InfoCatólica / Temas de Historia de la Iglesia / Categoría: Juan XXIII

20.11.12

El día en que san José entró en el canon de la Misa

UNA SORPRESA DEL BEATO JUAN XXIII AL CONCILIO

RODOLFO VARGAS RUBIO

En estos días se han cumplido cincuenta años de un acto inesperado (pero muy deseado desde hacía tiempo) del beato Juan XXIII en pleno concilio: la inserción del nombre del glorioso patriarca san José en el canon de la Misa. Hacía pocos meses que el Papa había publicado su edición típica del Missale Romanum” (conocida popularmente como “Misal de 1962), a la que había incorporado la nueva semana santa promulgada por su venerable predecesor Pío XII en 1955 y el nuevo código de rúbricas de 1960, puesto en vigor por su motu proprio “Rubricarum instructum”. Es ésta edición típica del beato Juan XXIII la que su augusto sucesor el Papa felizmente reinante ha declarado ser la expresión oficial del rito romano clásico –forma extraordinaria– de la misa. Pues bien, en este misal seguía faltando el nombre de san José en el texto de la misa, aspiración que remontaba al siglo XIX.

Desde la Edad Media y, más intensamente, desde la época de santa Teresa de Jesús (que fue su entusiasta propagadora), la devoción a san José había experimentado un constante incremento. Los teólogos habían discernido el papel desempeñado por él en la economía de la salvación y lo hacían entrar, en cierto modo, en el orden hipostático, al haber contribuido en gran medida al misterio de la Encarnación. Los autores de espiritualidad fomentaban las prácticas de piedad dirigidas a honrarlo. Se formó así un creciente movimiento a favor de un reconocimiento oficial de la primacía del glorioso patriarca en el culto público de la Iglesia. En la misa romana, no obstante nombrarse a la Santísima Virgen y a varios santos, el nombre de san José no aparecía, sin duda por haberse forjado el ordinario de la misa en tiempos tempranos en los que la devoción josefina no se había aún abierto paso en la Iglesia.

En 1815, superados los trastornos revolucionarios y los provocados por la aventura napoleónica –de los cuales fue la Iglesia víctima– y habiendo regresado triunfalmente de su cautiverio francés el papa Pío VII, le fue dirigida una doble petición firmada por miles de obispos, sacerdotes y laicos a fin de obtener para san José un lugar de mayor distinción en la liturgia latina. Concretamente se pedía que su nombre fuera insertado en el canon de la misa y en la colecta A cunctis después del de la Santísima Virgen. La Sagrada Congregación de Ritos, sin tomar en consideración el aspecto teológico de la cuestión y sin consultar el voto de ningún experto, respondió negativamente el 16 de septiembre de ese año mediante el decreto Urbis et Orbis “Pia devotione moti”.

Cincuenta años después (habiendo entretanto progresado el movimiento josefino en todo el mundo), por iniciativa del canónigo Don Domenico Ricci, profesor de historia eclesiástica en la Universidad de Módena, de Don Antonio Dondi y de Mons. Raffaele Coppola, una nueva petición, un postulatum firmado por más de 150.000 personas, fue elevado a la Santa Sede y presentado al beato papa Pío IX el 22 de abril de 1866, día en que se celebraba la fiesta del Patrocinio de san José. El postulatum constaba de cuatro puntos. Se pedía al Romano Pontífice: 1) que se reconociera el de san José como culto de “suprema dulía” o “protodulía”; 2) que, en consecuencia, la fiesta del Patrocinio fuese elevada al máximo rango litúrgico de doble de primera clase con octava en la Iglesia universal; 3) que el nombre de san José fuera añadido a las preces de la Misa inmediatamente después del de su Santísima Esposa en el Confiteor, en la oración Suscipe Sancta Trinitas del Ofertorio, en el embolismo después del Pater y en el mismo Communicantes del Canon, y 4) que en las Letanías de los Santos su nombre fuera antepuesto al de san Juan Bautista.

Leer más... »

17.09.12

Recordando el Vaticano II (I): Un anuncio no tan novedoso

PÍO XI Y PÍO XII YA ACARICIARON LA IDEA DE UN CONCILIO ECUMÉNICO

RODOLFO VARGAS RUBIO

El 28 de octubre de 1958 el cardenal Roncalli se convertía en Papa con el nombre de Juan XXIII. Con su aspecto cándido y bonachón de párroco de pueblo y su rotundidad canonical, Juan XXIII era lo más opuesto que podia imaginarse al principesco y estilizado Pio XII. Pero que nadie se llame a engaño: Roncalli no era ningún -como dicen los italianos- sprovveduto (alguien sin recursos). Se había entrenado con provecho en el servicio diplomático de la Santa Sede y había aprendido a negociar y a tratar con todo tipo de políticos y dirigentes religiosos. Su experiencia al frente del importante patriarcado de Venecia le había dado el sentido del gobierno espiritual y de la administración material. El sumo pontificado no le vino grande y se mostró como un Papa decidido y celoso de la dignidad de su altísima investidura.

Pues bien, el 25 de enero de 1959, al concluir el octavario por la unidad de los cristianos en la basílica de San Pablo Extramuros, reunió Juan XXIII en consistorio extraordinario a los diecisiete cardenales presentes y les comunicó su decisión “temblando de emoción pero con humilde resolución” de convocar un sínodo diocesano para Roma y un concilio ecuménico para la Iglesia universal. Ninguno de los purpurados emitió palabra, demudados como quedaron ante lo súbito e inesperado del anuncio, produciéndose lo que el propio Papa recordaría mas tarde como “un silencio piadoso e impresionante”. Al cardenal Tardini, secretario de Estado, le comunicó que el concilio se llamaría “Vaticano II” y no sería una continuación del Vaticano I (suspendido sine die -no clausurado- por el Beato Pio IX en 1870, ante la ocupación piamontesa), sino una asamblea distinta, que iba a promover en la Iglesia el aggiornamento (puesta al día), consistente en una renovación enraizada en la autentica Tradición y que debía fomentar incluso la unidad de todos los cristianos.

La idea de un concilio ecuménico no podía ser, empero, una absoluta novedad para la Curia Romana, ya que había sido contemplada como una posibilidad por Pio XI en 1922 y por Pio XII en 1948. En su primera encíclica Ubi Arcano Dei de 23 de diciembre de 1922, el papa Ratti manifestó que la idea de un concilio le vino en ocasión del Congreso Eucarístico de Roma y el centenario de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide durante ese su primer año de pontificado. En dichos eventos pudo ver a cientos de obispos del mundo entero reunidos en torno al Romano Pontífice delante de la tumba de Pedro.

Según sus propias palabras, “esa reunion fraternal, tan solemne por el gran número y la alta dignidad de los obispos que estaban presentes, lleva nuestros pensamientos a la posibilidad de otro encuentro similar, de todo el episcopado aquí, en el centro de la unidad católica, y de los muchos y eficaces resultados que de una tal asamblea se seguirían para el restablecimiento del orden social tras los terribles trastornos por los que acabamos de pasar”.

Leer más... »

2.09.09

Historia de la Reforma Litúrgica (II): Intrigas en la preparación del Concilio

APARECE EN ESCENA MONS. ANNIBALE BUGNINI

En el discurso del 25 de enero de 1959 a los cardenales, en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma, curiosamente Juan XXIII no mencionó la liturgia como posible tema conciliar. Todos quedaron muy extrañados de ese silencio sobre un tema tan importante para la vida de la Iglesia. Llovieron las peticiones a la Santa Sede. El 25 de julio de 1960 escribió Juan XXIII en el “motu proprio” Rubricarum instructum: “Después de haber examinado por mucho tiempo y con detención, hemos decidido que en el próximo concilio ecuménico se deben proponer los grandes principios para una reforma litúrgica general“.

Pero esto se había decidido ya antes, pues el 6 de junio de 1960 se creó la comisión litúrgica preparatoria y era nombrado presidente de la misma el prefecto de la Congregación de Ritos, cardenal Gaetano Cicognani. El 11 de julio del mismo año se nombró secretario de la comisión al padre Anibal Bugnini, de controvertida memoria. Se nombraron miembros de la comisión y peritos, en un total de 65. En esto, como en otras muchas comisiones conciliares, ni estuvieron todos los que eran ni eran todos los que estuvieron, pero había en ella personas de gran relieve en el campo de los estudios litúrgicos y experiencias pastorales.

Después de la reunión de la comisión, se crearon varias subcomisiones: Sobre el ministerio de la sagrada liturgia y su relación con la vida de la Iglesia, la Santa Misa, la concelebración sacramental, el Oficio divino, sacramentos y sacramentales, el Calendario litúrgico, la lengua latina, la participación de los fieles en la liturgia, las vestiduras sagradas, la música sagrada, el arte sagrado, etc. Estos temas fueron sacados de las proposiciones que hicieron los obispos de todo el mundo y otras personas competentes en la materia. La reunión se tuvo del 12 al 15 de noviembre de 1960 y el tema de la primera subcomisión fue propuesto por el padre Bevilacqua. Fue una proposición atinada y luego se convirtió en el tema más importante de lo que sería el proemio y el primer capítulo de la constitución Sacrosanctum concilium, por obra principalmente del benedictino padre Cipriano Vagaggini. Es gran lástima que no se tenga en cuenta el proemio y el capítulo primero de esa constitución conciliar. Muchos de los desbordamientos que se han dado posteriormente en materia litúrgica adolecen de falta de conocimiento de esa parte maravillosa de la Sacrosanctum concilium.

Leer más... »

19.08.09

Historias del Postconcilio (I): Dos hechos que dieron inusitado protagonismo a la prensa en el Vaticano II

LO QUE OCURRIÓ EN LOS INICIOS DEL CONCILIO DETERMINÓ UN POSTCONCILIO PROFUNDAMENTE MEDIÁTICO

(Nací dos días después que concluyera el Concilio Vaticano II, por lo que me siento totalmente conciliar, por formación y mentalidad. Pero esto no impide que, a la hora de mirar a la historia de la Iglesia con reverencia, y a la vez con desenfado -que es lo que pretendo en este blog-, reconozca los claroscuros de los que no se libra tampoco el Concilio y mucho menos los años que vinieron después. Dejando bien claro que fue el Espíritu Santo el que guió el Concilio, como no podía ser menos, voy a acercarme sin ninguna pretensión ideológica a algunos episodios interesantes y a veces anecdóticos de aquellos años turbulentos)

Antes de comenzar a hablar del Postconcilio como tal, conviene recordar algún episodio del mismo Concilio que hizo que las cosas fueran muy distintas de cómo se esperaba al principio y cambiaran de rumbo, para bien o para mal, aunque sabemos que para los que aman a Dios, todo contribuye al bien. Concretamente, para entender lo que pasó en los años sucesivos, es importante entender cómo ya al principio del Concilio saltó al terreno de juego un factor muy poco teológico y menos espiritual todavía, que fue la prensa (los medios de comunicación, en general), que se quiso erigir en árbitro no sólo del “espíritu conciliar”, sino también de la realidad de las discusiones conciliares. No fue algo buscado directamente, sino propiciado por dos hechos que ocurrieron en Roma, uno dentro del aula conciliar y otro fuera, que son de gran interés. (Recuérdese: Estamos hablando de hechos históricos, por favor que nadie se escandalice si no recordamos en cada párrafo algo que ya sabemos y que está en la base de nuestra concepción de cualquier evento conciliar: La asistencia innegable del Espíritu Santo).

El primer hecho fue trascendental para la marcha del Concilio y ocurrió justo en los inicios del evento, concretamente en el tercer día. El primero, día 11 de octubre de 1962, había sido la apertura, con el discurso del Papa. Un discurso en que expresó preocupación por la situación del mundo, pero sin excesiva ansiedad, y, sobre todo, sin pasión ni agresividad. Se iba a estudiar y dialogar, más que a dogmatizar y condenar. No se iba tampoco a cambiar nada sustancial de la doctrina y disciplina católicas, pero se iba a intentar ponerlas más al día. “La doctrina –dijo Juan XXIII-, la doctrina autentica será expuesta con arreglo a métodos de investigación y de presentación propios del pensamiento moderno. Una cosa es la sustancia de la doctrina antigua contenida en el depósito de la fe, y otra la formulación de que se ve revestida.”

Leer más... »