8.04.17

"Yo, para esto he venido..."

Mañana, Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa. Ninguna otra semana del año se califica de este modo: Santa. Y lo es muy propiamente porque, de la mano de la liturgia -con el Triduo Pascual- “entramos” -nos entra por los ojos: lo “vemos"- el misterio de la locura del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros -sus hijos por el Bautismo-, pecadores.

Es el “mysterium amoris” del que nos habla la Escritura Santa; un “misterio” tan insondable y tan por encima de nuestras propias “entendederas", que nos sería imposible creer si no lo “viésemos". Y lo vemos ahí: en el Jueves Santo, con la institución de la Eucaristía; y con el Viernes Santo: su Pasión y Muerte, con la que nos entrega hasta la última gota de su divina Sangre.

Lo que más nos “ciega” para no ver lo que tenemos ahí, delante de nosotros -nos debería bastar con mirar con amor un Crucifijo: es lo que le bastó a Teresa, con bastantes años ya de monja de clausura a cuestas, para convertirse, ni más ni menos, en Santa Teresa, la Santa Reformadora-; lo que más nos ciega, decía, aparte los pecados personales y las estructuras de pecado que hemos montado directa o indirectamente -dejando que las montasen-, es la facilidad con que podemos decir, “¡crucifícale, crucifícale!". Decirlo, y pretender además que no pasa nada.

Como aquel pueblo que, habiendo sido “escogido” por Dios mismo -y lo sabían perfectamente-, pasan, en poquísimos días, del “¡Hosana!” al “¡quita, quita: crucifícale!“. Incluso prefieren a Barrabás por Jesús. Es más: no se cortan un pelo gritando: “¡Caiga su Sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!“. Como aquel pueblo, así también nosotros, en cuanto nos “descuidamos", y “preferimos” -anteponemos- nuestros pecados -y los ajenos- como composición y presupuesto necesario de nuestra vida, personal y socialmente hablando. Es el “misterio de la maldad” -el “mysterium iniquitatis"-: la criatura -el hijo- se alza, contra toda lógica, contra su Padre.

Esta es la gran mentira de la “cultura” -ideología- occidental: que podemos y debemos montarnos la vida “como si Dios no existiese” (Diderot). Lo que ya no nos cuenta Diderot, ni nadie perteneciente a tamaña “cultura” -la nomenklatura: cínica, hipócrita, sin presupuestos morales e inhumanamente cruel con el mismo hombre-, es qué clase de vida es esa en la que todo rastro de “humanidad", por ínfimo que sea, ha de ser arrancado violentamente de la persona y de la sociedad humana.

Y lo primero es arrancarle al hombre a Dios de su propio corazón.

¿Por qué? ¿Por qué se necesita una sociedad anti y contra Dios? ¿Por qué necesita esto el NOM y los vendidos a él, en especial los “poderes públicos” sin los que no podría llevarse a cabo tamaña crueldad, tan falsa, por cierto, como Judas? Porque cuanto menos Dios más embrutecido el hombre y, por tanto, más manejable, por más animalizado.

Los “animalistas", para los que un perro es preferible a una persona; o para los que los toros es “tortura” y el aborto un “derecho” -por poner solo dos notas entre miles-, son el ejemplo visible y visualizado de lo que afirmo.

No cabe mayor “deconstrucción” del hombre que posponerlo a los animales; hasta el punto de haber pasado en un primer momento de conceder a los animales los mismos derechos que tienen las personas, a otorgárselos mayores: “especies protegidas” se les califica, y se gasta una pasta gansa en lograrlo; mientras que el hombre es “especie a eliminar, erradicar y extinguir": cualquier método es bueno, y será, por tanto, “legalizado". Por supuesto: se gasta también una pasta gansa en conseguirlo. Pero si la pasta se mueve -y es este el segundo motivo que "les pone” a todo este personal-, les queda el % correspondiente como sobresueldo fijo y “en negro".

Dios ha hecho las cosas de muy diferente manera; y siempre al servicio -en favor- del hombre. Solo le pide a este, para que haga suyo el orden creado -y “elevado” por la Gracia divina-, QUE CREA. De hecho, ¡cuántas veces, lo único que pregunta Jesús es: “¿Crees esto?". Por eso afirma tajantemente: “El que crea se salvará; el que no crea se condenará". Y precisamente por esto lo pregunta.

Sí. Dios había hecho las cosas de muy distinta forma: por algo era Dios. De entrada, nos había “creado"; y nos había puesto en el vértice de la escala: éramos los dueños y señores del resto creado. Y Adán y Eva lo sabían: se les hacía absolutamente evidente. Pero no Le creyeron. Y pecaron. Ydejaron de ser lo que eran, y transmitieron además las consecuencias a toda su descendencia humana.

Pero Dios, no nos abandonó: no paró hasta salvarnos. Y el “pagano” fue su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo".Y Jesucristo, “nos amó hasta el extremo”: con su Pasión y Muerte. Con esta promesa, que se cumple inexorable, porque “fiel es Dios que ha comenzado una buena obra en nosotros, y la llevará a término”“el que crea esto…, vivirá".

¿Por qué se nos hace tan fácil rechazar este Amor de Dios que se nos da gratuitamente y a manos llenas? Porque no nos creemos que Jesús haya hecho esto realmente, en primer lugar. Y en segundo lugar, porque no nos creemos que nuestros pecados le hagan repetir a Cristo, realmente, toda su Pasión y Muerte.

Por lo mismo, toda “pastoral” que se zafa de este “realismo", todo edulcoramiento de lo absolutamente “realista” que es nuestra Fe, al desvirtuar la Verdad Revelada, se aparta también de la realidad histórica, y se hace ineficaz espiritualmente hablando. ¿Por qué? Porque se convierte en una mentira, pierde por tanto la sintonía con lo vivido -padecido- realmente por Cristo, y la “religión” pasa a ser, en el mejor de los casos, un placebo sentimental y sentimentaloide.

Pero ya no será -porque ha dejado de serlo- la Palabra y la Gracia que salvan. Esta es la gran tragedia que, en el seno de la Iglesia, se ha gestado desde el año 1970, por señalar una fecha redonda. 

Pero empezó antes: desde el “segundo uno” del posconcilio, con el pretencioso y pretendido “espíritu del concilio", que se convirtió en el “¡ábrete, Sésamo!” de toda aberración teológica y pastoral. De hecho, “anonadó” -convirtió en nada- a tantos y tantos miembros de la Jerarquía católica, la mayoría desaparecidos ya por ley de vida -pero alguno queda-, que se quedaron cual estatuas de sal.

Y el “asunto"aún no ha tocado fondo, ni en la sociedad ni en la Iglesia: seguimos cavándonos la propia fosa, y así no hay forma de salir. Como decía no recuerdo quien: “para salir del agujero, lo primero que hay que hacer es dejar de cavar".

¡Elemental! Pues eso.

2.04.17

Verdades de Fe, ¡NI UNA! Mentiras de ideología, ¡TODAS!

El título de la entrada quiere poner de manifiesto un hecho perfectamente constatable: a la Iglesia Católica, en concreto; a los católicos, en general; a las manifestaciones públicas de sentido y vida religiosa: católicas, por supuesto; y a todo postulado que pueda parecer que tiene un origen católico, aunque no sea así en realidad; a todo este “mundo” -el obrar católico: doctrina y vida- que ha construído la familia y la sociedad, que ha “salvado” y difundido la cultura en todos sus ámbitos hasta hace pocas décadas -y lo ha hecho bastante bien, por cierto- y a la que ninguna otra realidad humana le hace la más mínima sombra en estos campos: a la Iglesia Católica y a sus realizaciones, se las persigue, se las difama, se las arroja fuera de la sociedad y de la familia -que ha forjado incluso a precio de sangre-, además de echarla de la conciencia y del corazón humano. 

Y se hace con saña; descarada y sistemáticamente, y -desde los fantasmas más truculentos de sus autores- lo más humillantemente posible para ella. Todo, con el apoyo incondicional de los poderes públicos -de los políticos, y con los dineros e instituciones que manejan estos sujetos- y con el añadido de impunidad que amparan tantas veces…, para que ni se la vea ni se la oiga, para volverla a las catacumbas de nuevo, para acallarla y dé la impresión de que ya ni existe.

Por supuesto que nada es nuevo: este panorama, estas intenciones y estas planificaciones son muy antiguas -desde su mismo nacimiento la Iglesia sufre persecución, y martirio sus hijos e hijas-; son repetitivas, y tan poco originales -en estos campos está todo inventado ya-, que, la verdad, son en exceso cansinas. Amén de inútiles: no se conoce de ninguna persecución que haya triunfado hasta el punto de que allí ya no crezca ni una brizna de vida cristiana.

Se cumple, y se cumplirá siempre hasta el final de los tiempos que, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano, cristiano y abogado, c.150-225 DC). Los dramas, las heroicidades, la fortaleza de los cristianos de Irak y Siria, por ejemplo, tan cercanas en el tiempo y no tan lejanas geográficamente, son un ejemplo vivo de lo que es la Iglesia, y de lo que “nace” de ella.

Frente a la riqueza de bien hacer; de bondad con todos; de auténtica liberalidad con los “ajenos”       -que nunca lo han sido ni lo son para la Iglesia-; de generosidad sin límites con las necesidades humanas, familiares y sociales de todo tipo que generan los males que traemos los humanos en cuanto nos descuidamos; de respeto y tolerancia con todos; de humanidad a raudales…, ¿qué pueden aportar las IDEOLOGÍAS -de izquierdas y de derechas-, que es lo único que hay y en lo que se queda el hombre sin la Iglesia, alejadas de Dios y, en consecuencia necesaria y “obligatoria", ajenas al hombre y a lo humano, hasta el punto de pretender “deconstruirlo” o “desmontarlo"?

¿Es más humana la sociedad ahora que hace, por ejemplo, 50 años? Vamos a verlo, con valoraciones y datos objetivos; tan objetivos que son los “oficiales", los que las mismas instituciones públicas ponen en circulación.

Hace 50 años, ¿se constataba que el 25% de los NIÑ@S de 12-13 años estaban ya enganchados al alcohol, la droga y otras adicciones? ¿Estaba presente el “acoso escolar” en las aulas? ¿El suicidio infantil era corriente? ¿Existía la psiquiatría infantil? ¿El número de niñas embarazadas, menores de edad, era el mismo que ahora, o practicamente no existían tales casos? Como no existía el suicidio infantil, ni las patologías psiquiátricas infantiles.

Yendo a los adultos, ¿el saldo anual de muertes por “violencia de género” se acercaba a las cifras actuales; o ni se había “inventado” tal expresión, porque la “necesidad” ni siquiera estaba presente? ¿El número de matrimonios “rotos” se acercaba al de ahora, cuando se “rompen” seis de cada diez, ya en los primeros años de matrimonio?

Y situándonos en el ámbito “social” y “sociológico", ¿la falta de respeto por las personas y los bienes ajenos se parecía a lo de ahora? ¿La corrupción como género habitual de vida -en el ámbito público y en el privado- era lo que se constataba, un día sí y otro también, tal como sucede ahora? ¿La inseguridad ciudadana estaba “asegurada” -era lo que había, como el calor en el verano o el frío en el invierno-, tal como se constata a día de hoy?

¿Eran concebibles entonces temas como “anticoncepción", “aborto” y “eutanasia", con lo que esto ha generado: no se renueva la población, se envejece la pirámide poblacional, no se pueden pagar las pensiones, etc., de tal modo que el país entero está fallido -ha hecho “crack"-, económicamente hablando? Tenemos ya una deuda impagable, sin visos de cambio, ni “motivos” para intentarlo.

Nada de esto ha venido por la Iglesia Católica o desde la Iglesia Católica; aunque esto no quiere decir que no haya tenido “culpa", porque, en el mejor de los casos, ni se ha enterado; cuando no ha mirado para otro lado, o no ha sabido estar a la altura, o no ha querido… Cuando digo “Iglesia” me refiero a la jerarquía e instituciones católicas, entre las cuales me cuento.

Entonces, ¿de dónde han venido estas cosas? ¿Quién las ha traído? Las IDEOLOGÍAS: desde el marxismo -socialista o comunista, ilustrado o pedestre, “intelectual” o cazurro-, hasta los diversos “liberalismos” -que no existen-, la inútil y vendida “democracia cristiana", pasando por la “intelectualidad” que no ha iluminado positivamente ninguna de estas realidades tan inmoralmente insanas -entran aquí, por supuesto, los medios de comunicación-, y no digamos los políticos y su “partitocracia” -verdadera dictadura inmoral e inhumana- que ha traído las (anti)"leyes” que han instalado todo este desmadre, que han arrasado con conciencias y haciendas, hasta convertir el entero país en un erial intelectual, empobrecido y endeudado económicamente, y en un auténtico “catre de mancebía” moralmente hablando.

Para más “inri” no hay político -gobierne o no; jubilado o en activo, de derechas o de izquierdas-, que quiera verlo y valorarlo. Y así, desde dentro del sistema, ni hay remedio ni puede haberlo, porque todo ese resario de calamidades “es” el sistema.

5.03.17

¿Solo "oír, ver y callar"?

bonitosHay mucha gente que lo tiene muy claro: lo único que podemos y debemos hacer, con la que está cayendo en todos los horizontes de la vida -social, política, religiosa- es lo de los tres monos: “no ver, no oír, no hablar"; o como se dice en castellano: “oír, ver y callar”, que en el fondo es la misma postura.

Una postura, por cierto, muy poco acorde tanto con la misma dignidad humana como con la Voluntad de Dios para con nosotros, que nos quiere “bien habladores"; es decir: “apostólicos y proselitistas", aunque haya gente que ya no lo entienda. Pero es su problema, no el de los demás, que sí lo entendemos, modestamente.

Por ejemplo, y por aterrizar en la vida real. Hay gente que, en el ámbito político y de la participación ciudadana en el mismo, no tienen más horizonte que el de “votar". ¡Hay que votar, obligatoriamente! Y argumentan que, si no vas a votar, si no votas, no tienes luego derecho a decir nada: ni siquiera a quejarte de los desmanes -las injustas crueldades, las inhumanas barbaridades, la corrupción generalizada, la podredumbre maloliente, el infame adoctrinamiento ya con los críos y desde críos y por ser críos- que perpetran los políticos, los partidos y los gobiernos.

Les parece, además, que no votar es el mayor “pecado” que puede cometer un ciudadano. Un inciso: ¿nunca se han planteado que votar puede ser un pecado? Y cuando les argumentas con lo que hacen los políticos en todos los ámbitos en los que meten la mano y el pie, y lo hacen con tu voto precisamente, que les ha dado alas, y ven y entienden que no hay ni un solo partido político “sano", porque no hay prácticamente ni un solo político “sano” -yo, desde luego, no pongo la mano en el fuego por ninguno: por ninguno; no vaya a ser que me pase como a González que puso la mano por Guerra, y todavía le escuece la quemadura-, entonces se desazonan, se les desgarra el corazoncito…, y plañen, desconsolados y huérfanos: ¿entonces, a quíén voy a votar?

Si no votan, les parece que ya no viven en el mundo, ya no alientan en la sociedad. ¡Qué horror! exclaman. Y claro, siguen votando, con lo que siguen manteniendo lo mismo que se dan cuenta que deberían aborrecer y rechazar.

En el mundo eclesial, pasa exactamente lo mismo aunque en otro plano. Por ejemplo: ante la marejada, cada vez más fuerte -"mar gruesa” ya-, que se ha generado en la Iglesia de unos añitos a esta parte y que tanto hace sufrir a la buena, buenísima gente; además de sufrir, mucha de entre estos que sufren no le ven más “salida” al tema que estar con la Cabeza, haga lo que haga, y diga lo que diga: en caso contrario se encuentran como sin salida, como sin asidero, como que están suspendidos sobre el vacío y sin ver lo que hay debajo: una auténtica pesadilla.

Y pretenden resolverlo con aquello que les da “seguridad"; al menos aparentemente, o así les parece a ellos: “¡SIEMPRE con el Papa!". Y subordinan e hipotecan su conciencia a lo que dice y hace, sea lo que sea. Bueno, lo que cada día nos llega que es; porque en este ámbito, estamos servidos no solo al día, sino a cada hora de las que tiene el día.

¿Ha de ser esto así? ¿No hay más solución o soluciones? En los dos ámbitos en los que más nos jugamos, para el presente y para el futuro, a nivel personal y a nivel comunitario, ¿no queda sino “oír, ver y callar"?

Hombre, supongo que con la esperanza -pequeñita, en el fondo- de que “ya escampará"; aunque podamos llegar a creernos que, lo mismo que no podemos hacer nada para que pare de llover o para que pase la tormenta -porque nos excede su solución-, en el fondo, tampoco podemos hacer nada en el ámbito político -solo votar-, ni en el ámbito religioso y eclesial: solo “amén".

La respuesta en los dos casos es: NO. NEGATIVO.

En el ámbito eclesial, lo dejó meridiana y magistralmente resuelto el cardenal Newman -beatificado por Benedicto XVI en el Reino Unido, en septiembre de 2010-, cuando al preguntarle si puesto en la tesitura de si tuviera que brindar por el Papa o por la conciencia, por quién brindaría primero, contestó: “primero, por la conciencia; luego por el Papa".

Y lo razonó: no hay poder sobre la tierra -ni siquiera el del Papa- que esté por encima de la propia conciencia, rectamente formada; es decir, una conciencia recta, verdadera, justa, en la que lo que prima es hacer la voluntad de Dios por encima de la propia, en su personal lucha interior por buscar la identificación con Cristo, que es la esencia de la vida cristiana.

Por cierto, Benedicto XVI, el Papa que lo beatificó, comenta esta frase de Newman en el mismo sentido, ampliando incluso su respuesta y horizonte, y concluyendo que el Papa ha de ser el garante de la conciencia de cada uno, poque el primero que está “gravado” por “su” conciencia es el Papa, que no puede hacer lo que quiera sino exactamente lo que deba: en la Iglesia es el primer obligado por la conciencia, porque es el primer obligado a identificarse con Cristo. Sin esto, su ser Papa -sea este la pesona que sea en cada momento histórico- quedaría automáticamente descalificado porque habría perdido su razón de ser: se habría DESVIRTUADO. “Y si la sal se desvirtúa…".

Por eso, la Fe -y la vida de los católicos- no es “la fe del carbonero”, expresión que nació, por cierto, de una anécdota muy positiva en la isla de Sicilia que dejó admirado a todo un obispo de la época; pero que luego ha derivado hasta significar exactamente lo contrario: una fe ciega, poco instruida, que no tiene respuestas.

Sino que la Fe de los católicos es la humildad de la conciencia que se rinde y se postra ante lo que nos enseña Jesús y nos transmite la Iglesia. Esta es su referencia última, ante Quien “critica” y “discierne” todo: lo que viene del mundo, lo que viene de las propias pasiones, lo que viene del diablo y lo que viene de los falsos pastores: o sea, de los “mercenarios, que vienen para destruir y matar".

Sin Jesucristo como referencia, sin el Magisterio auténtico como referencia -el que ni “discute” con Jesús, ni “discute” con sus predecesores: por eso es Magisterio, porque no hay “rupturas"- no podríamos discernir entre los “verdaderos” y los “falsos” pastores, con unas “cualidades” que Él mismo nos enseña: precisamente para que sepamos distinguir, y aprendamos a no seguir “a ciegas". En caso contrario, no tendríamos el contrapunto de la VERDAD -que nos viene de Dios, y nos enseña el Espíritu Santo en su Iglesia- para “discernir", “juzgar” y “criticar": actitudes, las tres, eminente y esencialmente humanas, que no podemos dejar de ejercer, porque “dejaríamos” de ser personas. Es más, estamos obligados a ejercer, como personas y como católicos.

¡Por esto se ha liado la que se ha liado con la Amoris laetitia, que unos dicen NO, y otros dicen SÍ a la comunión de los adúlteros! Porque hay Pastores a los que su conciencia les dice que como eso va contra lo que nos ha enseñado Jesús sobre el tema, y va contra todo el Magisterio de la Iglesia hasta antes de ayer, no pueden decir que sí a tamaña burrada: y dicen que NONES. Y hay pastores -son el contrapunto- que dicen simplemente “amén". Cada uno sabrá de su conciencia, con la que se tendrá que presentar delante del Señor.

Criterios a aplicar que nos vienen del mismo Jesús y, por tanto, no tenemos -en conciencia- derecho a rechazarlos: nos convertiríamos en unos católicos bobalicones, sin criterio y, lo que es más grave, sin referencias con las señas de identidad que “el mismo Cristo nos enseñó”, y que no es solo el Padrenuestro. Ni solo los pobres. Ni solo el superior, el obispo o el papa.

El Papa, el obispo en su diócesis, el superior en una institución, serán siempre “piedra"…, mientras no se conviertan ellos mismos y por sus acciones en ARENISCA: porque dejan de ser “piedra”. Y por eso, y hace ya siglos, la Santa Madre Iglesia, con el Papa al frente, dejó sin efecto las “obediencias indebidas", las que iban contra lo que Jesús y la Iglesia enseñan, desligando la propia conciencia de esos falsos mandatos.

Por ejemplo, y para decirlo claro: nadie en la Iglesia -mucho menos en ningún otro ámbito- puede “obligarnos a pecar". Ahí siempre hay que responder que NO. En conciencia. Y no hacerlo así, y “obedecer", es PECAR.

Otro día entraremos al ámbito de la participación en la política, que ya hoy no me da.

24.02.17

"Reinterpretar"

magnetófono

Esta es una de las claves de todo el desmantelamiento de la Iglesia que se está gestando desde dentro de ella misma: “reinterpretar” todo, empezando por las mismas palabras de Jesús, toda vez que su Persona ya está desmantelada: la separación del “Cristo de la Fe” del “Cristo histórico” lleva necesariamente a este despreciar lo que ha dicho y hecho, porque “a saber lo que ha dicho y hecho".

El nivel intelectual -y moral- de tal posición lo ha dado el señor este que está de jefe de la Compañía -antes, “de Jesús"; ahora, ya no lo saben ni ellos; así que los demás…- cuando ha dicho a modo de gracieta -como para despistar, supongo; o porque ese es su nivel de buen humor- que, “en la época de Jesús no había nadie grabándole en magnetofón lo que iba diciendo".

En ese mismo nivel, tampoco había nadie filmándo lo que hacía. En conclusión, y es la que saca el hombre: ¿qué sabemos nosotros lo que hizo y lo que dijo Jesús? ¡Nada absolutamente! Y, por tanto, lo que está recogido -en los Evangelios: “Palabra de Dios"- que dijo e hizo Jesús hay que “reinterpretarlo” para que sea “entendible y aplicable” a día de hoy; y a las orejas de la gente de hoy. Bueno, también a otros órganos, que no solo tenemos orejas.

Pero claro, con este posicionamiento, pretender seguir hablando de Jesús es ridículo. Así que lo que menos entiendo es cómo este buen señor -cuyo nombre no recuerdo para nada- pretende seguir, dale que dale, con Jesús. No entiendo que quiera seguir escudándose en Jesús -bien que, como es ya cuasi preceptivo por la “nueva iglesia", “reinterpretado": por él, ¡of course!- para decir nada a nadie: ¡que diga lo que quiera! Si al fin y al cabo es lo que está haciendo él, y que nunca será lo que ha dicho y hecho Jesús…

Lógicamente y desde esta postura, tampoco queda nada de la Iglesia; porque ésta, sin Jesús, su Fundador, su Piedra Angular, ni habría existido, ni existiría hoy, ni tendría ningún futuro. Cosa, por cierto, que es por donde les falla el argumento a estos tíos; porque no es solo éste el que está por la tarea -sobrehumana, por cierto- de desmantelar a la Iglesia.

La mera constatación histórica de la perdurabilidad de la Iglesia no se explica por sí misma, y menos como “producción humana": solo desde la realidad de la asistencia del Espíritu Santo “hasta el fin de los tiempos", con la misión de “enseñaros todo lo que Yo os he dicho", y de ayudarnos a llevarlo a la práctica en nuestra vida diaria; y solo desde la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, “se explica y se demuestra” -científicamente- que la Iglesia, a pesar de los pesares, haya sido, sea, y siga siendo: Una, Santa, Católica y Apostólica.

Y no hay quien la mueva. “A pesar de los pesares": a pesar de Lutero, del señor este, y de otros como este, de ayer y de hoy, a un nivel u otro: por hacer corta la lista, aunque es bastante larga.

Supongo que cuando se ordenó sacerdote no pensaría así. ¿Cómo ha llegado a esto? Lo sabrá él, y Jesús. ¿Cómo se llega a esto? Eso sí lo sabemos, porque está perfecta y sabiamente descrito en cualquier libro decente de vida espiritual: por las rendijas que se abren voluntariamente en el alma y que el Maligno, como buen “mercenario” -solo llega a esto-, aprovecha “al vuelo” para “entrar, y arrasar", para “matar y destruir". Y, una vez dentro, inocula ese mismo virus destructor en las almas que se le rinden, para que sigan luego ellas la “labor” que él ha sembrado en sus corazones.

Pero claro, estos posicionamientos dejan con el antifonario al aire al más pintado. Dejan el alma desguarnecida y a merced de toda vileza: hasta traicionar a Cristo y a su Iglesia, aunque no lo quieran reconocer, y pretendan incluso que están prestando un servicio a Dios (Hch 3, 17). Dejan el corazón tan herido y destrozado que solo un milagro, un verdadero milagro, puede reconstruirlo.

Y, como es lógico, a la institución que deberían representar y servir la dejan hecha unos zorros, y la echan además a los pies de los caballos. El fin de la Compañía lo ha firmado, de su puño y letra, este buen señor -por algo es el jefe-, del que siento no recordar su nombre. Que materialmente ésta tarde más o menos tiempo en desaparecer, en sí mismo es irrelevante, porque está ya herida de muerte. Y me da que no es solo de hoy y ahora: la elección de este buen señor como "cabeza” es el precipitado perfecto, de laboratorio, de la deriva de muchos años ya, de la antes denominada -porque lo era- “Compañía".

13.02.17

El "pensamiento débil" instalado en la Iglesia.

El título del artículo viene a cuento de la presentación que ha hecho el cardenal, don Luis Martínez Sistach, de su libro Cómo aplicar Amoris Laetitia, que pretende “manual” -literalmente: tenerlo siempre a mano- para ayudar a concretar -a obispos, sacerdotes, religiosos y fieles-, los principios y orientaciones presentes y sugeridas en la última exhortación pastoral del papa Francisco. En especial, y como no podía ser de otra manera por razones evidentes, en relación al tan traído y llevado cap. VIII de la citada exhortación.

Para decirlo todo al princiipio y de una vez: el sr. cardenal está totalmente a favor -aboga por ello sin ningún resquicio- de la comunión a los católicos divorciados y arrejuntados con otra, sin mediar sentencia de nulidad respecto a su matrimonio. Matrimonio, por tanto, que está vigente y que le sigue comprometiendo: “en conciencia", por cierto.

Y aquí, en este concepto y en la realidad que significa -la conciencia-, el sr. cardenal pone toda la justificación de la pastoral que ha de ser llevada a la práctica por todos aquellos a quienes compete tal menester; porque -y son palabras del sr. arzobispo de Madrid, don Carlos Osoro, en la misma presentación en la que flanqueaba a mons. Martínez-, “es importante conseguir que la Iglesia sea familia en la que se vive, se ama, se perdona, se construye". Palabras -¡qué duda cabe!- a las que nadie en su sano juicio puede poner, objetivamente, el menor pero. El problema es que, de palabras bonitas y biensonantes, en la Iglesia estamos más que saturados. El problema viene al pretender que signifiquen lo que a cada uno le parezca mejor. O peor.

Porque el punto no es ese: la Iglesia, Madre y amorosamente Maternal. El punto son sus hijos: las locuras que hacemos y que luego pretendemos que nos las arregle la Iglesia, pagando ella el pato, y yéndonos nosotros de rositas, que para eso es Madre.

Se centra el cardenal en las líneas de la polémica -cap. VIII-, y hace bien, porque ahí es donde está todo el meollo del asunto: “Si el interesado [el interesado es el católico casado, divorciado por lo civil, que convive maritalmente con otra, sin que haya sentencia de nulidad de su matrimonio], en conciencia y ante Dios, constata que se da alguna circunstancia que hace que a la situación objetiva de pecado no le corresponde imputabilidad subjetiva grave, puede acceder a los sacramentos".

Así de fácil, así de sencillo, y así de lejanías de disquisiciones que “no hacen más que liarla", como me dijo hace años un individuo que me espetó: -"Y usted, ¿qué quitaría de la Misa?". Yo, la verdad, no supe qué contestarle; y notando mi vacilación y viendo mi mutismo, me soltó: -"Pues yo, la homilía; porque algunos, en la homilía, no hacen más que liarla". Pues eso.

Como es cardenal, al abogar por “la primacía de la conciencia", añade: “rectamente formada, pero de la conciencia". Y puntualiza: “Estamos llamados [obispos, sacerdotes] a formar las conciencias, no a pretender sustituirlas". Porque -explica el sr cardenal- “si no damos importancia a la conciencia en la Iglesia, hacemos un teatro", añadiendo sin solución de continuidad y con ánimo ligeramente graciosillo: “¿Le pedimos a la gente la partida de bautismo o si han confesado antes de darles la comunión?".

Por si no fuera poco lo que ha dicho y de lo que se ha reído, le echa un poquito más de leña al fuego: “Hoy, más importante que la pastoral de los fracasos, es el esfuerzo para consolidar los matrimonios y no las rupturas. Es preferible prevenir que curar”; para rematar con lo que se ha hecho ya un verdadero sonsonete -desvirtuado y huero ya desde el primer momento- que, tal como están las cosas, nada significa: “Acompañar, discernir e integrar".

Para liarla más se envuelve en un sin fin de declaraciones acerca de las actitudes a tener en cuenta en la pastoral con estas personas: la misericordia hacia las familias, integrar más en la comunidad cristiana, doctrina moral de las circunstancias atenuantes y eximentes aplicables a los actos humanos, discernimietno de los divorciados y vueltos a casar civilmente sobre el precedente matrimonio y sobre la nueva unión…, sin que pudiese faltar lo de los obispos de la Región de Buenos Aires.

Pues vamos a entrarle; porque aquí es donde viene a cuento lo del “pensamiento débil” del título: “il pensiero debole", acuñado por Vattimo, marxista confeso y confuso, como exponenete del movimiento intelectual más influyente de la postmodernidad; el castellano, en su lenguaje más coloquial, usa unos términos que no son reproducibles aquí, y no los voy a poner por tanto. “Pensamiento” y “debilidad" que, en la Iglesia, tiene efectos devastadores, como vemos en la exposición bienintencionada del sr. cardenal.

Al “mezclar churras con merinas", al enfatizar lo obvio, al mezclar lo esencial con lo accidental puesto todo en el mismo plano…; es decir, al “emborronar” la situación y el problema -a eso lleva un “pensamiento” que ha renunciado a serlo y, por tanto, no es que sea “débil", es que está muerto-, se crea tal confusión que entonces puede meterse, como el que no quiere la cosa, lo que a uno le interese meter. Y se mete, claro: si cuela, cuela.

Porque, ¿qué tiene que ver una “pastoral de los fracasos” con aceptar -por las bravas- que “una situación objetiva de pecado" se convierta en una situación moralmente aceptable en la Iglesia? ¿El esfuerzo por “consolidar los matrimonios y no las rupturas” debe traducirse en la práctica pastoral de obispos y sacerdotes en aceptar las muy bien llamadas -las nombra así incluso el papa Francisco- “situaciones irregulares"? Si obispos y sacerdotes no hacemos las cosas así, como nos dice el sr. cardenal, ¿nos convertimos ipso facto en actores teatrales, titiriteros, saltimbanquis y asimilados?

Lo que está en juego, ni más nimenos, es el acceso libre a la comunión de unas personas en situación objetiva de pecado grave, para las que no hay circunstancias atenuantes que valgan. Y todo desde la “primacia de la conciencia” que se arroga el posicionarse como instancia última y unica contra las mismas palabras de Jesucristo, que no dejan el menor resquicio; por ejemplo: lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre; o contra los mismos Mandamientos de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros. Y la fornicación y el adulterio lo son -como actos esporádicos; mucho más como situacionesn consolidadas y asumidas como “normales, inmodificables e irrenunciables"-, sin atenuantes que valgan; porque en el capítulo de la pureza, ‘no hay parvedad de materia".

Para más inri, ¿qué significa “acompañar, discernir e integrar” en este contexto? Si el fiel de la balanza está en la propia conciencia, ¿para qué necesita “compañía"? Si es la propia conciencia la que juzga si sus “circunstacias personales", y no la objetividad de la situación grave de pecado es lo determinante, ¿qué significa “discernir” en este marco? Y en esa situación, ¿"integrar” en la Iglesia es, lisa y llanamente, “llevarla a comulgar tal cual, porque su conciencia se lo dice, y sufre sobremanera si no comulga"?

Efectivamente, así no hay ningún peligro de “sustituir” a las conciencias. Pero entonces y frente a una mera posibilidad, en realidad se crea un problema mayor: el dejar a las conciencias a solas con ellas mismas, dejarlas sin ese “rectamente formadas", con lo que en realidad la conciencia, al hacerse autónoma de toda norma, se corrompe y desaparece.

Como muy bien ha enseñado siempre nuestra Madre la Iglesia Santa, solo “la conciencia recta, cierta y verdadera", además de “la conciencia invenciblemente errónea", es norma moral, y hay, por tanto, obligación de seguirla. Ninguna de las otras situaciones de la conciencia -dudosa, torcida, falsa, venciblemente errónea, perpleja- ha de ser seguida como norma moral; lo que hay que hacer -y es una “obligación en conciencia"- es salir precisamente de esas situaciones. Y para ello tiene a mano dos agarraderos: (1) la Ley Moral -los Mandamientos- con la Doctrina de la Iglesia, y (2) la dirección espiritual: todo ese “acompañar, discernir e integrar” que la Iglesia ha ofrecido siempre, y sigue ofreciendo.

Seamos intelectualmente serios. Pero, sobre todo y en la Iglesia, respetemos la verdad de Dios y la verdad de la persona.