La Iglesia siríaca (V)

La Controversia de los Tres Capítulos

A Efraín de Amida le sucedió en el patriarcado ortodoxo Domno III (546-561), durante el cual tuvo lugar la controversia de los Tres Capítulos. El emperador Justiniano quiso ensayar un acercamiento a los miafisistas diverso al del Henotikon, que había fracasado de forma tan evidente. Siguiendo al obispo monofisista Teodoro Ascidas de Cesarea, acérrimo origenista, en 544 el emperador dio carta de oficialidad a un tratado (Los Tres Capítulos) que Ascidas que había enderezado contra varios escritos y proposiciones de tres autores sirios del siglo anterior que habían simpatizado de algún modo con Nestorio, aunque la Iglesia jamás había condenado ninguno de sus escritos (lo cual no quería decir que fuesen ortodoxos): Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibbas de Edesa.

La iniciativa imperial provocó serias disensiones con los obispos occidentales y el papa Vigilio. No sufriendo el azote del miafisismo, para estos se trataba de enmendar de algún modo al concilio de Calcedonia, que había expurgado las obras sospechosas, sin condenar explícitamente a ninguno de los tres teólogos. Tras diversas disputas (incluyendo presiones intolerables al papa), el Segundo concilio ecuménico de Constantinopla (año 553) confirmó los Tres Capítulos aunque explicitando la validez de Calcedonia, sólo sirvió para provocar un cisma temporal con los obispos occidentales. En Siria no tuvo efecto alguno. Domno III- como el resto de obispos ortodoxos- aprobó las actas sin protestar, pese a que los teólogos condenados fuesen sirios. Paulo II de Alejandría (quién había sustituido como patriarca miafisista a Sergio de Tella en 550), como el resto de obispos miafisistas, se negó, por contener una profesión de fe que no corregía a la de Calcedonia, sino que la reforzaba. Lo mismo sucedió en todas las diócesis. El miafisismo no se resolvió con la controversia de los Tres Capítulos.


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La división definitiva en la Iglesia siríaca

A Domno III le sucedió en la sede ortodoxa (oficialmente “Iglesia ortodoxa griega”) Anastasio el sinaíta, que se vio envuelto en la enésima discusión teológica, y nuevamente por una intervención imperial. El obispo no calcedoniano Juliano de Halicarnasso (Asia Menor)- muerto en 527- había enseñado a principios del siglo que el cuerpo de Cristo permaneció incorruptible desde su nacimiento, por lo que su naturaleza humana estaba limitada, no pudiendo sufrir dolor, hambre o necesidad, y que tales debilidades las aceptó por amor a la humanidad. Esta teoría fue llamada artrodocetismo (de las palabras griegas “aparentemente incorruptible”) y fue combatida por el también miafisista Severo de Antioquia, que sostenía la creencia ortodoxa de que sólo fue incorruptible a partir de la resurrección. Esta original reedición del antiguo docetismo (Jesús fue sólo humano en apariencia) no hubiese pasado de anécdota si no fuese porque Justiniano quedó prendado por los argumentos de Juliano y en 564 publicó un edicto empeñándose en convertir al artrodocetismo en doctrina oficial de la Iglesia en el imperio. Tanto el patriarca de Constantinopla como Anastasio de Antioquia condenaron esa proposición, y el emperador amenazó con deponerlos.

Justiniano murió en 565 d.C, poco después de esta polémica. Fue uno de los emperadores romanos más relevantes desde el punto de vista político, pero sus maneras autoritarias en el campo espiritual (tanto en la controversia de los Tres Capítulos como en su tardía inclinación al artrodocetismo), por no hablar de las injerencias de su esposa Teodora a favor del miafisismo, lo convierten en uno de los peores exponentes del cesaropapismo oriental. Esta intervención del poder político, no ya en la organización de la Iglesia, sino incluso en el campo de la teología, fue catastrófica, tendiendo a crear una doctrina oficial de la Iglesia, que ya no estaba dirigida por los obispos y teólogos iluminados por el Espíritu Santo, sino por un soberano temporal autocrático, que se arrogaba la inspiración de Dios en los temas doctrinales tan firmemente como su derecho divino al trono. En no poca medida, el cisma miafisista fue también un rechazo al poder espiritual y temporal del emperador. Religión y política comenzaban a darse la mano en los años centrales del siglo VI, conduciendo a la creación de iglesias nacionales como contraposición de la iglesia Universal. La parte occidental pudo librarse de ese lastre (al menos hasta Lutero) gracias a la separación radical entre papa y emperador que se comenzó a gestar precisamente en estos años, al alcanzar la silla de san Pedro el gran Gregorio el Magno. La parte oriental de la Cristiandad, en cambio, ha sufrido en mayor o menor medida este problema hasta tiempos muy recientes.

Justino II, sobrino de Justiniano y su sucesor, finalmente llevó a efecto la amenaza, y depuso a Anastasio el sinaíta en 570 (aunque no por motivos teológicos, sino por simonía), entronizando en su lugar a Gregorio de Antioquía (570-593), otro monje del Monte Sinaí. Inicialmente acusado de criptopagano por los seguidores de Anastasio (llegando incluso a comparecer frente al emperador), superó todas las intrigas, llegando a afirmarse como un poder fundamental en Siria y ejerciendo diversas labores de mediación entre el emperador y el shah de Persia. En efecto, desde 572 se había reanudado la guerra secular entre romanos y persas, que castigó fuertemente a Siria. Gregorio hizo varios viajes misionales al Alto Eufrates para convertir monofisistas, y dejó varias homilías, muriendo en 593 al intoxicarse con un remedio para la gota. Para entonces Justino II ya había muerto, y Anastasio el sinaíta fue repuesto como legítimo patriarca de Antioquía, gracias al apoyo de su amigo el papa Gregorio Magno (que no había reconocido oficialmente su deposición) frente al nuevo emperador Mauricio. Escribió varios sermones célebres (particularmente el llamado De fide ortodoxa) y cinco tratados dogmáticos que han llegado hasta nuestros días, y murió en 599. Fue sustituido por Anastasio II, también llamado el joven. Era un antiguo abogado, que tradujo al griego para el emperador la Regula pastorae curialis, de Gregorio el Magno. Destacó por su preocupación por combatir la simonía.

Mientras tanto, el patriarcado miafisista (oficialmente “Iglesia ortodoxa siria”) se había visto envuelto en serios problemas. Sergio de Tella (amigo personal de Baradeo) regresó a la ortodoxia a partir de 546, causando gran división en la comunidad. Para sustituirlo, Jacobo Baradeo elevó al patriarcado en 550 al monje Pablo II el Negro, secretario personal y enviado del patriarca de Alejandría, Teodosio, para poner orden entre los no calcedonianos sirios. Aparentemente, lo hizo contra su voluntad, pues este ambicionaba en realidad suceder a Teodosio en la silla primada egipcia (y de hecho trató de comprar ese cargo tras la muerte de aquel en 567). Pablo II participó en un debate teológico en 570 con el patriarca de Constantinopla y otros obispos miafisistas, en un intento por acercar posturas. Tras el fracaso, fue encerrado en prisión y torturado por orden imperial hasta que firmase una confesión de fe ortodoxa. Así lo hizo finalmente, pero logró escapar en 572, refugiándose con Al-Mundhir, el rey de los árabes ghassanidas miafisistas. En Antioquía, Baradeo le había excomulgado al saber de su reconciliación, pero al conocer más tarde los detalles de lo ocurrido, consiguió que un sínodo sirio lo repusiera en 575. Poco duró la paz, pues Pablo II siguió entrometiéndose en los asuntos de Alejandría, provocando un cisma con el patriarca egipcio, y finalmente su marcha a Constantinopla tras ser excomulgado por este en 580. Baradeo había muerto en 578, y con él una autoridad moral para poner orden.

La sede permaneció vacante hasta 581, en que los obispos sirios miafisistas, disconformes con la influencia del patriarca alejandrino, elevado a Pedro III de Raqqa, hijo del patriarca Pablo II el Negro, siendo el primer caso de sucesión patriarcal directa de padre a hijo. Las disputas con Alejandría no se resolvieron, volviendo a caer en cisma las dos grandes sedes miafisistas. Para rechazar las acusaciones de “triteísmo” (es decir, ortodoxia) del patriarca Damián de Alejandría, Pedro III redactó una apología que se escribió, por vez primera, en siríaco y no en griego. Murió en abril de 591, y fue sustituido por el breve pontificado de su secretario, el monje Juliano (591-595).

Reunidos los obispos metropolitanos miafisistas de Siria, decidieron acudir al monasterio de Qinnasrin a escoger un nuevo patriarca. Según la tradición, uno de ellos soñó que Dios escogía para ese cargo al primer monje que llamara a la puerta del monasterio a la mañana siguiente. Este resultó ser un joven monje huérfano llamado Anastasio de Samosata. Su función era traer sal desde Aleppo al monasterio, y precisamente de ese cometido regresaba cuando recibió la sorprendente noticia. Dado que empleaba camellos para esa función, se le conoció desde el principio como Atanasio Gammolo (camellero). Aparentemente, fue consagrado en 603, pero las crónicas miafisistas lo hacen continuador inmediato de Juliano, para ocultar la sede vacante. Dado que el miafisismo estaba perseguido, a Atanasio se le prohibió entrar en Antioquía y ejerció su gobierno desde el monasterio de san Zacarías, cerca de Callinicum. En 607 visitó al patriarca copto de Alejandría, Anastasio, también desterrado por la autoridad imperial al monasterio de Ennaton. La reunión de ambos recuperó la comunión de ambas sedes miafisistas, tras el cisma de 30 años provocado por Pablo II el Negro.

Así era la situación en Siria al comienzo del siglo VII: los ortodoxos, debilitados en número, constituían la Iglesia oficial, de raíces griegas y ligada al emperador. Los miafisistas eran fuertes en el campo y los monasterios, aglutinaban el sentimiento nacional siríaco (heredero directo del arameo) y estaban oficialmente prohibidos. La comunidad se hallaba herida de muerte por el cisma. Aquí terminan los grandes debates teológicos de la Antigüedad clásica: la Escuela de Antioquía, cuna del racionalismo aristótelico cristiano, tal vez la más importante fuente de pensamiento teológico de la Cristiandad clásica, tras haber dado gigantes como san Ignacio, san Teófilo, san Eustaquio o san Juan Crisóstomo, y también algunos de los más notorios heresiarcas de la historia, como Arrio de Alejandría, Pablo de Samosata, Teodoro de Mopsuestia o Nestorio, junto a nombres insignes y más controvertidos, como Luciano de Antioquía, Diodoro de Tarso o Teodoreto de Ciro, se agostó definitivamente. Había participado muy directamente en la definición tanto de la Trinidad como de la naturaleza hipostática de Cristo, influyendo en todas las controversias al respecto. Entre el pueblo sirio había triunfado el monofisismo alejandrino, mientras el difisismo (más específicamente antioqueno) había sido proscrito. Con ella desapareció el último resplandor de la filosofía clásica en el pensamiento cristiano. Comenzaba en Siria la Edad Media, un período marcado por el hierro y el fuego, la guerra y la persecución. Y la Iglesia la afrontaba dividida.


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La invasión persa

Hemos de volver los ojos de nuevo a la política. Los emperadores que siguieron a Justiniano establecieron la ortodoxia como fe oficial y prohibieron el miafisismo. Para desgracia del imperio, otros factores entraron en juego para que la estabilidad no pudiese alcanzarse.

Paradójicamente, la decadencia comenzó gracias a una afinidad insólita: la del emperador Mauricio (582-602) y la del rey persa Cosroes II (590-628), que había logrado recuperar el trono gracias a la ayuda del romano. El persa le juró amistad eterna, y así hubo paz entre ambos imperios. Por desgracia, Mauricio era impopular entre los soldados por sus recortes en gastos militares, y una rebelión del ejército en 602 provocó su caída y ejecución, siendo sustituido por el general Focas. Con la excusa de haber dado refugio en su corte al primogénito de Mauricio, Teodosio (o probablemente alguien que se hacía pasar por él), Cosroes II inició la última, mayor y definitiva guerra de los persas contra los romanos. Cosroes comenzó la invasión auxiliando al general Narsés, leal a Mauricio y que no había reconocido a Focas, sitiado en Edesa de Siria por las tropas leales al usurpador. En varias batallas derrotó a las tropas de Focas y tomó la fortaleza de Daras (Alto Eufrates).

Para aumentar la confusión, el gobernador de África, Heraclio, se rebeló, y el emperador no tuvo más ocurrencia que promulgar en 609 d.C varios edictos contra los judíos. Estos provocaron revueltas en varias ciudades, siendo la más significativa en Antioquía, donde se unieron a grupos de sirios enemigos de Focas (el llamado “partido de los Verdes” creado a partir de un club de aficionados a las carreras). En estas revueltas murió el patriarca ortodoxo Anastasio II (considerado mártir por la Iglesia) y la ciudad cayó en la anarquía. Focas envío como comes Orientis (gobernador) a su amigo Bonus, que restableció el orden con una gran represión sobre los judíos y los “Verdes”. Heraclio desembarcó en Egipto y derrotó a Bonus, conquistando la rica provincia.

Mientras el imperio Oriental caía en la anarquía, los persas avanzaban por el valle del Éufrates. En una larga campaña entre 609 y 610, tomaron toda Mesopotamia, Siria Oriental y Armenia. Ese año finalmente cayó Focas y Heraclio fue coronado emperador con la ayuda del influyente yerno de Focas, el general Prisco. Intentó hacer la paz, afirmando que muerto el usurpador y ejecutor de Mauricio, este había quedado vengado. Pero el victorioso Cosroes II ya no se iba a detener, e insistía en entronizar a su títere Teodosio. Heraclio se enemistó con Prisco y le sustituyó por generales incompetentes. En 612 d.C, los persas rompieron las defensas y se precipitaron sobre Siria.

Antioquia fue saqueada, miles de ciudadanos deportados y el patriarca Gregorio II (610-620), elevado a la muerte de Anastasio II, hubo de huir a Constantinopla. Una nueva derrota de las tropas romanas al mando del emperador en Cilicia cortó el imperio en dos. Cosroes II se precipitó por toda Siria y Palestina, tomando con facilidad Damasco y Jerusalén, donde se llevó en triunfo la reliquia de la Vera Cruz. Los miafisistas no ofrecieron resistencia a los persas, pues la esposa favorita del shah compartía su fe, y de hecho Cosroes había perseguido al cristianismo nestorianista en su reino, favoreciendo a los miafisistas. Idéntica actitud tuvo en Siria, por lo que la comunidad no calcedoniana, bajo el gobierno de su patriarca Gammolo, vivió una breve época de esplendor, protegidos por el monarca persa. Durante esos años florecieron varios autores jacobitas. Tomás de Heraclea hizo una nueva recensión y traducción del Nuevo Testamento al siríaco, y Pablo de Tella revisó el Antiguo Testamento a partir de los Hexaplos de Orígenes (versión llamada siro-hexaplena). El propio Atanasio escribió una Vida de Severo de Antioquía en siríaco.]

Así estuvo Siria durante 15 años, mientras las tropas de Cosroes avanzaban imparables por Egipto y Anatolia y llegaban a sitiar Constantinopla en una larga guerra. Los padecimientos de la Iglesia terminaron finalmente en 627, tras la decisiva victoria de Heraclio en la batalla de Nínive. En la paz que siguió, los persas evacuaron todas sus conquistas, y Siria volvió a poder del emperador. El patriarca melquita, Anastasio III (620-628) regresó solemnemente a la ciudad. La ortodoxia volvió a ser establecida como religión oficial.


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El monoenergismo

Tras la derrota persa, Atanasio Gammolo reorganizó las comunidades miafisistas en Mesopotamia, aprovechando la protección que el sucesor de Cosroes II mantuvo. Estás quedaron articuladas en torno a la diócesis de Tikrit, al mando del primer mafriano (término siríaco para metropolitano), Marutha, cuya principal labor fue contrarrestar a los preponderantes difisistas de la Iglesia de Oriente.

La colaboración plena de los miafisistas con el enemigo puso de manifiesto la profunda separación que la mayor parte del pueblo sirio (y el egipcio, y el armenio) sentía hacia el imperio y la fe ortodoxa. Preocupado, Heraclio pidió a su amigo Sergio, patriarca de Constantinopla, ensayar una nueva fórmula para acabar con el cisma.

Con el respaldo imperial, en el sínodo regional de Teodosiópolis de 622, Sergio propuso a los obispos una nueva definición de la relación entre las dos naturalezas de Cristo, llamada monoenergismo: Cristo habría tenido dos naturalezas, pero una sola “energía”. Dada la vaguedad que ese término suponía, todos los patriarcas ortodoxos se manifestaron dispuestos a firmarla. Entre los miafisistas armenios también recibió buena acogida.

En 629, Heraclio se reunió con Atanasio Gammonio para tratar sobre la reunificación de los miafisistas en base a la doctrina de la única energía de Cristo, prometiéndole reconocerle como patriarca de Antioquia (la sede aún estaba vacante tras la muerte del último titular melquita el año anterior). Atanasio se mostró favorable, pero evitó firmar ningún acuerdo hasta haber consultado con todos sus obispos. El patriarca de Alejandría, Ciro, también accedió en 631. Pero antes de que se pudiese realizar la unión, esta fue saboteada desde el bando ortodoxo: el monje Sofronio elevó su voz contra la nueva doctrina, con mayor fuerza al ser elevado a la sede patriarcal de Jerusalén. Tras el sínodo regional de Chipre de 634, acusó en su epistola synodica al monoenergismo de ser una variante bastarda del monofisismo. Pronto, muchos de los obispos que habían aprobado la propuesta imperial se fueron desdiciendo.

Desesperado, Sergio de Constantinopla escribió al papa Honorio en 635 pidiendo su respaldo. Este contestó en una carta, sosteniendo su autoridad y declarando que el monoenergismo no era contrario a la ortodoxia, pero se negó a definirlo como dogma. Para entonces las críticas de la epistola synodica habían hecho fortuna entre los obispos, y Heraclio y Sergio- temiendo un cisma entre los ortodoxos- abandonaron la doctrina del monoenergismo. Finalmente fue nombrado Macedonio como patriarca de los ortodoxos griegos de Antioquia. Para entonces Siria ardía en otra guerra de ocupación, y esta sería definitiva.


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La invasión árabe

En efecto, es sabido que Mahoma unificó en las primeras décadas del siglo VII a las tribus árabes por la espada y la predicación de una fe sincrética entre judaísmo y cristianismo difisista que afirmaba haber recibido de Dios directamente, y que llamó Islam (sumisión). Los contactos con Siria venían de la frontera oriental, al sur del Éufrates, donde se hallaba el reino árabe miafisista de los Ghassanidas, aliado tradicional del imperio. En 629 ya había existido un primer contacto, cuando Mahoma envió un ejército contra el rey ghassanida Shurahbil ibn Amr en represalia por haber ordenado matar a su emisario cuando le exigió someterse al islam y su profeta. Reforzados por guarniciones imperiales, los ghassanidas entablaron la batalla de Al Karak (o Mu´tah para los árabes), rechazando a los atacantes, entre los cuales se hallaba Jalid ibn al-Walid.

Tras la muerte de Mahoma en 632, su sucesor Abu Bakr logró afirmarse como califa (“comendador de los creyentes”) de los musulmanes. En abril de 634 convocó la guerra santa contra Siria, y cuatro columnas de ejércitos árabes invadieron Palestina por el sur, conquistando Petra y progresando hacia el norte. Heraclio ordenó convocar un ejército para repelerlos, y el califa llamó al célebre Jalid ibn al-Walid, que había obtenido grandes victorias contra los persas en Mesopotamia. Jalid entró desde el oeste con su ejército, aplastó a los ghassanidas en las batallas de Qarteen y Majr al-Rahit, tomando su capital Bosra en julio de 634 y poniendo fin al reino árabe cristiano.

Entonces Jalid enfrentó a las tropas imperiales dirigidas por Teodoro, hermano del emperador, en la batalla de Ajnadayn (al norte de Palestina), donde los musulmanes vencieron claramente. Tras un mes de asedio, Jalid tomó Damasco, pero durante el mismo murió Abu Bakr, eligiendo a Umar como nuevo califa, y eso paralizó momentáneamente las operaciones. Durante 635 el ejército musulmán fue conquistando progresivamente las plazas fuertes romanas en la costa de Palestina y penetró en Siria hasta Emesa, mientras Heraclio reunía nuevas tropas en Antioquía. El contraataque tuvo lugar finalmente en la primavera de 636; el ejército imperial reconquistó Emesa y Damasco, y a mediados de agosto tuvo lugar el encuentro definitivo al este del lago de Genesaret, en la gran batalla del río Yarmuk. Allí la caballería ligera árabe fue decisiva para derrotar completamente a los numéricamente superiores romanos. Al conocer la noticia, Heraclio, abatido y exhausto, abandonó Antioquia con las reliquias de la Vera Cruz, embarcándose hacia Constantinopla. Dice la leyenda que al partir en su nave exclamó: “adiós, mi bella provincia de Siria; perteneces a un enemigo ahora. ¡Qué hermoso premio para el infiel!”. Jerusalén, Cesarea, Gaza, Alepo, Calcis, Trípoli, y al fin la propia Antioquia fueron cayendo tras sitios más o menos prolongados entre septiembre de 636 y diciembre de 637. Siria había dejado de pertenecer a la historia del Imperio romano, para pasar a formar parte del califato musulmán de los árabes.


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El monoteletismo, el último intento de reconciliación

En 638 murió Sofronio de Jerusalén, y Sergio propuso al emperador la doctrina del monoteletismo: Cristo había tenido dos naturalezas pero una sola voluntad (olvidándose de energías). Heraclio publicó el monoteletismo como ortodoxo en un edicto llamado Echtesis, que fue aceptado por los patriarcas de Oriente (incluyendo el sustituto de Sofronio en Jerusalén, y a Pirro, sucesor del propio Sergio, que murió a finales de ese año). Por desgracia, lo que se provocó fue un grave conflicto con Occidente. Muerto Honorio, partidario de la unión, su sucesor Severino condenó el monoteletismo, haciéndose eco de la oposición de los obispos occidentales. El papado y los patriarcas de Constantinopla (acérrimos monoteletistas) entraron en un grave conflicto, con las consecuencias políticas que podemos imaginar, dado que Roma estaba dominada por tropas imperiales. La excomunión mutua en 649 entre el papa Teodoro y el patriarca Pablo II significó el cisma y marcó el punto álgido de la disputa. Lo que había pretendido ser la reunión de calcedonianos y no calcedonianos había concluido en una grave crisis entre los ortodoxos de oriente y occidente. Heraclio murió en 641, anciano y abatido, lamentando en su lecho de muerte haber publicado la Echtesis. Para entonces, toda la disputa sobre la simple o doble voluntad de Cristo era sólo un rumor lejano para los cristianos de Siria, sometidos al islam.

Las controversias hipostáticas, de la cual el monoteletismo fue la última relevante, habían ido perdiendo intensidad teológica con el tiempo, ganando en importancia política, sin perder jamás la pasión que los cristianos de la antigüedad, muy particularmente los orientales, sentían por poder definir con exactitud la verdad acerca de la naturaleza de la Trinidad y de Cristo. No obstante, resulta patente la diferencia que hay entre la controversia arriana, donde se jugaba nada menos que considerar o no Dios a Cristo, fundamental en la comprensión de su mensaje y misión, y las virulentas disputas surgidas tras el concilio de Calcedonia. En este último, así como en los sucesivos conflictos que le siguieron, la diferencia entre el campo ortodoxo y el miafisista se recudía a considerar si la divinidad y humanidad de Cristo residían en una sola o en dos naturalezas. Si bien este detalle no carece de importancia doctrinal, es obvio que no parece decisivo para el plan de salvación de personas y naciones. No obstante, las disputas, persecuciones y odios que suscitó, y que acabaron causando la ruptura del imperio de Oriente y la separación espiritual de Siria y Egipto con Grecia, fueron mayores, de consecuencias más duraderas y de importancia histórica más relevante que las profundas discusiones sobre la ousía de Jesucristo. Visto con los ojos actuales, cuando la Iglesia ha sufrido las durísimas pruebas del libre examen protestante o el modernismo liberal, resulta casi anecdótico el motivo de una fractura tan radical y traumática entre los fieles cristianos orientales. Siria fue una da las que más intensamente sufrió esa fractura

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