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25.02.12
Un amable lector me ha avisado de un curioso artículo aparecido en el periódico británico The Guardian. Me ha parecido tan interesante que lo he traducido para el blog. Curiosamente, trata el mismo tema del que hablé hace tiempo en un post… y llega a unas conclusiones similares a las mías, pero desde un punto de vista secular: el valor de la visión cristiana de la muerte frente al escapismo de la cultura moderna.
Para entender bien el valor de estas reflexiones hay que saber que The Guardian es un periódico de izquierdas, generalmente muy crítico con el cristianismo en general y especialmente con la Iglesia Católica en particular. El hecho de que un periódico así publique un editorial como éste supone que hay cuestiones en las que va quedando claro, a pesar de las ideologías y del pensamiento débil de nuestra época, que el único camino moral y existencial viable a largo plazo es el que marca la Iglesia. Quizá estemos acercándonos ya a la sociedad post-postcristiana.
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Miércoles de Ceniza: el desaparecido arte de morir
“La vida es una enfermedad con una mortalidad del 100%", afirma el Dr. Pomerantz, psiquiatra especialista en suicidios en una nueva película israelí del mismo nombre que se estrenó el fin de semana en Tel Aviv. La Iglesia Católica transmite un mensaje similar hoy, el Miércoles de Ceniza, cuando los creyentes son marcados en la frente con las cenizas de su propia mortalidad, mientras el sacerdote les recuerda: “Eres polvo y en polvo te convertirás". Sin embargo, las películas de autor y la Iglesia Católica son dos de los pocos sitios donde la muerte sigue siendo parte de las conversaciones públicas. En otros lugares, la muerte se disfraza de suaves eufemismos suaves como “irse” o “quedarse dormido", o bien se enfoca desapasionadamente a través del discurso científico de la medicina. Mucho antes de que el actual gobierno ideara sus últimas reformas del Sistema Nacional de Salud, la propia muerte había sido culturalmente privatizada.
Actualmente, si se nos pregunta cómo queremos morir, generalmente decimos que queremos que suceda rápidamente, sin dolor y, preferentemente, mientras dormimos. En otras palabras, no queremos que la muerte se convierta en algo que experimentamos como parte de la vida. Esto no habría tenido sentido para las generaciones pasadas. Durante siglos, lo que más se temía era “morir sin estar preparado". La muerte era una oportunidad para poner las cosas en su sitio. Para decir las cosas que habían quedado sin decir: “Lo siento", “me equivoqué", “siempre te he querido". Solíamos morir rodeados de la familia en sentido amplio. Ahora, morimos rodeados de tecnología, y la creencia en la ciencia médica a menudo reemplaza el enigma tradicional de la existencia humana.
Incluso como mero hecho biológico, la muerte nos plantea a todos, seamos religiosos o no, la pregunta del sentido de la vida. Para algunos, esto se convierte rápidamente en un asunto teológico, para otros, en un reto para no perder el resto de nuestras vidas. Sin embargo, cuando la muerte es expulsada de la esfera pública, esa pregunta ya no tiene la misma urgencia. Y esto tiene consecuencias muy concretas. Una cultura que mantiene la muerte fuera de su vista y de sus pensamientos es una cultura que cada vez es menos capaz de confortar a otros en su dolor. En lugar de tener esa conversación importante en el supermercado con la vecina que ha perdido a su marido, nos cambiamos de pasillo y lo justificamos por un supuesto deseo de no molestarla. Permitimos que nuestras residencias de ancianos se conviertan en lugares de abandono, porque no queremos mirarlos muy de cerca. Cuando la muerte se convierte en un asunto privado, es mucho más difícil acercarse a los demás, precisamente cuando más lo necesitan.
Aquellos que renuncian a cosas en Cuaresma, a menudo viven estos días como un tiempo de alegre mejora de uno mismo. Los sacerdotes y los directores de cine israelí de tipo existencialista no están de acuerdo en las respuestas a las preguntas sobre el significado de la vida, pero comparten la opinión de que no podemos resolver el significado de la vida si no planteamos la cuestión de la muerte.
The Guardian, editorial del 21 de febrero de 2012
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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Carmina Catholica. Este libro recopila una serie de versos católicos
en el más amplio sentido de la palabra. Son versos que tratan de temas muy variados, pero siempre
con los ojos recién creados y llenos de admiración que son la esencia de cualquier poesía y también de la fe.
El autor compone sus versos a la antigua usanza, con métrica y rima. Disfrutando del aroma al Siglo de Oro
que tienen algunos de sus sonetos, romances,sonetillos, décimas o tercetos encadenados, uno no puede evitar
pensar que quizá no anda del todo desencaminado.
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