Siguiendo la estrella

El 6 de enero la Iglesia celebra la Epifanía del Señor, la exaltación por todas las naciones gentiles de la tierra, representadas en los Reyes Magos, del Salvador del Mundo. Dios hecho hombre en un humilde portal de Belén.

El relato lo hallamos en el segundo capítulo del Evangelio de Mateo. “Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en el tiempo del rey Herodes [El Grande], unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? Pues hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo”. En el siglo I mago era el nombre que recibían los miembros de la casta sacerdotal del culto mazdeísta en Persia. Eran hombres sabios y respetados que combinaban las enseñanzas de Zoroastro con antiguas tradiciones sacerdotales de los caldeos, como la contemplación astral. Más aún, eran aristócratas, nobles y con frecuencia miembros de la estirpe de los reyes arsácidas.

Entre sus atribuciones estaba observar la naturaleza e interpretar sus fenómenos como signos de la divinidad hacia los hombres. En aquella época no existía una diferencia cabal entre astronomía y astrología. Los magos, encaramados a sus antiguos observatorios, contaban, medían y registraban el número de estrellas y su posición según el momento del año, calculando el calendario con la escrupulosidad de un investigador moderno, pero también leían en los movimientos estelares el influjo celeste sobre las vidas de las naciones y los hombres, principalmente aquellos destinados a hechos relevantes, confeccionando las cartas astrales. Eran realmente los científicos de su época, que trataban de deducir leyes constantes en los fenómenos de la naturaleza.

Según muchos escrituristas, la estrella que los magos vieron sería algún tipo de cometa, aunque podría tratarse de otro fenómeno más inusual. En sus tradiciones adivinatorias, una estrella móvil como aquella señalaba un acontecimiento importante, con probabilidad el nacimiento de un personaje relevante. Algo se encendió en sus corazones y les impulsó a emprender viaje para encontrar aquello que el astro errante anunciaba. No formaban parte del pueblo elegido, pero creían en las enseñanzas de Zoroastro, y sus mentes estaban abiertas a escuchar la palabra de Dios.

Su viaje les condujo desde los templos escalonados de Babilonia hacia occidente, hasta las fronteras del reino de Judea. Supusieron que sin duda el fenómeno celeste anunciaba el nacimiento de un gran rey de los judíos. Con la candidez propia de quién permanece más atento a la observación de la naturaleza celeste que de la naturaleza humana, preguntaron al rey Herodes Asmoneo, el más cruel que ascendiera al trono de Judea, “¿dónde va a nacer el rey de los judíos?”. No sabían que estaban apelando a la profecía mesiánica que los judíos llevaban esperando desde la pérdida de su reino. Se sobresaltó Herodes, con razón, ante la perspectiva de un rival que naciera rodeado de portentos para restablecer el trono de David, pues eso suponía que su dinastía extranjera (su padre era idumeo) sería apartada. Tras aleccionar a los magos para que le informaran de sus investigaciones, este Herodes arquetípico del egoísmo y el rechazo a los designios divinos que todo poder temporal conlleva, les envió a Belén, la tierra señalada por el profeta.

Sigue contándonos Mateo: “Ellos, después de oír al rey se marcharon, y la estrella que habían visto en oriente iba delante de ellos hasta que fue a posarse sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra”. Los magos se alegraron de ver la estrella, pues eso confirmaba sus observaciones, y uno se pregunta qué sintieron al ver que les conducía hasta una humilde casa en un pequeño pueblo de las montañas. El personaje al que el cielo señalaba como un gran rey había nacido pequeño y pobre, sin aclamaciones, sin fanfarrias, sin palacios lujosos ni masas alborozadas. Pero los magos no se dejaron influir por las apariencias. Sus investigaciones les habían indicado que la estrella señalaba un acontecimiento trascendente, y su fe les calentó el corazón lo suficiente para postrarse ante aquel niño en brazos de su madre, y ofrecerle los regalos que señalaban su naturaleza regia, sacerdotal y divina.

Una reflexión me mueve este episodio, al margen de la tradicional interpretación de la Iglesia. En ese año 1, en ese pequeño hogar, esta visita ilustra no solo el reconocimiento de los gentiles o los reyes de la tierra al nuevo Salvador que nacía, sino también (y no menos importante) el de unos hombres de ciencia, de unos investigadores que escudriñando los fenómenos naturales supieron también llegar hasta aquel humilde portal en Belén. Dios puso en el cielo los signos necesarios, tal vez no sobrenaturales, pero sí suficientemente indicativos para el ojo experto, y puso en sus corazones la humildad de reconocer que las leyes de la naturaleza hablan de su Creador, y fiando en ellas les condujo hasta Jesucristo.

A lo largo de la historia han sido muchísimos los científicos que han llegado a la fe a través de su trabajo y sus investigaciones, al abrir su corazón al camino que les señalaba la naturaleza, aquella a la que consagraron sus sentidos y su intelecto. Que los científicos actuales, que hoy en día “observan el movimiento de los astros”, sigan también el mismo camino que llevó a los sabios desde oriente hasta una humilde casa de Belén.

“¿Quién qué viva en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al arquitecto de todas estas cosas?” (Nicolás Copérnico, 1473-1543).
“Dios es grande, grande es su poder, infinita su sabiduría. Alábenle, cielos y tierra, sol, luna y estrellas con su propio lenguaje. ¡Mi Señor y mi Creador! La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciar a los hombres en la medida en que mi limitada inteligencia pueda comprenderla” (Johhanes Kepler, 1571-1630).
“Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo, no ha podido sino salir del plan de un Ser omnisciente y omnipotente” (Isaac Newton, 1642-1727).
“He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente, y me he postrado de hinojos en adoración” (Carl Linneo, 1707-1778).
“¡Cuán grande es Dios y nuestra ciencia una nonada!” (André Marié Ampere, 1775-1836).
“Soy cristiano, o sea creo en la divinidad de Cristo, como todos los grandes astrónomos, todos los grandes matemáticos del pasado” (Augustin-Louis Cauchy, 1789-1857).
“La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos la naturaleza” (Justus von Liebig, 1803-1873).
“Acabo mi vida con una convicción que brota de lo más hondo de mi corazón: la verdadera ciencia y la verdadera filosofía no pueden ser otra cosa que una propedéutica de la religión cristiana” (Robert Mayer, 1814-1878).
“El argumento máximo de la existencia de Dios me parece que es la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido fruto del azar” (Charles Darwin, 1809-1882).
“De contemplar el cielo a Dios hay un trecho corto” (Pietro Angelo Secchi, 1803-1895).
“Mi máximo respeto y mayor admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos: Dios” (Thomas Alva Edison, 1847-1931).
“Me hice creyente a mi manera por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto esté a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre ciencia y religión” (Carl Ludwig Schleich, 1859-1922).
“Dios está para el creyente en el principio de sus discursos, para el físico, en el término de los mismos” (Max Planck, 1858-1947).
“Puedo por mi parte aseverar con toda decisión que la negación de la fe carece de toda base científica. A mi juicio, jamás se encontrará una verdadera contradicción entre ciencia y fe” (Robert A. Millikan, 1868-1953).
“Todo aquel que está comprometido seriamente con el cultivo de la ciencia llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre, y ante el cual nosotros, con nuestros poderes, debemos sentirnos humildes” (Albert Einstein, 1879-1955).
“La obra más magnífica es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica” (Erwin Rudolf Schrödinger, 1887-1961).
“Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando en profunda adoración” (Wehrner von Braun, 1912-1977).
“La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que podemos explicar. El misterio de la existencia sólo puedo explicármelo mediante lo sobrenatural” (Allan Sandage, 1926-2010).
“La inteligencia tuvo algo que ver con la creación de las leyes del universo” (Charles Hard Townes, 1915).

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4 comentarios

  
Ano-nimo
Luis:

Extraordinario artículo, me ha encantado. Ante las maravillas del firmamento y de la naturaleza es incomprensible que existan científicos ateos. Quizás sea todo un problema de soberbia intelectual; de creer que la inteligencia humana lo puede todo, y de ahí que recurran al típico tópico de la ignorancia como base de la creencia en Dios (ya nos conocemos el discurso, que por cierto, más que de los científicos es de los cientificistas). Pero lo único que pasa es que están sordos, ciegos y secos; son muertos que matan todo lo que tocan (si se les deja, claro).

Un cordial saludo y gracias por el artículo.
06/01/12 11:56 PM
  
Yolanda
¡Admirable! ¡Hacía falta este post!

De entre todas esas hermosas citas, la de Linneo es, sencillamente, estremecedora.

(aunque no tan bellas, las de Robert A. Millikan o la Robert Mayer -que podría firmar san Justino a principiso del siglo II- me han encantado)
07/01/12 12:08 AM
  
Ricardo de Argentina
Vengo justamente de publicar en el blog de Daniel Iglesias un comentario acerca de que la verdadera ciencia jamás confronta con la Fe. Y que cuando ello aparentemente sucede, es que no hay verdadera ciencia sino cientifismo.
Es lo que hacen algunos científicos cuando, saliéndose del campo del objeto propio de su disciplina, se tiran en aguas de la Filosofía o de la Teología para darle un barniz respetable a una ideología, por lo general anticristiana.

Está buenísimo tu artículo, Luis Ignacio, para que quede evidente que es la mismísima Revelación la que nos enseña que la Fe Verdadera y la Ciencia Verdadera están llamadas a colaborar, jamás a confrontar.
Y que si lo hacen, es porque lo que llaman "ciencia" está instrumentalizada por los dogmas de una encubierta ideología.
07/01/12 5:54 AM
  
César Fuentes
Gracias, Luis. La ciencia como instrumento para llegar hasta-donde es posible-la luz, no para oscurecer al hombre y alejarlo de aquella.

Gracias.
08/01/12 9:31 PM

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