¡Participar es orar! (IV)

Tal vez incluso alguien se sorprenda al identificar estos dos verbos, participar = orar, y sin embargo no hay participación verdadera sin oración y la oración (personal y común en la liturgia) es un modo importantísimo de participación.

  La liturgia es, ante todo, oración, la gran oración de la Iglesia que se une a Jesucristo y participar, por tanto, será orar en la liturgia, orar la liturgia. “La liturgia es también participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es enraizado y fundado (cf Ef 3,16-17) en “el gran amor con que el Padre nos amó” (Ef 2,4) en su Hijo Amado. Es la misma “maravilla de Dios” que es vivida e interiorizada por toda oración, “en todo tiempo, en el Espíritu” (Ef 6,18)” (CAT 1073). Y también enseña el Catecismo cómo la liturgia es una de las fuentes de la oración, durante la liturgia misma y después de la liturgia, a modo de prolongación e interiorización:

  “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf Institución general de la Liturgia de las Horas, 9)” (CAT 2655).

  Durante la liturgia, se participa orando. El sacerdote pronuncia las distintas oraciones en nombre de todos, de manera clara y con unción: “El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo” (IGMR 78). Los fieles se adhieren y prestan su consentimiento a las oraciones que el sacerdote recita en su nombre con la respuesta “Amén”: “El pueblo uniéndose a la súplica, con la aclamación Amén la hace suya la oración” (IGMR 54; 77; 89); “Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo” (IGMR 79).

 Ora el pueblo (y eso es participar) en la confesión común del acto penitencial (“Yo confieso”), ora también recibiendo la Palabra de Dios leída dirigiéndose a Dios en acción de gracias (“Te alabamos, Señor”, “Gloria a ti, Señor Jesús”). Ora e intercede en la llamada “Oración de los fieles”, porque son los fieles los que oran a cada intención que se les propone: “Señor, escucha y ten piedad”, “Te rogamos, óyenos”, “Kyrie eleison”. Esa es su oración, la de los fieles, intercediendo como pueblo sacerdotal: “En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos” (IGMR 69). Los fieles participan rezando juntos, a una voz, el Padrenuestro con sentimientos filiales (“El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración”, IGMR 81) y aclaman a Dios: “tuyo es el reino, tuyo el poder”.

Esa oración en común, a una sola voz y con un solo corazón, es verdadera y santa participación en la liturgia.

  La participación litúrgica activa, interior, fructuosa, requiere la audición de los textos litúrgicos proclamados con voz clara, recitando con sentido. Es curioso ver cómo a veces algún sacerdote introduce alguna monición y habla con voz cálida, clara, y después al pasar a recitar el texto litúrgico, acelera, apresura el ritmo, se apaga la voz, y omite toda entonación y cualquier pausa. Las oraciones pasan rápido, como un trámite, incomprensibles. La participación litúrgica sin embargo lleva a la comunión en la oración, y por eso los textos eucológicos deben ser orados realmente, bien recitados, para decir conscientemente “Amén".

 Además, los textos litúrgicos expresan y reflejan la fe de la Iglesia. Nada ni nadie puede alterarlos por una creatividad salvaje. Esos mismos textos pasan a ser patrimonio de todos en la medida en que escuchados una y otra vez durante cada año litúrgico, van forjando la inteligencia cristiana del Misterio y se quedan grabados en la memoria. Así fue cómo la liturgia fue la gran catequesis (didascalia) de la Iglesia durante siglos: sus textos litúrgicos, claros, bien recitados, repetidos una y otra vez, transmitían suficientemente la fe eclesial. Luego es conveniente que en la oración personal, en el tiempo de meditación, acudamos de nuevo a estos textos para repasarlos, interiorizarlos, considerarlos.

  Sumemos a la oración en común, con las respuestas y plegarias recitadas a la vez por todos, los distintos momentos de oración personal silenciosa en la Misa y entenderemos mejor la participación litúrgica.

  Participar es orar y recogerse en silencio unos instantes en el acto penitencial: “el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, se lleva a cabo” (IGMR 51), y participar es orar en silencio a la invitación del sacerdote: “Oremos”. Todos en silencio se recogen en su corazón para orar personalmente a Dios; después el sacerdote extiende las manos y recita la oración colecta: “el sacerdote invita al pueblo a orar, y todos, juntamente con el sacerdote, guardan un momento de silencio para hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y puedan formular en su espíritu sus deseos. Entonces el sacerdote dice la oración que suele llamarse “colecta” y por la cual se expresa el carácter de la celebración” (IGMR 54).

  En silencio se ora acogiendo la Palabra de Dios que se ha proclamado, especialmente el silencio después de la homilía: “Además conviene que durante la misma [liturgia de la Palabra] haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, gracias a los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepare la respuesta” (IGMR 56); “es conveniente que se guarde un breve espacio de silencio después de la homilía” (IGMR 66), “para que todos mediten brevemente lo que escucharon” (IGMR 128).

  Igualmente se ora en silencio antes de la comunión, cuando el sacerdote una vez que ha fraccionado todo el Pan eucarístico reza en privado: “El sacerdote se prepara para recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles hacen lo mismo orando en silencio” (IGMR 84). Después de la distribución de la sagrada comunión, participar es también orar en silencio dando gracias: “Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno” (IGMR 88).

 Recordemos que el silencio no es un vacío en la liturgia que haya que rellenar como sea, sino un ingrediente necesario para poder orar personalmente, recogerse en lo interior, formular súplicas o dar gracias:

 “Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 45).

 Se ve con claridad que participar es orar, tanto en común como personalmente en la liturgia. Cuando se quiere fomentar la participación activa, interior, fructuosa, lo que debe hacerse es cuidar el sentido de orar en común con las respuestas y aclamaciones, orando lo que el sacerdote pronuncia para responder conscientemente “Amén” sabiendo qué hemos pedido y cuidar la participación será respetar sosegadamente los momentos previstos de silencio educando en la oración personal.

 

 

5 comentarios

  
maria
Este artículo tendría que ser enseñado en todas las clases de Liturgia fuera de su diócesis, porque se da por sentado en élla sus enseñanzas. La mayoria de las personas que conozco, que están en grupos de liturgia, en varias parroquias, solo entienden la participación en la Eucaristía si ''suben al ambón'',a veces es tan llamativo que da pena. Quisiera no ser tan pesimista o derrotista, pero hablo solo de lo que veo. Ojalá hubiera muchos sacerdotes como vd.que se preocupan de lkevar a cumplimiento las normas de la Liturgia. Gracias P. Javier.

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JAVIER:

Gracias, pero trabajo me cuesta. Lo de ir contracorriente... no es fácil.
25/08/17 10:57 AM
  
Carmen
Tal vez, si hubiera más oración personal fuera de la Eucaristía, entenderíamos mejor cuál es el papel de cada cual... Y cómo debe realmente asumirlo. El centro de la Misa es el Centro mismo de nuestra vida ordinaria, y a veces vamos como si lo realmente importante fuéramos nosotros mismos
25/08/17 12:23 PM
  
maria
Tiene mucha razónn oero qué pena que haya que decir que, en la Iglesis, hay que ir.contra corriente, cuando lo normal, es que.todos remáramos en la misma dirección.
25/08/17 12:37 PM
  
Miguel García Cinto
Padre Javier:
Siempre defiendo profundamente el silencio, en las funciones que realizo de sacristán accidental (función que no me gusta porque tengo que bregar para imponer el silencio), me veo obligado a soportar en ocasiones, los cánticos excesivos, el guitarreo de la canción "La paz esté con vosotros" a continuación de darnos la paz el celebrante, cuando expresa: "Daos fraternalmente la paz", parece una fiesta, muchísimos feligreses dándose la paz, cruzando pasillos, teniendo que esperar el celebrante, la continuación de a la Santa Misa con la fracción del pan.
El Señor le bendiga.
25/08/17 2:39 PM
  
Ignacio
Deberíamos aprender de la liturgia monástica, sobria y bella, y llevarla a las demás comunidades, sobre todo para la celebración de la Santa Misa. Y los días entre semana -salvo que caiga fiesta o solemnidad-, mejor es que la Misa sea completamente rezada, nada de canto, y que el celebrante recite las antífonas correspondientes del Misal, lo mismo que las oraciones del ofertorio. Y en lo demás, silencio, contestando cuando hay que contestar, y listo. Y al final, un Avemaría. Eso educa a los fieles en la oración contemplativa y silenciosa.

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JAVIER:

Los días feriales, ciertamente, mejor sin canto. En cuanto a la antífona de entrada: "Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector, leerán la antífona propuesta en el Misal, o si no el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a manera de monición inicial" (IGMR 48). Los ritos del ofertorio mejor en silencio, que es la primera opción que ofrece el Misal ("El sacerdote, en el altar, recibe o toma la patena con el pan, y con ambas manos la tiene un poco elevada sobre el altar, diciendo en secreto: Bendito seas, Señor, Dios. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal", IGMR 141). La antífona de comunión sin embargo no es obligatoria, "se puede" leer (IGMR 87). Lo del Avemaría al final de la Misa no aparece por ningún lado. Es un elemento devocional el que usted propone y acabaríamos otra vez sumando elementos de devoción a gusto de unos y otros.
25/08/17 4:43 PM

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