Categoría: Doctrina cristiana
22.02.10
No se preocupen, conozco el nuevo mandamiento, el dogma inapelable, la primera consigna contra el integrismo cavernícola. ¡No mezcles religión y política! Por eso advierto que puedo entrar en terreno proscrito.
No creo en los eslóganes, en los lemas simplones y los tópicos argumentales. Casi siempre resultan ser una barrera, introducida concienzudamente para limitar nuestra libertad de criterio.
Quiero entender a España, hacer un esfuerzo por conocerla más allá del simple sentimentalismo superficial. Si España es un contrato social, la simple voluntad de un determinado número de individuos, en un espacio geográfico concreto. Entonces vivirá España, mientras existan ciertas instituciones y entidades que operen conjuntamente en todo el territorio. ¿Pero merece entonces el mínimo sacrificio una simple entidad contractual?, ¿tiene sentido el patriotismo, siendo éste el amor por un mero pacto negociable?
Quienes han tenido la virtud y la sensibilidad de entender a España, han superado esa idea jacobina. España es -nos han explicado- la suma de aquellos valores inmutables transmitidos en cada generación, es el vínculo actual y el destino común que ésta misma transmisión de valores genera. Estos lazos, que discurren entre la historia, el presente y el futuro, son los que dan un verdadero sentido profundo al patriotismo, las arterias del espíritu de la Patria. En definitiva, los conductos por los que transcurre la vida misma de España, que han sido cuidados por cada siglo y cada generación, como un proyecto de destino común.
Si hay una transmisión superior y totalmente identificativa en la existencia de España, es la fe católica. Desde el primer momento, Dios ha sido el lazo de unión y fundamento. Fin mismo de la Patria, que como un árbol centenario, ha crecido fortaleciendo sus raíces con la fe. ¿Acaso alguien lo puede negar? Si los pueblos de Las Españas se unieron, fue por la fe, si llevamos a cabo una proyección de nuestro espíritu en América, fue por la fe, si somos tierra de mártires por Cristo, como ningún otro lugar del mundo, ha sido porque heredamos en el hogar, en la iglesia, en cada nueva generación, una fe católica que nos impregna en nuestra misma condición de españoles.
España se muere atacada por muchos frentes e incomprendida por los políticos. Parece que las generaciones que sostienen su agonía no van a transmitir el destino que ha conformado a la nación. Por las arterias vitales de la metafísica de la Patria, circula indiferencia, relativismo, egoísmo. ¿La fe? eso no es cosa de España. España es un contrato, quizás a mucho una selección de fútbol. Lo demás es ¿extremismo?
Javier Tebas
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5.01.10
Aclárese primero que Pepiño me cae bastante gordo. Esa arrogancia, ese regocijo, esa forma de auto-bombearse en su retórica. Cuando Pepiño toma el papel de macero del PSOE y nos alecciona con sus declaraciones, deja caer los párpados con chulería, como aquel que tiene claro, muy claro, que es sobradamente más inteligente al resto de la plebe. Me alegré cuando le hicieron Ministro -saldrá menos por la tele, pensé- era indigesto aguantar los telediarios con ese tipo hablando en el tono repelente del pedante de la clase.
El hecho de que José Bono es un pecador público me parece bastante manifiesto. A excepción de la vieja guardia del clero setentero no cabe la duda. Pero cuidado – y aquí tiene razón mi querido Pepiño- tenemos millones de muertos y un aborto amparado bajo supuestos, y no me parece que haya quedado tan claro que los que lo apoyan sean pecadores públicos. Si la Iglesia quiere aclarar qué políticos cometen un pecado de excomunión, bienvenido sea, pero demasiado claro estaba que el zamparoscas de Bono comete un pecado de excomunión, y demasiado obviado y confuso queda para la mayoría de los católicos el hecho de que los políticos del Partido Popular también lo cometen.
Cabe preguntarle a nuestros pastores, con el interés más humilde y filial de quienes queremos tener las cosas claras.
¿Acaso la excomunión de quienes están en pecado público por apoyar el aborto, no es efectiva por ejemplo para quienes amparan que se pueda matar a un ser humano hasta las 22 semanas si tiene alguna discapacidad? ¿Acaso esos tres supuestos que se han llevado millones de vidas, esos conciertos económicos de gobiernos del PP con mataderos abortistas, no son motivo claro todavía de excomunión?
Nuestra Conferencia Episcopal tiene mucho que aprender de la coherencia de los obispos Norteamericanos, que han negado la comunión tajantemente a los políticos abortistas. Cuando Monseñor Rouco Varela ha distribuido públicamente la comunión a Alberto Ruíz Gallardón o Esperanza Aguirre, y la jerarquía de la Iglesia sigue sin dejar claro este punto, solo cabe sumarse al equipo de Pepiño Blanco. Por lo menos hasta que la CEE deje claro lo que hay.
Feliz año.
Javier Tebas
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16.12.09
Probablemente no nació sonriendo y con tirabuzones rubios. La iconografía cristiana, y las obras de arte que han reflejado el nacimiento de Jesús, han representado siempre la imagen de un niño que podría tener varios meses de edad. Tiene su lógica, al fin y al cabo para la veneración de una imagen lo primordial es la idea a la que evoca, y no tanto el meticuloso realismo con el que esté elaborada.
Todos hemos visto alguna vez a un recién nacido. Su rostro fruncido y sus minúsculas manos cerradas nos transmiten una sensación de extrema fragilidad. Así debía ser Jesús en el momento de su nacimiento. La condición humana nos trae a éste mundo tan débiles como dependientes de los demás, tan inseguros y desconcertados, como somos consolados por un simple abrazo protector.
Precisamente la idea del protector de todos los hombres, del Rey del Universo, del Mesías, envuelta en la delicadeza de un ser humano recién nacido, es la máxima expresión del reinado de Jesucristo. Nos pide con su condición ineludible de la fragilidad humana un gesto protector, y nos protege desde un poder que trasciende profundamente las formas superficiales de las organizaciones humanas, para salvar nuestro espíritu.
Creo –y es una percepción personal- que el realismo me ayuda a comprender un poco mejor la dimensión humana del Hijo de Dios. Con la crudeza de la realidad, el Jesús en la pantalla de Mel Gibson representa fielmente la condición del sufrimiento que no eludió el Señor, inseparable a la fragilidad humana.
Así también – pero sin una superproducción cinematográfica de por medio- me imagino en estos días al niño que nace en Belén, como un recién nacido. Y en el desconcierto del bebé durante los primeros minutos tras salir del vientre de su madre, en la debilidad anatómica de su minúsculo cuerpo, en la insalubridad de un pesebre con ganado de la Palestina romana, se hace más grande la Navidad y resuena más fuerte si cabe la proclamación de que ¡Dios ha nacido!.
Javier Tebas
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10.12.09
Reapareció hace unos días el debate sobre la presencia de la Cruz en las aulas. La discusión parece ya un fenómeno cíclico que –desde que tengo uso de razón- emerge cada cierto tiempo. Varios días en titulares, quizás semanas, y tras un derroche brutal de litros de tinta y horas de tertulia en cantidades industriales, vuelve a desaparecer, olvidado por la agenda del “debate social” que establecen los grandes medios de comunicación.
En cualquier caso el fenómeno mediático “crucifijos en las aulas” pone en evidencia el escaso nivel del panorama parlamentario español. Las izquierdas han desenfundado -esta vez más que nunca- ese odio patológico contra el hecho religioso (sobre todo si es católico) que les ha caracterizado desde su lucha contra el opio del pueblo. Fuera todas las cruces –han dicho-; retirémoslas de todos los sitios, incluso de los colegios privados. ¡La religión a los templos! Volvía a exclamar Pajín sacando a la miliciana que lleva dentro.
Contrasta ese desmelene desafiante de los puños en alto, con la previsible actitud tibia de la derecha liberal. El argumento ha vuelto a girar en torno a que los padres puedan decidir, y que llevando a sus hijos a colegios privados religiosos se mantengan los crucifijos. Claro ¡faltaría más!. Pero ante un debate que simplemente enfrenta la posición atea izquierdista, que propone la persecución de lo religioso, a la posición agnóstica derechista, que propone relegarlo exclusivamente a lo privado, creo que los católicos tenemos algo que decir.
Aquí entra la cuestión de fondo. Frente al hecho religioso no cabe la indiferencia, la pregunta sobre lo trascendental es tan inherente al hombre, que no cabe una posición más imparcial que otra. Dada esta circunstancia, que viene constatada desde los clásicos, el agnosticismo es una posición frente a lo trascendente que puede resultar igual de impositiva que la confesionalidad. La confesionalidad no implica, como algunos llegan a decir, que el obispo sea el presidente de la diputación de tu provincia, la separación entitativa Iglesia-Estado es una cuestión que no pone en duda la confesionalidad. Tampoco implica mayor o menor libertad religiosa. Nadie cuestiona que exista una falta de libertad religiosa en países confesionales como Grecia, Inglaterra o Suecia, en los que hay una gran libertad de culto. La confesionalidad, y más en el caso de España, debería constatar una herencia histórica y espiritual que no podemos desnaturalizar, y cortar de un día para otro en un hemiciclo.
España es católica en su propio espíritu, desde la conversión de Recaredo, desde una reconquista y una unidad edificada sobre la fe, desde unos valores patrios heredados indiscutiblemente católicos. Lamentablemente a día de hoy absolutamente nadie defiende este hecho, agnósticos y persecutores han copado la totalidad de los escaños de nuestra supuesta soberanía. Tendremos que empezar a recordarlo los católicos. Para nuestra nación intrínsecamente católica, no queremos escuelas públicas agnósticas, queremos que Cristo en la Cruz nos siga iluminando sobre el encerado, como lleva guiándonos tantos siglos a través de los designios de la Historia.
Javier Tebas
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13.11.09
Desde el momento en el que la nefasta Revolución Francesa desnudó a una joven bailarina, profanó la catedral de Notre Dame de París y la erigió como imagen de culto a la “Diosa Razón”, el mundo moderno levanta su civilización sobre los cimientos más endebles y perversos que uno pueda imaginar.
Los primeros liberales, lejos de profundizar en el valor de la Razón, amputaron a ésta el valor y las cualidades de las que habló Santo Tomás, y negaron su capacidad de alcanzar lo trascendente, o de fundamentar en lo divino aquellas verdades que solo en Dios pueden encontrar su origen.
De modo que la última instancia sobre lo bueno y lo malo, el bien y el mal, o los derechos de las personas, no tiene un último origen divino y por ello inmutable, sino que viene determinada por el intento de raciocinio una piara de masones reunidos en Asamblea, o quizás por un Tribunal de aquí o allá, que erige sus decisiones sin reconocerse sometidos a una instancia superior.
Y eso es lo peligroso, creerse en la cima de la pirámide, no tener la sencillez y la humildad de reconocernos por debajo de la ley de Dios, creer que los hombres, reunidos en hemiciclos están un escalón por encima de Dios. Y que si acaso se respeta la ley Natural, es porque ellos la consideran tal, y nunca por su deber con el origen divino del poder y la Verdad.
La “divina laicidad” nos obliga a profesar una fe en la positivización humana de nuestros derechos. Y tan perversa es la inducción a una fe ciega por el “consenso” y por la divinización de las tipificaciones legales con presunción de racionales, como humilde es saberse por debajo de Dios y reconocer la ley que de Él emana.
Javier Tebas
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