Ébola

Yo no tengo ningún conocimiento en el campo de la medicina, de la microbiología o de las enfermedades infecciosas. Por consiguiente, lo que voy a escribir no pasa de una opinión, de un juicio personal que trato de hacerme según la información de la que dispongo – que está obtenida de los medios de comunicación -.

 

Cuando supe de la primera repatriación de un misionero infectado del virus pensé: “Mejor así”. Me explico: Mejor recibir a un paciente infectado, sabiendo que está infectado, que enfrentarse, sin saberlo, a una enfermedad desconocida entre nosotros.

 

Y creo que esta impresión mía es correcta. El mundo está interconectado. España, por otra parte, está muy cerca de África. Lo que pueda afectar a los ciudadanos de Liberia o de Sierra Leona puede afectarnos a nosotros, ya que las personas viajan de un lugar a otro.

 

No hubo, que se sepa, problemas con esa primera repatriación. El paciente murió pronto pero, que sepamos, nadie se contagió. Parecía mínimamente creíble que, pese a todo, pese a ciertas prisas, las cosas habían ido razonablemente bien. Y, sin duda, esa experiencia directa de atender a un enfermo de ébola supondría un bagaje importante para los médicos y sanitarios de España de cara a atender posibles – y probables – nuevos casos.

 

Con la segunda repatriación cabría, en principio, ser un poco más optimistas. No se partía de cero. Se contaba ya con una primera experiencia real. Sin embargo, sea por lo que sea, en esta segunda vez algunas cosas han fallado.

 

Los argumentos basados en el gasto de las repatriaciones nunca me han convencido del todo. Claro que trasladar a un enfermo desde otro país supone un coste económico, pero creo que es asumible – se gasta mucho más en otras cosas y nadie dice nada - . Pero sí debe existir una proporción.

 

Si se decide tomar una decisión hay que pensar que esa decisión sea “proporcionada”: Que se mejore la situación que se pretende solucionar; que no se asuman riesgos más allá de lo razonable y que no se ponga en peligro innecesario al conjunto de la población. Por hacer un bien no puedo arriesgarme a hacer un mal mayor. Aunque jamás me estará permitido hacer directamente el mal, aun en el supuesto de que ese mal, teóricamente, pudiera repercutir en un bien para muchos.

 

¿Y, ahora, qué? Pues lo sensato será aprender de los errores y tratar de solucionarlos. El ébola está aquí y, si no estuviese ya, lo estaría previsiblemente en poco tiempo. El hecho de que hoy sea un problema para Europa y para EEUU puede contribuir a que, cuanto antes, se busquen remedios para tratar la enfermedad.

 

Hasta ahora morían africanos, pero ya empiezan a morir europeos…. Pasará, quizá, como con el SIDA. Nada preocupa mucho si no toca de cerca. Pues va siendo hora de que sepamos que los males, en este mundo globalizado, nunca están suficientemente lejos. Si no es por caridad, que sea al menos por egoísmo… A ver si el egoísmo se convierte en un revulsivo que mueva a la caridad y a la justicia.

Guillermo Juan Morado.

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