Lo que vale una Misa

Santa Misa

Hay una anécdota que el P. Jorge Loring cuenta en su libro “Anécdotas de una vida apostólica”. Tiene relación con la Santa Misa.

Más o menos es así: iba, hace años de viaje por España. En tren. Como habían pasado las doce de la noche y tenía que decir Misa a la mañana siguiente no quería comer nada pues entonces, en aquella época en la que esto pasaba, el ayuno eucarístico era más exigente que ahora (1 hora antes de la comunión) y se suponía que el creyente no debía comer nada antes de la misa a partir de las doce de la noche. Y ruego se me perdone si la cosa no es, exactamente, así.

Algunas personas del vagón donde iba el P. Loring le invitaron a cenar porque veían que no comía nada de nada. Pero él rehusó diciendo que quería decir Misa y de haber comido entonces, no podría cumplir con aquel sagrado deber… ante la extrañeza (¡tan humana!) de aquellas personas que le acompañaban.

Bueno, eso era, aunque pueda parecer algo sin importancia, lo que suponía para el P. Loring la Santa Misa: todo.

Cualquiera puede decir que como era sacerdote es lógico que fuera muy importante para él y que tampoco era tan extraño que poniendo en una balanza la ingesta de alimento y en otra celebración del sacrificio eucarístico saliera vencedor, por así decirlo, el segundo. Sin embargo, pensar así supone dar al traste con el sentido que la Santa Misa debe tener para todo católico.

¿Y todo eso, a qué viene? Pues a que en algunas ocasiones le damos a la Santa Misa un valor escaso. Y lo digo por la actitud que manifestamos en ella y con relación a ella.

Antes de empezar me acuso de que no siempre he llegado a tiempo a la celebración dominical. Esto lo digo para que nadie suponga que, a tal respecto, soy perfecto en tal cumplimiento.

Pues bien, domingo tras domingo (no sé si eso pasa entre semana, claro está aunque sí he visto que también sucede cuando he asistido a la celebración otros días) soy testigo de muchas situaciones que, verdaderamente, dan pena. Hay de todo.

Así, por ejemplo, desde las personas que llegan al templo después de que se ha procedido a la lectura de las Sagradas Escrituras hasta las que llegan después de haber sido proclamado El Credo, símbolo de nuestra fe. También las hay que se marchan antes de que el sacerdote de la bendición con la que, en realidad, finaliza la celebración. Incluso las hay que salen de vez en cuando porque el aparato móvil, el teléfono portátil que tanto daño hace en determinadas ocasiones, le da por demostrar que se le ha olvidado, a quien corresponda, ponerlo en silencio, en reunión o en la situación que menos pueda molestar en caso de que le dé por sonar en momento tan inoportuno.

Es cierto que es posible que tengan disculpa pues no siempre estamos a punto ni preparados (como en mi caso he dicho arriba) Sin embargo, la cosa cambia cuando hay hermanos en la fe que tienen una mala o desaguisada costumbre (como se decía en tiempos pretéritos) consistente en llegar tarde, siempre, a misa. Es más, tienen el mal tino de llegar tarde siempre en el mismo momento lo que, ciertamente, supone un arte muy trabajado. Y eso, se diga lo que se diga, es mantenerse perseverante… en el error.

En fin…

Ciertamente, para un católico la celebración, al menos, dominical, ha de ser lo más importante que haga ese día. En caso de no poder acudir, es evidente que seguirá siendo lo más importante aunque no goce de ella pero, en caso de acudir, el hecho mismo de asistir ha de empezar un rato antes de que la misma dé comienzo. Es decir, conviene saber a qué se va a la Santa Misa, cómo se va preparado, qué se ha de tener como conocimiento básico acerca de un momento celebrativo tan importante y, lo que es el colmo del gozo, qué pasa en ella y por qué pasa lo que pasa.

No se trata, ni siquiera, de darle menos importancia porque no se haga en latín o de forma extraordinaria (forma apeticible para el espíritu limpio del católico, por cierto) sino que tiene toda la importancia del mundo recordar que un Dios hecho hombre se entregó por cada uno de nosotros, se dejó sacrificar en la cruz con plena consciencia de lo que hacía y aceptó una muerte vil, terrible e injusta por cumplir la voluntad de su Padre que no era, por cierto, que así muriera (como se suele decir con ignorancia) sino que perdonase a los que así le mataban o, lo que es lo mismo, que manifestase unas entrañas de misericordia como sólo Dios puede tener. Y si me equivoco, por favor, ruego ser corregido pues aceptaré, con humildad, la corrección.

Con todo esto se quiere decir que es de una importancia vital (nos va en ello la vida eterna) la Santa Misa. No es algo a lo que se acude por “costumbre” y por “cumplimiento” (cumplo y miento) sino porque es deber del discípulo de Cristo acudir a la casa del Padre (no a la definitiva sino al templo presente, actual, de ahora mismo) a visitar a Jesús en su Sagrario y a dar las gracias, cerca, corazón a corazón, porque no somos nada ante Él y somos todo para Él.

Y eso, que tan sencillo parece de entender, está, a veces, tan lejos de tantos corazones…

Eleuterio Fernández Guzmán

Ha salido el recopilatorio de “El Pensador”

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3 comentarios

  
Anónimo...
¡Y hay otras que parece que estuvieran en el sofá de casa!

: )
15/01/14 12:38 AM
  
Pub
La Misa no sólo es recordar sino que, sobre todo, es actualizar el sacrificio de Cristo y hacer que sus méritos infinitos me edifiquen según el hombre nuevo, a imagen del Señor.
15/01/14 1:12 AM
  
Anonimo
Por internet circula un mp3 con la charla del Padre Loring en la que cuenta esa anecdota.

Totalmente recomendable su escucha.
15/01/14 11:06 AM

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