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18.06.09
Varios lectores me han pedido que recomiende libros y creo que conviene seguir en esto el consejo paulino de dar satisfacción al prójimo en lo bueno. Comienzo, pues, una nueva sección del blog, dedicada a hablar de buenos libros católicos o relacionados de alguna forma con la fe o el pensamiento. La sección se llama Vita brevis, en referencia a una frase de Hipócrates: Ars longa, vita brevis (o, para quienes prefieran el original, Ὁ βίος βραχὺς, ἡ δὲ τέχνη μακρὴ). Es decir, a grandes rasgos, el arte, la ciencia o cualquier tarea importante son inacabables, pero la vida es breve y no se puede abarcar todo.
En tiempos de Santo Tomás, uno podía leer prácticamente todos los libros que existieran sobre un tema determinado. Hoy en día, los libros y, sobre todo, los malos libros son legión. Por eso creo que conviene saber qué libros merecen la pena, para no perder el tiempo con los demás. La vida es breve y no se puede desperdiciar en tonterías y plúmbeos bodrios a mayor gloria del marketing editorial. Hablemos, pues, de libros que uno se alegrará de haber leído y dejemos el resto a los que no tengan nada mejor que hacer.
Para mí es un placer comenzar esta serie con un autor que he descubierto precisamente gracias a este blog: Leonardo Castellani. Acabo de leer una recopilación de algunos de sus artículos realizada por Libros Libres, “Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI”. Argentino, nacido en Santa Fe en el último año del siglo decimonono, fue jesuita durante treinta años hasta que, expulsado de una Compañía que no fue capaz de congeniar con él, pasó al clero secular. El libro del que les hablo tiene como subtítulo “Los escritos más polémicos del Chesterton de la lengua española”, porque, como verán, consigue ser comparable al incomparable autor inglés.
Lo primero que uno descubre de Castellani es que tiene una cualidad que comparte sólo un puñado de autores, como Chesterton, Tomás de Kempis. Wodehouse o la Enciclopedia Británica: Sus libros se pueden abrir por cualquier página. Se pueden y, en mi opinión, se deben abrir por cualquier página, porque así tiene uno la ilusión de que el libro nunca se acaba, de que siempre quedan cosas por descubrir. Me atrevo a decir que encontrar un párrafo genial en el que uno no se había fijado antes no tiene mucho que envidiar a Balboa asomándose al Pacífico o a Quirós vislumbrando por primera vez la Terra Australis.
Además, Castellani derrocha ingenio, como Papini o Chesterton. Con cada párrafo de sus obras se podría escribir un libro entero. Uno desearía que se hubiera detenido más en este tema o aquel otro que sólo toca de pasada, pero enseguida pasa a otro asunto, aún más interesante y brillantemente tratado. Las frases y expresiones en inglés, alemán, francés, latín o griego clásico se suceden sin cesar, a veces españolizadas. No se trata, como en otros autores, de erudición ostentosa, sino de la búsqueda con naturalidad de la forma más apropiada y más viva de decir cada cosa. Da la impresión, cosa que muy pocos escritores consiguen, de que él mismo disfruta vivamente con lo que escribe y contagia su ilusión.
Es agotador, en el buen sentido. Analiza temas variadísimos, autores y estilos de todas las épocas y pensamientos filosóficos o morales completamente divergentes. Debió de ser un lector voraz y eso se nota en lo que escribe. Es capaz de pasar de forma vertiginosa de la literatura a la moral, de allí a la música o a la política y desembocar, pasando por la filosofía, en la religión. Al leerle durante un rato, uno termina agotado, como un niño que pasa la tarde en el Parque de Atracciones y al final desea seguir allí pero apenas puede con su alma.
En esta época de férrea disciplina del pensamiento único, sorprende la grandísima libertad de Castellani para criticar o incluso reírse de las vacas sagradas de la literatura, la política o la filosofía. Es refrescante leer, por ejemplo, que la metafísica de Sartre no hay que molestarse en refutarla, porque no dice más que tonterías (con copiosos ejemplos) envueltas en malabarismos verbales con los que se burla de los que le toman en serio. O que Juan Ramón Jiménez, premio Nobel, es un poetilla de tercera categoría, con “versitos de azucarillo, merenguillo, melindres y morondanga”. Si en el colegio tuvieron que sufrir, como yo, al soporífero Platero, comprenderán que sienta una justa satisfacción al oír esto.
Confieso también que me produce un gran placer, aunque quizá sea éste uno de esos placeres incomunicables, leer a alguien que mantiene viva la antigua costumbre de españolizar los nombres extranjeros. Así, podemos leer Kirkegor (en vez de Kierkegaard), Volter (Voltaire), Telar Chardón (Teilhard de Chardin) o Rusó (Rousseau). Me encantaría que esta costumbre fuese más común en nuestro tiempo y oír hablar sin el más leve rubor de Hilaria Clinton, Antoñito Bler, Pablo Cuello o Guasintón. Claro que para eso habría que tener una libertad frente a la pseudocultura políticamente correcta que quizá haya muerto con Castellani.
También tiene nuestro autor argentino, hay que reconocerlo, diferencias patentes con Chesterton, al menos a primera vista. Por ejemplo, la pluma de Castellani es acerada y, en ocasiones, mordaz. Chesterton, por su parte, tenía la aquiniana habilidad de resaltar lo que de verdadero, noble y bueno había en las opiniones de sus adversarios y de señalar sus errores con una cortesía exquisita. De hecho, a menudo sus oponentes en discusiones terminaban por convertirse en sus amigos. En cambio, no me cabe duda de que Castellani debió de enemistarse con mucha gente. Por otra parte, sus conocimientos teológicos, como es lógico, son mucho mayores que los de G. K. C.
Quizá la característica más evidente y más atrayente que he encontrado en Castellani y que sí que comparte con Chesterton, es su profunda catolicidad, en el sentido más noble de la palabra: amplitud de miras, fascinación por cuanto hay de bello y bueno, intenso amor a la Iglesia de Cristo, impaciencia con la ciencia que hincha y gusto por la verdad católica, una visión teocéntrica de la vida y la concepción sacramental del mundo…
En fin, no voy a seguir, para no hacerles perder un tiempo precioso que podrían emplear mejor en leer a Castellani. Es triste que este autor hispano no sea apenas conocido en España, ni siquiera en los ambientes católicos. Si se acercan a él, encontrarán, espero, un amigo para toda la vida.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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