25.10.15

Educar el Corazón

 

Algunos apuntes sobre cómo enseñar a amar desde una escuela católica

Ante que nada, a amar se enseña amando. Una escuela católica tiene que ser un espacio donde el amor sea el cimiento de las relaciones entre profesores, alumnos y padres. Los maestros deben amar a sus alumnos de manera similar a como un padre o una madre quiere a sus hijos. Si un profesor no quiere a sus alumnos, podrá ser un buen o un mal instructor; pero no podrá ser verdaderamente un educador. 

El amor y la verdad tienen que ir necesariamente de la mano. “No aceptéis nada como verdad que esté privado de amor. Y no aceptéis nada como amor que esté privado de verdad. La una sin el otro se convierten en una mentira destructora”, decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Una persona tiene que tener palabra y ser auténtica y coherente. Nada degrada más nuestra dignidad que la mentira. Y nada provoca más sufrimiento que el engaño.

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23.10.15

Reyes de Narnia

(Sólo para quienes hayan leído “Las Crónicas de Narnia. El León, la Bruja y el Armario” de C.S. Lewis o visto la película basada en dicha novela; o en su defecto, para quienes no les importe que les cuente su argumento)

A veces damos los católicos una imagen equivocada. Mucha gente cree que asistir a misa es algo aburrido (siempre lo mismo). Los cantos suelen se bastante ñoños. A veces parece que ser creyente es cosa de niños inocentes que luego se harán mayores y no creerán en nada (igual que dejarán de creer en los Reyes Magos, dejarán de creer en Dios); o de beatas cursis. Parece que ser creyente es cosa de amanerados, ignorantes o ingenuos. Nada más lejos de la realidad. Ser católico es ser soldado de Cristo y combatir la batalla permanente contra el pecado y contra Satanás. Ser creyente es para gente con arrestos, no para blandengues. Esta guerra no es para cobardes. “Rezar el rosario es cosa de viejas ociosas”. Cuidado: detrás de una anciana con un rosario en la mano se esconde un temible guerrero. Las apariencias engañan… No te fíes de una anciana blandiendo un rosario. Satanás las teme.

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11.10.15

España

Nací en Asturias, por la gracia de Dios. Mi lengua materna es el asturiano (o, como lo denominan los listos y los finos, el “bable”). En mi aldea, los únicos que hablaban español cuando yo era pequeño, allá por los años 70 del siglo pasado, eran el cura y el maestro. Los del pueblo “hablábamos mal” o “no sabíamos hablar” o, simplemente, éramos aldeanos y hablábamos como tales. Los asturianos nos avergonzábamos de nuestra propia lengua y algunos todavía se avergonzarán hoy. Allá ellos. Yo me siento tremendamente orgulloso de ser asturiano y de hablar asturiano siempre que tengo ocasión; o sea, cuando estoy con asturianos y sé que me van a entender. No se me ocurre hablar asturiano con murcianos o con castellanos, porque sería una ridícula falta de educación y de sentido común.

Eso es lo que falta en esto de las lenguas: sentido común. Porque el sentido común se pierde cuando las ideologías se entrometen y empiezan a utilizar las cuestiones lingüísticas como arma política para dividir a las personas y establecer “hechos diferenciales” que consisten, básicamente, en exaltar las bondades de tu historia, tu cultura y tu lengua para despreciar al vecino y ahondar en lo que nos separa. “Nosotros bebemos sidra y jugamos a los bolos. En cambio, a los vecinos (esos bárbaros) les gusta el vino y juegan a la petanca…¡Qué distintos somos! ¡Dios nos libre de Castilla!”. Así razonan los fanáticos nacionalistas, sean asturianos, vascos, catalanes o uzbecos. Separar, dividir, insultar, manipular la historia… Como si amar tu tierra y tu lengua fuera incompatible con el amor al resto de las lenguas y culturas de las tierras de España. Yo amo a Asturias y al asturiano, porque esa es mi tierra y esa es la lengua que aprendí a hablar en mi casa. Pero amo con la misma pasión a España y al español. Amo la Hispanidad, amo las Españas y amo la lengua de Cervantes. Mi forma de ser español es siendo asturiano.

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3.10.15

Contra la eutanasia: mi abuela Eloísa

En marzo de 2008, publicaba este artículo en La Nueva España. Creo que es un buen momento para recuperarlo. Esto de la eutanasia no es nada nuevo. Y está claro que la cultura satánica tiene entre sus planes asesinos acabar imponiéndonos por ley esta nueva barbaridad (una más). Pero no será con mi silencio cómplice.  

Llevaba grabados en las arrugas de su rostro los sufrimientos de una vida larga y dura. Había criado a sus cuatro hijos en los tiempos difíciles del hambre y la guerra. Trabajó mientras pudo. Sacó adelante a su familia junto al abuelo Rogelio. Tuvo que despedir a sus hijos uno a uno y ver cómo todos dejaban el pueblo para buscar un futuro mejor lejos de casa. Así se quedó sola, con el abuelo y conmigo. Ellos me criaron y me enseñaron casi todo lo que sé; seguro que lo más importante: a vivir como una persona decente, a ser honesto, a cumplir siempre la palabra dada, a buscar siempre la verdad; a esforzarme, a creer en mí mismo y en Dios; y a querer entrañablemente a la Santina, a la que visitábamos cada verano en Covadonga, con la tartera llena de filetes empanados guardada en una bolsa. La Santina de Covadonga era (y sigue siendo) una más de la familia: una madre buena que nos cuida. Lo que soy, a ellos se lo debo. A ellos y a mis padres, que también trabajaron duro durante muchos años para pagarme unos estudios y sacarme adelante.

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2.10.15

Ahora toca la eutanasia

“Toda la tierra, maravillada, seguía a la bestia" 

Apocalipsis 13, 3

 

Hasta hace poco tiempo, cuando una persona “normal” se encontraba a alguien al borde de una ventana o de un puente con intención de suicidarse, lo que el sentido común y la moral le imponía era impedir por todos los medios que esa persona se quitase la vida. Se trataba de convencer y de disuadir al suicida de sus pretensiones: se llamaba a los bomberos o a la policía y, si era necesario (y prudente), se empleaba la fuerza necesaria para evitar a toda costa la pérdida irreparable de una vida.

Todo el mundo consideraba que el intento de suicidio iba unido a un trastorno mental más o menos transitorio. Quien quería quitarse la vida no podía estar en su sano juicio. El suicidio era considerado como una especie de locura, un disparate fruto de la desesperación.

¡Qué pocos años median entre el “¡Qué bello es vivir!” de Frank Capra (1946) y el “Mar adentro” de Amenábar (2004)! Cincuenta y ocho años separan el canto a la vida de la apología de la muerte como solución final del sufrimiento humano. Cincuenta y ocho años separan a una civilización esperanzada de otra decadente y nihilista.

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