3.07.26

El número de cardenales del cónclave que eligió a León XIV

En los comentarios que ponen los lectores en InfoCatólica, resurgen una y otra vez algunas leyendas urbanas difíciles de erradicar, a pesar de ser evidentemente erróneas. Una de ellas es la de que León XIV no es realmente el Papa porque en el cónclave se superó el número máximo de cardenales electores.

Como todas estas leyendas urbanas o eclesiales, la de la invalidez del último cónclave parte de un hecho real. Es cierto que eso es lo que dice la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, aprobada por Juan Pablo II en 1996 (y modificada ligeramente por Benedicto XVI en 2013). En el número 33 se establece exactamente lo que indica la leyenda urbana: “El número máximo de Cardenales electores no debe superar los ciento veinte”.

También es cierto que este número máximo de electores se superó en el último cónclave, en el que hubo 133 cardenales. En cambio, en los cónclaves de 2005 y 2015, solo hubo 115 electores.

¿Quiere esto decir que la leyenda es cierta y León XIV no es el verdadero Papa? No, claro que no. Lo que quiere decir es que los que repiten esa leyenda no saben nada sobre cómo funcionan las leyes de la Iglesia.

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29.06.26

¿Dónde está, prisa, tu aguijón?

El otro día, iba por la mañana en el coche y, como es habitual en las ciudades, tenía prisa. No sé si los lectores habrán experimentado el mismo fenómeno paranormal, pero, por alguna razón, en cuanto uno tiene prisa, los demás conductores se transforman por arte de magia en caracoles reumáticos o tortugas bamboleantes, según su sexo. Nadie conduce ágilmente. Se pone en verde el semáforo y hay que esperar media hora a que arranquen. Parecen dedicados a contemplar el paisaje con toda la calma del mundo, parándose a cada instante para oler una flor o meditar sobre la relación entre el sentido de la vida y el chocolate con churros.

Como imaginarán, mi impaciencia iba aumentando sicut volcanus immensus, apretaba con fuerza el volante y mis pensamientos sobre los demás conductores estaban lejos de ser caritativos. Por fortuna, vino en mi ayuda (no por primera vez), la costumbre automática de recitar el ángelus por la mañana.

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25.05.26

Oh feliz culpa

Cuando era niño, me fascinaba escuchar a mis abuelos hablar de mártires que ellos habían conocido.  No en el tiempo de los romanos ni en tierras exóticas de misión, sino ¡en tiempos de mis abuelos y en España! Incluso tenemos en la familia una reliquia de uno de aquellos mártires: un trocito de hueso de un sacerdote ejemplar, que fue a la muerte mansamente, como cordero llevado al matadero.

Eran historias de combate abierto entre la luz y las tinieblas, entre la fe y el mundo, entre la esperanza y la desesperación. Casi como un apocalipsis antes de tiempo. Tiempos de horror y muerte, pero también de fidelidad, heroísmo y gloria.

No me entiendan mal. Soy muy consciente de que el campo de la luz y el de las tinieblas no pueden identificarse por completo con ningún bando en guerra en ningún conflicto humano. Uno de los bandos puede ser muy preferible a otro, como en este caso, pero, aun así, las trincheras de la lucha espiritual recorren el corazón de cada ser humano, sea cual sea su bandera. Hasta el último aliento, la salvación (o la condenación) no están aseguradas para nadie.

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21.05.26

Si el viaje del Papa fuera esto, sería mejor que no viniera

Acabo de ver un vídeo hecho por la Conferencia Episcopal para promover la visita de León XIV a España que me ha enviado un lector. A pesar de haber visto de todo ya en mi vida, me ha invadido una abrumadora vergüenza ajena. Qué bajo hemos caído. Qué bajísimo.

Francamente, si el viaje del Papa tuviera algo que ver con este penoso vídeo, sería mejor que no viniera a España. Para traernos la misma banalidad sentimentaloide que encontramos por doquier en la sociedad poscristiana y apóstata, no merecería la pena. Estaría dedicando su tiempo y sus esfuerzos a llevar nieve al polo norte. Por fortuna, si Dios quiere, el viaje del Papa será mucho más que lo que refleja esa publicidad tontorrona, acomplejada y completamente desprovista de fe.

¿Creen que exagero? Véanlo ustedes mismos:

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16.05.26

La fe en los jóvenes

Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

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