14.01.13

Juan concibió el Concilio, Pablo lo dio a luz

Pablo VI fue llamado el mártir del Concilio

RODOLFO VARGAS RUBIO - ALBERTO ROYO MEJÍA

En el cónclave que siguió al fallecimiento del beato Juan XXIII resultó elegido el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, antiguo estrecho colaborador del venerable Pío XII y a quien había creado cardenal el beato Juan XXIII en su primer consistorio, el 15 de diciembre de 1958). Su elevación a la cátedra de Pedro no había sido una sorpresa para nadie, pues había sido patrocinada por poderosos personajes del Sacro Colegio pertenecientes a la ahora muy influyente ala liberal (los cardenales Frings y Liénart, los mismos que desde el primer día habían armado la revolución en el Concilio). En un cónclave no se proclaman candidatos ni se organizan campañas electorales al modo de las democracias en el mundo político civil. No hay programas que discutir ni mítines ni debates públicos. No obstante, existen mecanismos sutiles mediante los cuales un cardenal papabile (con reales posibilidades de resultar elegido) es promovido, lo cual lo convierte en papeggiante (o sea aquel que cuenta con apoyos concretos además de posibilidades). Montini fue ambas cosas.

Frings y Liénart consiguieron que su colega de Bolonia, Giacomo Lercaro (1891-1976), organizara una recepción informal en la casa de campo que su gentilhombre de cámara Umberto Ortolani (más tarde hombre clave de la Logia P2 junto con Licio Gelli, del cual se dice fuera la eminencia gris) tenía en Grottaferrata, cerca de Roma. Fue allí donde se consiguieron los votos que luego, en el cónclave, permitirían hacer Papa a Montini. Dicho sea de paso, por aquellos días arreciaba el escándalo provocado por la pieza teatral de Rolf Hochhutz “El Vicario”, en la que se acusaba a Pío XII (muerto cinco años antes) de haber callado ante el holocausto judío perpetrado por los nazis por connivencia con ellos. Indignado, el cardenal Montini, antes de entrar en cónclave, envió al periódico británico “The Tablet” una enérgica carta de protesta y de defensa del Papa Pacelli (a cuyo lado había trabajado un cuarto de siglo desde los tiempos en que éste fue Secretario de Estado de Pío XI). La carta fue publicada ya electo como Pablo VI y constituye el mejor alegato a favor de la inocencia del gran pontífice.

Durante el cónclave, el ala tradicional —capitaneada por Ottaviani— opuso a la candidatuta liberal la de Ildebrando Antoniutti (pues el cardenal Siri de Génova, ya delfín de Pío XII y candidato deseado, no había querido entrar en liza), pero no consiguió impedir una elección que estaba ya decidida desde 1958, cuando no fue posible por no ser Montini cardenal. Ahora que lo era no estaban dispuestos sus valedores a perder esta oportunidad. Así fue cómo, el 21 de junio de 1963, el arzobispo de Milán se convirtió en Pablo VI, siendo coronado el 30 por Ottaviani, en su condición de protodiácono del Sacro Colegio (detalle que sería irónico si no fuera por el profundo sentido de Iglesia que caracterizó siempre al combativo cardenal). Pablo VI manifestó inmediatamente, por supuesto, su voluntad de proseguir el Concilio, si bien era consciente de las dificultades que se presentaban. No en vano, cuando el Cardenal Montini recibió en su día la noticia de la convocatoria del Vaticano II, su primera reacción fue decir: “¡Menudo avispero!”, como han declarado testigos presenciales en su Proceso de Canonización.

Por su parte, los manejos del cardenal Döpfner continuaban. El 9 de julio convocó a todos los obispos alemanes y austríacos a una conferencia en Fulda (lugar tradicional de reunión del episcopado germánico). Se inauguró el 26 de agosto con la asistencia de más de 70 arzobispos y obispos, no sólo germanófonos sino también de los Países Bajos, Francia, Bélgica y los países del Norte de Europa. El evento será decisivo para la marcha futura del Vaticano II. En Fulda se redactó un grueso volumen conteniendo esquemas sustitutivos de los de la comisión antepreparatoria, con comentarios éstos últimos. La tarea estuvo dirigida por Karl Rahner, peritus del cardenal Franz König (1905-2004), arzobispo de Viena. En ella colaboraron activamente los padres Grillmeier y Semmelroth y el Prof. Ratzinger.

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2.01.13

Gema Galgani: La joven que desconcertó a los científicos

110 AÑOS DE LA MUERTE DE LA PRIMERA SANTA DEL SIGLO XX

Gema Galgani nació en 1878 en Camigliano, un pequeño pueblo de la provincia de Lucca (Italia), en el seno de una familia era de condición modesta: el padre farmacéutico y la madre ama de casa. Gema tuvo una infancia normal, asistió a la escuela pública de Lucca, donde la familia se había mudado, y tenía muchos amigos. Pero aquella normalidad fue destrozada por pruebas durísimas. En 1886 su madre murió, con solo 39 años, en 1894 su hermano Gino que era seminarista, con 18 años, y en 1897 su padre. A estas muertes siguieron un colapso económico de la familia, pues como resultado de la generosidad del padre, de la falta de escrúpulos de sus contactos en negocios y de sus acreedores, sus hijos se quedaron sin nada, y no tenían siquiera los medios para mantenerse.

Para Gema comenzaron también por aquella época una serie de enfermedades, algunas de ellas graves. Gema pronto comenzó a enfermar. Se le desarrolló una curvatura en la columna vertebral y le dio también una meningitis dejándola con una pérdida de oído temporal. Largos abscesos se le formaron en la cabeza, el pelo se le cayó, y finalmente las extremidades se le paralizaron. Un doctor fue llamado y trató muchos remedios, los cuales fallaron y ella sólo se puso peor. Gema comenzó entonces su devoción al entonces Venerable Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista popularísimo en Italia, hoy canonizado. Además, en el invierno de 1898, fue curada milagrosamente por intercesión de Santa Margarita María de Alacoque de otra de las enfermedades.

Estas pruebas permitieron a Gema hacer grandes progresos en la vida espiritual. Siempre había tenido facilidad para la vida de piedad y había llegado a tener una gran familiaridad con Jesús, ya en la escuela llenaba sus cuadernos con pensamientos espirituales y oraciones. Y así, creciendo progresivamente en la vida espiritual, recibió extraordinarios dones místicos: sentía claramente junto a sí la presencia del ángel de la guarda y hablaba con Jesús y María.

Hasta que le fue concedido el don de los estigmas. Ella narra el acontecimiento: “Estábamos en la tarde del 8 de junio de 1899, cuando, de repente, siento un dolor interno por mis pecados… Jesús se apareció, tenía todas las heridas abiertas, pero de aquellas heridas ya no salía sangre, salían como unas llamas de fuego, que tocaron mis manos, mis pies, mi corazón. Me sentía morir...” No se puede pasar por alto el parecido de esta descripción a la que hizo San Pío de Pietrelcina sobre su estigmatización ocurrida el 20 de septiembre de 1918. Las heridas profundas en las manos, los pies y el costado se reabrían todos los jueves a las 8 de la tarde y los viernes a las 3, y este raro fenómeno venía acompañado por éxtasis. Para disimular las llagas usaba guantes.

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19.12.12

Sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX

UN HOMENAJE A TANTOS SACERDOTES BUENOS

Hacemos un paréntesis en la sucesión de artículos sobre la historia de la Iglesia para anunciar la publicación del libro “Sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“, escrito por dos sacerdotes de Getafe, uno de ellos el que se encarga de este blog, Alberto Royo Mejía, y el otro José Ramón Godino Alarcón, joven experto en historia de la Iglesia. Se trata de la vida y obra de una selección de 46 sacerdotes de diferentes países que en el siglo XX dejaron una huella especial.

Como bien dicen los autores en el prólogo, dedicar un libro a todos los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX sería una labor prácticamente imposible pues, en realidad, casi todos los cientos de miles de sacerdotes -seculares y religiosos- que vivieron y ejercieron su ministerio en dicho siglo dejaron huella de un modo o de otro. La mayoría una huella buena, pues pasaron por el mundo haciendo el bien, como su Divino Maestro; y unos pocos dejaron una huella mala, vergonzosa, pero de ellos mejor ni acordarse.

Huella buena dejaron los sacerdotes que vivieron abnegadamente, según la llamada que un día recibieron del mismo Señor y, por tanto, celebraron y administraron los sacramentos con amor, predicaron la Palabra de Dios con tenacidad, buscaron el bien de las almas a ellos encomendadas y se asemejaron a Cristo pobre y humilde, sin buscar su propia gloria, sino la mayor gloria de Dios. Los que vivieron así, sin duda, dejaron huella. Muchos no habrán salido en los periódicos ni habrán recibido condecoraciones; incluso no habrán hablado a multitudes si su ministerio no lo requería, pero dejaron huella por donde pasaron, en los que bautizaron, confesaron, casaron, alimentaron con el Cuerpo del Señor, prepararon para la buena muerte o enterraron; en los que aconsejaron, consolaron o guiaron; en los niños a los que enseñaron a rezar, en los jóvenes a los que enseñaron a vivir, en los matrimonios a los que enseñaron a amarse, en los pecadores a los que ayudaron a volver a Dios o en los ancianos a los que enseñaron a morir; en todos ellos sin duda dejaron una huella profunda y si todos estos fieles -y tantos otros no-católicos, no-cristianos o no-creyentes que les trataron- pudiesen hablar, contarían maravillas de ellos.

Por eso, ante la imposibilidad de escribir un libro de tales dimensiones -dicen los autores-, “hemos tenido que escoger una pequeña representación -solamente cuarenta y seis- de los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“. Para que nos hagamos una idea de lo reducida que queda la selección, se piense que en cada año del siglo XX falleció por lo menos un sacerdote que está en proceso de canonización, y en muchos años más de uno -sin hablar de los obispos-, por lo que solamente candidatos a los altares de los que se podría escribir hay bastantes más de cien.

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11.12.12

La batalla que cambió la vida de los cristianos

CONMEMORAMOS LOS 1700 AÑOS DE LA BATALLA DEL PUENTE MILVIO

Como es sabido, el papel de sostén del Estado encomendado al culto de los dioses en el imperio romano había mantenido vivo durante siglos el conflicto con el cristianismo, el cual con su fe en un solo Dios, creaba en la opinión pública pagana la convicción de que saboteaba los fundamentos del bienestar general. Por eso se recurrió en repetidas ocasiones a medidas violentas en el Imperio, pero las consecuencias del fracaso de esta política religiosa se sacaron no tanto porque se hubiera llegado a ver palmariamente la verdad del mensaje cristiano, sino desde el tradicional planteamiento en el que se ponderaba la utilidad de la religión. También la escalonada integración del cristianismo en el imperio se llevó a cabo siguiendo la idea directriz del usual sistema religioso político.

La última gran persecución de los cristianos había sido la llevada a cabo bajo el emperador Diocleciano. Éste había implantado la tetrarquía, que apuntaba a una descentralización de la administración del imperio, para lo cual había nombrado coemperador en Occidente a su amigo Maximiano y césares a Galerio y constancio, creando así una dinastía ficticia que asegurase la sucesión. La tetrarquía pasó por un momento de fervor religioso, pues Diocleciano, con el título de Iovius, se ponía bajo la protección de Júpiter, mientras que los cosoberanos eran considerados descendientes de Hércules. En una serie de medidas -por ejemplo en leyes referentes al matrimonio- se puso de manifiesto un rasgo religioso conservador que, como consecuencia, desembocaría necesariamente en un enfrentamiento frontal con el cristianismo.

Influido por Galerio, pero bajo su propia responsabilidad, Diocleciano se lanzó a restaurar los fundamentos religiosos del Imperio, cuya fragilidad había contemplado claramente y en todo su alcance en la negativa de los cristianos a prestar servicio militar. Tras practicar depuraciones en el ejercito, pidió consejo al oráculo de Apolo en Didyma, y declaró la guerra al cristianismo con un edicto publicado en el ario 303, en palabras de Lactancio “para parar los pies inmediatamente a esa religión”. Las medidas comprendían la declaración de inferioridad legal de los creyentes, la prohibición de reuniones cultuales, la entrega de los libros litúrgicos y la destrucción de los edificios de la Iglesia. La resistencia ardiente fue machacada sin piedad. La situación apurada de los cristianos, entre los que se contaban la esposa y la hija del emperador, se incrementaron con la imposición de ofrecer sacrificio.

Otros edictos dispusieron el apresamiento de los clérigos y la pena de muerte para los que se negaban a ofrecer el sacrificio a los dioses. Un cuarto edicto de primeros del ario 304 extendía la obligación de ofrecer sacrificio a toda la población, y puso de manifiesto la radicalidad de la manera de proceder de Diocleciano. Los malos tratos recibidos y otras crueldades practicadas en ellos llevaron a la muerte a numerosos cristianos, aunque la presión estatal no tuvo la misma intensidad en todas las regiones: Mientras que en Oriente la persecución duró años -aunque con algunas interrupciones- tuvo menor efecto en Occidente, especialmente en el ámbito de la soberanía de Constancio, es decir, en la Galia. A pesar de la ilimitada autoridad de Diocleciano en el marco de la tetrarquía, el emperador de Occidente, Constancio Cloro, procedió a regañadientes contra los cristianos. Apenas se produjeron mártires en el ámbito de su soberanía y son contradictorias las informaciones sobre destrucciones de lugares de reunión.

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30.11.12

Santos por las calles de Nueva York: El sacerdote más popular del siglo XX

PATRICK PEYTON PROMOVIÓ EL REZO DEL ROSARIO ENTRE MILLONES DE PERSONAS

Pocos sacerdotes fueron tan conocidos en el siglo XX -y sin duda ninguno llegó a tantos millares de personas- como el mediático P. Patrick Peyton, el apóstol del rezo del rosario en familia. Supo usar los medios de comunicación modernos de su tiempo para difundir el mensaje que él veía más necesario en este convulso siglo: el poder de la oración para pacificar los hogares y el mundo entero.

Patrick Peyton nació el 9 de enero de 1909 en la parroquia de Attymass, Condado de Mayo, al oeste de Irlanda, sexto de los nueve hijos del matrimonio entre John Peyton y Mary Gillard Peyton. Su familia vivió en medio de la pobreza material, que se venía arrastrando desde la llamada “gran hambruna” o “hambruna irlandesa de la patata” de mediados del siglo XIX, provocada por una plaga natural en el cultivo de la patata, tan importante en aquel país, pero también por una respuesta negligente del gobierno inglés, que muchos historiadores han visto como claramente intencionada, de modo que algunos han llegado a hablar de intento de genocidio del pueblo irlandés.

Así, uno de los autores del informe sobre dicha hambruna elaborado en Nueva York a finales del siglo XX, afirmaba: “Es evidente que entre 1845 y 1850, el Gobierno británico aplicó una política de hambre masiva en Irlanda con la intención sustancialmente de destruir el grupo nacional, étnico y racial comúnmente conocido como el Pueblo Irlandés… Por lo tanto, durante los años 1845-1850, el Gobierno británico a sabiendas siguió una política de hambre masiva en Irlanda que constituyó actos de genocidio contra el pueblo irlandés en el sentido del artículo II de la Convención sobre el Genocidio [La Haya] de 1948”. Esta hambruna motivó dos millones de desplazamientos y otros tantos emigraron a Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Chile, Argentina y Australia en lo que se conoció como la Diáspora Irlandesa. Entre muertes y migraciones, Irlanda perdió más de un cuarto de su población.

Los Peyton vivían en una pequeña cabaña en medio del campo, cerca de las Ox Mountains y sufrían como tantos compatriotas suyos las consecuencias de la hambruna, a pesar haber pasado varias décadas. Por eso, como era habitual en las familias, varios hijos emigraron a Estados Unidos, precedidos por una de las hijas, Nellie, que se estableció en Pennsylvania. Pero la pobreza material contrastaba con la enorme fortaleza espiritual y unión promovidas e inspiradas por su padre, frutos del rezo diario del rosario. En una ocasión el P. Patrick contó que “En la aldea de mi padre donde pase mis primeros diez y nueve años, me llegue a sentir muy cerca de Dios. Los domingos, los caminos como los rayos de una rueda que llegan a su centro, estaban llenos de pequeños grupos de devotos caminando hacia la capilla que estaba al pie de una montana. En esa capilla el sacerdote y los feligreses, la misa donde escuchamos la palabra de Dios y el Tabernáculo reflejaban la presencia de Cristo. En mi casa, María se hacía presente cada noche mientras rezábamos el Rosario en familia.”

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20.11.12

El día en que san José entró en el canon de la Misa

UNA SORPRESA DEL BEATO JUAN XXIII AL CONCILIO

RODOLFO VARGAS RUBIO

En estos días se han cumplido cincuenta años de un acto inesperado (pero muy deseado desde hacía tiempo) del beato Juan XXIII en pleno concilio: la inserción del nombre del glorioso patriarca san José en el canon de la Misa. Hacía pocos meses que el Papa había publicado su edición típica del Missale Romanum” (conocida popularmente como “Misal de 1962), a la que había incorporado la nueva semana santa promulgada por su venerable predecesor Pío XII en 1955 y el nuevo código de rúbricas de 1960, puesto en vigor por su motu proprio “Rubricarum instructum”. Es ésta edición típica del beato Juan XXIII la que su augusto sucesor el Papa felizmente reinante ha declarado ser la expresión oficial del rito romano clásico –forma extraordinaria– de la misa. Pues bien, en este misal seguía faltando el nombre de san José en el texto de la misa, aspiración que remontaba al siglo XIX.

Desde la Edad Media y, más intensamente, desde la época de santa Teresa de Jesús (que fue su entusiasta propagadora), la devoción a san José había experimentado un constante incremento. Los teólogos habían discernido el papel desempeñado por él en la economía de la salvación y lo hacían entrar, en cierto modo, en el orden hipostático, al haber contribuido en gran medida al misterio de la Encarnación. Los autores de espiritualidad fomentaban las prácticas de piedad dirigidas a honrarlo. Se formó así un creciente movimiento a favor de un reconocimiento oficial de la primacía del glorioso patriarca en el culto público de la Iglesia. En la misa romana, no obstante nombrarse a la Santísima Virgen y a varios santos, el nombre de san José no aparecía, sin duda por haberse forjado el ordinario de la misa en tiempos tempranos en los que la devoción josefina no se había aún abierto paso en la Iglesia.

En 1815, superados los trastornos revolucionarios y los provocados por la aventura napoleónica –de los cuales fue la Iglesia víctima– y habiendo regresado triunfalmente de su cautiverio francés el papa Pío VII, le fue dirigida una doble petición firmada por miles de obispos, sacerdotes y laicos a fin de obtener para san José un lugar de mayor distinción en la liturgia latina. Concretamente se pedía que su nombre fuera insertado en el canon de la misa y en la colecta A cunctis después del de la Santísima Virgen. La Sagrada Congregación de Ritos, sin tomar en consideración el aspecto teológico de la cuestión y sin consultar el voto de ningún experto, respondió negativamente el 16 de septiembre de ese año mediante el decreto Urbis et Orbis “Pia devotione moti”.

Cincuenta años después (habiendo entretanto progresado el movimiento josefino en todo el mundo), por iniciativa del canónigo Don Domenico Ricci, profesor de historia eclesiástica en la Universidad de Módena, de Don Antonio Dondi y de Mons. Raffaele Coppola, una nueva petición, un postulatum firmado por más de 150.000 personas, fue elevado a la Santa Sede y presentado al beato papa Pío IX el 22 de abril de 1866, día en que se celebraba la fiesta del Patrocinio de san José. El postulatum constaba de cuatro puntos. Se pedía al Romano Pontífice: 1) que se reconociera el de san José como culto de “suprema dulía” o “protodulía”; 2) que, en consecuencia, la fiesta del Patrocinio fuese elevada al máximo rango litúrgico de doble de primera clase con octava en la Iglesia universal; 3) que el nombre de san José fuera añadido a las preces de la Misa inmediatamente después del de su Santísima Esposa en el Confiteor, en la oración Suscipe Sancta Trinitas del Ofertorio, en el embolismo después del Pater y en el mismo Communicantes del Canon, y 4) que en las Letanías de los Santos su nombre fuera antepuesto al de san Juan Bautista.

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9.11.12

Recordando el Vaticano II: Reflexiones sobre el Concilio

EL CONCILIO Y LA TENTACIÓN REVOLUCIONARIA


RODOLFO VARGAS RUBIO

No podemos evitar, en este punto, hacer una observación muy sugestiva. El concilio Vaticano II fue definido como “1789 para la Iglesia” por el cardenal belga Leo Jozef Suenens (1904-1996), arzobispo de Malinas-Bruselas. La comparación no era antojadiza, pues ya el cardenal jesuita Louis Billot (1846-1931) la había empleado —aunque con una connotación bien distinta— al advertir a Pío XI, cuando se habló en 1923 de la eventualidad de un concilio, que éste podría ser manipulado por “los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, quienes ya se están preparando, como ciertas indicaciones muestran, a producir la revolución en la Iglesia, un nuevo 1789”. Esto es tanto como decir que el concilio era una revolución: la Revolución Francesa.

Si se considera atentamente el desarrollo de los acontecimientos, no pueden dejar de hacerse comparaciones entre la situación de la Iglesia y la de la Francia del tránsito entre el siglo XVIII y el XIX. Luis XV y Pío XII habían reinado, con mano enérgica, en períodos respectivos de aparente florecimiento, aunque era por dentro por donde la situación real se iba descomponiendo. El beato Juan XXIII puede compararse a Luis XVI, un buen hombre que, como él, amaba la paz y la concordia (educado como había sido en la escuela del Télémaque de Fénelon), pero no fue capaz de sospechar lo que podía desencadenar la convocatoria de los Estados Generales (que fueron preparados también concienzudamente, sólo que, en lugar de vota y consilia, en Versalles se recibieron los cahiers de doléances). Una suntuosa y deslumbrante procesión (como la de la Plaza de San Pedro en 1962) había dado inicio a la reunión de los tres órdenes en los que reposaba el Reino de San Luis, pero una vez instalados los diputados en sus escaños del Jeu de Paume, se desencadenaría la intriga que iba a cambiar el rostro del país: el Tercer Estado no quiso acatar las reglas de juego establecidas por una tradición secular y, con la complicidad de diputados de los otros tres estamentos, llevó a cabo la auténtica revolución, al establecerse a sí mismo como Asamblea Constituyente y jurar que no se disolvería antes de haber dado a Francia una constitución. Tal como sucedería en el aula conciliar cerca de dos siglos más tarde (según acabamos de ver).

El Concilio tuvo también sus partidos como en la Revolución: uno minoritario seguidor de la Tradición (el de la Curia, correspondiente al de la Corte); otro moderado y mayoritario (que era la extensa mayoría de obispos, correspondiente a los girondinos); otro minoritario pero agitador y propugnador del cambio a toda costa (el de la “Alianza Europea” con sus periti, a semejanza de los montañeses con los jacobinos como su sector intelectual). Si quisiéramos extremar las analogías, diríamos que el Concilio fue como la Revolución desde los Estados Generales hasta la abolición de la monarquía; el largo período postconciliar es equiparable al período que va hasta el 18 de brumario; en fin, la época de Bonaparte, en la que éste transformó la Revolución dándole un rostro respetable, sería el pontificado de Juan Pablo II… Más lejos fue el teólogo dominico Yves Congar, que escribió: “La Iglesia hizo pacíficamente su Revolución de Octubre” (Le Concile au jour le jour, deuxieme session, Éd. du Cerf, 1977). Pero no vamos a intentar aquí adivinar quién fue Lenin y quién Kerensky…

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30.10.12

El Señor de los milagros

PATRONO Y PROTECTOR DE LIMA

RODOLFO VARGAS RUBIO

El mes de octubre se tiñe en el Perú, pero especialmente en Lima, de morado, el color de las religiosas nazarenas que, bajo la regla del Carmen descalzo, custodian la sagrada imagen del Santo Cristo de Pachacamilla, más conocido como el Señor de los Milagros, el divino patrón de la Ciudad de los Reyes y protector de toda la nación de la que es la capital telúrica, depositada entre el Pacífico insondable y los colosales Andes. El mes morado es con razón llamado “la cuaresma peruana”, pues todo él está dedicado a considerar el misterio de nuestra Redención en Jesús Crucificado y Su Pasión salvífica.

Es por ello por lo que, por especial privilegio de la Santa Sede, la ley del ayuno cuaresmal, común a todos los católicos, obligaba a los peruanos los viernes de octubre en lugar de los anteriores a la Pascua Florida. La procesión que acompaña al Señor de los Milagros y que es la manifestación religiosa periódica más grande del mundo, constituye un plebiscito de catolicidad. Marchan en ella fieles de todo el rico caleidoscopio racial de un país mestizo, en el que la diversidad es una riqueza; también acuden devotos de todas las clases sociales y de todas las condiciones, porque ante la imagen pintada por un esclavo negro no cabe la acepción de personas; hasta el poder político hinca su rodilla reverente al paso del Cristo Morado, Rey indiscutible del Perú.

Esta devoción que los peruanos llevan consigo allí donde van, extendiéndola en las latitudes más insospechadas como signo inequívoco de su identidad, nació del modo más humilde, en uno de los barracones donde transcurrían su existencia los esclavos negros llamados angolas (por ser su origen de la colonia portuguesa de Angola) en el barrio limeño de Pachacamilla, donde había florecido la antigua y señorial civilización de Pachacamac antes de la llegada de los españoles. Había allí una cofradía fundada por aquellos hombres a mediados del siglo XVII. Uno de ellos, a quien se le daban bien los pinceles, pintó al temple sobre una de las cuatro paredes sin cimentar, que constituían su lugar de reunión, un Cristo en la Cruz para satisfacer la devoción de sus hermanos. Su culto, en medio de una ciudad tan devota y santurrona como riente y pecadora, hubiera pasado desapercibido de no haber sido por uno de esos periódicos terremotos que los limeños ven como advertencias del cielo llamándolos a la penitencia.

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15.10.12

Recordando el Vaticano II (III): Comienza el Concilio

CAMBIO INESPERADO DE RUMBO AL COMIENZO DEL CONCILIO

RODOLFO VARGAS RUBIO

El Concilio Vaticano II fue inaugurado, como estaba previsto, el 11 de octubre de 1962, en medio de un extraordinario despliegue de esplendor. Todo el fastuoso protocolo y el complejo ceremonial papal fueron puestos en movimiento para subrayar la importancia de la asamblea que comenzaba con la imponente procesión de los padres conciliares (para los cuales se habían preparado sendas tribunas a ambos lados de la inmensa nave de la basílica de San Pedro), cerrada por el cortejo majestuoso del Papa, que iba sobre la silla gestatoria, revestido de los más ricos ornamentos y rodeado de la familia y la corte pontificias.

Con tal impresionante procesión inicial el mundo era testigo -gracias a la televisión- de un espectáculo que, paradójicamente, ya no iba a repetirse después de 1965, como efecto de ese mismo evento cuyo comienzo señalaba tan brillantemente en esta mañana de otoño. El beato Juan XXIII tenía plena confianza en el concilio y se negaba a escuchar las voces discordantes, que le exasperaban. Hasta tal punto que, olvidando su habitual benignidad, las fustigó en el discurso inaugural “Gaudet Mater Ecclesia” con estas duras palabras:

En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia”.

Y concluia sobre este asunto de un modo tajante: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente". Tal vez estas palabras acabaran por envalentonar a una minoría muy bien organizada que, nada más empezar los debates, saboteó el reglamento del Concilio para cambiar la organización y el método de trabajo en su propio provecho.

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2.10.12

Recordando el Vaticano II (II): Nunca un Concilio estuvo mejor preparado

1959-1962: LOS PREPARATIVOS DEL CONCILIO

RODOLFO VARGAS RUBIO

En el verano de 1959, Roma era un hervidero y no solo por efecto del calor: tanto el sínodo romano como el concilio ecuménico se hallaban ya en marcha. En lo que al concilio se refiere, el día de Pentecostés, 17 de mayo, el Beato Juan XXIII había nombrado una “comisión antepreparatoria”, encargada de los prolegómenos necesarios para la preparación en sí de los esquemas que servirían de base de discusión en el aula conciliar. Esta comisión estaba presidida por el cardenal secretario de estado Domenico Tardini (que tenía a su cargo también la congregación romana para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios) y tenía por secretario a Mons. Pericle Felici, auditor de la Sacra Rota. En ella estaban representados todos los dicasterios de la Curia a través del secretario (o equivalente) de cada uno de ellos.

Su trabajo consistía en trazar en establecer de una manera general la temática del concilio a través de una consulta universal con el objeto de averiguar los vota (expectativas) y consilia (pareceres) de las instancias católicas más representativas sobre las más diversas cuestiones tocantes a la vida de la Iglesia. Asi, se realizó la encuesta bajo la forma de cartas, enviadas: el 29 de mayo, a los dicasterios de la Curia Romana; el 18 de junio, a los obispos residenciales y a los ordinarios de todo el mundo, y el 18 de julio, a las facultades de teología y derecho canónico de todas las universidades católicas. A finales del verano comenzaron a llegar las respuestas, que eran ordenadas y clasificadas por tema (según los criterios tradicionales de la teología y del derecho canónico) para después escribir las propuestas en forma sintética en schedule (fichas).

Se trató de un verdadero y propio sondeo de opinión (además, sin limitaciones de ninguna especie), al estilo de los que hoy en día son ya cosa corriente en la sociedad moderna, que -en esto como en otras cosas- no es tan pionera como cree. Ya el Beato Pio IX había lanzado esta especie de encuesta para preparar el Vaticano I y, de hecho, la comisión establecida por Pio XII para su frustrado concilio tuvo en cuenta ese material. A propósito, en una de las sesiones generales de la comisión antepreparatoria se recordó que en el Santo Oficio obraba toda la documentación de los trabajos de 1948-1951, cuya utilidad no era poca. Hay que decir que la labor desarrollada fue, a la par que ímproba, prolija, impecable y eficiente.

Esta primera fase previa al concilio se prolongó hasta el 8 de abril de 1960, fecha en la que el cardenal Tardini presentó al Beato Juan XXIII los resultados de los trabajos en un extenso documento: “Cuestiones a plantear en el futuro concilio ecuménico”. Comprendia los siguientes capítulos: De veritate sancte custodienda (Sobre la verdad, que santamente se ha de guardar), De sanctitate et apostolatu clericorum et fidelium (Sobre la santidad y apostolado de los clerigos y los fieles), De ecclesiastica disciplina (Sobre la disciplina eclesiástica), De scholis (Sobre las escuelas) y De Ecclesice unitate (Sobre la unidad de la Iglesia). El Papa dio por terminados los trabajos de la comision y la disolvio.

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