argumento se aplica a los ricos injustos, educados desde niños en familias y colegios infectados completamente de injusticia, o a los hombres de un pueblo que ve la esclavitud y la poligamia como instituciones perfectamente naturales y lícitas, etc., cesa la evangelización. Siguiendo ese planteamiento, todos los que hoy insisten, p. ej., en predicar a los ricos los deberes bien concretos de la justicia enseñados por el Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia ¿por qué no les dejan resolver esos asuntos ateniéndose a su conciencia? Ya son mayorcitos. Y por otro lado, con esa predicación impertinente ¿no estarán suscitando en los ricos unos problemas de conciencia que ahora no tienen?

Cristo salva al hombre fundamentalmente predicándole la verdad. Así es como, con la gracia del mismo Cristo, el hombre adámico es liberado de la cautividad del diablo, del mundo y de sí mismo. Por lo que al diablo se refiere, nada libra tanto del influjo del Padre de la mentira como la proclamación de la verdad evangélica. El Enemigo no se apodera plenamente del hombre hasta que domina por el error su entendimiento. No domina totalmente sobre la persona sometida a su influjo si sólamente logra cautivar su sensualidad, su voluntad, sus obras. Mientras la mente guarda el conocimiento y el reconocimiento de la verdad moral, siempre es posible la conciencia de culpa y la conversión, con la gracia de Dios. Pero la perdición total de la persona se produce cuando no solo su voluntad está cautiva del mal, sino cuando también su entendimiento es adicto a la mentira y, bajo el influjo del diablo, ve lo malo como bueno y lo bueno como malo. De ahí que nada tema tanto el diablo como la afirmación de la verdad. Solo «la verdad nos hará libres» (Jn 8,32). Por tanto los predicadores que silencian verdades de la fe se hacen co-laboradores del diablo, y al menos entre los cristianos, son sus más eficaces co-laboradores. Con razón decía San Pablo: «¡ay de mí, si no evangelizara!» (1Cor 9,16).

Hay que predicar el Evangelio entero con toda la confianza que da el saber con certeza que el mismo «Espíritu de la verdad» que actúa en el predicador es el que actúa en el hombre oyente de la Palabra divina, aunque esté hundido en un pozo profundo de pecados. Vendrá luego el misterio de la predestinación, de la gracia, de la respuesta libre del hombre: «todo el que obra el mal, odia la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no se vean denunciadas. Pero el que obra la verdad, viene a la luz, para que se manifieste que sus obras están hechas en Dios» (Jn 3,20-21). Pero a esa zona misteriosa el predicador solo llega por su oración, que nunca debe separarse de su predicación.

Pecados materiales y pecados formales. La excusa anterior para el silenciamiento de la verdad ha de considerarse también a la luz de una distinción moral clásica. La Iglesia siempre ha distinguido entre pecados formales, que proceden de conocimiento y consentimiento plenos de la voluntad, y pecados solamente materiales, en los que se peca sin conocimiento o sin libertad suficientes. Pero también ha enseñado siempre estas tres verdades:

1ª. La búsqueda sincera de la verdad es el deber primero del hombre. Muchos hoy olvidan –en plena dictadura del relativismo– que en todo pecado hay un componente decisivo de error y de engaño del Maligno (Jn 8,43-47). La aceptación de unas mentiras diabólicas fue la causa del primer pecado del hombre (Gén 3), y sigue siendo la causa principal de los pecados actuales. El primer deber del hombre es guardar su mente en la verdad y crecer en ella. «Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17,3).

Por eso dice Santo Tomás: «error manifeste habet rationem peccati» (De malo q.3, 7c). Sin un error previo del entendimiento, que, presionado por el mal deseo o por el temor al sufrimiento, acepta ver lo malo como bueno, es psicológicamente imposible el pecado, el acto culpable de la voluntad. No es posible que el hombre peque, no es posible que su voluntad se lance a la posesión de un objeto malo y persevere culpablemente en esa posesión, si su entendimiento no se lo presenta como un bien. Por eso, una persona que se desinteresa completamente por la verdad, por la formación católica de su mente y de sus criterios morales (pecado formal), incurrirá después ciertamente en innumerables pecados (pecados materiales o formales).

2ª. Los pecados materiales proceden con frecuencia de los pecados formales, y a ellos conducen. Una persona, por ejemplo, que no busca la verdad (pecado formal), caerá ciertamente en innumerables pecados (materiales al menos, o también formales). «La causa de la causa es la causa del mal causado». Así lo dice un antiguo aforismo del Derecho penal romano, aplicado a la vida espiritual por San Ignacio de Loyola.

3ª. Los pecados, aunque solo sean materiales, causan terribles males. Millones de hombres mueren de hambre por el egoismo de los Estados modernos ricos, que realmente podrían ayudarles. Cien millones son exterminados por el utopismo marxista en el siglo XX. A todos estos muertos les da lo mismo que sus asesinos –capitalistas, dictadores, socialistas, comunistas– tuvieran pecado formal o solamente material. La poligamia degrada y envilece objetivamente a las mujeres que la padecen y a los hombres que la practican, haya en esa lacra social culpas de una u otra clase. Son muchos los matrimonios que, gracias al silenciamiento de la verdad, practican habitualmente la anticoncepción sin mala conciencia; pero no por eso la anticoncepción deja de causar verdaderos estragos en el amor entre esposo y esposa, en la natalidad, en la educación de los hijos, en el bien común de la nación, en la vida de la fe y de la gracia.

Si predicamos ciertas verdades de la fe, entristecemos la vida de los hombres, los marginamos en cierto modo de la vida del mundo secular, los reducimos a ciudadanos de seguna, etc. Otra excusa falsa y miserable. Qué aburrimiento… Les remito a lo que ya tengo escrito sobre la alegría cristiana. «¡Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador!» (Lc 1,47).

Algunos cristiano-cretinos de hoy, cuando el rico Epulón pide a gritos: «te ruego, padre [Abraham], que le envíes [a Lázaro] a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que él los prevenga, y no caigan ellos también en este lugar de tormento» (Lc 16,28), seguro que le dirán que se calle y que silencie esas verdades de la fe: «no sea que, al advertir a los hombres que el pecado puede conducir a un infierno eterno, se rebelen contra Dios y, considerando duro y negativo el Evangelio, rechacen a Dios y a su Evangelio».

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

12 comentarios

  
Ricardo de Argentina
Padre:
Es muy interesante eso que enseña sobre la génesis sicológica del pecado. (sin perjuicio de que sea, como es interesante todo su artículo, que rigurosamente hablando, no tiene desperdicio).
O sea que para que se concrete un pecado, es necesaria una claudicación de la inteligencia. Digamos, un autoengaño. Un "permiso especial" que, "olvidando" lo que indica la recta conciencia, decreta que existen "razonables motivos para una excepción en este caso". Y todo ello movido por la concupiscencia (el deseo de gozar) o el temor (el deseo de no sufrir, que es la otra cara de la moneda de la concupiscencia).

Pues sí, el autoengaño es muy habitual. Y así andamos. Lo podríamos aplicar a casos concretos, como el del aborto. Una persona puede afirmar muy convencida que la vida es un bien sagrado y el aborto, un horrible crimen. Pero cuando se ve personalemente afectada y debe tomar una decisión : SI o NO, muchas prefieren el autoengaño.
¿Y la culpa que sobreviene inevitablemente cuando la conciencia tiene una mínima formación cristiana? Pues para ello están los "gabinetes de apoyo sicológico".

Me ha resultado petético leer que en los EEUU existen sicólogos que a los pacientes que se sienten avergonzados por un horrible pecado (en el caso, la sodomía), les ofrecen lo más frescos ¡cambiar de religión!!

Pues es lo que ha hecho por diverso motivo el muy mediático exPadre Alberto Cutié.

Pareciera que los caminos del autoengaño son infinitos.
15/08/09 5:08 PM
  
jpm
por favor, siga con la predicación de estas verdades.
15/08/09 10:30 PM
  
José María Iraburu
jpm
Con el favor de Dios, intentaremos seguir predicando estas verdades poco predicadas.
Pero Uds. tendrán que pedirle a Dios que me conceda lo necesario para proseguir:
tiempo y luz, fuerza y cruz.
15/08/09 10:58 PM
  
solamente juan
Dios le oye padre, que somos muchos los que por usted pedimos y damos gracias. Gracias por oír y obedecer a Dios, que Él siempre le guarde y guíe. Mil veces gracias.
16/08/09 2:38 AM
  
Prado
Padre Iraburu:

Yo oraré por usted pidiendo TIEMPO y LUZ, FUERZA y CRUZ...

Pues de la Cruz nos viene la salvación, ¿por qué temerla...?

Prado
17/08/09 1:19 PM
  
José María Iraburu
Prado.
Sin Cruz no hay Luz.
Ciertamente.
17/08/09 1:25 PM
  
jpm
Por supuesto que cuenta con mis oraciones y supongo que con las de muchos de los lectores que siguen con agrado sus escritos.
17/08/09 2:08 PM
  
Gabaon
Hay algo que me parece muy curioso, y es que así de curioso es aparentemente contradictorio. Uno esperaría que los predicadores que adolecen de estos errores sobre la gracia divina deberían ser los que le propongan a la gente que se esfuerce lo más que pueda con todo su ser para ganarse su salvación, pero sin embargo ellos mismos son los que silencian la predicación de la virtud. Sorprendentemente a quien oye uno predicando santidad, con pasión y vehemencia, es a aquellos que viven de la gracia y nada más, a aquellos que saben que no son suficientes para nada por sí mismos (2 Corintios 3, 5) sino que todo su obrar en orden a la salvación lo reciben de Dios, por su Gracia.

Yo creo que Pelagio y los monjes de Gaul recibirán menos rigor el día del Juicio que los pelagianos y semi-pelagianos modernos, aquellos parecían pecar por ingenuidad, por desconocimiento, pero se dedicaban a la virtud. Los de ahora, con una soberbia inigualable disfrazada de "humanismo", ni siquiera invitan a la virtud. El pelagianismo de ahora le daría vergüenza al mismo Pelagio. Lo que ha pasado era de esperarse: después de tanto llamar y tratar personalmente de practicar la virtud sin el abandono necesario a la Gracia Misericordiosa de Dios, sin el acercamiento asiduo, por gracia también, a los multiformes canales de gracia que del costado abierto de Cristo la Iglesia ofrece, pues se les agostó el vigor, se acabaron sus fuerzas y desfallecieron, ya ni creen que sea posible la Santidad porque se olvidaron del Santo.
17/08/09 5:47 PM
  
Germán Mazuelo-Leytón
Querido Padre,

desde hace años y he leído algunos de sus escritos de la página Gratis Date. Su blog es magnífico. Dios lo bendiga.

Le pido un favor, ¿podría decirme si en alguno de sus escritos hay alguna explicación respecto del "Principio de Iniquidad"?

Unidos en la oración.

Germán Mazuelo-Leytón, ORURO, Bolivia

--Nota JMIraburu: no he oído hablar del "Principio de Iniquidad".
Sí del "Misterio de iniquidad", que según los lugares puede referirse al demonio o al Anticristo. Del demonio trato en este mismo blog (16-18). Del Anticristo puede ver este blog (19-20) y con más desarrollo en www.gratisdate.org el texto de mi libro "De Cristo o del mundo", parte VII, capítulo 1.
17/08/09 8:47 PM
  
Galeno Zalán
Veamos las siguientes consideraciones sobre las VERDADES DE FE.

Si abrimos el catecismo católico inmediatamente encontramos la expresión «las verdades de nuestra fe». Igualmente si leemos cualquier devocionario protestante también ahí la encontramos. La frase las «verdades de nuestra fe» no deja de estar presente en las cartas apostólicas, pastorales, bulas, catequesis, homilías, encíclicas y en los Muto proprio de los Papas. Si entramos a la web de apologética ahí se habla de «las verdades de la fe»; lo mismo si escuchamos a un sacerdote o ministro protestante hablar en la radio o en la televisión ahí se bombardean los oídos del oyente con las «verdades de la fe».

El problema es que nadie ha demostrado una sola de esas verdades.

El dogmático nos dice que no son demostrables porque son “verdades de fe”.

Bueno… si no son demostrables ¿Cómo saben que son verdaderas?

Una proposición que no es demostrable carece de valor noético; y lo único que podemos decir es que no sabemos si es verdadera o es falsa.

La verdad se expresa en las proposiciones; toda proposición es verdadera o es falsa y existen los mecanismos para discernirlo ¿Por qué no lo hacen?

Si sus “verdades de fe” efectivamente lo son ¿Cuál es el proceso gnoseológico que les ha permitido afirmar que son verdaderas?
Les saluda.

Galeno Zalán
Monterrey, Nuevo León, México

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JMI.- En el Catecismo de la Iglesia se dedica un buen número de páginas a la génesis de la fe: de la fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia Católica (ver nn. 142-184 y alrededores).

Que los ángulos de un triángulo suman dos rectos puede ser "demostrado" en forma cierta. Que una historia ha sucedido no puede ser demostrado del mismo modo, evidentemente; sólamente puede ser "testimoniado" por los testigos de los hechos. Pero la sustancia del Credo cristiano es fundamentalmente "una historia": que el Hijo eterno de Dios, se encarnó en la VMaría, en tiempos de Poncio Pilato, que murió, que resucitó, etc.

Sólamente puede llegarse, pues, a la fe católica "dando fe al testimonio de los apóstoles y evangelistas", que testimonian esos hechos. Y darles crédito "es razonable", porque hay muchos signos convincentes de que esos testimonios son fide-dignos.

Hay muchos "argumentos de credibilidad" que ayudan a nuestra razón-voluntad a ser dócil a la gracia de Dios que nos concede la fe, argumentos que nos llevan a "la obediencia de la fe". Los milagros de Cristo y los muchos obrados en la historia de la Iglesia; la santidad en que ha florecido la Iglesia en toda su historia (Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Jesús... Teresa de Calcuta: ninguna institución del mundo a florecido en tantos y tan maravillosos santos como la Iglesia de Cristo); la permanencia absoluta de la Iglesia en una misma fe y doctrina en veinte siglos; la "veracidad" de la misma doctrina de Cristo y de la Iglesia (el amor a Dios y al prójimo, y a los enemigos, el perdón, la castidad, etc.: todo); generaciones, miles de millones de matrimonios cristianos han permanecido en unión monógama hasta la muerte (eso no lo consiguió ninguna cultura ni religión), sin que les saliera ninguna hernia espiritual, todo lo contrario; la salud psíquica de los pueblos, en la medida en que viven a fondo el cristianismo, es inmensamente superior a la del mundo-mundano; etc. etc. etc. etc.

Y todo esto lo digo de la Iglesia "Católica": hay una diferencia inmensa, cualitativa, entre ella y las comunidades cristianas protestantes. También hay de esto signos fide-dignos.
"El que pueda oir, que oiga". El que pueda ver, que vea.
Creo, Señor, pero aumenta mi fe.
08/10/10 2:49 AM
  
Galeno Zalán
Mi muy respetado don José María.

Dice usted:

«Que los ángulos de un triángulo suman dos rectos puede ser "demostrado" en forma cierta.»

RESPUESTA: Efectivamente así es.

JMI.- «Que una historia ha sucedido no puede ser demostrado del mismo modo, evidentemente; sólamente puede ser "testimoniado" por los testigos de los hechos. Pero la sustancia del Credo cristiano es fundamentalmente "una historia": que el Hijo eterno de Dios, se encarnó en la VMaría, en tiempos de Poncio Pilato, que murió, que resucitó, etc.»

RESPUESTA: Esa es una más de las “verdades de fe” que requiere una demostración. Para demostrarlo usted recurre al testimonio de los “testigos de los hechos”: los evangelistas, de paso le diré que es de dudarse que hayan sido testigos. En primer lugar no se sabe con certeza quienes escribieron los evangelios, en aquel tiempo no se acostumbraba firmar los escritos. Por tradición se les atribuyen a unos tales Mateo, Lucas, Marcos y Juan. Para dar autoridad al cuarto evangelio, que al igual a los otros es anónimo, a los veinte capítulos originales se agregó el 21 y en la última línea, para dar autoridad al libro hicieron decir al “discípulo amado”: “Este es el discípulo que da testimonio de esto, que lo escribió, y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn. 21:24)

«Sólamente puede llegarse, pues, a la fe católica "dando fe al testimonio de los apóstoles y evangelistas", que testimonian esos hechos. Y darles crédito "es razonable", porque hay muchos signos convincentes de que esos testimonios son fide-dignos.»

RESPUESTA: Los evangelios tardaron al menos tres siglos en escribirse. Pasaron por las manos de cientos y aún miles de copistas que cometían errores involuntarios. Unos, de buena fe agregaban historias que habían escuchado por ahí y por su belleza o dramatismo juzgaron que debían ser consignadas, otros, de mala leche, incluyeron pasajes en beneficio a la secta cristiana a la que pertenecían. El Nuevo Testamento está lleno de errores, exageraciones e interpolaciones que van desde uno o dos versículos como en Mateo 16: 18,19, hasta capítulos enteros vervi gratria la mega interpolación que encontramos en HECHOS DE LOS APOSTOLES que va de 8:4 hasta 11:18 (nada menos que cuatro capítulos)

Por estas y por otras muchs razones tales documentos no pueden ser Fide-dignos.

JMI.- «Hay muchos "argumentos de credibilidad" que ayudan a nuestra razón-voluntad a ser dócil a la gracia de Dios que nos concede la fe, argumentos que nos llevan a "la obediencia de la fe". Los milagros de Cristo y los muchos obrados en la historia de la Iglesia…»

RESPUESTA: Vamos con los prodigios. El más dramático y espectacular de los milagros de Jesús es la resurrección de Lázaro. Sin duda alguna existen personas que puedan creer que un cadáver que hiede después de tres días de muerto pueda resucitar a una orden. Pero la historia bíblica del hermano de Martha y María no es creíble porque en su tiempo nadie la conocía. Ni siquiera la conocieron Mateo, Lucas y Marcos ¿Cómo puede entenderse que sólo Juan nos hable de la resurrección de Lázaro y Mat, Luc y Marc, la callen? Ese silencio es prueba suficiente que el Lázaro resucitado pertenece al orden de los mitos.

Sobre la santidad de la Iglesia yo que usted mejor no hablaba.

Atentamente
Galeno Zalán
Monterrey, capital del Nuevo Reino de Lén, México.

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JMI.- Está usted engañado. Casi todo lo que dice es falso. Ha dado usted crédito al Padre de la mentira, a los que hablan en su nombre (cf. Juan 8,42-47). Qué pena. Dios le ilumine y desengañe.
09/10/10 10:59 PM
  
Galeno Zalán
Mi muy estimado y admirado don José María.

Estimado por su bonhomía y admirado por su sapiencia y apertura al diálogo.

Dice usted refiriéndose a mí: «Está usted engañado. Casi todo lo que dice es falso. Ha dado usted crédito al Padre de la mentira, a los que hablan en su nombre (cf. Juan 8,42-47). Qué pena. Dios le ilumine y desengañe.»

RESPUESTA: No don José María, no estoy engañado ni trato de engañar a nadie. Todos mis juicios los baso en un estudio atento de la Biblia y en ella hay un sinnúmero de episodios, situaciones y detalles que no pueden admitirse. ¿Cómo puede creerse que Lázaro muerto hacia tres días y que hedía a causa de la fermentación cadavérica de los tejidos y fluidos corporales pueda resucitar en obediencia a un mandato?... Bueno, su fe le hace creer que el que dio la orden de volver a la vida es nada menos que el hijo de Dios… pero hay algo más grave que niega nuestro asentimiento al tal milagro y es el problema de cómo vamos a creer que solamente Juan tenía buena memoria y que Mateo, Lucas, y Marcos que se dedicaron a escribir la vida y milagros de Jesús sean unos desmemoriados que olvidaron el más espectacular, dramático y apantallador milagro de Cristo: la resurrección de Lázaro?

¿Por qué Mateo, Lucas, y Marcos reseñaron otros “milagritos” y callaron este “milagrote”? ¿No se le ha ocurrido pensar que si los antedichos no escribieron nada del milagro es porque jamás oyeron hablar de él, y si nunca escucharon palabra del prodigio fue porque nunca ocurrió?

A estas alturas nadie medianamente culto puede negar que el Nuevo Testamento adolezca de errores accidentales e interpolaciones fraudulentas. El doctor John Mill logró reunir una colección de un centenar de manuscritos del Nuevo Testamento en lengua griega, los cotejó unos con otros y también los contrastó con los escritos de los Primeros Padres de la Iglesia y encontró más de 30,000 diferencias, algunas pequeñas y sin importancia como el cambio de unas palabras por otras, pero había otras diferencias que sí eran importantes.

Ahora se conocen más de 5,700 manuscritos en griego del Nuevo Testamento. La “historia” de la mujer adúltera salvada por Jesús de ser lapidada, a pesar de ser una de las más conocidas por su dramatismo, no aparece en tales documentos. Hace 300 años no se conocía, fue incorporada al evangelio de Juan (8:1–11) gracias a un manuscrito encontrado entre los papeles de Erasmo de Rotterdam y fue incluida en las nuevas Ediciones de la Biblia.

El pasaje en el que supuestamente Jesús entrega las llaves de la iglesia a Pedro es una grosera interpolación.

Toda interpolación lleva una intención. Una de las interpolaciones más conocidas es la llamada “Confesión de Pedro” en la que la Iglesia Católica Apostólica Romana finca su superioridad y primacía sobre las demás Iglesias cristianas. Pero como veremos sólo se trata de un fraude. Veamos.

MARCOS:
“Iba Jesús con sus discípulos a las aldeas de Cesárea de Filipo, y en el camino les preguntó: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron diciendo: Unos que Juan el Butista; otros, que Elías, y otros que uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros ¿quién decís ue soy yo? Respondiendo Pedro le dijo: Tú eres el Mesías. Y les encargó que a nadie dijeran esto de El.” (Marcos, 8: 27-30)

LUCAS:
“Y aconteció que, orando El a solas, estaban con El los discípulos, a los cuales pregunto: ¿Quién dicen las muchedumbres que soy yo? Respondiendo ellos, le dijeron: Juan el Bautista; otros, Elías; otros; que uno de los antiguos profetas ha resucitado. Dijoles El: y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, dijo: el Ungido de Dios. El les prohibió decir esto a nadie…” (Lucas, 9: 18-21)

MATEO:
“Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos le contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y JESÚS RESPONDIENDO DIJO: BIENAVENTURADO TÚ, SIMÓN BEN JONA, PORQUE NO ES LA CARNE NI LA SANGRE QUIEN ESTO TE HA REVELADO, SINO MI PADRE.QUE ESTÁ EN LOS CIELOS. Y YO TE DIGO A TI QUE TÚ ERES PEDRO, Y SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA, Y LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PREVALECERÁN CONTRA ELLA. YO TE DARÉ LAS LLAVES DEL REINO DE LOS CIELOS, Y CUANTO ATARES EN LA TIERRA SERÁ ATADO EN LOS CIELOS, Y CUANTO DESATARES EN LA TIERRA SERÁ DESATADO EN LOS CIELOS. Entonces ordenó a los discípulos que a nadie dijera que el era el Mesías.” (Mateo, 16: 13-20)

Como bien puede verse en Marcos y Lucas faltan los versículos que en Mateo he remarcado CON MAYÚSCULA. ¿Por qué un pasaje tan importante no aparece en dos de los evangelistas siendo los tres evangelios sinópticos oriundos de una misma fuente? ¿Cómo explicarse que en Marcos y Lucas falten los versículos que sobran en Mateo?

En los tres se comienza diciendo: ¿Quién dicen los hombres que soy yo… y terminan donde Jesús les ordena no decir eso a nadie.

La razón de la anomalía resulta clarísima: los versículos 18 y 19 del capítulo XVI de Mateo han sido interpolados.

Galeno Zalán

Monterrey, capital del Nuevo Reino de León, México.


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JMI.- Yo estudié en Roma. En el Instituto Bíblico de la Gregoriana tienen una gran Biblioteca, que contiene únicamente estudios sobre la Biblia. Supongamos, unos 100 o 200.000 estudios. La inmensa mayoría creen que Ud. y el Dr. John Mill están equivocados; bueno, engañados. Y yo pienso igual.
11/10/10 11:30 PM

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