26.08.14

(17) De un pequeño lugar del mundo

La enfermería, el claustro, la lavandería, el pequeño jardín de castaños… un diminuto, pobre lugar del mundo. A muchos hundiría en la rutina. Los malos modos de algunas hermanas, las manchas de humedad que hay que limpiar, los mismos trabajos de todos los días… La pobreza del mundo físico donde vivía Santa Teresa del Niño Jesús sorprende por su poquedad. Pero en este espacio gris lo que se despliega ante nuestros ojos no es una vida rutinaria y gris. Es una vida abierta a horizontes infinitos, derramada en torrentes de Gracia y abismos de Amor de Dios, una vida inmensa como un océano de luz, pletórica de gozo interior y luminosa plenitud.

Sorprende el heroísmo sobrenatural que el Espíritu Santo ha hecho madurar en esta  muchacha. Camina entre paredes pequeñas como un gran guerrero entre los muros de una ciudad medieval, dispuesta a conquistar nuevos espacios para Cristo, allende los mares.

En un nervioso jardín conventual, entre las plantas humildes de verde rutinario, se expanden  al cielo grandes motañas de Misterio, movidas por Dios en una muchacha que traslada, con su santidad, grandes moles de caridad de un corazón a otro, por todo el Cuerpo de la Iglesia, y entre todos sus miembros vivos.

En su muy provechoso libro sobre “La libertad interior”, Jacques Philippe incide precisamente en resaltar la pequeñez del mundo que rodeaba a Santa Teresa del Niño Jesús. Recordemos algunos bellos pasajes.

Tras visitar la clausura de las carmelitas de Lisieux y contemplar gozoso y emocionado los mismos lugares que habitó Santa Teresita, escribe:

“Para mí lo más sorprendente fue encontrar todo aquello mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Así, por ejemplo, hacia el final de su vida, Teresa recuerda divertida las parrafadas que intercambiaba con las hermanas cuando éstas pasaban camino de la siega hacia un prado que, en realidad, no es más grande que un pañuelo de bolsillo.”

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25.08.14

(16) Que el cristiano, cuando ora, lo hace a hechura de Cristo, y no a hechura de un maestro zen

En el post anterior hemos visto, en algunos textos relevantes, algunas ideas básicas del zen. En otros posts continuaremos comprobando su incompatibilidad con la vida cristiana. Ahora, simplemente, quisiéramos hacer una reflexión, a modo de intermedio,  sobre la peculiaridad de la oración cristiana, que se resume en una sola palabra: Cristo.

En Efesios 2 encontramos una verdad contundente y clara, que deberíamos meditar a menudo:

“7 Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. 8 Porque habéis sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de vosotros, sino que es un don de Dios; 9 y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe. 10 Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos.”

Por la gracia, hemos nacido de nuevo, hemos sido creados y recreados en Cristo Jesús. Por tanto, nuestra meditación, y nuestra oración, es don de Dios, y ninguna obra nuestra puede con sus solas fuerzas naturales conseguir esto, dado que es regalo gratuito.

En Cristo oramos, como nueva criatura.Cristo es el Esposo de nuestra alma y nuestra persona entera, y estamos comprometidos con Él, y hemos de orar a su manera. Estamos comprometidos con su gracia. Nuestra oración no puede prescindir de este hecho: oramos en Cristo orante, y nada de cuanto podamos hacer con nuestras fuerzas o técnicas naturales puede conseguir esto, ninguna técnica nos permitirá orar en Cristo orante. Es un regalo. La gracia nos mueve a orar como Cristo oraba. Un hecho que procede de nuestra vocación bautismal. Un don, fruto de nuestro nacimiento nuevo en la gracia. Por eso, cuando no oramos a hechura de Cristo, traicionamos de alguna manera el movimiento interior de la gracia.

La oración cristiana, y la meditación, han de partir del hecho de que es participación misteriosa y sobrenatural de la oración y la meditación de Cristo mismo.

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24.08.14

(15) Que el zen es esencialmente incompatible con la vida cristiana

Un cristiano no puede practicar zen sin buscarse innecesariamente  problemas en su vida cristiana y llenar de obstáculos su camino de santificación, por no decir abandonarlo o algo peor. Por la sencilla razón de que zen y vida cristiana son incompatibles. Quien no lo crea así, no tiene más que comparar la fe cristiana con la doctrina zen que expondremos en este y otros post, para convencerse de ello, si Dios quiere. Es lo que sinceramente deseo. Que se centre en Cristo y en la oración conforme al Logos, en Espíritu y en Verdad.

Mi objetivo es mostrar la esencia de esta forma del budismo a través de textos relevantes del pensamiento zen, para que su cosmovisión propia quede manifiesta y su incompatibilidad con el cristianismo se haga visible. He utilizado fuentes prestigiosas, de reconocida competencia, y no los mediocres manuales de autoayuda budista que circulan por ahí divulgados por la New Age. Vamos a ello.

1. La cosmovisión zen define la naturaleza esencial de las cosas como vacío. Para eso, utiliza una palabra clave en zen, que es sûnyatâ.

“Literalmente, vacío:  Sûnya significa vacío, y el sufijo ta le confiere el carácter de sustantivo abstracto. Se emplea esta palabra para describir la naturaleza esencial de todas las cosas” ("Diccionario Zen", E.Wood, edit. Paidós, pág. 156- (a partir de ahora, D.Z.)

“Cuando el zenista afirma que la verdadera naturaleza propia del hombre o la verdadera naturaleza de uno mismo es sûnyatâ, enuncia una idea similar.” Es decir, que “su realidad es un vacío” (D.Z. pág. 156)

Para el cristianismo, la naturaleza esencial de las cosas no es el vacío. Porque del vacío la razón no puede extraer la Ley Natural. Negando la naturaleza de los seres creados y concretamente del ser humano, es imposible descubrir la Ley Natural como fundamento mismo del ethos. Si la naturaleza de las cosas fuera vacuidad, entonces también la Ley Natural sería vacuidad carente de contenidos, vaciada de los Mandamientos de la Ley de Dios.

CAT 1955 La ley divina y natural (GS 89) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana”

«Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón, conforme a la naturaleza, extendida a todos, inmutable, eterna, que llama a cumplir con la propia obligación y aparta del mal que prohíbe. […] Esta ley no puede ser contradicha, ni derogada en parte, ni del todo» (Marco Tulio Cicerón, De republica, 3, 22, 33).

2. El concepto de vacuidad, o vacío, fundamental en el zen, es entendido bajo una perspectiva religiosa venida del taoísmo. Luego no es sólo una mera técnica mental. Es una filosofía especulativa de índole religiosa.

Al pensamiento tradicional chino, sustentado en el confucianismo y el taoísmo, le costó mucho entender este concepto budista del vacío. Pero el concepto de sûnyatâ caló en la religiosidad china asociado al concepto de nada del taoísmo. De esta manera, el budismo chino/japonés comprendió el vacío como nada. Así lo explica la primera autoridad del Japón en budismo zen, Daisetz Teitaro Suzuki, profesor de la Univesidad Imperial de Tokyo,  que influyó en Heidegger, C.G, Jung y Erich From:

“Hay dos corrientes originales de pensamiento chino, el confucianismo y el taoísmo puro, es decir, el taoísmo no deformado por las creencias y las supersticiones populares. El confucianismo representa el pragmatismo o positivismo de la mentalidad china, mientras que el taoísmo representa su tendencia mística y especulativa. Cuando el budismo se llevó a China al principio de la última dinastía Han (64 dC) encontró un verdadero asociado en el pensamiento de Lao-tzû y Chuan-tzù. Al principio el budismo no fue muy activo en el pensamiento chino. Sus adeptos se ocuparon principalmente de traducir sus textos al chino, y la gente no sabía exactamente cómo integrarlo en su sistema de ideas y creencias. Pero a través de las traducciones debieron comprender que había algo muy profundo, muy inspirador, en la filosofía del budismo. Desde el siglo II, cuando los Prajñâ pâramitâ Sûtras fueron traducidos por primera vez al chino, los pensadores chinos quedaron profundamente impresionados por ellos y emprendieron su estudio con toda seriedad. Aunque tenían dificultades para comprender con claridad la idea de sûnyatâ, vacuidad, encontraron un concepto afín en la idea de wu, Nada, de Lao-Tzû”. ( “El zen y la cultura japonésa”, edit Paidós, Madrid, 1996, pág. 42)

Resalto de este texto algo muy significativo, que contradice la tesis según la cual el zen es sólo una técnica mental sin visos de religión. El concepto de vacuidad, o vacío, fue entendido como nada, concepto propio de la cosmovisión taoísta, que representa, como dice Suzuki, la tendencia mística y especulativa de la mentalidad china.

3. La cuestión de la objetividad de la realidad es tratada en el pensamiento zen bajo la dicotomía de lo interior y lo exterior, para convertirlo en un pseudoproblema y concluir su vacuidad.

Veamos cómo explica esto un filósofo zen de la talla de Toshihiko Izutsu , que enseñó en el Instituto de estudios Culturales y Lingüísticos de la Universidad de Keiō en Tokio, en la Academia Imperial iraní de Filosofía en Teherán, y en la Universidad McGill en Montreal,  en su muy riguroso libro sobre metafísica y epistemología zen “El Kôan Zen. Ensayos sobre budismo zen”, edit. Eyras, Madrid, 1980 (a partir de ahora, K.Z.):

“El Zen habla a menudo del exterior y del interior, y hace un gran uso de esta distinción (…) refiriendo el interior al espíritu y a la conciencia habitualmente y el exterior  al mundo de la naturaleza”. (…) Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente zen, el problema del interior y del exterior no es más que un seudoproblema, cualquiera que sea la forma bajo la cual puede surgir, puesto que para un ser humano iluminado, el interior y el exterior no son en modo alguno dos compartimentos estancos que puedan ser distinguidos uno del otro. Semejante distinción no tienen realidad alguna: no es más que una construcción del pensamiento”. (K.Z, pág. 108/109)

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22.08.14

(14) De primicias y anticipaciones en contemplación

El niño ha escuchado que la Fuente existe, y que mana sin detenerse. Y la Fuente misma le llama y él acude por su sed, para que su inocencia mane también sin detenerse.

Y la Fuente misma le llama y le atrae, y él acude a holgarse en ella.

“Introducidme en el santuario de vuestro amor. Os pido esta gracia, busco este favor, llamo a la puerta de este santuario para que me abráis. Vos que me hacéis pedir esta gracia, haced también que la reciba” (San Anselmo de Aosta, Meditación XI,  sobre la redención).

El alma, como un niño, anhela traspasar la puerta bendecida, hacia el santuario del amor de Dios, donde nos es anticipada su Morada.

Porque el Hijo del Hombre excava tanto con sus Manos, que alcanza el corazón de la naturaleza humana, y allí hace brotar el Agua viva, que anhela la Creación.

Romanos 8 :18 Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.

19 En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.

20 Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.

21 Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22 Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.

23 Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la plena filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo.

Gozo y alegría, en Este Lado de la Ciudad Celeste, son anticipo gratuito del Otro Lado, primicia de la Tierra Nueva, sed que anhela ser saciada.

Una melancolía incontenible nos inunda en esta parte. Una sensación de exilio incontrolable. Y quisiéramos pasar al Otro Lado como atravesando muros de romero azul, y sólo por amor permanecemos a gusto en Este, una jornada más, tras el Esplendoroso.

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17.08.14

(13) De botánicas, desiertos y el bosque de Lórien

1 Parece que habitan los demonios donde no hay botánicas, en el puro desierto exterior o interior, en la nada artificial, o en las grandes colinas de hormigón y las moradas artificiales de hierro y plástico, donde el desierto técnico castiga al alma con su presencia asfixiante y su antropocentrismo electrónico.

La presencia armoniosa de plantas, árboles y flores nos tranquiliza, hace amable y habitable el Mundo Caído. Lo vegetal parece el estrato de la Creación donde en menor medida ha penetrado el mal por el pecado. Allá donde avanza la consciencia, parece que proliferan los efectos de la Caída.

Resulta un hecho muy curioso y notable que una de las catorce proposiciones erróneas de Pedro Abelardo, que Guillermo, abad de Saint-Thierry, remitió a san Bernardo de Claraval, y que éste resaltó en carta al papa Inocencio II, fuera esta:

“Art.5: Las tentaciones demoníacas se generan en nosotros por contacto con las piedras y las plantas, en las que actúan los espíritus malignos para excitar nuestras pasiones.”

2 Pululan los demonios donde no hay árboles ni plantas, atraídos por el vacío como las moscas a la miel. Con razón la naturaleza tiene horror al vacío. Empeño diabólico es que no florezca ni arraigue nada. Moran a gusto en las soledades del desierto, como pensaban los antiguos, para tentar y  especializarse en tentar.

San Juan Pablo II, en la Audiencia del sábado 21 de julio de 1990, dice que

“3 Jesús es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el “espíritu inmundo” que “cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo…” (Lc 11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que “era empujado por el demonio al desierto” (Lc 8, 29).

“En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración ―se podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia― de la lucha que deberá mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28).”

4 En la literatura, el desierto es enemigo y su paisaje es campo de heroísmo. Frodo sufre la opresión del camino tenebroso hacia Mordor, en que la aridez aumenta y con ella sus tentaciones, que llegan a oprimirle tanto que no puede caminar sin la ayuda de su amigo Sam, un Mediano Cirineo.

Antes, en ese paraíso edénico y vegetal que es Lórien, donde parece no haber penetrado el desorden  originado por la Caída, reponen fuerzas y descansan.

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