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19.12.09
La emocionante situación que ha creado Benedicto XVI en relación con los anglocatólicos, la formación de los nuevos Ordinariatos y la Constitución Anglicanorum coetibus han hecho que, últimamente, me informe más en profundidad sobre los diversos grupos anglicanos y sus diversas teologías, liturgias, estructuras, etc. Contemplar a los diferentes grupos anglicanos ha hecho, curiosamente, que entienda mejor algo fundamental de la Iglesia Católica.
Las formas que tienen estos grupos de entender la Iglesia son casi infinitas. Se pueden encontrar federaciones y confederaciones, corrientes contradictorias dentro de Comuniones más grandes, nuevas Comuniones que surgen sin cesar, cismas de cismas de otros cismas, organizaciones congregacionalistas o sinodales, estructuras tradicionales y estructuras que cambian casi cada año… En fin, prácticamente de todo.
Muchos anglocatólicos, sin embargo, se están preparando para volver a la Iglesia Católica. Para ellos, se acaba así ese perpetuo reinventar lo que es la Iglesia, intentando cambiar continuamente su naturaleza esencial. Es decir, han descubierto que la Iglesia no se construye, sino que uno se encuentra con ella. Ante todo, la Iglesia es algo ya hecho en lo sustancial y no algo que nosotros fabricamos. No podemos decidir cómo tiene que ser. Es la perla preciosa, el tesoro escondido en el campo. Y esta verdad es igualmente válida para los que somos católicos desde que nacimos.
Multitud de “teólogos” católicos parecen creer lo contrario. Y, en consecuencia, muestran una obsesión “a la anglicana” por reorganizar perpetuamente a la Iglesia o por construir una Iglesia a su medida. El otro día leí con horror que uno de ellos afirmaba, sin el más mínimo rubor, que era uno de los presbíteros que se habían ordenado “para convertir la Iglesia al Evangelio”. Otros se quejan de forma continua sobre la falta de democracia en la Iglesia, sobre el “atraso” de sus doctrinas, sobre sus pretensiones de ser el único camino de salvación o sobre el hecho de que exista una jerarquía y de que deba existir una obediencia en la fe.
Todo esto da lugar, en general y con honrosas excepciones, a una clara falta de cariño por la Iglesia, como es natural. Si nosotros formamos la Iglesia, igual que podemos formar un partido político, la Iglesia que construyamos podrá satisfacernos más o menos (generalmente, menos), pero no la amaremos. ¿O es que alguien ha oído hablar del amor por el propio partido político de sus miembros? Si, al mirar a la Iglesia, nuestra preocupación principal es descubrir cómo transformarla para que sea lo que nosotros queremos, será inevitable que nuestra mirada sea perpetuamente crítica. Si creemos que estamos llamados a construir una Iglesia “como debe ser”, necesariamente nos colocaremos por encima de ella, como el que juzga en lugar de como el que sirve.
Por eso hoy en día se habla tan poco de la “Madre Iglesia”, porque una madre es, claramente, algo que se nos regala y no que nosotros elegimos o conseguimos. También por eso se da esa obsesión por hablar de una Iglesia “pecadora”, en vez de hablar de la Iglesia Santa, formada por santos y pecadores. Sabemos que lo santo viene de Dios, como dice San Pablo: “todo don perfecto viene de arriba”. Sin embargo, una supuesta Iglesia “pecadora” sería algo construido por nosotros y que podríamos y deberíamos transformar según nuestras propias ideas. Y, a mi juicio, por eso cuesta tanto obedecer a la Iglesia y aprender de ella, porque las obras de nuestras manos, por definición, se ajustan a nuestros deseos y criterios y no al revés.
Por supuesto, para responder de forma mínimamente adecuada a la pregunta “¿Qué es la Iglesia?” haría falta todo un curso. De hecho, una de las asignaturas de la Teología es la Eclesiología, dedicada a la Iglesia y a su naturaleza. Sin embargo, creo que lo más importante que hay que tener claro sobre la Iglesia es que es un regalo, un don de Dios. La Iglesia es algo que recibimos y no una obra nuestra. Nos encontramos la Iglesia, no la construimos con nuestras fuerzas.
Y las reacciones ante un regalo son siempre asombro y gratitud. Asombro porque un regalo, por definición, es algo valioso y que no se merece, que no nos hemos ganado, que se nos da por la pura generosidad del donante. Por otra parte, la gratitud es el ámbito en el que el recibir también se convierte en dar, en colaborar. Aunque la Iglesia es ante todo un regalo, de forma consecuente también es una labor y nuestras Eucaristías, en cierto modo, construyen la Iglesia, al igual que los demás sacramentos, nuestra predicación, nuestro amor por los demás… pero siempre como co-laboración con el don de Dios. De hecho, esto hace el don aún más estupendo: la Iglesia se nos regala como Cuerpo de Cristo, pero Dios nos ha llamado a que nosotros mismos nos transformemos en ese Cuerpo de Cristo, a que formemos parte de su don a los hombres.
Si comprendemos que la Iglesia es un regalo, todo lo demás que debamos saber sobre ella irá tomando forma y colocándose en el lugar adecuado. Si nos olvidamos de esto, nunca podremos entender lo que es la Iglesia y permaneceremos, como tantos grupos del anglicanismo, dando tumbos teológicos por el mundo, como ovejas sin pastor y zarandeados por todo viento de doctrina. Que Dios nos libre de algo así.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre
desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.
Su correo electrónico es
espadadoblefilo@hotmail.com.
Carmina Catholica. Este libro recopila una serie de versos católicos
en el más amplio sentido de la palabra. Son versos que tratan de temas muy variados, pero siempre
con los ojos recién creados y llenos de admiración que son la esencia de cualquier poesía y también de la fe.
El autor compone sus versos a la antigua usanza, con métrica y rima. Disfrutando del aroma al Siglo de Oro
que tienen algunos de sus sonetos, romances,sonetillos, décimas o tercetos encadenados, uno no puede evitar
pensar que quizá no anda del todo desencaminado.
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